2018 / Sep / 23

La hora de comer se acercaba y ya le había interrumpido suficientes veces, así que aproveché mi momento de relax para hacer yo la comida por mucho que fuese él quien cocinase mejor de los dos. Pensé en qué podía hacer y sonreí al recordar una receta que mi madre preparaba de arroz tres delicias que le había dado una de sus tías. Seguramente no tenía nada que ver con el original y maravilloso de la gastronomía china, pero siempre me había puesto las botas comiendo ese plato, me dejaba llenísima.

Guisantes, jamón de york, zanahoria, arroz… había más ingredientes, no demasiados, pero el secreto debía guardarlo esperando que mi novio no me copiase la receta porque seguro que le salía mil veces mejor. Comencé a cocinar. La zanahoria tenía que ser cortada y hacerse a sus tiempos, los guisantes también y si no recordaba mal era de lo primero que hacía mi madre generalmente.

Siempre se suelen menospreciar las actividades de otra índole cuando uno no se dedica a ellas, pero cuando tenía que hacer platos más elaborados o que llevaban más tiempo y no solamente tener que estar mirándolo de vez en cuando para darle vueltas, comprendía que todo aquellas técnicas una tras otra y en un tiempo récord podían ser prácticamente mortales para una completa novata como yo.

Me dolían los gemelos, sentía ligeros tirones que me recordaban la carrera que habíamos hecho. Sabía lo que iban a significar al día siguiente, estaría todo el tiempo andando con dificultades por ser una completa dejada con mi cuerpo. Tenía que aprender que si mantenía una rutina constante los dolores físicos serían menos, pero muchas veces costaba muchísimo meter algo en la cabeza y otras, era tan sencillo como un parpadeo. Los misterios de la mente que siempre me sorprenderían.

Intenté en lo posible concentrarme en la comida, pero resultaba un poco complicado. Mi cabeza parecía estar todo el tiempo intentando encontrar alguna forma de regresar al tema que más me interesaba. Ya estaba realizando el discurso despacio en mi cabeza y los nervios empezaban a aflorar como si no me hubiese enfrentado jamás a tener que hablar delante de mi familia. No obstante, quizá estuviese esperando demasiado de ese momento que no tenía porqué ser demasiado importante.

Apoyé mis manos sobre la encimera esperando que se enfriase la tortilla para de esa manera poder cortarla porque sino me dejaría los dedos intentándolo. Miré esa tortilla francesa que aún repiqueteaba ligeramente por estar recién sacada de la sartén y me aseguré que no hubiese nada más que hacer antes de estar mínimamente ociosa.

La reproducción de la lista musical hacía tiempo que había cambiado. Estaba una banda sonora diferente que me hacía más sencillo perderme en mis propios pensamientos como si no existiese otra cosa. Tenía la sensación de que no había nada en ese mundo que pudiese alejarme de los pensamientos más turbadores, por mucho que yo lo desease dado que parecía actuar por voluntad propia, aunque para ser exactos yo misma la incentivaba. Era una de esas tantas formas que tenía de seguir torturándome poco a poco ya que la tranquilidad parecía tenerla sobrevalorada.

En ese momento sonó la puerta de la casa. Dejé todo en el fuego esperando no tardar demasiado para que no se me quemase y cuando la abrí me quedé completamente a cuadros. Los ojos de Heinrich, de ese dulce tono azul se fijaron en los míos. Alcé mis cejas sin comprender absolutamente nada y mucho menos cómo había logrado encontrarme. Después, recordé que él tenía amigos en todas partes, en esos lugares donde la mayoría de las personas no desean tener ningún tipo de amistades porque saben de sobra que terminarán en algún momento dando con los huesos en la cárcel.

— Por fin te encuentro —soltó un profundo suspiro seguido de una sonrisa de alivio y me dio un gran abrazo espachurrándome contra su pecho.

— Heinrich, pero…

— ¿Quién es, Kyra?

Derek asomó la cabeza desde el interior del estudio y al ver que alguien me estaba abrazando solamente escuché que daba un gran golpe cerrando la puerta de su maravilloso mundo. Ya podía Heinrich estar allí por algo en condiciones porque su visita me costaría una buena pelea de celos, lo estaba viendo.

— ¿Es Derek? ¿Tu nuevo novio?

La expresión de Heinrich se volvió bastante menos amable. Rodé los ojos dado que no entendía porqué después del tiempo transcurrido no iba a haber hecho lo que me hubiese dado la gana con quien me hubiese dado la gana. En realidad, lo que no entendía es porqué le importaba porque: uno, él no había sido invitado por mí y dos, no habíamos mantenido el contacto.

