2018 / Sep / 21

— Despierta…

La voz de Derek hizo que terminase abriendo uno de mis ojos de mala gana. ¿Estaba ocurriendo algo? Si estaba volviendo a intentar que me fuese con él temprano a hacer ejercicio iba a lograr poca cosa.

— Vamos, Kyra, amor, despierta —dijo zarandeándome ligeramente.

— ¿Qué ocurre?

— Vístete con lo primero que encuentres, ha venido la policía para desalojarnos por un incendio.

¡Un incendio! ¡Mierda! ¿Tenía que llevarme todas las cosas? ¿No había humo por ninguna parte? ¿Podía echarle a alguna llama que intentase acercarse demasiado a mi portatil un vaso entero de agua, una cubeta o la bañera entera?

— ¡Vamos, Kyra!

Su voz apremiante me sacó del shock y me puse lo primero que encontré. Ropa cómoda. Deportiva… ¡Un momento! Me paré en seco con los pantalones en las manos y quedándome en bragas. Le miré frunciendo el ceño antes de resoplar.

— Derek Vance… ¿no es ninguna artimaña para que me vaya a correr contigo? Mira que nos conocemos —fruncí mi ceño demostrando lo molesta que estaba.

Se quedó mirándome y poco a poco su expresión seria se tornó en una sonora carcajada. Agarré más fuerte los pantalones para usarlos de arma y le fui golpeando con ellos en el costado molesta porque seguro que eran algo así como las seis de la mañana y lo único que había podido dormir habían sido un par de horas y no seguidas.

— ¡Mira que eres violenta!

— ¡Y tú mentiroso!

Yo estaba enfadada, él tan divertido que casi parecía de esas veces que uno termina cediendo a las necesidades de la naturaleza corriendo al baño como si se tratase de una gacela. Ni tan siquiera sé cómo lo hizo, pero me atrapó las muñecas y mientras intentaba soltarme para seguir dándole con esas mallas él se acercó a mi rostro.

— ¿Qué tal si pones en tu columna de virtudes lo inteligente que eres? —di robó un sonoro beso y me soltó las manos antes de salir corriendo—. ¡Nos vemos luego!

Por poco le tiré la zapatilla que había logrado coger. Suspiré mirándome a medio vestir y terminé de hacerlo dado que me costaría un poco recuperar el sueño, estaba segura. Por si acaso, por si me daba en cualquier momento, había decidido llevarme mi ordenador a la cama, le dejaría en el lado del colchón de Derek para dejarle bien clarito que él ya no era bienvenido en esa cama, no por el momento.

Quería dormir, pero si lo hacía sabía que habría muchas cosas que no podría conseguir terminar con el paso de las horas. Era bastante exigente conmigo misma en cuanto a la cantidad de hojas, palabras o capítulos escribir durante un día. Llegaba a ser tan obsesivo que me provocaba ansiedad, mucha y ésta se dejaba caer hasta mi cuello tensándolo de todas las formas que fuese capaz.

Sin embargo, había dejado de lado el experimento que tenía la noche anterior entre manos. No sabía si sería capaz de terminarlo, pero si me obligaba en ese momento dudaba que fuese a salir algo mínimamente decente. Las columnas acabarían igual, sin cambio alguno lo cuál sería una gran pérdida de tiempo para mí.

Debía despejar la mente y observé cómo estaba vestida. Maldije durante un momento a Derek y después, me giré para buscar mi teléfono móvil.

¿Dónde estás, bromista? Me iré contigo a hacer ejercicio. 

¿No estás bromeando? ¿Vendrás?

No bromeo. Creo que me vendrá bien tomar algo de aire fresco. 

¡Ya voy para allá!

Una de mis tendencias naturales era aislarme en mi hogar como si fuese una ermitaña en mitad de la montaña para no tener ningún tipo de contacto físico. ¿Por qué debía aislarme del mundo? Tan simple como que esperaba que de esa manera fuese a sufrir menos. De poco me habían servido mis viajes por el resto del mundo cuando volvía a costarme poner un pie fuera del que fuese allí mi hogar. No podía mantener una costumbre de salir todos los días un poco, como si tuviese temor a que me terminasen comiendo; aunque, en realidad, a lo que sí tenía miedo era a que el resto del mundo, todos los que estaban en ese momento en la calle, se diesen cuenta que lo único que podían hacer era reírse de mí con sus endemoniadas carcajadas e insultarme hasta cansarse.

