2018 / Sep / 18

Derek se levantó de la silla delante del ordenador y se acercó a mí antes de abrazarme por la cintura. Dejé el vaso a un lado, me permití disfrutar de sus atenciones y luego, deslicé suavemente mis dedos por su espalda. No había querido preguntar nada por puro temor a lo que pudiese responderme.

— Es puro arte…

Me sonrojé pensando que se refería a alguna parte de mi cuerpo, no obstante, negué a sabiendas de que eso era imposible aunque no para los ojos de un enamorado y Derek lo estaba, demasiado, hasta tal punto que me hacía temer que no me merecía nada de todo lo que él me daba sin reservas.

— Cada palabra, cada emoción… No sé cómo consigues hacerme sentir tantas cosas simplemente leyendo tus escritos —susurró antes de depositar un beso en mi sien.

¿Arte? ¿En serio? ¿Cómo podía decir algo así? El arte a mis ojos no se comparaba para nada con lo que yo era capaz de hacer. Mi forma de compararme siempre para dejarme a la altura de un niño de dos años que solamente es capaz de hacer rayas frente a alguno de los grandes ya estaba jugando otra de sus maravillosas pasadas a mi mente. La forma casi dolorosa en que esa comparativa caía en mi mente era del poder de una bomba de destrucción masiva en cualquier ciudad abarrotada de gente, a duras penas si sobrevivía algún alma.

Elevé mi mirada buscando la mentira en los orbes ajenos. Necesitaba poder decirle que estaba siendo un embustero, pero creía firmemente en lo que decía o, al menos, así me parecía. De ser buen mentiroso debía serlo de primera porque aún no había podido cazarle en ningún deje o coletilla que le delatase cuando lo hacía. No obstante, otra parte de mí se negaba a creer que alguien pudiese mantener una mentira durante tanto tiempo. De ser así le habría pillado en algún renuncio después de tantas horas compartidas.

Sus dedos jugaron lentamente con mis cabellos parecía adorar tenerlos entre sus dedos aunque sabía que normalmente hacía ese gesto porque a él le resultaba relajante cuando eran mis dedos los que se deslizaban a través de sus mechones.

— Un día te va a crecer tanto la nariz por mentiroso… —mis labios se curvaron en una sonrisa, pero me costaba tantísimo no negar en voz alta aquello que mi mente no podía procesar como verdadero, que no había podido contener esa afirmación que buscaba pelea aunque de forma que la sonrisa pudiese paliar mínimamente los efectos.

— No lo creo. No me gustan las mentiras y menos aquellas que tienen que ver contigo —murmuró muy cerca de mis labios antes de robarme un beso.

— He pensado mandarlo al concurso que Cecille me indicó en un correo —hice una pequeña mueca intentando cambiar de tema porque sabía que no era mínimamente bueno y que quizá, de esa forma, él aceptaría la realidad, la diría en voz alta.

Sorprendido fui viendo casi a cámara lenta cómo su sonrisa se fue ampliando poco a poco. Sus labios se curvaron enseñando esos hoyuelos que podrían volver loco a medio mundo. Tuve que contener mis ganas de besar cada uno de ellos pues su entusiasmo ante esa idea no era lo que yo había esperado.

— ¡Hazlo! Estoy convencido que vas a ganar. No me importa quién se presente, vas a ganar. Es… sencillamente espectacular.

Reí negando con diversión y me acurruqué en su pecho sabiendo que aquel hombre tenía un grave problema de ceguera y no solamente de aquella que podía medio corregirse con las gafas, esa miopía con cristales de culo de vaso, no, su ceguera era aún peor. Sus ojos estaban completamente vendados y creía que todo lo que yo hacía o decía era perfecto, único e incomparable. Quería obligarle a decir la verdad aunque doliese, aunque me destrozase por dentro, pero ¿qué pasaba si me aterraba aun más que esa fuese realmente la verdad de lo que él veía? ¿Y si había más personas que podían ver lo mismo? ¿Y si tenía talento de alguna forma? No podría regresar a mi zona de confort, no podría volver a encerrarme en mi cuarto porque tendría una vida que vivir, miles de ideas que llevar a cabo, ser quien siempre había querido ser y no me había dejado. Tenía un pánico asfixiante a terminar creciendo, a poder ser “alguien” aún cuando siempre había querido serlo.

Aceptar que el fracaso era parte de la vida jamás había estado entre mis planes, menos aún si eso significaba que lograría los éxitos que deseaba. Siendo así jamás podría bajarme de la cresta de una ola que siempre tendía que ir en aumento, jamás podría descender mínimamente.

La ansiedad estaba gobernando gran parte de mi pensamiento inconexo que daba saltos de un lado al otro intentando resolver las incógnitas que no dependían de mí en todos los avances que quisiese hacer. Solamente teniendo una bola de cristal fidedigna, de esas que no se equivocasen ni en un millón de años tomase la decisión que tomase para que me indicase mi verdadero futuro. Así, puede que así, sí fuese capaz de aceptar lo que me esperaba porque no tendría forma de evitarlo y estaba convencida que haría todo lo posible para que no lograse el éxito, que mi nombre no fuese conocido en realidad.

Volvía a ese planteamiento que últimamente aparecía en mi cabeza a menudo. Podía seguir como estaba, sin avanzar, sin intentar nada nuevo o lanzarme a la piscina hubiese o no hubiese agua.

— Lo enviaré… aunque dudo que vaya a ganar, pero para mí será un salto muy importante solamente ese envío —susurré después de todos esos pensamientos que se habían revuelto en mi mente, que habían despertado fobias y deseos, la continua batalla entre mi verdadero ser y las murallas que había construido tiempo atrás para mantener a todo ese torrente de creatividad controlado.

El mundo era un lugar enorme donde se podía ser solamente una sombra gris pasando de un lado al otro teniendo una vida estándar o ser un color intenso, con luz propia que dejase una estela a su paso y la decisión mi corazón ya la había tomado.


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