2018 / Sep / 11

Paró lo suficiente para que mi interior se acostumbrase a su invasión. Mis manos se aferraron a sus hombros y mientras me miraba a los ojos empezó a embestir con rapidez. Una y otra vez entrando en mi interior con la potencia de unas caderas necesitadas de liberación. Mis uñas se clavaron en sus hombros y grité cerrando mis ojos, pero en cuanto los cerré paró.

— No dejes de mirarme… —ordenó sin volver a moverse hasta que hube abierto los ojos.

En esta ocasión el movimiento fue algo más duro que antes, pero menos rápido. Seco, intenso, como si me estuviese castigando por haber cerrado los ojos y a duras penas si podía mantenerlos abiertos, se me cerraban solos por la intensidad del golpe de sus caderas más su reacción en mi interior.

Intentaba dominarme, pero de una forma infinitamente placentera por lo que me dejé hacer. No obstante, mis ojos me traicionaron y volvieron a cerrarse provocando que nuevamente parase su vaivén. Me estaba volviendo loca.

— Intenta que no se te cierren los ojos…

Asentí intentando aguantarlo, pero finalmente ambos lo dimos por imposible debido a la dureza y la necesidad de llegar al orgasmo de una vez. Arañé su espalda, arqueé mi espalda y grité su nombre sin importarme quién pudiese oírnos.

Derek no tardó demasiado en correrse también. Pude sentir cómo bañaba mi interior con la muestra de su placer y nos quedamos así, él acurrucado en mi pecho, sobre mí y yo abrazándole de manera posesiva como si el mundo fuese a arrebatármelo en cualquier momento. Sus dedos acariciaban mis costados y mi interior pedía a gritos que no se moviese, que se quedase así, en mi interior.

Tardó un tiempo en volver a levantarse saliendo de mi interior. Se había pasado todos esos minutos dejando muchos besos por todo mi rostro, igual que si me estuviese dando las gracias por lo que acababa de ocurrir o porque definitivamente estaba tan loco por mí como decía que lo estaba.

— Debo irme a trabajar… cierta señorita ha interrumpido mi concentración, aunque creo que ahora tengo mucho más claro qué es lo que quiero plasmar en el lienzo.

— Dos no hacen cosas si uno no quiere… —le miré con una amplia sonrisa en mis labios y él se rió antes de darme un cachete en el trasero cuando me giré para volver a acurrucarme en la cama—. Me dejarás rojo el trasero de tanto pegarle —volví a bromear dado que él le daba cachetes, sí, pero muy de vez en cuando.

Derek se inclinó sobre mí y apoyó su boca contra mi oreja provocando mis cosquillas.

— Señorita Mijáilova, créame cuando le digo que si en algún momento desease dejar ese trasero rojo, lo haría y sería para su disfrute.

Reí un poco y él se levantó para irse justo en el momento que recordé las veces en que me habían dicho algo con ese lenguaje tan encendido. Gerault, Douglas, William… todos aparecieron en mi mente provocándome un gran escalofrío. Me preguntaba qué había sido de las vidas de los que estaban vivos, pero quizá hubiese sido mejor no saberlo. Ellos debían continuarlas y yo también.

La mayoría de las personas que formaban parte de mi pasado habían desaparecido prácticamente de mi existencia. No había llamadas, no había mensajes… seguramente porque le había pedido a Derek que los bloquease a todos, pero en su lugar, me había escondido el teléfono donde tenía sus contactos y me había dejado aquel que había comprado donde no tenía más números que aquellos de las personas importantes. Solamente me había permitido rescatar un número de teléfono, el de Bruce.

Me quedé un rato más en la cama hasta que terminé aburriéndome de mirar las musarañas. Sin tan siquiera vestirme, cogí un cuaderno y empecé a escribir ideas, pensamientos, razonamientos, intuiciones, descubrimientos o redescubrimientos de algo que ya sabía. Valoré emociones, intenté releer momentos, rememorarlos de la forma correcta y descubrir que en muchas ocasiones no había visto las señales o no había sabido verlas.

Me vino Damian a la cabeza. Principalmente él. Analicé las veces que había huido y había deseado que él fuese detrás, pero sin la seguridad de que una persona terminase regresando a sus brazos, terminase aceptando antes o después que no debía irse de su lado, cualquiera acabaría cansado de ir detrás, de correr, de huir, de luchar por algo que la otra parte parecía no querer.

Me sentía mal, infinitamente mal y aunque le había contado la historia a Derek, él no podía verlo nada más que de la perspectiva que lo había visto yo durante todo ese tiempo. ¿Y si Damian me amó de verdad? ¿Y si destrocé sus sentimientos únicamente porque no supe entender lo que me estaba diciendo sino que leí lo que más dañino me pareció? No podía darles toda la culpa ni a él ni a todas las personas que habían estado en mi vida y habían tenido que ver cómo luchaba por huir o cómo les obligaba a marcharse.

Tenía miedo de hacer lo mismo con Derek, de obligarle a salir corriendo, de sucumbir a la tentación malsana de seguir provocándome dolor, como una droga, siendo consciente de que no era lo que necesitaba, pero buscándolo como si mi vida dependiese de ello.

El bolígrafo corría rápidamente dejando su tinta sobre el papel del cuaderno. Quizá la felicidad me permitiese ver otras perspectivas que antes no había podido analizar, o puede que fuese ese paso, esa ruptura con la Kyra huidiza, temerosa, culpable, la Kyra niña que no sabía cómo hacerse oír en ninguna parte. La verdad era simple. El cerebro humano funciona con lo que le alimentes y durante demasiado tiempo le había estado dando tan solo negatividad, dolor y se había hecho su comida fundamental, la demanda que siempre me hacía, la súplica por regresar a los estados que conocía como mi zona de confort; pero ahora, había empezado a descubrir que no dependía de los demás, de la fuerza que me diesen, que tan solo dependía de mí misma para seguir, para avanzar, para trepar, para saltar, para alcanzar las metas que me pusiese. Y si lograba compensar el deseo negativo, con aquella nueva forma de alimentar a mi propio cerebro, quizá éste aprendiese a ver que el mundo no era su enemigo.


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