2018 / Sep / 12

Acudir a un concurso o una puesta en escena de la índole que fuese jamás había sido mi fuerte. Me había obligado a estar segura de lo que recitaba, pero había escritos que eran demasiado intensos. Yo podía mantener la frialdad e incluso, había aprendido a llevar con una gracia diferente la exposición de trabajos. Me presentaba como alguien teniendo que leer, explicar y que entendiesen algo que yo sabía y los demás no. No obstante, el asunto iba mucho más allá. Ahora sería una parte de mí la que antepondría entre el mundo y yo aceptando que el juicio podía ser más duro.

¿En qué parte de toda mi vida había aceptado que la vergüenza y el temor eran las claves primordiales para lograr el éxito? Ni tan siquiera sabía bien todo lo que había pasado antes de llegar allí. Me sentía expuesta de tantas formas que casi era igual que estar desnuda en mitad de la sala. Aún no me había levantado, pero podía notar la forma en que el miedo me soplaba la nuca provocando que cientos de estremecimientos recorriesen mi columna vertebral y lo que era peor, ni tan siquiera la presencia de las personas que había conocido en el centro incluyendo las parejas de algunos de ellos podían aliviarme. Cecille estaba allí, entre lecturas de otros compañeros y grabaciones del momento como una fan de esas que desean dejar el recuerdo de aquello que parecía tan sencillo, pero que era tan complicado para cualquiera de nosotros.

Entre ese hueco en mitad de la sala, de pie, con un micrófono en mano, al lado de la adorable mujer pelirroja que habían puesto de intérprete de signos para uno de los presentes que carecía del sentido del oído, y yo había un abismo que empezaba a dudar que fuese fácilmente salvable. Casi podía escuchar las risas cuando ni tan siquiera había logrado levantarme del asiento. Debía contener los esfínteres o terminaría realizando el ridículo más absoluto y por último, debía encontrar el valor suficiente que tan solo llegó a mí después de haber leído prácticamente todo el mundo en aquella sala, incluidos algunos poetas que se dedicaban precisamente a eso, a escribir sus poemas para vivir, por puro trabajo.

Bajé mi mirada a mis manos principalmente a aquel trozo de papel doblado que podría darme la posibilidad de que mi paso hacia delante, que mi enfrentamiento con el mundo, que mi intención por pronunciar en alto que ahí estaba yo, no quedase solamente en un intento, sino que me ayudase a coger fuerzas.

Me incorporé, me puse en mi lugar. La explicación fue escueta. El sentimiento angustioso de estar siendo evaluada provocó que no tuviese deseo alguno de ser agradable, simpática o romper el hielo como había pensado, solamente me obcequé en mi lectura, aquella que creía tan insípida e insustancial ahora mismo después de lo que había escuchado de boca de otros autores que merecían mucho más la pena.

Ni tan siquiera sé cómo encontré la voz, pero empecé a leer:

¿Qué es el amor?

Hace poco, sobre mis manos, tuve un ejemplar de las preguntas fundamentales dentro de la Filosofía. Podría escribir el resumen o leer aquello que su autor compartía con el lector poniendo de manifiesta distintas historias tanto literarias como mitos dentro de la propia Filosofía. Sin embargo, y presa al terror de no saber qué traer aquí, decidí hacer algo diferente. ¿Por que no intentaba explicarme a mí misma una de esas preguntas fundamentales? ¿Por qué no intentaba poner palabras al significado que, para mí, tenía un sentimiento?

Escogí el amor. Algo tan fácil y a la vez tan complicado de definir. Pues si soy sincera, en muchos momentos de mi vida tan solo he sido capaz de mirar al amor como la idea utópica de encontrar a esa persona perfecta en todos los sentidos y destinada a mí.

A lo largo de mi vida no he sido capaz de ver los distintos tipos de amor de los que he estado rodeada. No lo he analizado, comprendido y por supuesto, disfrutado. ¿Por qué no me permití sonreír porque una familia que pese a todo me quería? Quizá algunos me digan que es tan sencillo como respirar aceptar el amor que tienen tus semejantes, pero ¿realmente lo es? ¿Es tan fácil verlo?

A mi mente solamente llegaba todo aquello que se me decía de forma negativa. Eso se grababa a fuego. Pensaba que eran enemigos dispuestos a señalar todo el tiempo mis fallos, y los momentos de sonrisas, de alegrías, aquellos en los que mis padres se desvelaban si había estado con fiebre siendo pequeña los obviaba como si fuese algo “normal”, lo que hay que hacer o lo que están obligados a hacer.

¿Somos capaces de distinguir otros tipos de amor? ¿Por qué no aceptamos que algunos cariños son porque realmente la otra persona está preocupada por nosotros y les importamos?

No sé vosotros, pero yo, a pesar de estar rodeada de amor por todas partes, no veo el que me dedican a mí, a duras penas si soy capaz de comprenderlo que no sea dentro de esa utópica relación que nos creamos de pequeños como si fuese un cuento de hadas, como si fuésemos una de esas princesas Disney a la que le espera un príncipe millonario que nos resuelva la vida en todos los aspectos.

Pero, ¿podemos tener nuestro cuento de hadas sin necesidad de buscarnos a un príncipe encantador moderno a lo Christian Grey y todo ese género que ahora se desliza por las mentes de tantas y tantas adolescentes alimentando esos amores eternos, extraños que pueden provocar más dolor que felicidad en realidad?

Ayer fui consciente de algo. Sin saberlo, yo misma estaba viviendo mi propia historia utópica, romántica, incontrolablemente hermosa. Tengo a mi lado a quien, con palabras textuales, le gustan mis locas y espontáneas ideas, mi humor, mis bobos chistes, mi risa estridente, mi miopía, mis labios gruesos incluyendo ese labio superior que se esconde cuando sonrío mostrando una sonrisa que siempre me ha parecido horrorosa; mis meteduras de pata y esa belleza sus ojos ven y para mí son defectos.

Sin buscarlo encontré ese amor utópico que realmente logra sacarme sonrisas. Parándome a pensar tan solo es cuando he podido disfrutarlo dejando que su romanticismo salga a flote.

¿Quién no disfruta de palabras bonitas? ¿Por qué disfrutarlas tan solo de la persona idónea?

Por eso, desde este instante, he decidido mirar todo ese amor que antes parecía tapado por una cortina de resentimiento. Porque sin amor, ¿habríamos subsistido alguno? Porque sin amor, ¿qué importa tener dinero, salud, belleza canónica si jamás podremos compartir nada nuestro con nadie o nadie nos verá más allá que como un ser humano, un transeúnte más compañero de la vida?

¿Qué es el amor?

Respuesta breve: El complemento que, sin saberlo, necesitamos para sonreír todos los días y conseguir salvar otras vidas.

El aplauso fue esperado, por educación, pero las caras largas, haber llorado, la incomodidad del momento había provocado que la soga se pusiese alrededor de mi cuello. Porque sí, había leído algo que me había parecido horrible. Porque sí, había aceptado que solamente lo hacían por respeto y por educación. Porque no había podido evitar fijarme en los ojos analíticos, en las personas que dejaban de atender, en el incómodo sonido de mi voz cuando volvía a quedarse sin fuerza en la lucha contra el llanto y porque sí, porque yo era así, porque no sabía disfrutar realmente y ahí estaba la prueba de ello.

 


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