2018 / Sep / 13

Dicen que conocerse a uno mismo es la clave para ser más dichoso. Una burda mentira. Solamente es el primer paso para un durísimo camino de aceptación. Eso sí, en el fondo, teóricamente, uno consigue apreciar los momentos clave, aquellos momentos felices, mínimos que existen en la vida. Durante toda nuestra existencia nos han vendido la utopía de la felicidad, algo que definitivamente no existe. Pero, lo que sí son reales, son esos pequeños momentos que te merecen la pena vivir, continuar adelante para sentir otro parecido, diferente, pero único.

Aquel no era ese momento que hubiese deseado experimentar. Estaba dolida conmigo misma. Me había puesto a llorar delante de un montón de gente desconocida y cada vez que leía lo que había escrito me parecía más y más horrible. ¿Qué diantres me estaba pasando? Me había dicho que se había acabado todo eso, que la tortura era parte del pasado, pero mi mente viajaba por libre y aunque intentase estar más segura de mí misma necesitaba salir de allí cuanto antes.

La alegría fue mínima. La vergüenza extrema y el enfado inmenso por lo que había tenido que escuchar. Los escritores que podían vivir de eso se permitían decir que ellos era su trabajo y ya está. ¿En serio? ¿Por qué se dedicaban a ello si no había pasión? En cambio, para mi la escritura era diferente, era una manera de volar a otros mundos, de salir de la rutina de mi alma, de vivir aventuras y crearlas para otros. El amante de la escritura también debe ser lector y empezaba a creer que había personas que el arte, fuese de la índole que fuese, lo convertían en su profesión por tener talento, pero no por pasión. Era una lástima que personas que realmente amaban esas facetas no tuviesen el suficiente talento o la valentía para luchar por su sueño. Me consideraba una de esas personas. Alguien sin talento, un quiero y no puedo entre las letras.

Me quedé sentada, escuchando. Me levanté cuando se fue mi grupo hablando de vez en cuando y terminando por expresar mi horror cuando había terminado llorando delante de todos. Cecille y Pavka también lo habían hecho recordándome que no había sido la única, pero sus lágrimas no habían sido vistas delante de todos.

Cuando llegué a mi hogar después de una tarde intensa, tiré el bolso a cualquier parte. El sonido atrajo a Derek quien sacó su cabeza de su estudio buscando ver qué ocurría, ese instinto natural humano que tenemos todos.

— ¿Qué te pasa? —dejó rápidamente todo lo que tenía en las manos para ir hasta mí.

Sus brazos me envolvieron mientras el llanto impedía que pudiese pronunciar palabra alguna. Era el ser más patético del planeta llorando delante de todos como cuando tenía seis años. Me sentía inferior, minúsculo, débil e increíblemente ingenua por creer que podía dedicarme a algo en lo que el resto del mundo me superaba. Apoyé mi cabeza en su hombro solamente para intentar que controlase el impulso que tenía de devolverle todo ese dolor al mundo. Todo lo que me había hecho sufrir, todo lo que había logrado volverme loca.

Para mí, el rechazo, los fracasos eran tan vividos como si todos juntos se agolpasen en mi mente recordándome la horrible sensación de imperfección y mediocridad consiguiendo ahogarme, despacio, muy despacio para hacerlo más doloroso y angustioso.

— ¿Te han abucheado? —preguntó acariciando mi cabello con sus dedos.

Negué intentando calmarme, pero sabía que volvería a ponerme a llorar explicándole la situación, así que… ¿por qué no hacerlo de una buena vez?

— No, no es eso —caminé hasta el sofá alejándome de él y me dejé caer sobre esos cojines tan nuevos y confortables que invitaban a pasar el tiempo a dormirse—. Es… Verás, me han aplaudido, ¿vale? Pero sé que me han aplaudido. Uno, porque soy idiota y he llorado dando pena. Dos, por puro respeto. Nada de lo que digo, de lo que escribo, de lo que hago… ¡Dios! Soy una mediocridad. ¡Me fue por completo del tema en cuestión! Barajé posibilidades de amores que no redacté porque me centré en el amor que siento por ti —bufé mientras abría mi minúsculo bolso y le tiraba el papel doblado en su dirección—. ¿Cómo crees que algo así puede ganar o puede hacer sentir algo a alguien? Si Cecille y Pavka lloraban no era nada más que porque yo había empezado a llorar y les daba una pena inmensa. Ya sabes, tanto el llanto como la risa se contagian.

Apoyé mi cabeza en el respaldo del sofá mientras veía cómo él desdoblaba el papel con una ceja arqueada sin haber pronunciado aún palabra alguna. Sus ojos leyeron con rapidez. Era un devorador de libros en potencia y un escrito de tan pocas palabras no supondría para él ningún tipo de problema, estaba segura.

— ¿Esto es eso que has leído que dices que no puede llegar a nadie?

— Así es. Sé que es patético, así que no te preocupes, puedes decirlo con toda la libertad del mundo.

Derek caminó hacia mí y se sentó a mi lado en el sofá antes de tomarme en brazos y ponerme sobre sus piernas. Por alguna razón especial parecía encantarle que me sentase allí y para qué negar que yo misma lo adoraba.

— Quizá no sea lo más perfecto del mundo según tu cabeza, Kyra, pero es arte. Es simplemente hermoso. Haces sentir miles de cosas colocándote a ti misma como diana de todos esos sentimientos, de ese dolor, de esa sensación inequívoca de un corazón expandiéndose, explicando ese batiburrillo de emociones que solemos tener todos y… se siente tan real —suspiró antes de hacer que pusiese mi frente contra la suya regalándome una de esas sonrisas tan deslumbrantes.

Me sonrojé antes de encogerme de hombros casi disculpándome. Después desvié mi mirada de sus ojos para fijarme en una mancha de sus gafas. Una mancha de pintura.

— Tienes las gafas sucias…

— No me cambies de tema —rió intentando evitar que le quitase las gafas.

Peleamos un rato, de esas peleas en las que nadie sale herido porque lo único que deseábamos era un objeto para arrebatárnoslo; pero todo terminó con un beso que me hizo olvidarme mínimamente de la situación sin tener que contestar su comentario sobre mi escrito.


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