2018 / Sep / 17

Dejó un beso en mi yugular antes de que estirase mi cuello hacia atrás buscando en lo posible quitarle tensión a la zona, pero tenía pinta de que aquello tan solo iba a empeorarlo.

— En serio…

— ¿Qué quieres saber? Te contestaré todo lo que me preguntes.

Solía ser bastante mala describiéndome, al menos, si tenía que hacerlo desde un punto de vista objetivo que no era capaz de tener conmigo misma por mucho que lo entrenase. Mi cabeza era dura y terca hasta ese aspecto. Además, siempre había creído que tenía mayor facilidad para expresarme escribiendo en un papel sin que tuviese que ver la expresión de nadie cuando le contase todo lo que pasaba por mi cabeza.

Recapitulé pensando en todo lo que Derek ya sabía de mí. En realidad, le había contado la versión corta de la “trágica historia de mi vida” y mi desastre de vida amorosa. Ni tan siquiera sabía porqué me había sincerado hasta ese punto con él cuando no le conocía prácticamente, pero era agradable creer que podías confiar en alguien, que una persona ajena a tu propio subconsciente no iba a defraudarte, no iba a mentirte ni engañarte. ¿Por qué después de todas las veces que había tropezado con la misma piedra seguía creyendo que había alguien digno de fiar en todo el planeta? Básicamente porque mi alma lo necesitaba de forma desesperada.

— ¿Cuál es tu color favorito?

— ¿Prometes no reírte ni decir lo raro que es?

Soltó una pequeña risa.

— Por supuesto. Lo prometo.

— Mmmm, te pasaré que ya te hayas reído. Es el amarillo.

Sus labios dieron un beso a mi sien y temí escuchar las risas en cualquier momento, sin embargo, sus dedos se dedicaron a acariciar mis costados con deliberada lentitud. Me giré en sus brazos y me senté a horcajadas sobre él abrazándole por el cuello.

— Nunca te he visto llevar nada amarillo…

Me quedé pensativa intentando recordar los atuendos de ropa que tenía. La verdad es que el amarillo siempre había sido el color que más me había gustado, pero rara vez lo había llevado. De hecho, ahora empezaba a vestir con los colores más vivos después de años teniendo que llevar tan solo ropa de los colores más oscuros porque, al menos lo que yo podía permitirme, no tenía muchos más colores que pudiese llevar una talla grande. También podía ser por esa tontería de que el negro estiliza. Una cosa es que estilizase y otra cosa es que hubiese podido obrar el milagro de hacerme creer que tenía una talla XS cuando la mía sobrepasaba la XL. Mi relación con mi cuerpo siempre había sido tortuosamente horrorosa y ¿Derek comprendería algo así? Así que me arriesgué a explicárselo.

— Creo que me hubiese enamorado igualmente de ti con esos kilos de más.

Rodé los ojos sin poder creerme lo que estaba diciendo. Teóricamente parte de la magia de la atracción estaba en el físico, ¿no? ¿Por qué le iba a atraer el cuerpo que tenía antes o, incluso, el que tenía ahora mismo completamente lleno de marcas de las subidas y bajadas de peso?

— No digas bobadas. Te hubieses fijado en mí tan solo para desviar la vista lo suficientemente rápido para que no creyese que te gustaba —suspiré mientras sus manos iba subiendo lentamente por mi espalda abriendo sus dedos como si no los tuviese maltratados.

— Kyra Annette Mijáilova, mírame ahora mismo.

Respiré profundamente al escuchar mi nombre completo y fijé mis ojos en los ajenos el tiempo que me permitió la vergüenza. Además, estaba visiblemente enfadado, pero intenté ablandarle haciendo un puchero que pareció surtir efecto.

— ¿Crees que soy tan superficial? ¿Crees que el físico es lo único que me tiene loco por ti?

Fruncí mi ceño pensando en las posibilidades. Si le decía la verdad, lo que mi cabeza gritaba, seguramente iba a tener problemas. Sin embargo, si le decía lo que quería creer, en realidad le estaría mintiendo porque no aceptaba de forma consciente que tuviese absolutamente nada que pudiese atraer a nadie y el resurgir de mi nefasta vida amorosa seguramente se había debido a todos los kilos que había perdido, a ser teóricamente “sexy” o el concepto que me habían inculcado de sensualidad hasta el tuétano.

A diferencia de lo que la gente creía, no era tan dura con el resto de la población. No me dolían los ojos por ver a personas con kilos de más luciendo sus curvas, al contrario. Para mí eran un verdadero ejemplo de autoestima alta. ¡Ole sus narices porque les importe una mierda lo que piense el mundo y por quererse sean como sean! Tampoco era de las que evitaba tener amistades con sobrepeso. En realidad, evitaba casi todo tipo de contacto social, no tenía que ver con eso. No obstante, cuando el tema se trataba de mí era muchísimo más dura. El peso había sido la cruz que había tenido que llevar toda mi vida desde pequeña por los genes familiares, porque siempre me había gustado mucho comer, por la cantidad insana de pastillas que me había tenido que tomar y por esa maravillosa vida sedentaria que había tenido durante demasiado tiempo.

— No creo que seas superficial —es cierto, en eso no mentía—, pero sí creo que mi físico no podía haberte atraído ni lo más mínimo.

Enarcó una ceja. Casi podía verle pelear consigo mismo para no levantarse de la bañera y montar un espectáculo parecido al de antes, pero la sinceridad era mejor que otra cosa. ¿De qué me serviría decirle que sí podía ver plausible esa posibilidad si en realidad no era de esa forma?

Empujó mi espalda hacia él de forma que nuestros labios casi quedaron a la misma altura, mis senos se apretaron contra su cuerpo y su nariz comenzó a jugar con la punta de la mía en lentas caricias que intentaban calmar la desazón que parecía leer en mi rostro. En ese aspecto era exactamente igual que un libro abierto. Fuese el sentimiento que fuese parecía escribirse con letras de neón en mi frente y en un idioma universal que podía entender todo el planeta.

— Eres mucho más que un cuerpo bonito, Kyra. Eres inteligente, divertida, cariñosa, amable, atenta, tienes la mente abierta y no juzgas, te das en cuerpo y alma a una causa que consideres justa… Y has sufrido tanto. Todo tu conjunto, absolutamente todo es lo que me tiene completamente loco por ti. ¿Lo entiendes?

Le miré haciendo un puchero y terminamos en una batalla por ver quién hacía el puchero más lastimero hasta que tras robarle un beso terminé asintiendo una sola vez, porque lo entendía, no porque compartiese que yo fuese todas esas cosas.


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