2018 / Sep / 05

Recuerdo a la perfección cada una de las veces, Kyra. Cada momento en que tuve que pagar de la peor forma posible por las pillerías de mi madre para sacarnos de allí. Empecé a creer que no había amor en ella, que no le importaba mi dolor, porque aunque llorase viendo lo que ocurría se terminaba yendo con mi padre sin decirle nada. Podía ver en ella un poco de bienestar por no ser quien tuviese que sufrir los castigos infligidos por mi progenitor y ahí tenía que quedarme yo, cubierto de esa asquerosidad, de los escupitajos y el sudor por estar casi a punto de ahogarme por su rudeza, por su incomprensión con que aquello estaba mal, increíblemente mal. 

Me negué a creer en la bondad de nadie. ¿Quién podía aceptarlo si sus propios padres eran así? Mi padre disfrutaba con mi dolor, a pesar del asco que le provocase hasta a sí mismo. Pero se había endurecido de tal forma que ni tan siquiera me llamaba por mi nombre. No me miraba nunca. ¿Podía sentirse asqueado de sí mismo por lo que estaba haciendo? ¿Entonces porqué no lo dejaba? ¿Por qué no me permitía olvidar o incluso, me pedía perdón por atreverse a robarme la existencia cada vez que mi madre le quitaba dinero? 

Aún puedo oler a la perfección su aroma a rancio, el alcohol, el sudor y la maldad se mezclaban en el ambiente siempre que aparecía. Yo me había negado a salir de mi habitación. Había intentado de todas las formas existentes rehusarme a satisfacer aquellos instintos grotescos, pero no tenía alternativa. Era un niño. 

¿Comprendes mi sentimiento de liberación cuando mis padres murieron? Ambos entre sufrimiento, en un dolor que les había hecho gritar aunque una no tuviese fuerzas y el otro se estuviese ahogando con su propia sangre. Era libre, a pesar de no serlo en realidad. Me creía minúsculo frente al mundo. ¿Cómo sale uno de esa situación? 

Nunca encontré a nadie que sufriese mínimamente lo que yo padecía. Tampoco era capaz de expresárselo a nadie. ¿A quién le importaba lo que un adolescente escuálido pasaba? Absolutamente a nadie. Siempre he estado solo. ¿Dónde estabas tú? Podrías haberme ayudado. ¡Te odio por no haberme ayudado! ¿Por qué llegaste cuando no había más solución en mí? ¿Por qué apareciste con tu halo sobre la cabeza cuando ya había abrazado esta vida y no cuando estaba perdido? Eres tan malvada como todos los demás, te hiciste esperar. 

Las cartas eran desgarradoras. Cada una de ellas iba oscilando todo el tiempo entre la autocompasión y la ira más absoluta. Estaba furioso conmigo porque no había podido salvarle de algo que jamás hubiese podido detener, menos con las circunstancias que yo tenía en esos instantes. Si su adolescencia había ocurrido al mismo tiempo que la mía, yo misma estaba sumida en un pozo de desesperación y si nos hubiésemos conocido, dudo mucho que le hubiese hecho algún bien.

Algunas cartas tenían los relatos más asquerosos que había tenido que leer. Narraba una a una las vejaciones a las que le había sometido su padre, en otras aquellas a las que le había sometido Grace cuando había encontrado fuerzas para contarle su traumatizada infancia. Todo mi cuerpo había sentido esa extraña sensación en la que parecía enfermarme por momentos con cada palabra que leía y mi mente, de manera automática, intentaba reproducir como si se dejase llevar por algún tipo de morbo extraño.

Tuve que dejar la lectura un número incontable de veces para buscar fuerzas para no chillar por la injusticia de todo lo que había tenido que padecer. Nada de eso justificaba el monstruo en que se había terminado convirtiendo, pero ¿qué hubiese sido de mí si no hubiese tenido el apoyo de mi familia? ¿Podía haber terminado igual? ¿Podía haber sido una máquina de venganza buscada incluso en personas que no me habían hecho daño alguno en la vida?

Él devolvía la ira que había sentido en sus carnes, que había acumulado durante años regalando sufrimiento a otros seres humanos, sin pararse a pensar en que hubiesen pasado por una situación similar o no, sin permitirles defenderse o encontrar su propia redención. Egoístamente asimilaba que estaba dando al mundo lo que el mundo le había quitado, reduciendo todo una constante minúscula y simple: ojo por ojo.

A medida que no contestaba sus cartas, su odio se iba incrementando. Quería jugar y no tenía forma de hacerlo si no tenía un compañero de juego, si yo no le respondía las misivas. Entonces, buscó otra forma de llamar mi atención. Me narró otros episodios de su vida, después de Grace, después de la muerte que le había dado a la mujer que se había cruzado en su vida de manera equivocada tratándole y transformándole en lo que ahora era.

Supe la facilidad con la que se hizo rico. Tan tonto que creían que era y de qué forma más hábil había jugado sus cartas en aquella partida de la vida. También me contaba sus avances como en la cárcel, sus intentos de salir y cómo se los rechazaban; sus sueños, sus anhelos… pero seguía sin responderle provocando aún más su ira, su odio, su locura. Cartas más tarde se disculpaba por las palabras usadas y poco tiempo después volvía a jurarme que acabaría con mi felicidad antes que con mi vida.

Hice una nueva pausa, un intento por calmar mi mente y darle un descanso a mi cuerpo completamente tenso por la situación. Busqué algo de beber. Quise calmar la sed de mi garganta y un vaso de agua tras otro se fue deslizando por mi garganta como si hubiese hecho tanto ejercicio como en la carrera más larga de mi vida. Me senté en el sofá y pensé si había alguna posibilidad de evitarme tener que leer el resto de frases de aquellas notas, algunas de ellas con hasta diez páginas de improperios, unos ni tan siquiera los había escuchado nunca y mucho menos, los había visto escritos. Era igual que leer el libro más denso de la historia de la humanidad que se centraba en el lado más negativo existente dentro de ésta y describiéndolo en los más mínimos detalles. Aún así, sabía de sobra que no tenía otra posibilidad. Debía aceptar cuanto antes que si terminaba pronto la lectura, me sería más sencillo comprenderle o, al menos, intentar salvar al resto de los miembros de mi vida, porque había una fecha fijada y él haría su golpe maestro.


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