2018 / Sep / 20

¿Cuál es la clave para conseguir la aceptación? Todo el mundo soñamos con ser aceptados de una forma u otra. La apreciación de alguien, el amor, tener un grupo de amigos cuanto más grande mejor o más pequeño, según nuestras preferencias a la hora de tener relaciones con los demás si más superficiales o mucho más profundas e intensas. Siempre me he preguntado de dónde salía esa necesidad mía por la aceptación incondicional de todas las personas del ancho mundo. Nunca me había parado a pensar en teorías filosóficas, de hecho, había aceptado que era rara porque tan solo mi madre no tenía esas necesidades. ¿Con quién había podido hablar hasta ese momento que no fuese con ella? Sí, mis psicólogos y psiquiatras que me habían devuelto que el principal factor no era el beneplácito de los demás, sino mi propia aceptación.

Pero, ¿entonces no era normal tener esa necesidad por encajar en un lugar? Con el paso del tiempo y sobre todo con mi insano deseo de conocer todo lo posible del mundo entero, había descubierto la posibilidad de que fuese un punto débil de todo ser humano teniéndolo en mayor o menor medida en la composición de la forma de ser de cada uno. Por mi propio aislamiento se había podido hacer mucho más poderoso ese deseo pues había concentrado todos los deseos de experiencias sociales de mi vida, en una aceptación plena que no había recibido hasta ese momento.

Recordaba cómo soñaba hasta despierta en ser cantante, actriz o escritora y cómo sobre todo el hombre de mis sueños, ese actor que me gustaba en ese momento básicamente, quedaba prendado de mí porque era un ser tan sobrenaturalmente hermoso que estaba hecha únicamente para que él me apreciase.

Aún podía vislumbrar lo que hubiese adorado ver de pequeña, ver de verdad y de no tan pequeña también. Una extensa alfombra roja. Llevaba un vestido de esos de Dior, Valentino o Versace que dejaba boquiabierto a todo el mundo porque me quedaba como un guante. En realidad, alrededor de mi cintura había puesto el edredón para que me diese ese aspecto de maravillosa falda de princesa. No importaba que tuviese unos pelos de loca que no los querría ver nadie, no, en esas fotografías incansables sobre mi persona mi maquillaje era perfecto, mi recogido igual y mi sonrisa blanca y deslumbrante. Todos se sabían mi nombre, habían ido ahí para recibir mi autógrafo más allá que el de cualquiera de todas las celebrities que iba poco a poco colocando mi mente alrededor de esa alfombra roja.

Era la escritora de una de las novelas superventas que había revolucionado el mundo entero y dentro de los participantes en la película que intentaba ganar más adeptos a esa historia estaba aquel hombre que hubiese suplicado conocerme antes, en otro momento mientras que yo, parecía no darme cuenta de su necesidad por una mirada, una sonrisa, una caricia…

Me sonrojé rememorando aquello. Mis sentimientos eran tan narcisistas en esas ensoñaciones. No obstante, siempre hacía lo posible por firmar a todo el mundo, por atender a todas las fotos aunque odiase las fotografías y tuve que contener una pequeña risa porque dudaba que si algo así se hiciese realidad, yo pudiese reaccionar como tanto me hubiese gustado en todos aquellos mundos paralelos que inventaba para contrarrestar el horror de mi día a día.

¿Alguien más había pasado por algo así? ¿Era la única que aún pasada la mayoría de edad se había creado universos paralelos que le ayudasen a sobrevivir a esa vida vacía, desprovista de emociones positivas que me había obligado a tener?

Aquellos pensamientos habían provocado ese sentimiento perfecto, la pregunta indiscriminada en la que no encontraba ningún tipo posible de respuesta. ¿Y si más personas tenían esa pregunta y podía ayudarles a sentir que no estaban solos o que no eran tan raros? Esa era una de las partes que más había echado de menos en los distintos tipos de terapias que había tenido a lo largo de mi vida. Había hecho lo posible para que mis pacientes encontrasen ese lado de recepción positiva de emociones que consideraban extrañas. Estar perdido y sentirse un ser fuera de este mundo, como una especie a parte era devastador para cualquiera. Todos necesitábamos un mínimo de comprensión.

Mis dedos teclearon con rapidez obligándome a no pensar demasiado en lo que iba a sentir si realmente algo así caía en las manos de otra persona y descubría que eran mis verdaderos sentimientos. La escritura no era sencilla si permitía que mis miedos aflorasen. Me había obligado a no tener tabúes, a escribir todo sin filtros, como si fuese un diario que no fuese a tener más lectora que yo. No había porqué arrepentirse de nada de lo que sentía, de mis emociones, de mis pensamientos, porque generalmente la que solía salir perjudicada en ellos no era nada más que yo. No importaba cómo, siempre terminaba con la culpa a mis espaldas en una mochila que se iba haciendo demasiado pesada con el paso del tiempo.

