2018 / Sep / 13

Dejé que Derek se fuese a seguir trabajando porque tenía que entregar aquel cuadro para la semana siguiente y desde luego, no podía entregárselo a nadie con la pintura completamente fresca. Desde mi posición podía verle de maravilla concentrado en el retrato de una mujer, con el cabello largo, moreno, pero no era yo. Además, no era precisamente un retrato, era como si esa joven quisiese esconderse detrás de su pelo, como si tuviese miedo a quien la estaba dibujando, mirando o simplemente a quien pasaba por allí. Aún no estaban todos los detalles y las emociones podían sentirse. ¿Quién era esa joven escondiéndose detrás de sus cabellos? ¿Salía de su imaginación o la pintaba con alguna foto que le inspirase?

Llevaba una camiseta gris, la que a menudo usaba para el trabajo y que tenía algunas manchas que era prácticamente imposibles quitarlas ya, pero no le importaba, era vieja y lo prefería. Entre sus dedos estaba el pincel con el que parecía acariciar el cuadro en ocasiones. El olor a pintura era fuerte y desde luego, no me ayudaban demasiado aquellos pantalones de chándal con la cinturilla justo en las caderas, de talle bajo, permitiéndome disfrutar de la manera en que quedaban agarradas a esa parte de su anatomía solamente por la goma.

Me levanté para abrir la ventana o terminaríamos ambos con una fuerte intoxicación por la pintura. Fui abriendo algunas de las ventanas de la casa de manera estratégica para que el aire viciado y con olor a pintura desapareciese poco a poco. No obstante, Derek a duras penas si se daba cuenta ya que estaba en ese estado de trance que yo había bautizado como: “la visión de los defectos inexistentes”. Yo también la tenía, aunque para mí eran más que visibles mientras que para Derek eran completamente invisibles pues no cambiaba ni una coma de lo que hubiese podido escribir. Ambos teníamos un gran problema de perfeccionitis aguda.

Mi móvil sonó. Cogí el teléfono esperando que fuese mi madre quien estuviese en pantalla llamándome o algo así. En su lugar, el sonido fue corto, un mensaje. Al leer la notificación ni tan siquiera supe de quién era el número, sin embargo, el prefijo era ruso. Fuese quien fuese tenía un teléfono nacional.

Puse la condenadamente larga contraseña y di a la notificación para entrar en WhatsApp rápidamente, al menos, lo rápido que me permitía el teléfono que estaba comenzando a tener algún que otro problema por eso de las caídas tontas o los leñazos que le había metido sin querer.

Reúnete conmigo. Mañana. A las siete. Un coche irá a por ti. 

Enarqué una de mis cejas al leer el mensaje imaginando que se habrían confundido. Tan solo me había pasado algo parecido una vez y había sido con Douglas quien tenía un serio problema, sin embargo, no había entrado en la vida de nadie desde hacía tiempo que pudiese tener mi número, básicamente.

Número equivocado. Lo siento. 

Mi costumbre por intentar ayudar a las personas me perdía a menudo. Se me abrió la boca por el sueño que tenía mientras volvía a sentarme en el sofá. Había sido un día con miles de emociones, intensas y lo que menos quería era quedarme dormida viendo como Derek daba los últimos retoques a su cuadro. El calor que parecía desprender el sofá era casi adictivo y la somnolencia me estaba ganando la partida.

Me incorporé con toda la fuerza de voluntad que conseguí encontrar para preparar algo rápido para la cena. Bastante estaba trabajando Derek como para tenerle también haciendo las labores del hogar y aunque era su piso, prácticamente me pasaba todo el tiempo allí. No habíamos dicho nada de vivir juntos, pero tenía ropa allí, dormía en su cama con él y me había dado una llave para que entrase cuando quisiese. Al principio había sido como amigos, para que él pudiese estar pendiente de mí dado que me había visto dar un bajón considerable; después… en realidad no sabía si tenía que darle la llave o qué puesto que ahora había cambiado todo, ahora éramos pareja, al menos, teóricamente. Ninguno de los dos había hecho la pregunta y después de lo vivido con Verdoux, sinceramente, necesitaba la confirmación, saber qué éramos y qué no.

Una ensalada de arroz y unos buenos trozos de merluza. El olor de la comida llamó la atención de Derek que pareció salir de su trance para regalarme una gran sonrisa cuando salió del estudio. Era una máquina de comer. No sabía cómo podía mantenerse sin coger kilos en un parpadeo. Envidiaba ese metabolismo tan acelerado y su pasión por el deporte. Prácticamente desde que había empezado a vivir con él cuando se instaló en Moscú, había intentado levantarme a horas intempestivas de la mañana, cuando aún no habían puesto ni las calles, para ir a correr o hacer ejercicio dentro de casa. Me había negado en rotundo. Necesitaba mis trece horitas de sueño diarias. No eran prácticamente nada…

— No tenías que haberte ocupado, ya sabes que soy yo quien se encarga de cocinar —sonrió de esa forma traviesa mientras apretaba mi cuerpo contra el suyo.

— Tampoco es que haya hecho un plato de una estrella michelin y no es justo que siempre estés tú cocinando con todas las cosas que tienes que hacer siempre. Anda… déjame que haga algo por ti, ¿si? Llevas cuidándome mucho tiempo y he trabajado lo mismo que un bebé, nada… —hice una mueca sintiéndome infinitamente culpable por las actividades tan escasas que había hecho desde mi llegada a Moscú.

Frunció su ceño dispuesto a contradecirme y le di un pequeño beso antes de servir la comida. No le gustaba quedarse con algo en el tintero y sabía que lo terminaría diciendo cuando su estómago no rugiese tanto ni tampoco tuviese tanto trabajo.

La cena estaba deliciosa y recordé que tenía que decirle a mi madre que estaba bien, que no me había pasado nada aunque no era técnicamente la realidad. Sabía que ella lo intuiría, en ese tipo de cosas sí que estaba bastante versada y parecía tener como un superpoder.

Me levanté de la mesa dispuesta a coger el teléfono y sin ninguna protesta de Derek porque ya sabía cómo podían llegar a ser de angustiosos mis padres si no les contestaba o si no les mandaba el mensaje a la hora y esas cosas.

Escribí el mensaje a mi madre y después me di cuenta de que tenía una notificación. Di en ella para que me saliese la pantalla con aquel número extraño que creía que se había confundido.

Buen truco, Kyra. Claro que nos conocemos. 

Y por un instante, se me paró el corazón.


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