2018 / Sep / 05

Queridísima Kyra. 

Has aprendido finalmente a jugar. Has logrado que no me diese cuenta de lo que tenías planeado. Por suerte, para mí, no te has ido de rositas ni mucho menos. ¿Cómo se llamaba? ¿Rochester? ¿Roger? ¿Rocastor? Como fuese. Aún recuerdo la primera vez que le vi, os vi y como supe que terminaría matándole. Era demasiado protector contigo y antes o después saltaría sobre mí para evitar que yo te matase. Pensé que lo haría aquel día en tu cocina, pero ese chucho me defraudó. Te hice un favor quitándote a un animal que no podía protegerte de nada, no al menos como yo pensaba que lo haría. 

Sé que estás bien. He visto que vuelves a sonreír, que sigues retozando en los brazos de ese Verdoux. ¿Por qué, Kyra? ¿Te gusta hacerme enloquecer? No puedes estar cerca de él, lo sabes, claro que lo sabes, pero sigues jugando conmigo deseando que me entere de todos tus pecaminosos movimientos. Y yo que te creía pura… 

Aún recuerdo a la perfección el olor de tu pelo. Lo sedoso que era. Ese contraste deliciosamente sorprendente que hace con tu piel pálida, con esos ojos claros que desarmarían a cualquiera y como colofón está tu boca… Tan solo la he rozado una vez y no he podido evitar soñar con ella a todas horas. ¿Qué de cosas sabes hacer con ella? Estoy convencido que deslizaría de maravilla entorno a mí. Que… 

Tuve que dejar la lectura. Aquello me estaba poniendo las tripas verdes. Douglas había sabido de mí desde el momento uno en que había entrado en la cárcel. También había tenido claro que debía matar a Rochester, asi que no había ninguna duda que había sido él y por otro lado, había reconocido que quería matarme antes de esa obsesión enfermiza que había logrado despertar en él sin pretenderlo, ni mucho menos.

Miré todos los documentos. La lectura sería pesada. Había tantos como días habíamos pasado separados hasta el día que suponía, me había mandado el pen drive. No sabía si tendría estómago para leer tantas cartas en las que sería convenientemente explícito en sus deseos para buscar mi propia incomodidad y desazón.

Sin embargo, ¿realmente habría allí algún tipo de respuesta a lo que sucedería el día de mi cumpleaños? ¿Me podría intentar adelantar a él si leía todas esas cartas que estaba convencida que me harían vomitar o sería una tortura más que me obligaría a padecer cuando la solución la tenía delante de mis narices?

A menudo, uno cree estar preparado para todo tipo de situaciones en la vida y, en realidad, no es consciente la oscuridad que se puede esconder tan cerca sin poder verla porque ni tan siquiera su portador sabe aquello que oculta.

William apareció en ese mismo momento vestido casi para matar a cualquier mujer. ¿Por qué me parecía atractivo? Tenía que verle feo, como un monstruo que domina los infiernos, pero a menudo, eso podía atraerme.

Llevaba un jersey fino, oscuro, que contrastaba con su tono de piel blanquecino. Me preguntaba porqué llevaba algo de manga larga con la temperatura tan veraniega que aún hacía allí. También me cuestioné a mí misma dónde estaría la civilización porque no estábamos en una isla desierta a la que nadie pudiese llegar, no era lo que yo había imaginado. Estaríamos en una playa privada, alejada de todos, pero demasiado cerca como para poder ir de fiesta a alguna parte.

Miré la hora en mi ordenador y fruncí mi ceño. ¿No iba ni a comer conmigo? Bienvenido el William de mis pesadillas, aquel al que le importaba menos que un chicle que pisase y se quedase en la suela de su zapato carísimo.

Me quedé mirándole hasta que sus ojos se posaron en mí. Me mantuve serena, en lo posible. Él no pensaba darme explicación alguna, seguro, y yo no iba a pedírsela. Para orgullosa ya estaba yo. No iba a consentir que me pisotease como si fuese tonta, aunque en realidad lo estaba haciendo ya. Le estaba permitiendo que volviese a jugar conmigo aunque, ¿y si eso era una relación normal? ¿Y si no se le tenía porqué decir al otro dónde iba si el otro no preguntaba? Froté mis sienes confusa empezando a dudar hasta de mi propia existencia.

— Tengo que irme —comentó y antes de eso se acercó a mí cuasi dubitativo antes de depositar un beso en mi cabeza.

Le dejé hacer, quise creer que era un pequeño paso para evitarnos sufrimiento, que había abierto la puerta a una posible reconciliación. ¿Cómo un gesto tan simple podía servir para algo tan importante? Aún así, sabía que él seguía herido porque pensaba de él lo peor por lo que no me dio oportunidad alguna para negarle esos pensamientos que yo misma había obligado a que terminasen saliendo disparados de su boca un rato atrás.

— Pasa buena noche… —musité.

Soltó un suspiro y se fue dejándome con las ganas de salir corriendo detrás para darle un apasionado beso en los labios y suplicar su perdón. Era demasiado orgullosa para ello, me sentiría hipócrita si lo hiciese dado que estaría pensando lo mismo aunque él llegase a perdonarme. Por eso, me quedé ahí, mirando la puerta cerrada y maldiciendo aquella cabeza mía que no me traía más que problemas.

El día se iba a volver demasiado largo sin él. Incluso, en los incómodos silencios, viene bien tener a alguien al lado pues sabes que se podrá romper con una caricia o con ser quien rompa el hielo, quien termine con la tensión. En cambio, la soledad no daba esas alternativas, ni mucho menos. Se volvía una apretada manta congelada que iba estrujando hasta que el dolor llegaba a los mismos huesos. Pude sentir ese frío deslizándose por mi piel hasta que froté mis brazos obligándome a recordar que estábamos en pleno verano, aún.

Siempre había pensado en leer alguna historia de miedo. Tenía ante mí la posibilidad de hacerlo, con el consiguiente añadido de saber que de ficción no tenía ni los nombres. Quise tomármelo con resignación, pero para entender la mente de un asesino o de cualquiera, tienes que sumergirte en sus escritos, sueños, recuerdos y ensoñaciones. Debía encontrar la lógica dentro del caos.


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