2018 / Sep / 16

El agua estaba tibia. Prefería el agua con una temperatura más alta pero no deseaba tampoco que le quemase en las heridas recientes. No recordaba la última vez que me había dado un baño, generalmente habían sido duchas, por eso de la concienciación con el medio ambiente aunque dudaba que sirviese de mucho si las duchas eran de una duración mínima de media hora. No obstante, desde que era pequeña los baños no habían formado parte de mi día a día.

Derek se había metido antes que yo. Aún me daba vergüenza mostrar todas mis imperfecciones físicas delante de él por mucho que hubiese recorrido cada centímetro con sus labios. El solo recuerdo provocaba que me sonrojase hasta las orejas. Así que me metí en la bañera sin mirarle, al otro lado, a la altura de sus pies.

Entrecerró sus ojos mirándome y levantó un dedo para indicarme que me acercase. Reí negando y finalmente, al ver que si no lo hacía él terminaría llevándome hasta allí, me di la vuelta y apoyé mi espalda en su pecho permitiendo que nuestros cuerpos se encontrasen de aquella forma tan diferente. El agua daba una nueva sensación al toque de nuestras pieles.

— ¿Sueles reaccionar así a menudo por la frustración, Derek? —pregunté cuando ya no pude contener más esa curiosidad que me llevaba siempre por mal camino.

Pude sentir cómo sus músculos se tensaban, pero finalmente soltó todo el aire acumulado en los pulmones.

— No sé controlarla si es a lo que te refieres. La ira, la frustración… generalmente soy bastante… gruñón.

Mi expresión cambió completamente. Tenía una completa cara de tener que resolver el teorema matemático más difícil de la historia. ¿Cómo era posible? Salvo por la pelea con Gerault y por lo que había sucedido hoy, no le había visto jamás dejarse llevar por la rabia, por la locura ni nada de eso. Siempre era precavido, no pronunciaba palabrotas salvo que yo misma las hubiese pronunciado antes para definir a alguien. Conmigo era extremadamente diferente a la definición que yo tenía de “gruñón” en mi diccionario particular.

— Conmigo no eres gruñón.

— No, pero seguramente te habrás dado cuenta que lo soy además de amargado y un cabezón de categoría superior —sus dedos se movieron dentro del agua hasta que encontraron los míos y con cuidado, le dejé jugar con ellos. No quería que se lastimase más.

— Vale, vale, vale… ¿qué Derek ves tú? Porque no es para nada lo que yo veo en ti.

— Contigo no me sale ser… así. Contigo tan solo me sale cuidarte, protegerte, consentirte… No soy igual con el resto del mundo. Nadie me importa. Sí, sufro porque hay injusticias en el mundo, algo de corazón tengo; pero, cuando se trata de pensar en el aquí, en el ahora, en la gente que conozco, el planeta me importa una mierda, lo único que quiero ver siempre es tu sonrisa —musitó contra mi oreja dejando después un beso en el hombro que tenía a su alcance.

¿Algo así podía ser real? ¿Ese Derek existía realmente? Ese hombre tan diferente frente a todos menos frente a mí. Dulce, amable, tierno, atento… ¿podía cambiar tanto cuando se enfrentaba al resto de la humanidad? No tenía nada más que recordar cómo le había cambiado la cara al percatarse de la presencia de Gerault. A mí me miraba de una forma, a él, en cambio, parecía querer asesinarle sin tener que cruzar palabra alguna.

Pude que todos estuviésemos cubiertos de caretas, que le mostrásemos a cada uno la que nos apetecía mostrar. Yo estaba cansada de vivir tras caretas. Quería poder ser yo sin tener que pensar absolutamente en todo, porque mientras mantuviese el respeto por los demás, ¿por qué no podía vestir como me diese la gana o llamar la atención de alguna forma si eso era lo que quería? Otra pregunta más importante se cruzó por mi mente. ¿Cuál era el verdadero Derek entonces? ¿Un día se quitaría la careta y recibiría los golpes que en esta ocasión había recibido la pared o por el contrario era ese Derek atento sacado de un cuento de hadas?

No, no negaré que la perfección exista. Al contrario. Después de todo este tiempo había llegado a la conclusión simple de que sí, la perfección existía, claro; pero lo que para unos era perfecto, para otros no. La perfección podía medirse en algunas variables objetivamente, sí; sin embargo, esa perfección de la que hablábamos asíduamente y con tanta ligereza era de cada uno de nosotros. La subjetividad al colocar ese atributo a una persona no era nada más y nada menos que un cumplimiento de todos los cánones que a nuestros ojos le daban esa categoría. Y Derek entraba en todas las clasificaciones en la primera posición a pesar de ese descontrol. Quería pensar por eso que el verdadero Derek era el que yo conocía mientras que por su pasado se ponía una careta para que el mundo dejase de hacerle daño.

Apoyé mi cabeza en su hombro y alcé mi mirada para encontrarme con sus ojos que volvían a contemplarme de esa forma en la que me podía sentir como la mujer más hermosa del planeta.

— Tú eres el verdadero Derek. Éste que veo aquí. El que escapa del escondite cuando siente que no será juzgado o que desea ser así de amado como sabe que se merece —sonreí suavemente y di un beso a sus labios—. Gracias por permitirme ser la única que te conoce realmente.

Rió antes de negar con suavidad y dio un beso a la punta de mi nariz mientras mantenía el silencio.

— Quiero conocerte, Kyra…

Entrecerré mis ojos dado que le había contado muchísimas cosas de mi vida.

— ¿Qué quieres saber?

Sus dedos dejaron a los míos, se apoyaron en mi bajo vientre y me apretaron contra él antes de susurrar de una forma que podía significar miles de cosas:

— Absolutamente todo.

Un estremecimiento recorrió mi columna vertebral despertando cada célula de mi anatomía.

— Tienes toda la vida para conocerme.


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