2018 / Sep / 05

No sabía lo fácil que llegaba a ser encandilar a una mujer hasta que lo intenté. Una sonrisa brillante, un aspecto cuidado… sois bastante más simples de lo que aparentáis. Solamente hay que aprenderse las palabras adecuadas, dichas en los momentos precisos y caéis ante nosotros besando el suelo que pisamos cuando creéis que es al revés. 

Dos años después de la muerte de Grace y con mi imperio aumentando poco a poco, decidí darme un respiro de tantos negocios, de ver a hombres día sí y día también ataviados con trajes que eran sus mujeres quienes los escogían por la mañana, pero sus amantes dispuestas a llevarse un pellizco de su fortuna las que se deshacían de ellos cada noche. 

Escuchaba día sí y día también cómo se jactaban de la vida de dandis que llevaban siendo unos cerdos sin corazón, sin sentimiento alguno. Estaban casados, pero su verdadero amor era su propio ego y el dinero. No les importaba el dolor de sus relaciones dado que para ellos todo eran negocios. Lo pintaban tan bien que no pude resistirme a intentarlo.

Una amante solía ser encandilada con lo deslumbrante que era el dinero. Yo no quería a una mujer enamorada del fajo de billetes que tenía en el bolsillo, deseaba que me necesitase a mí, de una forma malsana, oscura, prohibida… Por suerte para mí el físico ayudaba en ese cometido. De barrigas llenas de pelos, pasarían al cuerpo cincelado de un hombre que gastaba toda su ira en el gimnasio. 

Hacía tiempo que las prostitutas no me satisfacían. El sexo no era para mí placentero por alguna razón. Nunca lo había sido en realidad. Lo convencional no tenía ningún tipo de morbo, de incentivo a mis ojos. A duras penas si podía masturbarme viendo el cuerpo de una mujer ofreciéndose y llevando además el control. Por eso, acepté ir a un club que me recomendaron con una discreta tarjeta negra y sus letras en dorado. Era como un hotel de lujo. En su interior, las más macabras situaciones se llevaban a cabo, sin juzgar, sin sentimientos, solamente por puro placer. Quizá fuese por eso mismo por lo que cayó rendida a mis pies mi primera presa. Quiero pensar que la clave estaba en el pack y no solamente en el lugar. 

Largas piernas, seductora sonrisa y un lunar justo encima del labio superior de manera tan provocativa como ese lunar que tanto había encandilado a generaciones de esa actriz Marilyn Monroe. No sé si el de la señorita Monroe era real o pintado, el de esta mujer sí era real, créeme que me cercioré de eso. 

Tenía entre los dedos un Cosmopolitan. Miraba a todo el mundo como si fuese muy superior. Se sentía sexy sin importarle si lo era y, siendo objetivo, había mujeres mucho más atractivas en el lugar; pero ella tenía algo especial, una especie de dominio sobre todo lo que había a su alrededor que llamaba a intentar ser uno quien la tuviese a ella a los pies. Sin embargo, era de ese tipo de féminas que tienen el control por el mango y no lo dejarían ceder fácilmente. Denominémoslo un reto personal. ¿Qué podía haber más excitante que una mujer fuerte cediendo ante un ser superior a ella? 

La conversación no era interesante. Ella no quería a alguien que la domase y me lo dejó claro con una sola mirada. Ambos habíamos empezado a jugar la misma carta, ver quién era más fuerte que el otro, quién cedía el último. No obstante, ella era mujer, ardiente y por ello, era mucho más sencillo que cayese antes que alguien frío como un témpano de hielo. Los negocios, mi propia oscuridad y mi secreto me daban ventaja sobre ella quien si estaba allí no era para nada diferente a un buen polvo un tanto… particular. 

No recuerdo su aroma. No sé cuántas copas nos tomamos, pero sí el instante preciso en que sus ojos me dijeron que no podían soportar más. 

Fuimos hasta una de las habitaciones especializadas para aquellos clientes que buscaban las emociones fuertes. Ella aceptó a regañadientes el papel de sumisa y no se leyeron ningún tipo de normas. Mis ojos observaban aquellos artefactos y pregunté el dolor que estaba dispuesta a soportar. Ella se rió asegurando que había recibido los peores castigos, por lo que lo toleraba bastante bien, así que tenía vía libre hasta que usase una de las palabras de seguridad, con las que se suponía que tenía que parar. Le pregunté si podía usar mordazas. Ella no se negó y admitimos que con la mordaza sería muy difícil escuchar la palabra correspondiente, así que pensé en un nuevo método. Ella tendría que tirar dos veces de una tira. Había tanto peligro de que no lo viese que si se percató mínimamente la callé con un beso de esos que dejan sin aliento a la pareja. Podías imaginarte lo que pasó después… 

¿Qué tenían todos estos hombres con esa manera de entregarse? ¿Era una parafilia en sí mismo? ¿Les daba un morbo incomprensible tan solo a personas que lo comprendían o todos estábamos cortados por el mismo patrón? No podía ser así, dado que la pedofilia también estaba incluida dentro de ese marco de excitaciones sexuales y yo jamás me había sentido atraída de esa forma por bebés o niños pequeños, de solo pensarlo volvía a subirse la bilis a mi garganta. No entendía qué, en todo eso, podía resultar atractivo, como tampoco comprendía los otros tipos de excitaciones prohibidas. Puede que la dominación tuviese su sentido si se hacía con la persona indicada y se trataba tan solo de un juego, ¿no? ¿Sería ese el magnetismo que escondía ese mundo?

Pensé en las palabras que me había dicho Verdoux acerca de cuando desease discutir. No había cumplido esa regla. No me había puesto de rodillas con esas medias que tanto le gustaban. No había entendido porqué tenía que rebajarme a eso para satisfacernos teóricamente a ambos. ¿Por qué tenía que caer de rodillas a sus pies? No era nada más que la superioridad del hombre sobre la mujer, del sumiso que se rebelaba para después aceptar recibir su castigo y, por muy bueno que hubiese parecido al principio, aquello había carecido de atractivo alguno.


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