2018 / Sep / 06

Regresé a la cabaña para cenar algo. Abrí el frigorífico y saqué un par de piezas de fruta porque aunque sabía que tenía que comer algo más contundente, esperaba que si seguía aquella noche con mi lectura, la fruta hiciese el favor de mantenerse en mi estómago y no revolverlo demasiado.

Antes de cerrar el frigorífico vi que William había dejado una raja de sandía cortada, cubierta por un plástico transparente permitiéndome verla con facilidad. Sonreí un poco y saqué el plato donde estaba, lo puse en la encimera y cerré la puerta del electrodoméstico cuando me hube servido un buen vaso de agua. Sabía que por mucho jugo que tuviesen siempre me daban una sed horrorosa igual que el helado.

Comí tranquilamente la fruta. Hacía lo posible por retrasar el momento en que tuviese que enfrentarme a la dolorosa verdad, a la tortura insana.

Justo en ese momento, sonó un teléfono, sin embargo, no era el tono que tenía ni para los mensajes ni para las llamadas. Creí que lo había imaginado, por lo que continué comiendo, pero en esa ocasión, no escuché ningún ruido sino que vi una luz parpadeante. Me levanté para ir en su dirección, encontrándome un teléfono móvil desconocido sobre la mesita del salón. Ni tan siquiera me había percatado en él aunque había estado allí todo el tiempo. Cogí el teléfono y pensé que podía ser el de Verdoux, que se lo había dejado allí, pero no era así porque al encender la pantalla pude ver que había un mensaje de Verdoux que había llegado a ese aparato. Fruncí mi ceño confusa y di en la notificación que me llevó hasta la mensajería instantánea.

No sabe lo mucho que la extraño en estos momentos, señorita Mijáilova. Estoy convencido que haría esta cena mucho más agradable con sus comentarios mordaces. 

Entrecerré mis ojos sin comprender porqué me mandaba un mensaje a un teléfono que no era el mío aunque, siendo justos, no sabía cuál era mi nuevo número de teléfono. Por lo que parecía ahora tenía tres, el anterior, el que me había comprado yo y éste. Agradecía sus intenciones, pero también me podía haber dicho lo mismo en persona o invitarme a esa estúpida cena.

Probablemente, debajo de la mesa suelen ocurrir las situaciones más interesantes. 

En ese momento me llegó otra notificación. Pude leer a la perfección el nombre de Damian sumado a otros cuantos recuerdos que parecían llegar rápidamente. Gustav, Derek, Gerault… ¿cómo podían tener todas esas personas mi número sí…? Resoplé. Había cogido mi antigua SIM y la había metido en ese teléfono. Lo único que había hecho había sido medio configurarme el móvil.

Empecé a enfadarme, mucho. No veía justo que tocase donde no tenía que tocar ni le habían dado permiso para ello. Si me había deshecho de mi anterior tarjeta durante un tiempo había tenido mis propios motivos, ¿qué le daba derecho a deshacer mis planes sin consultarme?

Tenía varias opciones: uno, podía gritar a Verdoux hasta quedarme sin voz, que se lo merecía; dos, podía apagar el teléfono y no volver a encenderlo nunca; tres, podía olisquear en las conversaciones para ver qué me habían dicho todos ellos y cuatro; podía meterme en la lectura de nuevo después de haber escondido el aparato para no ver su lucecita parpadeante.

Dejé el teléfono sobre la encimera y me obligué a cenar al menos. La condenada luz parecía llamarme cada vez que se encendía y solamente dejarme en paz cuando se apagaba previo a volver a llamarme la atención como si me estuviesen susurrando o incluso, gritando, mi nombre en el oído. ¿Por qué habían hecho las nuevas tecnologías tan adictivas? Todo eran estímulos y siempre terminaba de la misma manera deseando matar al aparato que había almacenado esos mensajes.

Le doy toda la razón. ¿Cree que podría escabullirme y traerla sin que se den cuenta? 

Deseé dejarle con las ganas, pero era lo primero mínimamente bueno que me pasaba desde nuestra noche de pasión acalorada. Me apetecía jugar a mandarnos mensajes que seguramente no diríamos jamás.

No creo que tuviese tanta suerte. No obstante, puedo esperar a que regrese. 

Su respuesta no se hizo demasiado esperar. No sabía si podía mantener una cara de póker delante de quien estuviese.

¿Cómo exactamente?

De rodillas, desnuda salvo por esas medias que tanto le gustan y preparada para una noche intensa.

Ya estoy deseando llegar…

No recibí más mensajes suyos así que le dejé que se concentrase en su cena mientras intentaba bajar el sonrojo intenso que se había situado en mis mejillas. Me terminé la cena y miré el ordenador de reojo, casi con miedo por lo que pudiese leer, por lo que creí que no sería nada malo si miraba las conversaciones esperando volver a tener fuerzas.

Todas las conversaciones eran iguales. La pregunta: ¿dónde estás? estaba antes o después. Estaban preocupados, deseosos por saber qué era lo que me ocurría, si me había muerto, si me había tragado la Tierra o si por el contrario estaba tan débil anímicamente que no podía ni tan siquiera levantar el teléfono para decirles que seguía viva al menos.

Había reproches, enfados, insultos y disculpas por esos insultos, desesperación, angustia, temor, súplicas para que diese señales de vida. Casi todos los estados del mundo en esos mensajes que me habían saturado completamente. Debía responderlos, pero si lo hacía sabía que no lograría terminar jamás la lectura de las cartas de Douglas por lo que debería dejarlo para más adelante.

Respiré tan profundo como me permitieron los pulmones y tras recoger el plato, volví al ordenador, lo encendí de nuevo dado que había terminado posicionándose en stand by y esperé a colocar mi contraseña en la casilla correspondiente para ello. Había señalado la carta por la que iba antes de irme. Me quedaban muchísimos meses aún. Tendría que seguir por varios días, pero esperaba que la lectura fuese esclarecerme todos mis temores, dudas y me diese las respuestas que necesitaba, aunque quizá el objetivo de Douglas fuese la búsqueda de mi empatía, un intento de Harley Quinn enamorándose del Joker. Esperaba que algo así no ocurriese pues sabía que la única que perdería con algo así, sería yo.


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