— ¿Puedes decirme qué es lo que quieres?

Observó mi expresión que indicaba claramente que un enfado se estaba sorteando y él tenía todas las papeletas de llevarse el más que conocido rapapolvo con todo lo que eso iba acompañado: gritos, insultos…

— Por raro que te parezca no es nada malo. Solamente te extrañaba y quería saber cómo estabas, nada más —negó antes de desviar su mirada hasta mi cabello—. No te queda nada mal, lo reconozco.

Intenté relajarme. Heinrich me había ayudado, después de todo. Además, no conocía a Derek que yo supiese y podría ser algo bueno que tuviesen una mínima relación de amistad, ¿no? No obstante, ese portazo de antes no auguraba nada bueno en ese supuesto. Fijé mi mirada en la expresión de Heinrich que me dedicaba una sonrisa de esas que podrían cortarle la respiración a cualquiera de las personas que tuviese trabajando con él.

— ¿Te apetece comer con nosotros? —pregunté esperando ver cuál sería su respuesta.

— No creo que por el momento sea muy bien recibido, pero me encantaría poder quedar contigo algún día para hablar sobre lo que ha ocurrido este tiempo.

Asentí y cuando me permití darme cuenta que le importaba, que estaba allí porque disfrutaba de mi compañía, porque me había extrañado y me había buscado  hasta debajo de las piedras, una sensación placentera y cálida se instauró en mi pecho. Me acerqué a él y le abracé de nuevo agradeciéndole en silencio que me hubiese estado buscando y que me demostrase que le importaba mínimamente.

— Eh… ¿estás bien?

— Sí, es solo que no esperaba volver a verte y mucho menos que me buscases —susurré contra su pecho.

Acarició mi cabello suavemente y me quedé ahí unos segundos por el placer de poder estar entre los brazos de alguien conocido un poco de tiempo más.

— ¿Algo se está quemando?

Salí corriendo hacia la cocina al recordar que lo había dejado todo en el fuego. Moví lo necesario y quité todo esperando que no fuese el arroz lo que se me hubiese quemado. Esperaba que terminase sabiendo bien aquel plato. No quería liarla más, aunque en realidad, no había hecho nada malo. Si Derek se había enfadado porque alguien me estaba abrazando, en fin, evidentemente no sería el único que pudiese abrazarme el resto de mi vida. Sabía que probablemente yo también me hubiese puesto celosa de ser al revés, pero desde luego lo que no valdría de nada es que aceptase sin más que cualquiera de los dos pudiese destruir lo que teníamos de esa manera.

— ¿No te quedas a comer entonces? —volví a preguntar mirando al abogado que observaba la casa casi con curiosidad.

— La verdad es que no creo que lo haga. Puede que termines dándome comida envenenada.

Le miré sobre mi hombro con expresión de pocos amigos mientras él soltaba una pequeña carcajada. Estaba contento, sin duda y eso me alegraba. Que estuviese bien era igual que quitarle un peso a mi conciencia. Por alguna extraña razón aunque creía firmemente que no le importaba a nadie, me sentía un poco culpable por dejarles atrás, sin decir nada, siendo una completa desagradecida.

— Iré a comer algo, porque eso huele que alimenta. ¿Nos vemos luego?

Asentí antes de que me diese un beso en la frente y se fuese. Cuando la puerta se hubo cerrado me centré tan solo en la comida. Derek no hizo acto de presencia hasta que la comida estuvo preparada fui yo a golpear con los nudillos en la puerta del estudio. Un seco «vale» era lo único que había recibido como respuesta al avisarle de la comida.

Serví dos platos y esperé a que saliese. Lo hizo, sin mirarme, sin pronunciar palabra alguna, solamente se sentó delante de mí y se puso a comer. Por alguna razón, no solo estaba provocando que me sintiese mal, sino un enfado considerable y aquella no sería un buena señal para que tuviésemos una comida tranquila. A veces, en esos momentos, el silencio es el mejor compañero que puede tener uno.

Cogí el tenedor y comí tranquilamente a pesar de que en mi interior estaba hecha un manojo de nervios. Le miraba de vez en cuando, pero él ni tan siquiera levantaba los ojos del plato medio segundo para que existiese la posibilidad de que nuestras miradas se cruzasen.

— ¿Puedo saber qué he hecho tan grave? —pregunté y por la mirada que me dirigió supe que había destapado la caja de Pandora.


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