2018 / Sep / 23

El silencio no era algo fácil con mucha gente. No era algo fácil ni tan siquiera uno mismo en completa soledad. Siempre había algo que sonaba, uno realizaba demasiado ruido o simplemente se estaba tan nervioso que los latidos del corazón eran lo suficientemente altos para levantar dolor de cabeza.

— Salud mental, problema mental… ¿quién al oír esas palabras no se acuerda del típico asesino en serie con una camisa de fuerza dentro de una sala acolchada de manicomio? Seré sincera al deciros que fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando me hablaron de la posibilidad de ir a un psicólogo pues todos sabemos que uno de sus motes en la sociedad es el de “loquero”.  

Seré franca. Desde que tengo memoria o, al menos, los escasos recuerdos que tengo no ayudaban en demasía a que tuviese una relación estrecha con la familia y mucho menos los propios problemas que iba experimentando dentro del espacio social destinado por mi edad. Os ahorraré detalles sobre mis años acompañada de las mismas personas que conseguían que cada mañana y a pesar de lo que adoraba ir a clase, empezase a detestar hacerlo. Igualmente os ruego que no penséis en lo peor. No sufrí palizas físicas. Pero el bullying o acoso escolar, en fin, tiene muchas facetas y cada una de ellas deja marcas más fuertes en el corazón y el alma que los moratones que dejan los golpes. No es la piel morada la que debe preocupar cuando se golpea a alguien o los huesos rotos, debe preocupar algo mucho más allá, la forma en que obligamos a moldearse a una persona por los temores que nosotros mismos le provocamos.  

Adelantaré que hablo en plural porque somos parte de la sociedad, no porque os considere a ninguno de vosotros un abusón ni nada por el estilo.  

Como todos sabéis cambié, radicalmente. Ya no era la niña que llevaba siempre una sonrisa, me volví sombría, me volví distinta hasta el punto que las películas de terror eran… ¿un bálsamo para mis heridas? Me obligué a ser dura, a no tener miedo… Y no, no fue la adolescencia quien me dijo que había que cambiar de esa forma. Fueron todas las experiencias previas que fueron formando a una Lucía que había aprendido más a base de palos que con las muestras de cariño. ¿El motivo? No soy consciente de ello. Puede que alguna conexión en mi cerebro aceptase que lo malo debía ser más importante que lo bueno. Supongo también que ese tipo de habilidades se adquiere con la madurez y yo, encerrada en mi cascarón, sin haber podido profundizar en nada de ningún ámbito salvo en mi obsesión con los estudios, estaba tan verde como lo estaría un bebé recién sacado del vientre materno.  

Sabedores de eso podréis entender ahora que lo más sencillo que podía hacer era replegarme como una cría frente a un depredador ante el mundo. El problema estaba en que ya no era una cría, estaba volviéndome adulta y todo lo que durante tantos años había tragado se hizo tan difícil de seguir en el interior que tuve que expulsarlo de la peor forma posible. Es decir, ¿quién sabe pedir ayuda con temas que son tan íntimos? Si la única solución es “el loquero”, ¿quién podría aceptar que no importa ir a un psicólogo porque es lo que necesitas? Entono el mea culpa aceptando mi singularidad. Pero no me cargaré en la espalda cosas que yo no escogí, al igual que no podemos sentirnos culpables por haber nacido con los ojos oscuros, el cabello liso o rizado, o una nariz más grande o más pequeña. ¿Serviría de algo? No. Pero al igual que el físico, la forma de ser de uno también puede ser pulida y es algo que va cambiando con el paso del tiempo, a medida que uno tiene más conocimiento de uno mismo y del mundo.  

El camino fue difícil. Lo sigue siendo. Imaginaros estar años poniendo en viva voz vuestras más duras miserias. Teniendo que aceptar que sois así, que no es el mundo quien está en vuestra contra sino que la cara que muestras al mundo es la que provoca recibir algunos de esos golpes. No, con esto no estoy justificando el acoso, en absoluto. Ese completamente injustificado, por la pura maldad de otros que aceptaron y aún aceptan, buscar su paño de lágrimas o saco de boxeo en personas ajenas porque es más sencillo gritar y señalar los defectos ajenos o maltratar por envidias, que ver la propia mierda que uno lleva dentro y que huele tanto que terminará saludando cuando menos lo esperemos. 

