2018 / Sep / 12

Había llegado un e-mail nuevo a mi correo. Era de Cecille. En su interior podía ver un anuncio sobre una jornada que habría para intentar unificar los intereses de los distintos barrios de Moscú. Miré todas las actividades y una de ellas se llamaba «versos inclusivos». Debía reconocer algo, la poesía me tocaba las narices a dos manos generalmente, parecía que era la única forma de expresarse artísticamente, me daba a entender que la manera en la que yo escribía no valía para nada y siendo realista debía aceptar que yo misma había adorado la poesía, me gustaba su musicalidad, su belleza y su forma de llegar a entretejer ideas de modo que si no tenías la mente abierta podías llegar a no entender absolutamente nada.

El estudio de la literatura en cuanto a la poesía se trataba siempre iba de la mano de romperse la cabeza hasta poder entender dónde estaban todas y cada una de las figuras retóricas o literarias. Quien no reconociese que al principio todo le parecían metáforas tenía un cerebro privilegiado para las letras. Porque había en ocasiones que se veían metáforas donde no eran metáforas e, incluso, donde no había absolutamente ninguna otra figura. El cuidado de la métrica, la belleza del vocabulario, la rima… siempre me había resultado complicado, básicamente porque había que tener muchas más normas en la cabeza que las ya establecidas por el idioma y aceptar, además, que no te chirriasen las licencias poéticas que podías tomarte para las rimas, que cuadre la métrica, número de sílabas, etc. No obstante, y por mucho que lo apreciaba y me asombraba la valentía de muchos poetas o aprendices de poetas contemporáneos, los saltos a la ligera de normas, la aceptación sin precedentes de un verso libre para justificar todas las teóricamente incorrecciones, lograba ponerme los pelos de punta. Yo, no podía hacer eso. De hecho, dudaba que en algún momento de mi vida aceptase mis errores garrafales y lo presentase a algún lugar donde pudiese verlo todo el mundo. La angustia ni tan siquiera me permitiría respirar.

Admiraba la poesía, desde luego, pero no me atrevía a intentarla desde que hube dejado los estudios del instituto. Podía ser, seguramente, porque en mi cabeza estaba el grandísimo Bécquer susurrándome la belleza de sus rimas que con tanta devoción había leído y me había aprendido. Algunas más largas, desde luego, pero otras con tan solo dos estrofas que conmovían el corazón y hacían pensar sobre los momentos previos a ese instante descrito y el futuro que esperaría a los personajes presentados en un simple él y ella.

Aún me sabía de memoria la rima que tanto me había cautivado el alma una vez que supe su significado gracias a las enseñanzas de mi abuela materna.

Asomaba a sus ojos una lágrima 
y a mi labio una frase de perdón; 
habló el orgullo y se enjugó su llanto, 
y la frase en mis labios expiró. 

Yo voy por un camino; ella, por otro; 
pero, al pensar en nuestro mutuo amor, 
yo digo aún: ¿Por qué callé aquel día? 
Y ella dirá: ¿Por qué no lloré yo?

La inspiración aparecía sola leyendo obras como esa. El único problema era que la mayoría de las concentraciones que me encontraba en mi reducido espacio era únicamente para poemas. Versos inclusivos, concursos poéticos… sí, admiraba su belleza y musicalidad, las experiencias emocionales que hacían sentir, pero… ¿estaba completamente ajena a poder enfrentarme al mundo de las letras porque no era la poesía mi elección? ¿Por qué siempre escogía aquello que no parecía ser tan apreciado por mi alrededor?

La escritura debía ser una afición y buscarme un trabajo de verdad.

La poesía parecía ser lo único mínimamente romántico, aceptable, bello…

¿Por qué? ¿Por qué debía ser así? ¿Por qué siempre había tenido que escuchar ese tipo de expresiones que habían menguado gravemente mis deseos por dedicarme a algo de manera mínima? ¿Por qué era más valioso otro trabajo que la escritura? ¿Por qué el alma de un escritor debía estar consagrada a vivir amontonado bajo papeles administrativos si no era su trabajo ideal? Sí, bien era cierto que era difícil poder dedicarse a ello exclusivamente, pero desde luego, si no se tenía ni la más escasa ilusión o la apagaban con facilidad, una persona insegura como yo terminaría abandonando sus pasiones que retomaría en secreto y sin tener el valor suficiente para mostrárselas a nadie.

No acusaba específicamente a mis padres, dado que no podía exigirles que no quisiesen lo mejor para mí y evidentemente, lo mejor para mí debía ser un trabajo estable con su oposición aprobada, su sueldo fijo y, preferiblemente, que éste fuese una buena cantidad que no me tuviese haciendo más cuentas que un contable para llegar a final de mes. Podía comprender eso, no obstante, la ilusión había ido muriendo poco a poco en mí y haciéndome creer que no era nada más que un alma extraña, de un universo diferente, que había aparecido en el lugar menos indicado para expresar sus necesidad y emociones.

Sin embargo, ¿para qué mentir? Una parte de mí, esa irracional, infantil y cabezona, seguía con el brazo extendido señalando a mis padres como los únicos culpables de mis fracasos, de la índole que fuesen, dado que era más sencillo acusar a otro que aceptar los errores propios. Por mucho que mis padres quisiesen que estudiase esto o lo otro, finalmente la decisión recaía en mí. Debía ser yo quien luchase por sus deseos y las luchas no habían sido lo mío cuando me creía en soledad, debatiéndome contra el mundo entero y sin tener el beneplácito de mis padres o de cualquier persona olvidándome por completo que era mi vida, mis valores, mis deseos, mis errores, mis problemas y mi porvenir aquel que estaba dejando que fuese decidido por los demás para recibir esa aprobación que primero tenía que salir de mi propio interior.

Decidida a intentar hacer algo, escribí un correo a Cecille para preguntarle si existía la más mínima posibilidad de leer algo de mi propia cosecha que no estuviese escrito en verso, sino en prosa. Cecille me animó a hacerlo y sí, tenía una fecha límite para escribir un pequeño texto y atreverme a hacer una exposición oral delante de personas que no me conocían y no tenían porqué ser benevolentes conmigo. Nuevamente me enfrentaba a ese mundo doloroso en que podrían juzgarme cientos de ojos sin pensar en cómo aquello podía sentarme aunque ahí entrábamos en otro problema diferente, un problema distinto que formaba parte de mi caótica formación de carácter previa.


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