2018 / Sep / 04

Durante muchos años me había preguntado la cantidad de veces en que algo apreciado por mis sentidos era igual o una lectura menos realista del momento debido a esa manera de ver el mundo como un enemigo de todo lo que significase mi existencia.

Tomé entre mis dedos una galleta y me sentí desnuda por primera vez desde horas atrás. Antes no me había importado permanecer de esa forma frente a él, sin embargo, en ese momento la vergüenza había actuado en mí como un bofetón que me había regresado a la posición en la que siempre debía estar: tímida, alejada, inaccesible. Puede que no fuese él quien hubiese diseñado un muro entre nosotros, podía haberla creado yo sola en un parpadeo por muchos secretos que él hubiese escondido durante todo el tiempo.

Mordí la galleta intentando taparme lo máximo posible con mi cuerpo, pero ahora entendía porqué en fotos, series y películas tenían unas posturas tan incómodas dado que no estábamos hechos para envolvernos a nosotros mismos igual que si fuésemos mantas.

— Gracias por el desayuno —musité antes de comprobar que una de las tazas tenía leche con cacao dándole un tinte algo más parduzco al líquido blanquecino.

Él negó y se sentó frente a mí. Sus ojos estaban puestos en mis facciones y tenían una expresión difícil de leer para mí. Parecían querer algo y a pesar de haber visto ese anhelo antes, me costaba reconocerlo, seguramente por lo difícil que me resultaba creerme de alguna forma que un hombre pudiese sentir algo, lo que fuese, por mí.

— ¿Por qué… por qué siento que cuando estoy lo suficientemente cerca hago algo, lo que sea y nos distanciamos igual que si estuviésemos en los dos puntos opuestos del planeta?

Me observó unos segundos más antes de acercarse a mí y obligarme a dejar la galleta unos segundos para responderme.

— Para mí siempre estamos pegados al otro, piel con piel, nada nos separa. Si cierro los ojos puedo oler su perfume a vainilla, pero no su colonia, no, sino su verdadera esencia, esa que emana desde los lugares más íntimos de su ser.

Mis mejillas se tornaron del rojo más intenso. ¿Por qué le seguía dejando jugar conmigo como si no doliese, como si no fuese igual que alfileres clavándose en mi alma, alfileres ardiendo y envenenados que iban arrancándome la vida con cada nueva respiración de mis pulmones? Mi mente se negaba a creer que algo hubiese cambiado. Ahora sí, estaba conmigo, en esa cabaña, pero ¿cuánto tardaríamos en regresar a la vida que nos mantenía separados cuando estuviese “segura”?

Sus labios atraparon los míos en un beso dulce y terminé apretándome contra su cuerpo como instinto. Esta era la última oportunidad, no habría más, no volveríamos a empezar, no volveríamos a regresar a este momento, a este lugar. Continué ese beso como pura necesidad por sentirme mejor, por alargar nuestra estancia en el pequeño mundo creado en mitad del paraíso para nosotros solos.

Tomé su rostro entre mis manos y suspiré profundamente antes de separarme de sus labios. Después, observé sus ojos temerosa de pronunciar la pregunta que estaba ahogándome.

— ¿Por qué? ¿Por qué tuviste que engañarme?

Su pulgar atrapó una lágrima que ni tan siquiera sabía que había dejado escapar.

— Kyra…

Apoyó su mano en mi mejilla para que mis lágrimas empapasen también su palma si seguían cayendo, su boca volvió a tomar la mía y negué rechazando sus labios porque quería escuchar la verdad de una vez.

— ¿Por qué?

Volvió a intentar besarme, pero me rehusé de nuevo haciéndole saber que si deseaba darme su silencio tendría que ser mirándome a los ojos, observando mi propio sufrimiento, ese que parecía querer tapar dándome un beso y negando su existencia de todas las formas posibles.

— ¿Por qué? —insistí.

Él terminó suspirando profundamente como si no fuese capaz de decir las palabras, como si algo fuese a provocar alguna circunstancia que rompiese lo que escasamente habíamos construído si es que habíamos llegado a construir algo en este periodo tan pequeño de tiempo.

— Porque debía alejarse de mí —confesó al fin.

Fruncí mi ceño sin comprender absolutamente. Resoplé mirándole porque estaba harta de misterios estúpidos por todas partes.

— ¿Esa es su razón? ¿Por eso se acostó con su hermana? ¿Por eso…?

— Por eso le mentí diciéndole que le había engañado con mi hermana —finalizó el intento de regañina dramática que estaba comenzado.

Me quedé callada, completamente callada. ¿Estaba riéndose a mi costa otra vez? ¿Estaba volviendo a jugar conmigo? ¿No le importaba que aquello me hiciese tanto daño como para llorar? ¿Por qué era tan enfermizamente retorcido? ¿Y me lo preguntaba de verdad? Si se acostaba con su hermana, claro que era enfermizamente retorcido y asqueroso.

— ¿Soy un puñetero juego? —golpeé suavemente sus hombros aunque en realidad hice más daño del que pretendía y me levanté de su regazo—. ¿Que me mintió entonces? Explíqueme un condenado motivo plausible para engañarme de esa manera o estar haciéndolo ahora.

— ¿Ahora?

— Por supuesto. Es evidente que, o mintió entonces o lo está haciendo ahora mismo —elevé el tono algo más de lo pretendido.

Se quedó mirándome demasiado tiempo algo que calificó mi cabeza como una apuesta segura para encontrar cuál era la respuesta que podía ser bastante más beneficiosa para él.

— ¿Sigue pensando que voy con la polla en la mano, señorita Mijáilova? ¿Cree aún que me voy follando a todo lo que se mueve? ¡Puede que deba hacerlo entonces! —su grito provocó que me estremeciese de pies a cabeza. ¿Por qué se había alterado tanto? ¿Había herido su orgullo o le había sacado tanto de sus planes que ni él mismo se había dado cuenta que tenían fisuras?

No supe qué responder. ¿Realmente pensaba que iba con la polla en la mano, tal y como él había dicho, y que se acostaba con todo bicho viviente? Para qué negarlo. Sí, claro que lo pensaba. Me dolía admitirlo, pero lo pensaba. Creía que me engañaba con cada mujer con la que se cruzase, que jamás me había sido fiel, que no era nada más que una muñeca inflable con la que se satisfacía porque no era lo suficientemente buena como para ser una pareja digna de él.

Vi su impaciencia acrecentarse con el paso de los segundos y terminó desapareciendo en el interior del hogar, escuché la rápida ducha, los bruscos movimientos vistiéndose y por último, la puerta trasera de la cabaña cerrándose de golpe como el final de aquella discusión, un desenlace de una de nuestras historias más cortas.


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