2018 / Sep / 21

Desde mi propia experiencia qué podía aportar a todo aquello. Mi propia vergüenza aceptando tanto internamente como exteriorizando mi forma de ser por temor a ser señalada como diferente, extraña, fuera de lo común. 

Un estigma social es una desaprobación social severa de características o creencias de carácter personales que son percibidas como contrarias a las normas culturales establecidas.

Una de las primeras definiciones sobre el estigma social que se pueden encontrar en internet es esa misma. La Wikipedia quizá no sea uno de los recursos más aprobados para encontrar información aunque sea el más sencillo. Por eso mismo, si vamos a nuestro diccionario particular podemos buscar la definición de estigma. 

Estigma

Del lat. stigma ‘marca hecha en la piel con un hierro candente’, ‘nota infamante’, y este del gr. στίγμα stígma.

1. m. Marca o señal en el cuerpo.
2. m. Desdoro, afrenta, mala fama. 3. m. Huella impresa sobrenaturalmente en el cuerpo de algunos santos extáticos, como símbolo de la participación de sus almas en la pasión de Cristo. 4. m. Marca impuesta con hierro candente, bien como pena infamante, bien como signo de esclavitud. 5. m. Bot. Cuerpo glanduloso, colocado en la parte superior del pistilo y que recibe el polen en el acto de la fecundación de las plantas. 6. m. Med. Lesión orgánica o trastorno funcional que indica enfermedad constitucional y hereditaria. 7. m. Zool. Cada uno de los pequeños orificios que tiene el tegumento de los insectos, arácnidos y miriópodos, por los que penetra el aire en su aparato respiratorio, que es traqueal.

Me he permitido resaltar aquellas que considero cuadran mejor con el contexto en el que nos basamos dejando la religión y las ciencias a un lado. Podemos comprobar que de siete definiciones, cuatro de ellas hablan de una señal, casi como una tara o, incluso, una pena infamante que podía ser un signo de esclavitud. ¿Qué eran los esclavos años atrás? Eran el último escalón de la sociedad, eran tratados prácticamente igual que si tuviesen suerte de que el resto de seres les permitiesen respirar. Eran obligados a las tareas más duras. Eran denigrados, maltratados y considerados al mismo nivel que tenían los animales en esos momentos. Se creía que no sufrían y si lo hacían no tenían derecho a quejarse por ser esclavos, no había otro motivo lógico. 

Por eso el estigma impuesto en la sociedad a muchos tipos de diferencias con las reglas pre-establecidas por algún grupo de iluminados, conlleva a tratos que si bien no llegan al nivel vejatorio que tuvieron que sufrir los esclavos, dado que por suerte hemos llegado a avanzar mínimamente en algo siempre que no entremos en el tema racista del ser humano o las guerras (territorio de nadie donde parece que absolutamente todo vale), aíslan a esos seres “anormales”, “distintos”, fuera de los cánones que hay que seguir en busca de una igualdad en la que nadie se diferencie de nadie y que todos llevemos la marca que esté de moda en ese momento o escuchemos el mismo grupo musical básicamente porque si cedemos a ese modo de vivir será completamente imposible que exista más uno en cada cosa negándonos la posibilidad de elegir nuestros gustos sin temores.

Sin embargo, a menudo nos olvidamos de esa sombra que viene de la mano del estigma tratado. El autoestigma puede llegar a ser aún peor que el propio estigma en sí por la manera en la que somos nosotros mismos quienes nos negamos a aceptar, a comprender y a usar en nuestro beneficio todo aquello que es diferente, de lo que podemos aprender y mucho menos aceptar la imposición de algún término que nos defina. En el caso del mundo de la salud mental, la palabra más recurrente es la locura. Y algunos, al escuchar esta palabra, al ser calificados de locos, lo toman como un insulto casi igual que si le hubiesen acusado a uno de ser la peor persona de la tierra o haber terminado con la vida de alguien. 

El empoderamiento de la palabra locura es un camino difícil, pero quizá muchos logren apropiarse del término para quitarle esa gravedad de fondo que parece ser, pues no solamente es la definición literal impuesta en los diccionarios, sino ese lenguaje social que llega a tener connotaciones diferentes a las páginas publicadas por las academias de la lengua en cada uno de sus idiomas. 

