2018 / Sep / 20

Terminamos de cenar después de que conseguí sanar ese dolor latente que parecía desprender todo su ser como si le hubiesen dado la peor de las palizas de la historia de la humanidad. El sufrimiento no era cuantificable, al igual que el dolor. No se podía medir, no existía manera, pero tampoco uno necesitaba ser un gurú o un científico o un telépata. Con saber leer la expresión de quien tenías delante era suficiente para saber qué estaba pasando y si el dolor era soportable o no. Puede que para mí fuese más inconcebible la idea de permitir sufrir a otra persona antes de hacer algo para paliar su dolor. Fuera como fuese, había logrado que sus ojos volviesen a tener cierto brillo antes de que se fuese a continuar con sus trabajos.

El cuadro en el que Derek estaba trabajando en ese momento era bastante técnico y complicado. Aún tenía mucha parte del lienzo en blanco y consultaba una y otra vez todos los bocetos que había hecho previamente. Había visto sus dibujos, la colocación de las formas y por la expresión que tenía cada vez que los miraba era más que evidente que estaba de todo menos contento con su planteamiento inicial, pero como no se le había ocurrido otro esperaba, en lo posible, que el comprador los apreciase.

Solía preguntarme cómo uno podía ser tan imaginativo como para tener tantas ideas diferentes bajo presión. Me resultaba increíblemente asombroso, algo que no se valoraba lo suficiente pues la construcción de esa imagen, de esa representación de un sentimiento o de la propia forma de ver un concepto por el artista, tenía su mérito. No todo evocaba algo, no siempre se tenían ideas que se adoraban o se consideraban dignas de museos o de ser escuchadas. Sin embargo, cuando algo se convierte en tu oficio debes continuar con aquello que se te ha ocurrido aunque no sea tu mejor trabajo o tú pienses que no lo es.

Volví a observar ese folio donde había escrito tantos defectos. ¿Realmente era todo lo que ponía? Mal hablada, insegura, manipuladora, gorda, irresponsable, fea, gritona, insoportable, irascible, miedosa, problemática, inútil, mentirosa, tonta, inconstante, cobarde, poco fiable, insuficiente, curiosa, vaga, irrespetuosa, caótica, anormal, desordenada, peluda, loca, bromista, irónica, incomprensible, respondona, insustancial, envidiosa, infantil, mediocre, negativa, repulsiva…

En la columna de virtudes en cambio, la lista era bastante más sencilla de leer: empática y altruista puesto entre interrogaciones.

Eché la cabeza para atrás antes de negar ligeramente. La única forma de contrastarlo sería obligando a mi cabeza a recordar los halagos que había recibido de otras personas, no solamente lo que pensaba de mí misma o en los malos momentos. A pesar de que el punto de vista en otras mentes era completamente subjetivo, podría ir analizando uno a uno los verdaderos significados de esos adjetivos e intentando, en lo posible, juzgar con imparcialidad si esa definición realmente formaba parte de mi comportamiento habitual.

El trabajo sería costoso. No era fácil aceptar los defectos sabiendo que sí, efectivamente, por mucho que uno pensase no podía quitarse ese sambenito, pero también era cierto, que la complicación recaía en aceptar esa negativa, aceptar que había que tachar un adjetivo porque una no era así, porque yo no era eso en concreto y muchos más complicada se planteaba la posibilidad de tener que escribir su antónimo en virtudes.

Cuando quise darme cuenta el reloj marcaba las tres de la madrugada. Me dolían los ojos y la cabeza. No quería pensar más, solamente quería irme a la cama, pero mi mente no iba a cambiar el rumbo de sus pensamientos y me regalaría alguna perla de esas que hacen a uno creer que dormir debería estar sobrevalorado si no fuese un función vital para nuestro cuerpo.

Desde luego recomendaba este ejercicio para el que quisiese deprimirse primero y luego librar una batalla contra esa parte negativa de sí mismo. Las listas no habían variado demasiado. Había logrado quitar algún defecto, pero no había añadido absolutamente nada a las virtudes por mucho que hubiese pensado y requetepensado en busca de la plena objetividad, pero cuando creía conseguirlo otra parte de mi cabeza me decía que no era objetividad, sino que había cambiado por completo la manera subjetiva de plantearlo. Fuera como fuese, llevaba demasiadas horas dejando ganar a mi lado negativo y no podía ni con mi alma.

Me estiré sabiendo que había empezado en ese horrible bucle de ligero insomnio, de sueño revuelto que terminaría con mi cuerpo con tanto sueño acumulado que necesitaría dormir durante un montón de días seguidos tantas horas que casi no vería el día.

