2018 / Sep / 10

Todos los escritos que tenía, todo lo que había creado o inventado durante el paso del tiempo había permanecido escondido dentro de documentos que había mantenido alejados de mi día a día en ese blog y también en un pendrive donde estaban guardados en carpetas. Durante demasiado tiempo a lo largo de mi vida había escrito, me había permitido soñar, pero nadie, absolutamente nadie, había leído las historias que yo había guardado con tanto ahínco. Habían de todo tipo: medievales, asesinatos, relatos cortos, intentos de poemas, romance, vampiros… todo lo que se le había ocurrido a mi cabeza a lo largo de los años.

Derek acarició mi cabello corto con suavidad y apoyó su mentón en mi hombro dado que estaba sentado detrás de mí. Le había mostrado uno de mis secretos. Él parecía maravillado y lo único que hacía era preguntar de vez en cuando de qué iba cada historia. Mis ideas parecían fascinarle y dejaba algún que otro beso en mi mejilla.

— ¿Por qué no lo intentas?

— ¿A qué te refieres?

— Intenta ser escritora si siempre ha sido tu deseo. Puedes ayudar igual y regresar a tu profesión cuando vuelvas a tener fuerzas, cuando puedas seguir adelante si es que también es tu deseo. Una cosa no es incompatible con la otra.

Recordé en ese momento las palabras de Cecille. Ella me había dicho exactamente lo mismo. Había intentado fomentar mi vena artística, había buscado maneras de que sacase partido a todo ese potencial. Sin embargo, me había costado llevar situaciones propias, dar el paso que siempre había querido dar.

— ¿Puedo confesarte algo?

— Claro —susurró dejando un beso en mi hombro.

Esos besos que de vez en cuando me regalaban, él no tenía ni la menor sospecha del bien que me hacían. Era exactamente igual que recibir un nuevo chute de energía mientras calmaba la súplica constante de mi ser por cariño, atenciones y cuidados.

— Siempre he querido escribir mi historia. Todo lo que he pasado durante mi adolescencia, la forma en la que me he sentido todo el tiempo, los avances, el descubrimiento de no ser tan anormal como pensaba que era, la manera en la que poco a poco he ido aprendiendo sobre la psicología, sobre mi propia forma de sentir, de ser, de ver el mundo y ampliando mis horizontes —mordí mi labio inferior casi esperando que en cualquier momento soltase una sonora carcajada que me dejase con aún más baja autoestima. Estaba acostumbrada a que mis ideas no recibiesen ni un mínimo de emoción.

— ¡Eso es fantástico!

Su entusiasmo resultaba casi contagioso. Miré sus ojos sorprendida por la manera en la que lo había dicho. ¿Cómo era posible que alguien se alegrase por una idea mía de esa forma? ¿Tenían sentido entonces mis propios pensamientos? Estaba claro que no todas las personas respondían a todo de la misma forma que en mi familia, donde las emociones cada uno se las guardaba o las tenía exclusivamente para lo que le interesaba a sí mismos y no a los demás.

Notaba una sensación extraña, diferente. Solamente Cecille y más tarde mi psicóloga en el centro habían escuchado mis ideas. De hecho, durante la mayor parte de mi vida las había tenido y no habían sido nada más que un peso para mí, dado que cuando se las había contado a mi madre o a mi padre, todo se había quedado en nada; salvo si se trataba de lo estudios algo que entusiasmaba a mi padre. Parecía que la única opción en esta vida era ir a la universidad, estudiar, estudiar, estudiar y finalmente trabajar. Siempre me había preguntado dónde entraban los trabajos más artísticos y sí, efectivamente, ellos tenían su propia carrera de especialización en diferentes cosas, pero… ¿y la escritura? Lo único que se me ocurría eran las filologías, literatura, estudiar filosofía quizá en algunos aspectos podría ayudar, pero no había nada específico para encender la imaginación de los escritores nóveles que soñaban con plasmar sus ideas. Solía ir después de haber estudiado una carrera entera, un máster, ese tipo de cosas.

Ahora no quería tener que estudiar. Adoraba aprender, pero no quería solamente leer, quería expresar, lo que no había podido hacer, encontrar mi voz dentro de un mundo con tantas voces diferentes y no dejar de lado la posibilidad de lograr mi objetivo: liberarme. La escritura era la forma de plasmar todos esos pensamientos que no se podían decir a viva voz, de vivir historias, de hacer que quien las fuese a leer vibrase con uno mismo. Yo misma, como lectora, había amado y odiado personajes, había suplicado por finales justos y había sido recompensada en algunas ocasiones y en otras, mi propia imaginación me había regalado lo que hubiese deseado leer.

— ¿Estás hablando en serio? ¿No estás bromeando?

Derek me miró fijamente y acarició mi mejilla de esa forma única, tan especial que solamente él tenía. Provocó una pequeña sonrisa queriendo escapar de mi interior y cuando volví a observar su mirada algo en mí se liberó por completo, igual que en esa charla en la universidad. Me miraban con asombro, admiración y entusiasmo. Siempre había deseado recibir la misma emoción que yo tenía bullendo en mi interior.

Puse mi frente contra la suya y escuché cómo él decía miles de veces que no estaba bromeando mientras las lágrimas se deslizaban por mis mejillas.

— Perdóname… estoy algo sensible supongo —comenté antes de que él pudiese preguntarme qué era lo que me pasaba o porqué lloraba.

— ¿Existe algún motivo? —su tono era adorable. Demostraba lo mucho que se preocupaba por mí y ¿qué podía hacer salvo apretarme a él mientras mi corazón se derretía?

— Tú, Derek. Tú eres el motivo por el que estoy así.

— ¿Yo? —su expresión cambió a la preocupación y el temor por hacerme algo malo sin pretenderlo.

— Sí, tú. Por amarme de esta forma que no creí que podría despertar en nadie. Por emocionarte con lo que me apasiona y por siempre intentar impulsarme para seguir adelante durante todo este tiempo —di un suave y fugaz beso a sus labios antes de sentir como sus labios se curvaban en una sonrisa contra los míos.

— Te equivocas. Eres tú la única responsable de todo eso…


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