2018 / Sep / 06

Cuando quise darme cuenta la noche había caído. Había pasado horas sin prácticamente comer, intentando meterme en la mente de un hombre que estaba desequilibrado, por completo. Había leído cómo había sometido a una mujer y cómo había limpiado cada milímetro de aquel cuarto antes de desaparecer dejando a la muerta sin un solo rastro biológico posible, incluso había pasado por la piel de ella la lejía que había encontrado sin importarle si dejaba marcas en su cadáver, total, ya estaba muerta.

Necesitaba desconectar o esa noche soñaría con todo aquello. Ni tan siquiera había sido consciente de cómo mi cuerpo se había ido tensando por momentos y la manera en la que me dolía cada milímetro de mi anatomía sin ser por la postura que no había cambiado durante todo ese tiempo. Me sentía igual que un muñeca que, después de años oxidada, la usaban por primera vez. Casi podía escuchar las bisagras de mi cuerpo rechinando. ¿Cómo despertar un cuerpo que se había llevado uno de los golpes más grandes de su existencia en cuanto a anímicamente se trataba?

Salí de la cabaña. Dejé que la brisa despertase cada poro de mi piel, que le ayudase a salir de esa pesadilla. Hay situaciones en las que uno no sabe distinguir la realidad de la ficción, pero en esta ocasión el problema era otro, bastante más grave, no había ficción en nada de lo que había leído.

El mundo subestima el poder de la escritura. A menudo, dejamos pasar textos porque creemos que una imagen nos ayudará a comprender lo mismo sin necesidad de pasarnos horas con la cara metida entre los libros. Era un gran error. La lectura tenía algo, una magia especial. Si se sabía dirigir, si te atrapaba y puntualizaba cada una de las situaciones, de los sentimientos y de los diálogos fuesen más o menos reproducidos con exactitud, era una de las formas más rápidas de meterse en una mente ajena. ¿Podrías comprenderla? A menudo, la comprensión carecía de importancia en esa situación. No siempre necesitabas que el mundo entendiese o hubiese hecho lo mismo que tú en tu lugar. Solamente importaba la intensidad de las emociones vividas y cómo, si sabías manejar bien el idioma, lograbas que el otro terminase sintiendo cada una de ellas en su propia piel.

Además, no solamente se podía palpar lo que el otro había pasado en el propio cuerpo, sino que despertaba emociones, de la clase que fuesen, las avivaba con cada palabra y la lectura resultaba más intensa que cualquier película por muy bien que estuviese llevada a la pantalla.

Me senté en la arena observando el horizonte. El mar estaba en calma. Jugaba de vez en cuando intentando atraparme, pero me había puesto lo suficientemente lejos como para que solamente las grandes olas que llegasen con la suficiente fuerza a morir en la arena, pudiesen llegar a mojar alguna parte de mi anatomía. Había algunos metros entre la arena cálida que tenía bajo mi trasero y la mojada que se distinguía a la perfección y que borraba a cada ola los recuerdos que se hubiesen podido tener reflejados en su húmeda existencia.

El agua en movimiento siempre solía calmarme. El murmullo del oleaje parecía intentar paliar las emociones que aún estaban a flor de piel. Mi mente suplicaba ayuda al mar en calma, que le diese parte de su bienestar, al menos, de aquel visible con una simple mirada y él respondía jocoso que yo misma podía hacer como él: mandar a mis olas embravecidas hacia la playa de forma que en el proceso disminuyesen su intensidad.

Miré toda la playa a oscuras. Comprendí la belleza extraña que tenía. El mundo era muy diferente de día y su completa antítesis de noche, pero la belleza no la perdía a pesar de mudar su rostro, de ser dos paisajes diferentes. Siempre había preferido la noche por mucho miedo que me hubiese dado. Había una belleza secreta en el silencio de muchos corazones soñando a la vez mientras yo permanecía alerta, escuchando ruidos que ocurrían durante el día, las quejas de los muebles por el paso del tiempo, pero que en mitad de la noche se volvían gritos, explosiones, casi como sumergirse en el interior de los altavoces de un concierto de rock en el momento más enérgico de una canción. La noche traía paz, pero también tormenta. La mente parecía cobrar fuerza, volverse independiente, dejar de someterse ante la razón y permitirse reproducir sus lemas negativistas sin nadie que pudiese pararla.

La brisa volvió a sacarme de mis pensamientos recordándome el frescor que podía hacer en mitad del verano, ese contraste delicioso de temperaturas que no era nada más que el alivio de la bajada gradual del calor en un ambiente que mínimo había estado a los treinta grados.

Llegó a mi mente, de nuevo, el momento que había leído. Douglas estaba en busca de poder experimentar situaciones en las que sacar su rabia y someter a la mujer. Era el principio, solamente el principio de todo lo que vendría después. Su ira, sus deseos y el placer por ver la carne maltratada en el cuerpo femenino podían llegar a ser palpables si se explicaban de la forma en que él lo hacía. También, esa insatisfacción porque nada era suficiente, no se rompía como un objeto de cristal, al contrario, disfrutaba del dolor que le infligía provocando mayor ira aún en Douglas pues no entendía que la mujer gozase el dolor. Analizado era simple. ¿Quién en su sano juicio no se enfadaba aún más cuando intentaba ganar una discusión y la otra persona tenía una sonrisa en la cara como si le estuvieses regalando los oídos con halagos en lugar de insultos? Lo inevitable era que escapase el monstruo que poco a poco se iba alimentando gracias al fuego de nuestra rabia que íbamos dejando que se avivase igual que echarle petróleo encima. Se despertaban nuestros instintos primarios, había veces que podíamos desear cruzar la cara al otro de un sonoro manotazo o, esperar que con él pudiésemos arrancarle la cabeza o esa sonrisa de idiota. Lo suyo no era muy diferente. No conseguía su objetivo hasta que no la llevaba a la muerte, al dolor que ella no podía disfrutar abriéndole las puertas del miedo.

Pensé en esa mujer, en cómo quiso gritar, en la manera en que intentó evitar su propio final aunque a duras penas si pudiese moverse y en la muerte más horrible padecida con la promesa de una noche inolvidable. Hice una mueca y me abracé las piernas esperando que el día de mi cumpleaños no hubiese preparado alguna especie de ritual para obligarme a aceptar la muerte como única esperanza de salvación.


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