2018 / Sep / 20

La pregunta seguía rondando por mi cabeza. ¿Qué necesitaba para ser aceptada? ¿Qué debía hacer, decir, pensar…? ¿Debía ser aceptada por los demás o debía empezar aceptándome a mí misma? Ya lo hacía, ¿no? No, no lo hacía, dudaba que lo hubiese hecho en algún momento de mi vida y sí, tenía razón cualquiera que dijese que la clave para ser aceptado por el mundo era aceptarse a uno mismo, pero lo que yo buscaba era algo más de tranquilidad, no sentir que debía esconderme como si hasta la peste tuviese más derecho a transitar por el mundo que yo misma.

Primer paso a tener en cuenta, ¿realmente sabía mis puntos fuertes y mis defectos? Puede que si tuviese que hacer en ese momento una lista dejaría la columna de las virtudes completamente en blanco mientras que llenaría la de defectos usando la imaginación o la sobregeneralización porque debía ser completamente imposible que alguien tuviese tantos defectos sin absolutamente nada que lo contrarrestase de alguna forma. Solíamos ser un equilibrio entre nuestros puntos fuertes y aquellos más débiles o donde flaqueábamos un poco. No obstante, ¿reconocíamos bien qué era un punto débil? Yo misma dudaba de eso. ¿Era imparcial conmigo misma en ese aspecto o cualquier cosa que fuese mínimamente negativa terminaría en aquella odiosa lista que comenzaría después de cenar?

— Esa mente pensante qué estará tramando…

La sonrisa de Derek fue prácticamente arrebatadora mientras intentaba masticar aquella enorme hoja de lechuga que me había metido en la boca.

— Conquistar el mundo, ya lo sabes —bromeé encogiéndome de hombros y provocando sus propias risas.

Dejé el tenedor apoyado en el canto del plato y entrecerré mis ojos mirándole fijamente mientras me debatía si aquello que iba a decirle debía hacerlo o no, pero siempre había encontrado un extraño placer en contarle todo lo que pasaba por mi cabeza siempre que creyese que no iba a hacerle daño alguno. Su comprensión o su respuesta sobre ellas resultaba igual que un bálsamo para paliar el dolor que me había hecho yo sola abriendo una herida más en todo mi pecho maltrecho y lleno de cicatrices mal curadas.

— Pensaba en la necesidad de aceptación, del ser humano en general, pero también la mía en particular. Intentaba dilucidar si se trata realmente de algo externo o más de algo interno. Es decir, ¿yo misma me acepto como soy? He llegado a la conclusión de que no y, el principal motivo para centrarse en algo así no es si intentar que los demás adoren cada parte de tu ser, no, al contrario, eres tú quien debes apreciarte. Si viene acompañado del exterior, perfecto, que no… en fin, no se necesitaría ¿no? Porque uno estaría plenamente satisfecho de sí mismo —me encogí de hombros antes de volver a coger el tenedor entre mis dedos para pinchar algo más de aquella deliciosa cena—. Por eso mismo me estaba planteando un experimento que realizar conmigo misma.

Llevé un poco de calamar a mi boca masticándolo tranquilamente antes de apoyar mi espalda de nuevo en el respaldo de la silla.

— ¿Qué experimento?

Cuando mis ojos se encontraron con los ajenos de nuevo descubrí ese placer súbito al ver que le interesaba lo que le estaba contando, me escuchaba igual que se atiende en la clase que resulta más fascinante. Mordí mi labio inferior intentando esconder mi sonrisa y después tragué lo que aún tenía en la boca.

— Había pensado intentar descubrir cuál es realmente mi grado de aceptación. Poner en una lista mis virtudes y mis defectos de la forma más objetiva posible, lo que imaginarás que no es sencillo, ni mucho menos. Es más fácil ver solamente cosas negativas, incluso, exagerar la cantidad de estas mismas. Tiene que haber un ligero equilibrio en ellas y tengo la grandísima sensación de que la columna de defectos estará plagada mientras que me costará horrores decir cosas de mi misma positivas, pero también habrá algunas negativas que aún me avergüencen… Es un primer paso en el experimento. Después tendría otras fases, evidentemente —removí el contenido del plato con el tenedor esperando que no escapase una risa de su garganta porque mi seguridad sobre mis propios propósitos e ideas solía ser tan frágil que parecía estar andando sobre una cuerda con un precipicio de fondo y cualquier pequeña respuesta que mi mente terminase procesando como negativa se transformaría en un viento huracanado que me haría perder el equilibrio y caer sin ningún tipo de red que fuese capaz de evitar la caída mortal.