Estos problemas suelen conllevar una ira desmedida que se traduce en un odio por todo y todos cuando dejas escapar una pequeña parte. Es más que evidente que yo no fui la excepción y reconozco que aún sigo saltando como escopeta de feria, de una forma demasiado exagerada en ciertas situaciones, no obstante, mi intención con esto no es daros una guía de cómo tratar a Kyra volumen uno. No, lo que quiero es normalizar una situación que os describiré tal y como yo la he percibido.  

Permitidme que me conceda la licencia de poneros un pequeño cartel. Un cartel donde os coloco vuestra posición en todo mi tratamiento desde mi subjetividad, por supuesto y basándome en los datos que sabía en aquel entonces.  

No había llamadas. No había intención alguna de acercarse. No había conversaciones distendidas ni intentos de… hacerme liberar una gran carga que pesaba sobre mis hombros. En vuestra etiqueta colocaré tan solo la palabra “pasivo”, algo que viví como el pleno abandono de todo el mundo frente a mí, como si sobrase, como si no importase, como si estuviese mejor lejos de todos.  

Ahora abriré una pequeña comparación que a mí me hizo mucho daño y no con esto quiero decir que las condiciones sean las mismas, pero quizá así podáis o intentéis entender cómo vi todo desde mi prisma.  

En el instante que se supo el diagnóstico de mi primo todo el mundo de la familia se volcó, os vestisteis de azul en los días nacionales del autismo. Y no, no lo toméis a mal, no digo que eso sea malo, al contrario, la normalización del problema consigue que las causas estresantes de éste disminuyan, pero no pude evitar preguntarme ¿por qué el autismo sí y lo que yo tenía no? ¿Por su edad comparada con la mía? ¿Porque en teoría el sufría más que yo? ¿Había algún motivo?  

Desconozco si sufre en facetas que ni yo misma pueda imaginar dado que uno de sus problemas es la verbalización, el poder decir qué siente y qué no. Y creedme si os digo que si por mí fuera me cambiaría por él, porque él tampoco tiene culpa alguna de cómo es, y así hay que quererlo dado que ¿no nos da momentos maravillosos? Es por eso mismo, que yo no entendía aquel rechazo a hablar sobre mi día a día en el hospital de día o mis avances. Mis hermanos sí eran preguntados por sus estudios, mis primos por sus trabajos y vidas amorosas, mis tías por lo respectivo y sus hijos. ¿Por qué mi vida, por ser “anormal” era tabú? Sí, sé que no es agradable hablar de síntomas, ni tampoco ponernos con tecnicismos psicológicos, pero no pedía eso, pedía un interés, simple, en saber qué tal iba evolucionando, qué hacía en los sitios nuevos a los que iba y si fuese necesario responder las dudas puesto que no seríais los primeros que no supiesen qué es el centro al que iba, algo que ni tan siquiera yo misma sabía. 

Creo que llegados a este punto es conveniente que os haga una nueva aclaración. No será en términos psiquiátricos clínicos, pero sí lo explicaré de la forma que yo lo entendí. Yo no tengo una enfermedad mental. Al menos, no está catalogada como tal. Mis problemas y dificultades radican en el trastorno de personalidad. No os asustéis. En palabras sencillas dichas por mi psiquiatra todos tenemos un trastorno de personalidad, ¿por qué? Porque la personalidad es la forma de ser de cada uno y nadie, absolutamente nadie, encaja en el canon preestablecido de una persona completamente equilibrada. Es un canon inaccesible para la mayoría, por eso dentro de los trastornos de personalidad uno debe aprender a perfilar qué cosas sí y qué cosas no quiere cambiar de uno mismo.  

A todo esto, hay que añadirle una autoestima tan baja como el sótano menos veinte debido a las experiencias de mi vida y mi propia autoexigencia.  

Quiero comentaros que mis habilidades sociales existen. Mi práctica con ellas es algo más cuestionable y por eso, en muchas ocasiones, no sé cómo comportarme, hablar o intentar estar con los demás.  

