2018 / Sep / 18

Rodearse de las personas adecuadas en la vida es una parte primordial. Tener a alguien al lado que se dedica a cortarte las alas, a no permitirte volar ni tan siquiera por diversión, es un lastre para todo aquel que por mucho que lo intente, por mucho que busque seguir ascendiendo el constante sonido de ese discurso recordándote lo malo y no dándote apoyo nunca podía volverse tan dañino como una caída en picado desde tres mil metros de altura. Sabes que cuando llegases al suelo quedarías igual que una papilla, que sería difícil recomponerse, pero lo harías, casi como si el cuerpo estuviese hecho de flubber. Tardarías más o menos, pero alejándote de la fuente contaminante, de aquel que tan solo se dedica a criticar, el ascenso sigue costando, muchísimo, nada es gratis; pero, al menos, no subías solo.

Descubrir cómo se sentía uno cuando cualquier idea, cualquier plan siempre parecía grandioso animándole a conseguirlo era algo que nunca había creído que podría llegara experimentar.

Después de estar mucho rato en la bañera hasta el punto que el agua se quedó prácticamente congelada, salimos para comer algo y ver esa película mientras tanto. No quisimos comer demasiado lejos el uno del otro, era igual que necesitarse para respirar, pero me sentía mínimamente sabiendo que había un lugar al que realmente podía acudir siempre, un sitio en el que sí era importante, sí era tratada como la reina de ese pequeño mundo y aunque no creía merecerlo era un cambio de clima deliciosamente beneficioso para todas aquellas heridas que aún sangraban sin cura posible.

Me apreté contra su cuerpo en un intento por quitarme de encima cualquier mínimo recuerdo doloroso y me concentré en el argumento de la película. Una asombrosa Kate Winslet hacía el papel protagonista. Costurera de profesión y con un pasado tormentoso a sus espaldas, había regresado al pueblo para lograr su objetivo, descubrir la verdad sobre el cargo del que todos la acusaban y, además, cuidar de su madre aunque más parecía que era ella quien necesitaba los cuidados de su progenitora aunque, ¿quién no?

Tomé una de las manos de Derek antes de alzar mi mirada descubriendo que se había quedado dormido. Contuve una pequeña carcajada y le dejé descansar. Había tenido muchas emociones fuertes y aquello siempre suponía un desgaste psicológico y físico. No era tan extraño. Yo misma podía terminar tan agotada con un día que para muchos era común además de socialmente activo que me pasaba muchas más horas de las que debía intentando recuperar el ritmo perdido de energía. Tanto estímulo, tantas posibilidades de atormentarme lentamente, provocaban un exceso de trabajo que se traducía en un agotamiento puro y duro. Aquel que tendría tras un día entero dedicado a ejercitarme físicamente a un nivel de profesional.

Di un pequeño beso a la palma de su mano y después, me levanté del sofá cuando terminó la película. Apagué la televisión, me senté frente al ordenador y busqué en mi correo si me había llegado algún e-mail de alguien. Un correo de Cecille apareció en la bandeja de entrada y cuando vi que se trataba de un concurso casi perdí la respiración. ¿Estaba preparada para intentar dar un paso como ese? Dudaba que realmente fuese así, aunque también podía angustiarme la posibilidad de que aquello pudiese gustarle a alguien además de la clarísima posibilidad de recibir críticas malas, siempre malas, porque ¿para qué iba a pensar en positivo?

Las bases eran simples. Un trabajo en primera persona. Un escrito corto sobre mi experiencia dentro de la salud mental. El único problema que había con todo eso era simple, ¿me atrevería a escribir algo? ¿Tendría alguna idea y después la mandaría cuando estuviese plenamente satisfecha?

Debía ser realista, nunca estaba plenamente satisfecha con nada de lo que yo hacía. La verdad es que no iba a conseguir nada. No ganaría el premio, no le gustaría a nadie, y seguramente tendría que terminar ayudando a otros para que se presentasen al concurso. ¿Aceptaría perder? ¿Podría mi autoestima superar algo que evidentemente iba a terminar calificando como un rechazo más y un nuevo refuerzo para esa odiosa parte de mí que me recordaba una y otra vez que no valía ni para hacer la O con un canuto?

Miré hacia Derek. Verle dormir tan plácidamente casi me enfureció. Le necesitaba ahora. Quería hablar sobre el continuo come-come que tenía mi cabeza cuando se trataba de cualquier cosa. Me sentí mal por enfadarme. ¿Por qué todo tenía que ser en el instante? ¿Por qué no podía aguantar yo misma toda mi sarta de emociones durante unos instantes? Suponía que la liberación y la necesidad de no vivir con filtro me habían alegrado demasiado la vida. No era justo que Derek sufriese por eso. No le debía mi mal humor porque no era su obligación escucharme a todas horas. Bastante lo había hecho ya.

Apagué el ordenador quedándome pensativa, intentando ser yo quien decidiese y dilucidase qué iba a hacer exactamente con ese concurso. Lo más sano para mí de primeras me parecía una retirada a tiempo, pero estaba cansada de seguir escondiéndome detrás de las faldas de mamá. Tenía que aprender a seguir adelante. Por ese mismo motivo me presentaría, me daría de tiempo hasta unos diez días antes de la fecha final para que se me ocurriese alguna historia, la que fuese, real, por supuesto. No podía inventarme nada, tenía que ser un relato corto de mi vivencia con la enfermedad mental.

Volví a sentarme al lado de Derek, me acurruqué en su pecho y empecé a buscar algo que ver en la televisión. De no ser así, de no encontrar nada, siempre me podía poner a leer en cualquier momento. Los libros siempre eran un recurso maravilloso con el que aprendía sin darme cuenta. Además de la lectura tenía la propia escritura de mi libro en suspense, dispuesta a terminarlo en poco tiempo, algún día, sin volver a bajarme del tren antes de que pudiese descarrilar. Si tenía que tener un accidente, darme un golpe de gracia buscando mi sueño, era ahora el momento adecuado de hacerlo.


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