2018 / Sep / 04

La cabaña se había quedado vacía. Pensé en miles de posibilidades y solamente se me ocurría una: William me había dejado tirada igual que si fuese una colilla. ¿Por qué no lo haría esta vez cuando lo había hecho tantas otras veces? No tenía más posibilidades que resignarme, levantarme de donde estaba e ir a ducharme. Al menos, aunque sola, tenía un lugar en el mundo donde nadie sabía que estaba. Quizá, si me mantenía así durante… ¿el resto de mi vida?, no volviesen a encontrarme. Debía mantener un perfil bajo o intentar responder las preguntas misteriosas, las claves de las que parecía haberme olvidado por mi propia seguridad, por mi egoísmo puro y duro.

Me metí en la ducha, me vestí y regresé para desayunar sin la mínima esperanza de que el profesor regresase a la cabaña en algún momento. Me levanté en mitad del desayuno y regresé hasta la habitación. Abrí el falso fondo de mi maleta y saqué todas las carpetas endemoniadas con apuntes, con intentos de comprensión de situaciones que yo no había vivido.

Entre ellas estaba la de Verdoux. Abrí su expediente y comprobé que el número estaba nada más y nada menos que tras la marcha de él de Londres. ¿Podía significar aquello que él sabía que en realidad…? Osea, ¿podía ser posible? Si la respuesta a todo eso había sido el engaño donde ponía que él había seguido viviendo felizmente con su hermana entonces, había dos cosas a tener en cuenta: una, todo parecía esconder verdades mucho más dolorosas que las allí escritas por la mente perturbada de Douglas y dos, William no me había engañado y efectivamente no había estado jamás con su hermana, bueno, al menos mientras estuvimos juntos de alguna forma; pero ¿por qué torturarme así?

La mente, ese magnífico desconocido que se volvía nuestro peor enemigo por nuestra tendencia malsana y masoquista de aceptar siempre el lado malo de todas las situaciones sin tan siquiera cuestionárnoslo mientras que el bueno, las posibilidades en las que se podía luchar contra la felicidad, terminaban siendo desechadas y catalogadas de imposibles aunque fuesen mucho más probables que la historia negativa que nos hubiésemos contado a nosotros mismos para darle lógica a esa salida tremendista y decepcionante.

Mordí mi labio inferior antes de dejar el trozo de galleta que no me entraba en el estómago sobre el platito. Me había comido la ración que él había preparado para los dos, yo sola. La fruta, las galletas, la leche… todo menos ese té que se había quedado intacto hasta que se había enfriado tanto como la temperatura de la cabaña lo permitía. El calor asfixiante no era mi preocupación más alarmante dado que había aire acondicionado incorporado en alguna parte de la construcción de ese hogar. Con dinero podían hacerse todo tipo de virguerías mientras que el resto de los mortales a duras penas podíamos permitirnos una sola casa con los metros cuadrados necesarios para no irte golpeando con las paredes mientras vas caminando a las habitaciones o a la única habitación. La vida de los ricos con respecto al dinero era una gozada, por lo demás no parecía ser mucho mejor que las del resto. Los mismos problemas, pero rodeado de lujos innecesarios que se compraban para intentar paliar el malestar y el vacío interior. No se vivía mejor por tener un fajo de billetes en el bolsillo. Se vivía más cómodamente, sí, pero la mente no entendía de dinero.

La puerta se abrió y Verdoux apareció llevando en sus brazos unas bolsas con comida para ambos. Me quedé mirándole sorprendida. Generalmente entre nosotros habían existido solamente dos posibilidades: huir sin decir adiós o decir adiós dando un portazo al otro en la cara. Lo conocido como “relación adulta” no había sido algo que hubiese podido mantener en ningún momento. En todas las posibilidades interpersonales que existían en las relaciones con los demás, yo era igual que un niño: si me haces algo malo, te dejo de “juntar”. Después, me arrepentía todo el tiempo por haberme alejado de esas personas o haberlas alejado de mí para buscar de forma dolorosa su perdón terminando por aceptar tan solo los golpes más duros como lo único que merecía, lo único a lo que debía regresar y aquellos que me permitían un retorno menos doloroso volvían a sufrir esos momentos de rechazo o les hacía rechazarme una vez más.

Me miró casi con la misma sorpresa. Ninguno estábamos acostumbrados a eso aunque en realidad era yo quien había impuesto algunas de esas situaciones que nos habían alejado hasta volvernos dos extraños que se conocían a la perfección, casi soñando cada noche con el otro.

Las miradas de ambos parecían gritar con alegría: ¡estás aquí! Pero ninguno realizaba ese grito que hubiese logrado rebajar la tensión entre besos y risas. El orgullo nos ataba, amordazaba y escupía llegando a dejar nuestra estupidez como carta de presentación antes de la poca o mucha inteligencia que tuviésemos.

Mis labios se entreabrieron, pero Verdoux fue hasta la cocina para llenar el frigorífico y la despensa con la comida que había comprado. Ni tan siquiera había preguntado dónde estábamos y si se hubiese ido para no regresar quizá no hubiese tenido manera de hacerme con víveres nuevos para seguir bajo ese techo con ese plan estúpidamente infalible de huir el resto de mis días.

— Esta noche salgo. No podré estar para cenar.

Su tono frío y distante provocó en mí un gesto tan simple como apretar los labios sabiendo que no iba a decirle ningún lo siento como antes había deseado. Si quería salir, que saliese. No iba a ir detrás de él. Estaba cansada que llevase los enfados más allá. Puede que yo hiciese también lo mismo, puede que no tuviese otra forma de expresarme que el rechazo tras el rechazo, la altanería, la búsqueda de que se me besasen los pies.

Fuese como fuese, ni tan siquiera respondí. Acepté que tenía otros planes y luego, me volví a sumergir entre todos los papeles que tenía delante de mí. La puerta que creí abierta se había cerrado y entre nosotros el fantasma del orgullo había vuelto a gobernar.


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