2018 / Sep / 19

Tenía el tiempo completamente tasado. Tenía un plazo máximo. Después de un día en concreto ya no iban a aceptar más correos electrónicos y a cada segundo que pasaba me costaba más y más enviar ese e-mail. Hacía más de dos semanas que lo tenía preparado, listo para poder darle al botón de forma que llegase a la bandeja de entrada de los organizadores pudiendo, de esa forma, aspirar a, al menos, ser leída. Lo más probable es que no recibiese ningún tipo de notificación. No me dirían si era bueno o malo, lo cuál identificaría mi mente claramente con la segunda opción. Si no era el mejor, no valía para nada. Ese tipo de razonamiento tremendista que solía llevarme a los momentos más angustiosos.

Había intentado enviarlo en tantas ocasiones que mi navegador se sabía sin ningún problema la dirección exacta. Durante horas permanecía abierta la pestaña, pero finalmente no lo mandaba, hasta que había terminado por obligarme a hacerlo. No había excusas. Tenía todas las fotos hechas, declaraciones firmadas y tras redactar un escueto texto, terminé por enviarlo maldiciéndome en el mismo momento en que ese e-mail ya no estuvo en mi poder. Ya podían juzgarme, ya podían reírse de mí… Incluso, una parte de mi cabeza se había creído la posibilidad de que terminase recibiendo una respuesta que fuese únicamente hiriente y descorazonadora en la que me pidiesen que no volviese a escribir nada más en toda mi vida. Con cosas como esa sabía que tenía que ponerle un considerable freno a mi mente.

Derek permanecía en su estudio. Intentaba disimular que me estaba mirando para ver mi reacción y desde el momento en que prácticamente me había golpeado contra el teclado de mi portátil, tenía una sonrisa diferente en el rostro. Sabía que eso significaba que había mandado ese escrito que tanto le había gustado en su momento. Mi respuesta, tremendamente infantil, fue sacarle la lengua lo que provocó una carcajada en el pintor que había vuelto a dejarse llevar por sus obras sin romper ninguna. Tenía igualmente sus momentos de bajón, se abrazaba a mí como lo haría un niño pequeño y poco a poco, aunque me costaba, lograba que me fuese contando esos pensamientos que le nublaban la mente, que le hacían venirse abajo.

Se había convertido en un enigma que quería resolver, sí, pero al que parecía que jamás llegaba, que no podía entender todo aquello que él siempre catalogaba como “tan complicado” provocando en mi interior un gran desasosiego por no ser capaz de dos cosas o hacerle ver la realidad o, por el contrario, no comprender qué era lo que quería decirme. Me resultaba frustrantemente doloroso porque necesitaba ayudarle, necesitaba entregarle esa estabilidad que él sabía regalarme cuando no estaba bien y veía que era incapaz de consolar su alma por mucho que él me negase esos hechos cuando se lo ponía de manifiesto en voz alta por pura necesidad de mi propia conciencia.

Me dispuse a intentar escribir un par de páginas al menos del libro que tenía entre manos, aquel que siempre había querido escribir, en el que me desnudase en cuerpo y alma. Poco tiempo después me sonó el teléfono móvil. Vi el mensaje que me acababa de mandar Derek y reí un poco puesto que no comprendía porqué me mandaba un WhatsApp si estábamos a unos pasos el uno del otro.

Eres fuerte, valiente, sin importar que el mundo se caiga a tu alrededor tú seguirás de pie. Sé que cumplirás cada uno de tus sueños, ignorando todo aquello que alguna vez te lo impidió o no confió en ti. Yo siempre lo haré, siempre confiaré en ti, mi amor. Es porque te amo, te amo con deseo, con pasión, con locura… eres el amor de mi vida. Jamás me cansaré de dar gracias cada día por encontrarte, por poder amarte, por todo. Aunque no lo creas curas mis heridas, cada vez que vuelven a abrirse tú las sanas de inmediato y el dolor se va como si jamás hubiese existido. Eres mi ángel y siempre, sin importar a dónde vaya o cuán lejos esté, siempre te mantengo conmigo.

Mordí mi labio inferior antes de dejar el móvil a un lado. ¿Cómo se suponía que se respondía algo así? Siempre me había considerado una persona romántica, pero en realidad era bastante poco detallista y él… él se desvivía en cada momento.

Me levanté de la silla dispuesta a ir hasta su estudio. Le observé con atención y sonreí ligeramente antes de ver que sus gafas estaban prácticamente en la punta de su nariz mientras realizaba algo que a mí me parecía complicadísimo. ¿Cómo de semejante técnica podía quedar una perfección de cuadro como ese? Apoyé mi costado en el cerco de la puerta y después esperé a que él me mirase.

— ¿Qué ocurre?

Negué ligeramente con una sonrisa en mis labios antes de caminar hacia él. Le quité el pincel de los dedos, también la paleta y por último las gafas. Doblé las bisagras de las patillas con cuidado y las dejé allí donde no corriesen peligro.

— ¿Qué haces? —rió entre divertido y confundido.

Mi respuesta fue simple. Le besé apretando mi cuerpo contra el suyo mientras mis brazos rodeaban su cuello de forma que cada milímetro de mi anatomía entrase en contacto con la suya. Él no tardó en responderme aquel beso, despacio, muy lento. Al que poco a poco le terminó ganando el deseo que nos teníamos cada uno. La intensidad se volvió adictiva, hambrienta y necesitada. Nuestras lenguas se recorrieron en un juego único que parecían haber inventado ellas solas.

Ambos terminamos jadeando, mirándonos a los ojos con la pasión encendida. Sus manos bajaron hasta mis muslos elevándome en el aire y provocando que mis piernas terminasen a la altura de sus caderas. Era la prueba inequívoca de que nos volvíamos a necesitar de aquel modo físico tan diferente y por eso, nuestras bocas volvieron a encontrarse en un beso lujurioso que prometía un sin fin de emociones físicas en todos los aspectos posibles.


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