Mi malhumor es un tema a parte. Dado que tengo mucha ira acumulada aún estallo, como dije antes, con excesiva violencia. Y os aclararé para evitar algún tipo de mal mayor, algo que espero que no suceda, lo mejor es dejarme que me vaya a donde haya ido a aislarme y en un rato, yo misma seré quien acuda a los juegos o quien intente conversar con alguien. Estrategia básica para tratarme. Sí, lo sé, he dicho que no daría un manual de cómo hacerlo, y no pido que tengáis medidas diferentes conmigo a la hora de intentar mantener una conversación, pero en este caso creo que sí que es claro mencionar estas pequeñas guías.  

Si en algún momento la cosa llega hasta el punto de que decido salir a dar una vuelta, creedme ahora. Me cuesta salir de casa e ir sola a algún lugar. Seamos lógicos. Es más que evidente que no me voy a ir de la ciudad y mucho menos saltar de un puente, no va con mi filosofía de vida. Además, os recordaré que, aunque no lo parezca, en momentos en los que me voy encendiendo yo sola conmigo misma, soy capaz de razonar los pros y los contras de algunas situaciones e irme de un sitio sin tan siquiera llevar el móvil o decirle algo a alguien, no va conmigo. Si veis que salgo de repente, mantened la calma, serán un par de vueltas a la manzana, aire fresco, llorar si lo necesito y después, regresaré con las energías renovadas, pero no me iré lejos ni tardaré demasiado en volver.  

Me gustaría también dar algún consejo para aquellos futuros padres o los que tienen hijos lo suficientemente jóvenes como para no ser considerados adultos. Observad. No es necesario espiar al hijo, pero sí observar. Más aún cuando la adolescencia esté a la vuelta de la esquina porque todo lo que durante la infancia se traga, salpica como un aspersor en la adolescencia y normalmente son los padres los que se llevan los golpes más desproporcionados.  

Si vuestro hijo o hija necesita ir al psicólogo o incluso, tomar medicación, de poco servirá si os ponéis una losa más pesada de la que es preciso sobre los hombros.  

Intentad hacer todo lo posible para evitar que vuestros hijos terminen hospitalizados en el área de psiquiatría de cualquier hospital. Por experiencia propia os digo que esos ingresos son unas de las experiencias que será más difícil borrar de mi memoria o que deje de doler. Y también entended que no, no es vuestra culpa si vuestros esfuerzos terminaron ocasionando de igual forma que vuestro hijo o hija termine con un problema psicológico. Es importante no hacer un mundo de ello, porque, a diferencia de algunos razonamientos, no son los padres los únicos culpables de nuestro futuro. Ellos nos dicen las cosas y no siempre está el problema en cómo se dicen sino en cómo y quién lo recibe —respiré profundamente después de aquella parrafada y con una pequeña sonrisa me terminé sentando, porque sí, no había dicho quizá algo demasiado explicativo, no les daba datos técnicos que, en realidad, no necesitaban. Solamente, les hacía partícipes de mi dolor en algunas ocasiones, el porqué y… por muy mal que sonase, yo me encontraba bien por lo que, esa era yo. Decía las cosas claras y a quien no le gustase podía besarme el culo, básicamente.

2018 / Sep / 23

Tres bizcochos hechos. Café. Té. Leche. Azúcar. Azúcar moreno. Había repasado todo lo que necesitaba una y otra vez. Sobre la mesa del salón, la cual había agrandado lo máximo que permitían sus trozos de madera extra y la había puesto igual que en algunas celebraciones de Navidad que habíamos tenido en ese hogar, había colocado tazas para cada uno, vasos para quien no tuviese taza, un folio y un bolígrafo sobre la mesa. Me había colocado en la presidencia, aquel que solía ser siempre mi sitio, pero que todo el mundo me quitaba en los cumpleaños por una razón que desconocía y me ponía de muy mala uva. Había dejado allí las tarjetas con mi discurso y después me había metido a duchar.

Hacía exactamente dos días que me había teñido el pelo y aquello seguía escupiendo color de una forma sorprendente. Lo que más me preocupaba era, precisamente, que eso provocase que terminase tiñendo todo de ese negro que ahora acompañaba mi corte de pelo. La hidratación dejaba mucho que desear, estaba el pobre completamente tiritón, pero sabía que poco a poco se iría arreglando.

