2018 / Sep / 18

Recordaba la última reunión familiar, con la familia de mi madre, a la que había ido. Habían pasado unos cuarenta kilos, tres o cuatro cortes de pelo distintos y una carrera después. Me había sentido tan incómoda desde el primer momento que consideraba que la metáfora perfecta habían sido mis zapatos, aquellos que tanto había adorado, pero me habían destrozado los pies de una manera clarísima.

Había tenido que ponerme lo que mi madre había querido que me pusiese, por supuesto. No había terminado yendo como yo deseaba. No obstante, tampoco es que tuviese mis expectativas excesivamente altas. Fuera como fuese, tampoco me lo había imaginado tan mal como había sido en realidad.

Mis emociones habían ido de mal en peor. Lo único que había salvado algo mi día había sido la comida. Abundante, suculenta y debía agradecer a los tíos de mi madre porque no hubiesen tenido problema alguno en comerse aquello que a mi hermano y a mí no nos gustaba.

Para empezar, mi tía Marinoshka había pedido a mi hermana que le guardase un sitio a su lado. Al otro lado tenía a mi madre, mi madre, por supuesto, tenía a su otro lado a mi padre lo que me dejaba a mí aislada en la punta, con mi hermano a mi lado y una preciosa silla vacía que había terminado por seguir estando vacía porque para qué sentarse a mi lado cuando se podía dejar al menos un hueco de distancia. Primera puñalada.

Después, cualquier intentando por sacarle a mi hermano algún tema de conversación terminaba con su afable negativa, en muchos aspectos, salvo cuando se trataba de un juego. Quizá la explicación más exacta que podía haber en todo mi repertorio personal sobre mis sentimientos de soledad, incomprensión y súplica de ser mínimamente hablada socialmente era igual que volver a clase. Allí volvía a estar sola, indefensa frente al mundo aunque estuviese rodeada de un montón de gente y sintiéndome cada vez más tonta, igual que si mis comentarios no tuviesen relevancia, si fuesen insustanciales, estúpidos o propios de alguien que no tiene un mínimo de estudios, de sapiencias ni nada por el estilo. Sentirse inferior era algo a lo que me había acostumbrado tanto, que durante el momento lograba mantener el tipo obligándome a centrarme en comer, en realizar cualquier tipo de actividad, en buscar temas de conversación y luego, la caída en gordo llegaba cuando me quitaba la ropa, cuando analizaba lo que había ocurrido en realidad ese día y observaba que no había nada mínimamente salvable.

Había un gran añadido. El descubrimiento de que la persona de mi familia más afín a mí era una niña de siete años que vivía a muchos kilómetros de distancia y con la que no podía entenderme del todo bien. Era doloroso saber que a pesar de mi edad, aquello podía significar que no había madurado absolutamente nada, o por el contrario, que ser técnicamente adulto era un muermo total.

Hoy se cumplían años de esa comida, seguramente. Dudaba poder olvidarlo. Era raro que esas fechas que habían supuesto momentos increíblemente dolorosos en mi vida no permaneciesen como uno de tantos días oscuros que tenía mi calendario.

No obstante, desde ese día y por mucho que necesitase relacionarme, me había negado en redondo a ir a cualquiera de esas comidas organizadas para “pasarlo bien”. Prefería mil veces buscarme otros ambientes en los que, al menos, estuviese prevenida de que iba a sentirme completamente sola porque era así, estaba literalmente rodeada de desconocidos, pero no porque aquellas personas que “debían quererme” preferían hablar con cualquiera a cruzar media palabra conmigo. Morder, aún no mordía; pero iba a faltar poco para que le diese algún bocado a alguien si la situación continuaba así.

Seguramente la situación no había sido así, no obstante, mi cerebro la procesaba así, la sentía así y contra eso no sabía si sería capaz de luchar tantos años después. Es como si ya hubiese criado hijos ese sentimiento negativo, y tuviese toda una familia con tataranietos para tomar el control de la situación si empezaba a ser mínimamente positiva.

Fue eso lo que me dio una idea. Una gran idea que me hizo levantarme en mitad de la noche a pesar de lo agotada que estaba. Mi cabeza necesitaba sacar esos sentimientos de alguna manera y puede que no le gustase a nadie. Puede que no tuviese sentido para otros o que fuese solamente yo la que tenía esas emociones, pero era en primera persona por lo que valía. Además, en esos momentos negativos del día jamás vería con una lógica lo suficientemente aplastante para callar a todas mis inseguridades el porqué no era la única que podía llegar a experimentar esas emociones.

El ordenador tardó poco en encenderse. Abrí un documento nuevo en word y dejé que mis dedos descargasen todas las emociones concentradas en mi pecho causándome agobio e intentando hacer comprender a aquel que lo fuese a leer qué era lo que me ocurría cada día con tantos símiles como fuese capaz de encontrar justos para que calzasen sin problema en cada línea, en cada idea que poco a poco iba encadenándose en mi mente con la siguiente.

Terminé el escrito. Acepté que no era de mis mejores trabajos antes, incluso, de corregir las faltas. No quería ni podía volver a leerlo y aun así estaba haciendo ese esfuerzo para mí titánico porque sabía lo que significaría para mí ver un solo fallo: papelera de reciclaje como destino último del trayecto.

Me levanté para ir hacia la cocina. Necesitaba beber un vaso de agua para de esa manera no tomar la decisión precipitadamente de quitar ese escrito sin posibilidad de salvación. Escuché unos ruidos que provenían de la habitación y vi a Derek restregándose uno de los ojos caminando hacia mí.

— ¿No puedes dormir?

Negué mirándole y nos dimos un suave beso.

— He aprovechado para escribir algo…

Fue decir esas palabras y sus ojos se abrieron como platos yendo rápidamente hacia el ordenador como si se tratase del mejor libro o escrito de la historia. Reí por su reacción y esperé su respuesta ante ese bodrio que había salido de mi cabeza.

El amanecer había empezado a colorear el cielo y supe que había vuelto a pasar una noche más escribiendo bajo el amparo de la soledad.


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