2018 / Sep / 23

Recordaba todas mis discusiones. Una a una, de manera ponzoñosa, se habían clavado en mi mente, en mi pecho y habían dejado esas heridas imposibles de sanar. Si era sincera conmigo misma, todo aquello tenía más allá que ver solamente con las palabras dichas por Derek, por mi interpretación de las mismas y por todos los recuerdos en bucle de todos aquellos momentos en los que una chispa de rabia se había avivado en mi interior teniéndome que tragar lo que realmente hubiese querido hacer y decir a todos aquellos que habían usado mi sufrimiento como disfrute personal.

Si hubiese sido más infantil aún de lo que ya lo era, debería haber culpado a Heinrich de toda aquella situación y haber vuelto a los brazos de Derek esperando un bálsamo para ese dolor incesante que se había instaurado en mi pecho como recordatorio de lo que había sucedido.

Ni tan siquiera había tenido fuerzas para ir a otro lugar que no fuese la casa de mis padres, a llorar en mi habitación y después a centrarme en un mundo alejado de todo mal, un mundo donde nada me hiciese recordar mis continuos fracasos amorosos. No había tenido que ir a por mis cosas, Derek se había encargado de guardarlas todas en cajas y dejárselas a mis padres pidiéndoles que no me dijesen que estaba allí. No sabía si había entendido claramente lo que había dicho o que lo había aceptado con gran facilidad, pero igualmente para mí fue uno de los peores insultos que pude haber recibido. Era él quien terminaba de dar la última patada a mi recuerdo para que dejase de ocupar espacio en su casa.

Pocos días después supe que se había ido. Ni tan siquiera me importó, me pareció bien. Si se iba, si desaparecía como el resto de personas que me habían hecho daño, quizá ese dolor que cada segundo se volvía más insoportable podría empezar a desaparecer, podía empezar a sanar poco a poco, podría volver a reconstruirme desde los cimientos. Ya había perdido la cuenta del número de veces que había tenido que hacerlo durante toda mi vida y siempre encontraban la manera de destrozar cada milímetro de mi ser, como si con cada derribo usase materiales más baratos en lugar de mayor calidad.

Me había quedado sola. Completamente sola. Pero intentaba que aquello no me acarrease ningún problema aunque puede que lo único que estuviese haciendo en realidad fuese esconder el verdadero dolor. Si lloraba, ellos ganaban. Y la rabia aún no se había extinguido lo suficiente como para que pudiese dejar que todo lo que tenía que llorar aflorase de verdad.

Heinrich se había vuelto a marchar, había venido a mi vida a arruirnarla, para después irse como si tal con la promesa de regresar cuando tuviese algo de tiempo libre. Me pareció bien, y en el fondo, una parte de mí, esperaba que no regresase porque no sabía en qué circunstancias estaría cuando lo hiciese.

Sabía que si hubiese vuelto a ver la cara de Derek, que se él me hubiese dicho algo más, habría vuelto, pero si algo tenía razón es que dejaba que todo el mundo regresase a mi vida para usarme de la forma que les fuese más satisfactoria con una salvedad, generalmente yo volvía a buscarles porque creía que la miseria era lo único que podía recibir. Que no había felicidad para mí en ninguna parte del planeta y hasta que no cambiase eso, hasta que no dejase de correr a aquello que me hacía daño por esa necesidad de sentir dolor de la índole que fuese, no iba a poder seguir pasos hacia delante.

Me merecía intentar cambiar todo eso. Merecía que luchase por una vez sin tener un plan B donde supiese cómo escapar sin ser vista, cómo seguir huyendo. Por eso, esa misma tarde, buscando en las cosas que Derek había dejado en cajas, vi el trozo de papel con la invitación que había creado para mi familia. Detrás estaban garabateadas unas cuantas palabras del puño y letra de Derek.

Nunca dejarás de sorprenderme con todos tus talentos“.

Y ahí sí. Ahí lloré de verdad. Ahí me permití sentir todo el dolor de una forma mucho más exponencialmente dolorosa y fui consciente de la forma en que mi pecho se abría en canal, de como le echaba de menos, aún más si era posible de lo que le había necesitado a mi lado.

Sin embargo, el orgullo ganó la batalla. Habíamos roto, o por lo menos, yo lo había hecho con él, así que no había nada más que poder decir sobre eso. Si él se había marchado es que también había creído que aquello era para siempre, que no había modo de arreglarlo y hasta que no fuese capaz de renunciar a mi orgullo no lo haría.

Me pasé el resto de la semana viviendo con las mismas ganas de vivir que una ameba. Mis padres no me preguntaban más porque se habían cansado de escuchar monosílabos o simples gruñidos. Comía, escribía y buscaba las fuerzas suficientes para enfrentarme al primer paso de la siguiente etapa de mi vida.

La invitación fue finalmente mandada. Escogieron ese fin de semana. Me esmeré en tener todo listo para entonces y cuando creía que estaba todo mínimamente resuelto para el día D, dejé que todo el sueño me gobernase porque después de una semana en la que mis días se habían vuelto en mis noches y viceversa, creía que tenía un mínimo derecho para cuidarme, para descansar, para liberar tensiones aunque fuese entre pesadillas dado que lo más importante estaba a punto de suceder.


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