2018 / Sep / 12

Analizarse a sí mismo solía ser sinónimo de encontrar errores, taras, defectos en ese comportamiento que ególatramente consideramos perfecto y sin fisura alguna por obra y gracia de la naturaleza humana. El ego no es una parte mala, desde luego que no, si se sabe utilizar bien. Uno necesita del ego. Es necesario alimentarlo como mantenerlo dominado. Saber dónde y cuándo usarlo sin excederse, puesto que sin darnos nosotros mismos una palmada en nuestro hombro alguna vez, el camino podría volverse muy cuesta arriba.

El principalmente problema de ese análisis para mi, es que me había llevado a descubrir funcionamientos automáticos de mi cerebro que no llegaba a comprender del todo y que, para mí, no tenían ni la más mínima lógica, pero era el método de trabajo de mi mente, sus procesamientos. Cuando se trataba de mostrar uno de mis escritos o cualquier cosa que hubiese hecho así fuese un trabajo, un exámen, una tarjeta de felicitación para el día del padre o lo que fuese, cualquier comentario sobre mi obra lo tomaba a título personal como si estuviese siendo yo misma quien estaba siendo evaluada y no algo que hubiese hecho. Por consiguiente, mi mente no podía aceptar que la persona que realizase esa crítica negativa (que no tenía porqué ser siempre destructiva) me apreciase a mí como individuo. Era lo que hacía y las notas numéricas que lo acompañaban nos calificaban en conjunto a mí como ser y a mis trabajos.

¿Cómo explicar algo tan… extraño? La respuesta era bastante simple si me ponía a analizar mi propia infancia donde el contacto social había quedado completamente en segundo plano o, incluso, anulado mientras que las únicas satisfacciones que recibía iban acompañadas de estudio, trabajo… reduciendo a Kyra a esa máquina que si se confundía de la forma que fuese no podía recibir la aprobación de nadie y aceptando, como consecuencia que la personalidad de Kyra quedaba reducida a un papel, a una parte de mi ser sin ningún tipo de importancia que no debía ir madurando con el paso del tiempo pues se había negado a practicar esa parte de sí misma.

No es ningún misterio que todas las facetas de la vida tienen que ser entrenadas para saber cómo enfrentarse a las situaciones. Igual que para un examen uno se aprendía una cantidad insana de fórmulas y debía entender cómo y dónde utilizarlas porque de esa forma podría sacar la solución de los problemas presentados en esa hoja de papel que podía provocar más infartos que cualquier otra mala noticia; también teníamos que practicar las relaciones sociales, entrenar la mente, trabajar nuestro propia autoestima, cuidar nuestro cuerpo e intentar conocernos mínimamente para saber qué pasos debíamos seguir en la vida. No obstante, si alguien decidía anular todas esas partes de sí mismo por haber sido machadas u obligadas a ser olvidadas para evitar sufrimientos, se quedaban en los mismos niveles de la infancia o peores mientras se obsesionaba con la única fuente de respuestas positivas construyendo todas esas facetas de su vida alrededor de ese tronco que se consideraba maduro, fuerte y recio, aunque mirado de cerca tuviese tantas fisuras que cualquiera tendría miedo de tocarlo.

La aceptación de esta forma de procesamiento no hacía más sencillo la separación dado que la parte automática de uno mismo casi parecía grabada en piedra o, incluso más, forjada en el Monte del destino al igual que el anillo único de Sauron para que tan solo el propio fuego de ese mismo monte pudiese destruirlo. Nuestra tarea se volvía tan árdua como el camino recorrido por los hobbits sin dejar que el poder del anillo fuese más fuerte que nosotros mismos para lograr seguir estando allí.

Miré a Derek que descansaba tranquilamente en la cama dado la vuelta hacia el lado contrario para que la luz del ordenador no le molestase en su intento por quedarse dormido. Me hacía gracia que era igual que si muriese, prácticamente no había forma de despertarle si no era él quien lo hacía por algún poder divino que le obligaba a despertarse. Tenía horarios tan difíciles de compaginar como los míos propios. Tenía esos momentos en los que cambiaba mis horas de sueño porque mi mente se negaba a aceptar que descansase. Ella solía tener todo el control en mi cuerpo quien se terminaba quejando y con razón, de no ser cuidado como debiese. De hecho, podían pasar semanas o incluso meses hasta que volviese a sentirme perfectamente en cuanto a ánimo, fuerzas y energía en general.

Cerré el ordenador y comencé a pensar en ese evento importante para mí. Suponía más cosas de las que creía en mí, por lo que los nervios y el comecome ya había empezado con tan solo la idea de haber aceptado estar allí delante de vete a saber cuántos narrando lo que yo misma había escrito.

Me tumbé en la cama aceptando en poco tiempo que sería imposible que durmiese aquella noche porque mi cabeza ya estaba pensando una y otra vez en el ridículo que haría siempre previo a qué podía escribir. Respiré profundamente justo en el momento que Derek se giró para rodearme con uno de sus brazos dejando un beso en mi hombro acercándome todo lo posible a él.

La sensación de no estar sola a pesar de ser la única de los dos despierta resultaba agradable. Le tenía junto a mí. No tenía nada más que pensar.

Estiré mi brazo hacia la mesilla encontrándome con un libro. Seguramente sería de Derek. Lo tomé en mis manos y observé que era de filosofía, una de las asignaturas más temidas. Me encantaba saber que la inteligencia de él iba más allá del arte, que también tenía hambre por descubrir horizontes nuevos y por eso, en busca de intentar comprenderle un poco mejor y dado que no tenía ni pizca de sueño comencé a leer aquel libro sobre las preguntas desconcertantes de la vida, aquellas que los filósofos intentaban dar respuesta o les habían atormentado durante muchos años.

Las reflexiones eran interesantes y más aún el descubrimiento de ser yo misma un poco filósofa solamente comparándome con ellos en esas preguntas, en esa necesidad de respuestas y en la forma que mi mente intentaba encontrar una solución a todo incluso cuando esa «solución» era ambigua o conseguía llevar a callejones sin salida. Y, sin pretenderlo, había fraguado una idea en mi propia mente.


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