Lady Gaga y su Just Dance me acompañaban. No pegaba esa canción ni con cola con lo que estaba intentando explicar, pero por alguna razón desconocida me daba fuerza, un aliento de una amiga o de la voluntad que parecía perdiendo cada vez que una duda aparecía en mi mente deslizándose cual serpiente y envenenando todo a su paso.

En ese instante me sentía como en los dibujos animados cuando se tiene un demonio en un hombro y un ángel en otro. El demonio con mi rostro, evidentemente, susurrándome todos mis temores paralizantes mientras que la canción parecía estar haciendo el efecto contrario. Sí, no decía específicamente eso, pero mi cerebro parecía procesarlo como un “a por ello, Kyra” y para qué negar que lo necesitaba contrarrestando de esa forma a esa parte diabólica de mi ser que quería seguir teniéndome encerrada en esa odiosa cárcel donde a duras penas si podía llegar a respirar sin sentir alguna de sus dagas clavarse en mis pulmones para arrebatarme las fuerzas que consiguiese reunir para vencerla.

La lucha era continua y terminaba desfallecida. Siempre parecía ganar, siempre me encerraba en esa cárcel que debía abrir a golpe limpio o con el ingenio suficiente para vencerla, llevarme a mi terreno la victoria como si fuese algo sencillo. Ella sabía lo que pensaba, ella sabía qué iba a hacer después y contrarrestaba todo con la rapidez que tan solo el cerebro humano puede tener cuando se trata de pensar cosas automáticas analizándolas con una velocidad arrolladora para darte cuenta, cómo no, que el problema de la humanidad eras tú y que si te apurabas hasta las guerras habían ocurrido a lo largo de toda la historia de la humanidad solamente porque sabían que llegarías al mundo y eso era un fallo garrafal.

Cuando el bucle de emociones era tan grande llegaba a creerme el anticristo, como si todo ese sufrimiento fuese para llevarme por ese camino del mal que parecía tan deliciosamente satisfactorio. Evidentemente, no lo era. Mi razón conseguía gobernar recordándome que eso era imposible, que no era nada más que mi cabeza actuando para devolverme la tristeza crónica que me había recetado para el resto de mis días y sobre todo, ante cualquier otra cosa, debía recordarme que había intentado el camino del mal, claro que lo había hecho. Había actuado como un ser sin corazón y aún me perseguía la vergüenza y la desgracia. Si hubiese nacido para el mal hubiese deseado volver a hacerlo, pero en su lugar, la bilis se acumulaba hasta subir por mi esófago recordándome que no era malvada por naturaleza. Nunca podría serlo si ayudar a los demás me salía de lo más profundo de mi ser sin pensar tan siquiera.

¿Extraña, verdad? La forma en la que la mente era capaz de tergiversar todo sepultando una virtud o un valor propio para transformar a alguien en todo lo contrario.

Derek dejó un beso en mi cabeza antes de irse hacia la cocina. La luz del día nos había vuelto a abandonar. La noche, oscura y misteriosa, volvía a cernirse sobre la ciudad buscando entregar la liberación a muchas personas que necesitaban de esas horas llenas de alcohol o en las que podían quiénes eran en realidad tirando sus caretas de gente respetada a la basura hasta que volviesen a necesitarlas al día siguiente.

Pensé en Gerault, también en Douglas, en Damian… en todos cuantos había conocido que habían necesitado mi ayuda, que la habían pedido o me habían contratado para ello y, a diferencia de lo que cualquiera pudiese creer, sentía cierto pesar en mi pecho por no haber podido ser ese hombro donde llorasen, descargasen su alma y viesen la luz, viesen una posibilidad para escapar de esas sombras que parecían consumirles.

¿Por qué habría vuelto Gerault a buscarme? ¿Por qué aseguraba que todo era un juego por mi parte? ¿A qué creía que estaba jugando? ¿Necesitaría ayuda de verdad? ¿Y Tatiana? ¿Qué habría pasado con ese monstruo de la naturaleza?

Miré mi móvil y tuve ese intenso deseo por regresar a las personas del pasado para lograr sacarlas de su pozo, entenderlas, cuidarlas y protegerlas, pero ¿era ese mi deber?

— La cena ya está lista.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por Derek quien había llegado hasta mí para abrazarme por los hombros leyendo las frases que le permitía la pantalla.

— Vamos a cenar, cotilla —besé su mejilla y me levanté de la silla para ver qué había de cena.


Leave a comment