2018 / Sep / 16

El viaje al apartamento fue pesado y difícil de completar. Tenía que aceptar que mis comparativas con otras personas tenían que cesar. No podía estar viviendo siempre en un mundo en que me sentía poco más que una piedra en el zapato.

Saqué las llaves y abrí la puerta antes de coger profundamente aire. Entré en el apartamento y no podía creerme lo que estaba viendo. Había trozos de cuadros por todas partes, se escuchaba un fuerte sonido de algo que teóricamente debía ser música. Sin embargo, a mí me parecía puro ruido, nada más que ruido.

Estaba preocupada porque no sabía lo que estaba pasando. Un nuevo golpe provocó que diese un pequeño salto y cerré la puerta detrás de mí. Caminé entre los trozos de lienzo, intentando no pisar ninguno sin entender en realidad porqué la casa estaba así.

Fui hasta el taller de Derek donde me encontré a una versión de Derek que golpeaba la pared de forma dolorosa, temblando y llorando de una rabia que no comprendía. ¿Qué estaba pasando?

— ¿Derek?

Con el sonido de mi voz paró. Se giró muy despacio. Pude ver cómo la pared había terminado llena de sangre por sus heridas recientes y cómo su expresión era de completa incredulidad. Le miré tan sorprendida y temerosa por verle tan violento que creí que una parte de mí habría despertado a ese ser sin control que podía haber estado dormido durante mucho tiempo.

Dejé caer el bolso al suelo. Caminé hasta él cuando vi que parecía estar al menos lo suficientemente sosegado como para no dirigirme a mí uno de esos puñetazos. No creí que él fuese capaz de pegarme, pero en momentos en los que se pierde por completo el sentido, ¿podría uno mantener el autocontrol para no cambiar la pared por una persona?

Acaricié sus mejillas muy despacio intentando descifrar en su mirada qué le había hecho reaccionar de esa manera. Sus labios parecían sellados, sus ojos estaban ligeramente idos y las heridas de sus dedos me preocupaban más que cualquier otra cosa salvo su bienestar psicológico.

Cuando reaccionó sus brazos me apretaron con fuerza contra su pecho y escondió su rostro en mi cuello aspirando mi aroma como si hubiesen pasado siglos sin que nos hubiésemos visto. Acaricié su cabello entre mis dedos sabiendo que eso le relajaba muchísimo y sus rizos suaves se volvieron una terapia para mí misma. Jugar entre los dedos con algo suave siempre había logrado calmarme de alguna forma. En general, tener algo entre los dedos. Recordaba cómo en muchas ocasiones mi madre me decía que de pequeña le daba pellizcos con los dedos de los pies y de las manos porque lo suave que era, lo fresquita que estaba, esa sensación placentera en mi interior era adictiva.

Ni tan siquiera conté el tiempo que pasamos así. Solamente supe que me dolían las piernas cuando su respiración pareció calmarse hasta el punto de ser un ritmo constante y normal. Sus dedos, a pesar de estar adoloridos, acariciaban la parte baja de mi espalda.

— ¿Vamos a curarte esas manos? —pregunté suavemente en su oído dando pequeños besos a su piel, su cabello y el hombro que tenía más cercano a mis labios.

Asintió después de unos segundos de duda y con cuidado agarré sus muñecas para ir hasta el baño donde tenía el botiquín. Saqué gasas y betadine esperando que no se hubiese roto ninguno de sus dedos. Solamente se le ocurría a él golpear la pared sin nada que pudiese evitar una ruptura segura. Si se libraba de ella es que tenía una flor en el culo, como decían peculiarmente en mi familia.

Le senté en la taza, sobre la tapa y él me hizo sentarme en su regazo. Observé sus manos y distinguí que no parecía haber nada mínimamente morado, todo estaba enrojecido. Besé sonoramente su mejilla aunque iba a regañarle de lo lindo más tarde. Mojé la gasa con agua oxigenada y fui limpiando las heridas poco a poco intentando quitar toda la sangre posible. Después al ver que ya no sabía más, puse algo de betadine en la otra gasa y le di suavemente a sus nudillos intentando desinfectarlas. Por último, le obligué a llevar, al menos durante un rato, una gasa que protegiese sus dedos por si volvían a sangrar. Si no lo hacía, se la quitaría.

— ¿Dónde estabas? —su voz sonó lastimera.

— En el centro que te comenté. Fui a espacio literario.

Enarcó sus cejas y después bajó la mirada a sus manos antes de apretarme contra su pecho. ¿Todo eso había sido porque no sabía dónde estaba? ¿Y el señor móvil para qué lo teníamos? Mordí mi labio inferior esperando que no me hubiese llamado mil veces y que estuviese tan sorda que no hubiese escuchado ninguna por lo que todo esto podía ser culpa mía aunque… no era la primera vez que pasaba algo así, osea, que yo estuviese tan sorda que no oía el móvil.

— Creí que te habías ido…

La angustia se apoderó de mi pecho antes de acariciar su cabello entre mis dedos una vez más.

— ¿Por lo de ayer? —pregunté a pesar de saber la respuesta.

Asintió sin mirarme. Vivía presa del miedo a que le abandonase, a que me fuese, a que nada de esto, nada de lo que tuviésemos pudiese durar con el tiempo. Era una situación agónica que seguramente estaba alimentando sin darme cuenta y no podía permitirme seguir haciéndole tanto daño.

— No voy a irme… —musité aún a sabiendas de que mi promesa fuese a caer en saco roto.

La desconfianza había aparecido entre nosotros, o quizá, más que desconfianza ese conocimiento del otro, esa sensación de inseguridad que reflejaba en los demás, que provocaba en quien estaba a mi lado. Podía haber sido yo la culpable de todas las idas y venidas de mis relaciones y nunca haberlo visto con claridad salvo cuando me echaba la culpa sistemáticamente.

Apreté ligeramente su cuerpo al mío y agarré sus cabellos entre mis dedos antes de contener el llanto agónico que quería escapar de mi interior. ¿Podía ser tan venenosa como para provocar tantísimo dolor sin verlo siquiera?


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