Ahora, y como búsqueda de la verdad en mi propio conocimiento del tema en cuestión, debo proponerme a mí misma ser sincera. En todos mis años intentando aceptar mis propias dificultades y aferrándome a ellas, a menudo, para evitar tener que seguir creciendo, tener que ir hacia delante como cualquier otra persona y no poder quedarme en mis años de niñez en los que estaba tan protegida que “nada debería haberme hecho daño”, siempre había puesto una barrera. Eran ellos y yo. Era el mundo y yo. Nunca encajaba en ninguna parte, por costumbre, pero había llegado a tener miedo de aquellos compañeros con los que había compartido ingresos. Me había aterrorizado la idea de forma parte de esa especie de “secta” porque yo no había querido aceptar que no había nada de secta en todo eso, que eran métodos para ayudarnos los unos a los otros con mínimo un profesional delante. Que me había negado a ser catalogada como uno de todos mis compañeros, como si fuesen inferiores, como si de alguna manera fuese superior aunque mis dificultades tuviesen muchas similitudes con las de otros. Yo misma, aunque tan solo en mi cabeza, les había tratado casi como si fuesen escoria, como si fuesen más tontos que los demás, como si fuesen niños pequeños a los que había que tratar… de tantas formas que evitasen mi ingreso dentro de ese grupo que tan peligroso me parecía, que tanto miedo me daba, al que había impuesto un estigma en mi mente como si fuesen la última escala de la sociedad. 

Me siento fatal. Reconozco que no he sido imparcial durante demasiado tiempo, que me he situado en un lugar de cierto poder frente a los que pasaban tantas dificultades como yo misma. ¿Qué podía yo tener superior a nadie aunque fuese tan solo en la desesperada opción de dejarme llevar por el miedo que tenía y que me daba, o buscaba darme la suficiente seguridad como para no aceptar lo que era inevitable? 

Me costó mucho tiempo comprender que no había nada que me alejase o que me negase formar parte de la sociedad por mucho tiempo que le tuviese y que a diferencia de lo que creía, la verdadera razón por la que podía ser expulsada de algún grupo social tenía más que ver con las dificultades que tuviésemos cada uno y con mi negativa a comprender que no era un monstruo a parte, que era una persona, y que tener problemas de salud mental no me hacía ni mucho menos un ser mediocre, inferior o de ninguna otra clase. Que ellos tampoco eran seres de otro planeta y que tener una enfermedad mental era más una putada que una aceptación de agresividad. Que la comprensión en ese mundo dejaba mucho que desear y que encima, nosotros mismos éramos los primeros que nos negábamos a aceptar nuestras semejanzas con el otro en busca de un apoyo. 

En definitiva tener una enfermedad no eran nada más que problemas que a menudo, tenían que ver con la manera en que enfrentábamos el temible diagnóstico.

Dejé el bolígrafo sobre el papel. Miré la hoja garrapateada por delante y por detrás antes de echar la cabeza para atrás asegurándome a mí misma que la única manera de poder seguir hacia delante era perdonarme todo lo que regresaba a mi presente con la misma fuerza que en el momento ocurrido y además, mantener la cabeza alta cada vez que tuviese que hablar sobre mis problemas. No era peor persona por tenerlos, no era otro tipo de ser humano ni tenía una tara por pensar diferente. Solamente por pensar que el mundo no era tan peligroso y poner de manifiesto que mi mente iba a seguir trabajando en ese tipo de cuestiones hasta que viese como un éxito mi acogida en el ser humano sin dejar al lado la crítica que me mereciese correspondiente.

Sentí un beso en mi frente y vi a Derek que había salido seguramente para beber algo de agua mientras me había perdido en esos pensamientos que seguramente habían dejado muchos cabos sueltos en mi argumentación en búsqueda de mi propia comprensión.

— ¿Ha salido algo bueno?

— Eso espero —musité mientras me estiraba ligeramente intentando soltar todo el lastre, ese peso que había estado acumulando durante tanto tiempo, pero resultaba imposible cuando había sido yo sola quien había leído mis deducciones—. ¿Quieres leerlo?

— ¿Puedo? —preguntó con una sonrisa antes de que le entregase el folio lleno de mis frases en busca de una explicación empírica de los sucesos vividos y asimilados por mi propia mente.

Pensé en el camino que aún me quedaba por recorrer y entre los pasos que debía dar no había más obviedad que levantar el tabú familiar con la salud mental.


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