2018 / Sep / 16

Todos éramos seres humanos que descargábamos nuestra rabia de una u otra forma. Más de lo que me hubiese gustado admitir la frustración terminaba marcando muebles, paredes o ventanas de los distintos hogares. No obstante, mi forma de soltar dolor, furia o rabia no era mucho mejor. Yo era de ese tipo de personas que necesitaba llevarse a los demás por delante. En esos momentos era como el jinete sin cabeza que recorría las calles marcando a todos los existentes y arrebatandoles la vida. Mis armas de destrucción masiva, en busca de hacer más daño, era el insulto.

Todas y cada una de las veces que había respondido mal a mi familia, que había insultado o había actuado de una forma que buscaba calmar la calamidad de mi interior destruyendo todo a su paso, me perseguía clavándose en mi conciencia provocando que sintiese rechazo frente a esa Kyra que había actuado de esa forma venenosa. No podía mirarla cuando echaba la vista atrás. Era igual que si repudiase todo lo que había hecho esa chica y que seguía haciendo sin mantener jamás el control.

Me preguntaba si estaba utilizando a Derek, si en realidad, la estabilidad que él me mostraba no era nada más que el principio de mi huida y él la veía tan claramente como empezaba a dilucidarla yo, pero ¿por qué lo haría? ¿Por qué huiría de todo lo que me hacía bien? Porque ahí estaba ese estúpido pensamiento que me recordaba que yo no me merecía nada bueno, absolutamente nada. Ese mandato me taladraba hasta la médula y desplegaba su equipo de combate hasta que destruía cada mínimo atisbo de felicidad en mi interior.

Apoyé mis labios sobre la cabeza de Derek a pesar de que ya estaba mucho más tranquilo. Quería, en lo posible, hacer algo para lograr su bienestar. Ni tan siquiera se me ocurría cómo podía asegurarle sin que su miedo se incrementase o terminando por destruirlo, que no iba a desaparecer. ¿Quién decía que no lo haría? ¿Quién decía que en cuanto me creyese segura mi instinto patéticamente ridículo de supervivencia ante un dolor inminente provocase mi huida sin mirar atrás?

Había intentado por internet sentir ese amor, esperar no huir y todas y cada una de las veces había cedido a mi incontrolable deseo de discutir, de romper toda atadura para seguir reconociendo a ese pensamiento grabado en lo más profundo de mi ser, que efectivamente, lo único que se podía hacer conmigo era dejarme pasar para poder tener una vida más o menos productiva.

El número de personas a las que había hecho daño seguramente era bastante más grande que mis propios años y puede que el dolor que había reflejado fuese aún mayor precisamente como una lección para entender en propia carne qué les había hecho sentir a los demás. Sin embargo, por mucho perdón que pudiese pedir, no se le podía pedir a un alma atormentada, maltratada por ella como por su entorno y llena de ira, que aceptase sin reservas dar amor a todo el que pasase, porque no lo comprendería.

Allí estaba yo, viviendo junto a otro ser lleno de heridas abiertas que intentaba cicatrizarlas conmigo a su lado. No tenía más remedio que madurar por una condenada vez en mi existencia y darme cuenta que él, igual que yo, buscábamos lo mismo y ya no valía un “no te ajunto” como en el parvulario.

Una cosa era saberse la teoría. Otra aprenderlo y llevarlo a la práctica. Por alguna razón, en un momento de nuestra existencia, después de veinte mil veces intentando lo mismo, parece que tu mente lo entiende, comprende que no solamente existe huir, que hay que ir más allá. Durante mucho tiempo había obligado a mi mente a esconder sus pensamientos, sus ideas sin sentido, su curiosidad y su locura; pero… ¿y si era hora de aceptarme sin reservas? Dudaba que tuviese la capacidad de hacerlo, ni tan siquiera mínimamente, no obstante, de poco servía que dijese una cosa y no practicase con el ejemplo.

Mi evolución llevaría tiempo, lo sabía, al fin y al cabo, somos seres de costumbres y durante mucho tiempo había conseguido hacer enmiendas a las leyes menores que regían mi cabeza, pero nunca me había enfrentado contra una reforma de esa constitución.

— ¿Sabes qué? —pregunté acariciando la nuca de Derek con las yemas de mis dedos.

— ¿Qué? —su voz sonaba amortiguada, pero no parecía haber dolor, no ahora.

— Que vamos a tomarnos un día entero de relax. Necesitas despejar tu cabeza, yo también la mía y ninguno de los dos podríamos trabajar así con tantas emociones a flor de piel así que te propongo algo: baño relajante juntos, película y por supuesto, una comida de esas que nos dejen completa y absolutamente llenos. Ya habrá tiempo de bajar las calorías —reí intentando animarle buscando su rostro.

Sus ojos volvieron a iluminarse de esa forma especial. Su sonrisa apareció mínimamente, pero no le permitieron expandirse por su rostro para derretirme ante esos hoyuelos que tenía. No obstante, tenía una expresión casi desvalida, tímida, inocente, necesitada de amor, como un niño pequeño cuando te muestra ese intento de puchero. No podía negarme a intentar hacer lo que necesitaba así que empecé a darle besitos por todo su rostro con mucha suavidad, igual que haría con un bebé y esa sonrisa hermosa suya apareció por instinto antes de soltar una carcajada.

— Vas a comerme, Kyra…

— Quizá más tarde —le guiñé un ojo riendo y besó mis labios con esa desesperación propia de quien creía haber perdido a su amor.

Me separé tan solo cuando mis pulmones necesitaron aliento y con mis ojos cerrados, una sonrisa tras apoyar mi frente contra la suya susurré bajo al ritmo que me permitía la escasez de mi aliento.

— Estoy aquí. Tranquilo, estoy aquí…

Respiró aliviado y cuando volvió a serenarse ambos abrimos los ojos regalándonos una pequeña sonrisa.

— ¿Baño?

Asintió y me apretó contra él robándome otro beso.

— Baño. Juntos. Nada de escaquearse —mordió ligeramente mi labio inferior haciéndome reír aunque en realidad tenía un efecto muy distinto en mí que hiciese eso.

— Nada de escaquearse. Prometido.


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