Con todo el miedo que se agolpaba en la boca de mi estómago causando un intenso sentimiento de hambre por la ansiedad, encontré su mirada aún pendiente de mis facciones. No habían pasado nada más que un par de segundos desde que había terminado mi pequeño monólogo y podía ver que lo estaba procesando casi como si fuese la teoría de la relatividad o algo parecido.

— Suena interesante. ¿Podría intentarlo contigo? —preguntó serio, sin nada que me indicase que podía estar bromeando lo cuál me resultó aún más asombroso si era posible.

— Claro, pero ¿no te parece ninguna tontería? —fruncí mi ceño llevándome otra pinchada de comida a los labios.

— Para nada. Considero que todas las teorías tienen su base y tú estás intentando averiguar de alguna forma hasta qué punto aceptas tanto tu parte buena como la mala y además, de paso, descubrirás el nivel de tu autoestima, que no hay que estudiar Psicología para darse cuenta que lo tienes en los tobillos —sonrió ligeramente y se levantó de la mesa limpiándose los labios con la servilleta.

Me dio un beso en el pelo y buscó dos hojas junto a dos bolígrafos. Me dejó uno de cada a un lado del plato y él puso el otro folio en el lugar que mejor le servía para escribir sin problemas.

— Una tabla, ¿no? —preguntó mientras realizaba las líneas precisas en su hoja.

— Sí… Pero no tenemos porqué hacerlo ahora.

— ¿Por qué no? Se te veía ansiosa por comenzar.

— No sé si ansiosa sea la palabra que yo hubiese empleado —reí un poco antes de coger el bolígrafo cambiándolo por el tenedor y ponerme a realizar la tabla que a medida que iba cobrando forma estaba dándome más y más miedo.

Después de unos minutos escribiendo ambos en silencio, miré ese folio. Los adjetivos que había colocado en la columna de defectos necesitaban más espacio que el propio largo del folio, mientras que en las virtudes escasamente había escrito dos.

Dejé el bolígrafo sobre la mesa esperando que esa parte negativa de mi cabeza que me recordaba aquella interminable retahíla de adjetivos sobre mí misma estuviese satisfecha porque había intentado, en lo posible, escribirla en su totalidad.

Observé a Derek que había dejado el bolígrafo también. Una mueca apareció en sus facciones y luego resopló casi dándose por vencido.

— No soy capaz de escribir ni una sola virtud, te lo prometo —casi se lo tomó a risa, pero en realidad podía ver que le había afectado mucho más de lo que decía.

Me levanté de la mesa, olvidándome por completo de aquella lista y me senté a horcajadas sobre él dando la espalda a todo lo demás salvo a su rostro.

— No tengo ni que mirar la tabla para saber que todo lo que has puesto en defectos para mí son virtudes, estoy convencida —besé suavemente sus labios intentando animarle.

Correspondió el beso sin dejar de mirarme con curiosidad, acariciando mis costados casi temeroso de que me rompiese, de que emplease demasiada fuerza o algo parecido y me resquebrajase entre sus dedos transformándome en partículas minúsculas que jamás podrían volver a unirse.

— Lo que no sé es cómo te has podido fijar en alguien como yo…

Hice un puchero y le robé otro beso sabiendo que ese experimento había sido de todo menos algo positivo para los dos. Seguramente, cuando estuviese sola delante de esa hoja podría analizarla de otra manera, podría ver qué fallaba en mi cabeza o cuál había sido el “riguroso procedimiento” que había usado para escribir toda esa lista de puntos débiles, de defectos, de manchas de alguna forma que me hacían pertenecer a un grupo de leprosos que prácticamente parecía haber inventado yo sola y en el cartel de nuestro cuartel general estaba puesto algo parecido a: “No se admite ABSOLUTAMENTE a nadie más”.

— ¿Crees que has sido completamente objetivo?

Él asintió lo cuál hacia mucho más doloroso todo aquello para él. Yo misma tendría que devanarme los sesos buscando los hechos palpables, lógicos, reales que diesen razón o se la quitasen a todos esos adjetivos además de trabajar en aquella escueta enumeración de virtudes de mi persona.

— ¿Te digo yo qué pondría principalmente en tu columna de virtudes?

Sus cejas se arquearon y asintió antes de volver a bajar la mirada casi como si estuviese avergonzado. Fruncí mi ceño y me acerqué a una de sus orejas para susurrarlo igual que si fuese un secreto, el secreto de la vida eterna o algo parecido que debiese permanecer entre ambos.

— Que eres tú. Esa es tu principal virtud.

Su abrazo llegó automáticamente y dejé besos en su cuello con intención de calmarle. Quizá había muchas de estas teorías mías o cómo desease llamarlas que tenían que quedarse solamente en mi cabeza, nada más que para evitar su propio dolor.


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