2018 / Sep / 04

Aquel día terminó con ambos acurrucados sobre la alfombra, desnudos, sin nada entre nosotros, sin temores, sin miedos, solamente piel con piel, deseo incontrolable y besos mientras manteníamos conversaciones sobre todo tipo de cosas. Mi mente buscaba temas de conversación mientras él escuchaba cada pequeño fragmento de mi mente atormentada que soltaba a borbotones toda la información que había procesado y tenía almacenada a presión en algún lugar queriendo salir como en aquella ocasión.

Después de horas hablando sin parar salvo cuando nos dejábamos llevar por los besos, sentía una paz sorprendente en todo mi ser. Respiraba sin que me pesase el pecho, pensaba sin necesidad de ver los fantasmas en todas partes. Me sentía liberada aunque en realidad solo era el desahogo propio después de haber almacenado tanto durante demasiado tiempo para mí sola. ¿Quién podía soportar toda la tensión de Douglas para una misma?

No había podido explicar nada sobre Gerault y Tatiana salvo que ella había aparecido en mi vida y todo lo que eso había provocado en mi ser. Ella era un verdadero monstruo de mi pasado, me dolía pensar en todo lo que había tenido que soportar durante los años de colegio e instituto. Le había contado mi padecimiento y con el paso del tiempo me resultaba hasta insultante con respecto a mí misma que no pudiese hacer otra cosa salvo tragar y volver algo tan simple la constante de sufrimiento en mi vida.

No había recibido ninguna palabra de aliento, solamente un oído que me escuchaba y unas manos que no se cansaban de acariciarme. Respiré profundamente su aroma para luego dejar un beso en su mandíbula con dulzura.

— Su vida es… sorprendente, desde luego.

— ¿Sorprendente? Sí… supongo que se podría calificar como sorprendente —musité encogiéndome de hombros antes de apoyar mi cabeza en su pecho.

Terminé bostezando y me coloqué en la posición más cómoda que encontré para de esa manera poder descansar mejor. Todo el cansancio psicológico estaba haciéndome mella para que no pasase tantas horas despierta como antes. Tenía que recuperar las horas de sueño perdidas, o al menos, eso era lo que suponía. Ni tan siquiera me dio tiempo para despedirme, tuve que haber dicho algo, pero lo único que me permitió mi cuerpo fue dormir, dormir y dormir durante horas sobre su pecho, envuelta entre sus brazos y escuchando un ruido constante, imposible de comprender, pero que terminó cesando.

Dormir en sus brazos casi parecía una constante en todo lo que suponía ser mínimamente feliz. No obstante, aquello no era la felicidad, ni mucho menos, sino mi estado de paz. Ese mínimo e injustificado estado en el que terminaba dejándome llevar por mi propio bienestar.

Al despertar tenía mucho mejor humor que de costumbre. Su cuerpo estaba aún apretando al mío contra él. Su respiración era calma, lo suficiente como para entender que seguía durmiendo. Pensé qué había en él como para terminar cayendo en el mismo ir y venir constante de emociones sin sentido. Suponía que todo se basaba en aquellos pensamientos previos. Había amado a ese hombre y volvemos a lo malo conocido sin dejarnos descubrir lo bueno por conocer.

Él me daba migajas que yo aceptaba gustosa, pero que no lograrían saciar el hambre de romanticismo que tenía mi ser. Toda mi alma gritaba por un caballero andante y hacía demasiado tiempo que la armadura de Verdoux se había oxidado junto a su montera.

Deslicé mis dedos por entre medias de sus pectorales sintiendo el ligero vello que crecía en él. Pensé en mi propio canalillo, aquel que siempre había traumatizado por tener pelo como el de los hombres y que tenía que quitarme con cera caliente que me provocaba alguna que otra quemazón antes del consabido tirón que me hacía apretar la mandíbula para no soltar un improperio de los míos.

Sentirse un hombre no había sido uno de los problemas que había padecido, pero sí sentirme un simio lleno de pelo. Sabía que lo había heredado de la familia de mi padre, pero detestaba haber sido la única que lo hubiese hecho, al menos, del sexo femenino. Podía estar hasta bien visto que los hombres tuviesen unos pelos kilométricos en las piernas y en todo el cuerpo porque «eran hombres» mientras que las mujeres teníamos que ir íntegramente depiladas. Agradecía que todo estuviese cambiando de unos años a esta parte: el hombre también sufría a base de tirones para quitarse los antiestéticos pelos corporales.

Contuve mis deseos de tirar de aquellos vellos para provocarle dolor o algún tipo de malestar de la índole que fuese. No obstante, sus ojos se abrieron, por lo que no había logrado ser todo lo silenciosa que hubiese deseado. Mordisqueé mi labio inferior igual que si hubiese sido cazada haciendo algo indebido y estuviese pensando en qué podía hacer para remediar la travesura realizada.

— Buenos días —musitó con la voz aún más ronca de lo habitual.

Apoyé mi cabeza en su hombro restregándome ligeramente contra su piel como un gatito antes de besar su cuello con dulzura.

— Buenos días.

Mi contestación no fue más que una respuesta automática dado que una parte de mí no entendía el motivo por el que debía mostrarle una efusividad distinta estando tan cansada como él parecía estar. Sus dedos se deslizaron por los mechones de mi cabello y fui consciente del hambre que iba creciendo a cada minuto que pasaba. Me dolía el estómago y tenía ganas de comer todo lo que se me pusiese por delante.

Me negué a moverme, al menos, durante otro rato, pero su cuerpo tenía otras intenciones. Me terminó dejando allí, sola, tumbada encima de la alfombra. Caminó desnudo hasta alguna parte de la casa y pensé que ya se había acabado ese supuesto momento perfecto, que todo volvía a ser como antes porque ya había logrado saciar su cuerpo del mío, el verdadero motivo por el que había llegado hasta mí.

Cerré mis ojos y me puse en posición fetal mientras mi mente se encargaba de recordarme lo estúpida que era y sería siempre.

— ¿Tiene sueño aún? —preguntó su voz.

Había vuelto, desnudo como se había ido y había dejado una bandeja con el desayuno frente a mi rostro. Ahora intentaba comprender, ¿eran siempre equivocaciones mías? ¿Había estado viviendo las cosas de modo diferente? ¿Era tan atento como yo siempre había querido o algo le llevaba a tratarme así?

Entonces, por primera vez en mucho tiempo, volví a dudar de mi capacidad real para ver el mundo como fielmente era.


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