Froté mis sienes y después me percaté de lo pajizo que tenía mi pelo. El rubio con tanta decoloración me lo había dejado tan áspero que casi no reconocía a mi cabello que normalmente siempre estaba sedoso y daban ganas de tocarlo. Pensé en si debía seguir decolorándomelo y negué creyendo que el rubio tampoco era el color para mí, que seguramente el moreno iría mucho mejor con mis rasgos aunque no los dulcificase sino que me entregase más seriedad.

Emití un ligero quejido. Estaba deseosa de meterme en la cama, pero esa parte remolona de mí misma deseaba que me quedase despierta para hacer todo lo que pudiese. Seguramente estaría sola, completamente sola porque no me habría dado ni cuenta que Derek se había ido a la cama. No obstante, cuando dirigí la mirada hacia su estudio pude ver que había luz. No demasiada, pero había.

Caminé hacia allí y pude ver a Derek sentado en un taburete, con un pincel entre los labios y otro en sus dedos buscando realizar los trazos más finos y suaves a uno de sus cuadros. Me sorprendió comprobar que se trataba de ese cuadro en que mis ojos estaban reflejados. Había ido añadiendo poco a poco distintos detalles, partes de mi rostro. El cuidado que tenía con cada facción, con cada pincelada era asombroso, igual que si estuviese dispuesto a tratar el retrato como me trataba a mí, con la misma dulzura, con la misma delicadeza, con la misma suavidad.

Cambió de pincel para realizar una pequeña sombra debajo de mi pómulo. La pintura no era muchos tonos más oscura, pero daba un contraste perfecto. En pequeños degradados iba terminando por unificar las dos tonalidades. Era sorprendentemente maravilloso ver cómo se volvían una, cómo parecía que era antinatural que existiesen la una sin la otra, sobre todo que existiesen fuera de ese cuadro.

Aún me preguntaba cómo era posible que no se diese cuenta del arte que hacía y también intentaba calcular cual era el número total de horas que se pasaba buscando arreglar ese cuadro, intentar hacerlo una perfecta réplica de mi rostro.

— ¿Aún sigues perdiendo el tiempo con ese cuadro? —pregunté con suavidad sin quitar mis ojos de la expresión de concentración que tenía él.

Se giró lentamente observando mi expresión de diversión antes de contestarme. Se quitó el pincel de entre los labios y chasqueó la lengua.

— Qué vergüenza que no entiendas absolutamente nada de arte…

Reí antes de caminar hacia el cuadro y mirarlo como si estuviese pensando hacer alguna especie de maldad con él.

— Me has puesto papada —dije de repente señalándolo, pero sin tocarlo.

— ¡Eso es imposible! Si no tienes —miró alternativamente al cuadro y al lugar donde debería estar la famosa papada inexistente.

Intenté contener la risa por la forma en la que él estaba intentando averiguar dónde había visto papada en el cuadro. Era tan sumamente adorable cuando quería ser tan perfeccionista. Bueno, siempre era así de perfeccionista, era una parte de su manera de ser que me encantaba, para qué iba a negarlo. Solamente si algo no me gustaba era cuando a él le proporcionaba algún tipo de sufrimiento.

— Tranquilo. Solamente estoy bromeando —dejé un beso en su mejilla abrazándole por los hombros.

Suspiró profundamente entre aliviado, pero aún un poco preocupado por si era en ese momento en que estaba diciendo una mentira, no antes cuando le había señalado su inexistente error. Me sorprendía la fragilidad que tenía nuestra seguridad en algo. Solamente con una broma lográbamos desestabilizarnos completamente, sentir que lo que habíamos hecho ya no valía para nada. Debía tener más cuidado a partir de ahora con bromear sobre su trabajo y menos aún sobre este cuadro que cuidaba como oro en paño.

— Eres malvada, ¿eh? —musitó antes de dar unas últimas pinceladas.

— ¿Te gustaría que fuésemos a dormir ya? Estoy agotada… necesito unas veinte semanas de sueño más o menos.

Rió al escuchar el tiempo que necesitaba para descansar y luego di suaves besos en su cuello para que accediese.

— Claro que sí, amor. Iré enseguida. Dame un minuto.

Me separé de él con la promesa de que tan solo iba a tardar un minuto. Me quité la ropa de estar en casa y terminé metiéndome en la cama una vez puesto el pijama. No tardó un minuto, no sé cuánto tiempo tardó en realidad, pero cuando me desperté en mitad de la noche estaba ahí acurrucado junto a mí, abrazándome y protegiéndome de todo por lo que terminé durmiéndome de nuevo, contenta de tenerle a mi lado.


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