Derek no tardó demasiado en llamar al timbre y dejé todo en la cama para irme con él una vez que me hube puesto las zapatillas. Cuando llegué a la puerta del portal, su sonrisa prácticamente cambió mi estado de ánimo del miedo desesperado a una ligera tranquilidad latente, puesto que no estaría sola. No obstante, no podía seguir necesitando ir con alguien a todas partes, tenía que poder moverme sola, tenía que poder caminar por la calle con la cabeza alta y que cada vez me costase menos regresar a la calle para dar mi paseo porque nadie estaba pendiente de mí, era una transeúnte más aunque me sintiese el centro de todas las miradas.

— Tranquila, ¿vale? —Derek tomó mi rostro entre sus manos casi sabiendo lo que estaba pasando por mi mente.

Mis ojos se centraron en él, asentí respirando profundamente y le di un pequeño beso.

— No vayas a un ritmo demasiado rápido que mi tono muscular, resistencia y todas esas cosas, seguramente están por los suelos. Llevo años sin mantener una actividad física regulada, aunque debería —hice una mueca esperando no ver su ceño fruncido. De todos modos, él ya sabía eso.

— Claro que no. Iremos a un ritmo que tú puedas llevar.

Entonces comenzó a correr y me maldije a mí misma por haber aceptado. Aquello sería peor que una tortura china.

Cuando realizaba ejercicio solía recordar los momentos en los que lo había practicado previamente. Solía dolerme la espalda, a menudo, me ardían los pulmones, la boca me sabía a sangre… era una sensación muy desagradable y lo máximo que había hecho en mi vida había sido una carrera entre quince y treinta minutos del calentamiento previo para una clase de Educación Física. Aunque no me gustase la teoría de esa asignatura, la prefería mil veces con sus tecnicismos porque estudiar sí se me daba bien.

Comencé a correr de esa forma, con desgana, esa en la que se nota que no se quiere correr e iba tan lenta como en los entrenamientos. Casi arrastraba los pies. Derek me miró sorprendido y luego soltó una pequeña risa antes de situarse a mi lado dándome un pequeño pellizco en el trasero.

— Ni pienses que por ir así vamos a terminar antes, señorita.

Le miré con esa mirada asesina que siempre me había dicho mi familia que daba algo de miedo. Rostro serio, expresión de mafiosa total y absolutamente orgullosa de ello y buscando el arma con el que darle el golpe final. Sin embargo, logró remediarlo dándome un beso en los labios y le maldije aún más por ser tan absolutamente adorable. Sabía usar bien sus propias armas a favor.

La carrera fue pesada, demasiado y me hacía poca gracia que él pudiese hablar casi sin ningún problema, como si simplemente estuviésemos andando aunque yo caminando a buen ritmo también me las veía y me las deseaba para poder respirar sin que pareciese que estaba corriendo la maratón de Nueva York. Sí, tenía un gran problema entre manos con el deporte y debía aprender a verlo de otra forma. El deporte no era mi enemigo, nunca lo había sido. Solamente tenía que hacerme una rutina, como con todo, para así acostumbrarme a incluirlo en mi vida. Sino sería doña vagueza extrema y además de la vagueza volvería a coger todos los kilos que me había costado quitarme de encima tantos años atrás. Si me sentía más a gusto con este cuerpo, aunque no fuese perfecto, debía mantenerlo así. Por mi propia Salud Mental dado que sabía lo que ocurría cuando los kilos volvían a acecharme. La frustración y la ansiedad eran reales. Se volvían una nueva losa. Siempre había odiado mi cuerpo de esa manera pese a que no debía hacerlo, a que nadie me tenía que haber obligado a sentirme peor que los demás por tener más kilos encima, pero cuando algo se mete tan dentro, se transforma en un dogma de la mente y casi parece más sencillo canonizar al mismo demonio que conseguir que mi cabeza cambiase de parecer.

Me obligué a concentrarme en la conversación de Derek quien estaba inmerso en un monólogo sobre todo lo que podíamos hacer juntos si conseguía sentir ese gusanillo y necesidad por hacer deporte.

Después de una interminable hora, con flato, ahogamiento y casi marearme, llegamos a la puerta del portal. Me sentía exhausta, a punto de notar que el corazón se salía por mi boca, con los pulmones suplicando por aire y no parecía haber suficiente por mucho que los llenase.

Tardé más de un cuarto de hora en regresar a mi ritmo de respiración normal. Entre toses, beber agua y la visible preocupación de Derek. Mi forma física estaba por los suelos, pero aunque me costase admitirlo en voz alta, debía reconocer que tras ese mal rato mi cabeza se había despejado y tenía muchas más energías.


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