Me maquillé, me vestí, me senté y justo cuando creía que me habían dejado plantada, fueron llegando uno a uno. Les dediqué una pequeña sonrisa y tuve que contener mis nervios puesto que las piernas me estaban tiritando. Iban vestidos de forma más o menos mona. Todos se habían vestido dentro de sus posibilidades para parecer algo más resultones y me obligué a mí misma a no pensar que era la que estaba más fea de todos ellos allí.

Algunos se sorprendieron con mi corte de pelo, otros intentaron regalarme la mayor de sus sonrisas a pesar de que esa estúpida vocecita no dejaba de recordarme que era mentira, que eran falsos, que huyese de allí, que gritase auxilio para que algún superhéroe cercano pudiese salvarme de lo que sería mi completo final. Estaba en el borde de un acantilado, con mi madre mirándome desde lejos casi como si me estuviese preguntando si estaba lista para todo esto, para lo que significaba. No podía decir que no. No podía aceptar de nuevo un paso atrás. Me había planteado este día como el primer día de una nueva etapa y así sería. Acabaría finalmente con algo que me había molestado durante mucho tiempo.

No había iniciado conversación alguna, no podía hablar prácticamente y sabía que estaba perdiendo color. Todo el mundo estaba preguntando a mis padres sobre aquella extraña invitación y lo único que respondían es que había sido cosa mía. Había logrado ser en una fecha en que todo el mundo estaba allí, mis tíos y tías, primos… todos habían ido para no hacer el feo o quizá por el delicioso placer de comer algo a costa de otros. Sea como fuere estaban allí y eso era lo importante.

 

Durante lo que me pareció una eternidad no dejaron de hablar. No hicieron nada más que ponerse al día los unos con los otros y resoplé sin saber cómo sería capaz de romper esa dinámica de cháchara sin imponerme igual que lo tenían que hacer las profesoras en las clases. Tenía también la posibilidad de ir hasta el interruptor y encender y apagar la luz, algo que se hacía con los niños aún más pequeños.

Mi madre salió en mi ayuda mandando callar a todo el mundo. Fue ese el momento que aproveché para coger las cartulinas y dedicarle una pequeña sonrisa de agradecimiento.

— Buenas a todos. Primero y principal quería agradeceros por haber venido a tomar café y un trozo de bizcocho que no se servirán hasta que no termine de hablar. Sé que es algo… inusual y que generalmente nuestros estómagos están más pendientes de lo que pueden comer que de otra cosa, pero os pediría encarecidamente que, por el momento, centreis toda vuestra atención en aquello que tengo que comunicaros. Sé que no será sencillo mantener durante mucho tiempo el silencio, y una de las aclaraciones que deseo haceros es que esto no es ninguna clase, ni mucho menos, pero creo que todo podrá comprenderse mejor si en lugar de ser interrumpida constantemente puedo terminar de contar lo que me he preparado —les miré esperando con una pequeña sonrisa que aquello que había dicho no pareciese demasiado intenso, autoritario, solamente buscaba silencio hasta que terminase mi argumentación.

Nadie pareció molestarse por este hecho, lo aceptaron de buen grado y respiré tranquila porque al menos, empezar, había empezado.

— Antes de entrar en el desarrollo, me gustaría comentaros unas pequeñas reglas y recomendaciones. La primera de ella es que delante de vosotros tenéis un bolígrafo y un folio cada uno para que apuntéis lo que creáis que debáis apuntaros como preguntas que se os ocurran para evitar cualquier tipo de olvidos. La segunda, es que deseo que tengáis la mente lo más abierta posible: no pongáis segundas intenciones a mis palabras, lo que quiera decir, lo diré, sin paños calientes y sin faltar respeto alguno. Os explicaré mi experiencia en primera persona de mi situación de lo vivido básicamente por el suceso que aconteció aquel fatídico primero de año. Para los que no sepáis lo que sucedió, tuve una bronca inmensa que espero, en lo posible, que no vuelva a suceder; pero todo ello me ha llevado a reflexionar sobre mi situación familiar, vuestro conocimiento sobre mí, mis gustos, vuestra forma de acercaros o no, la mía también y, aunque muchos no lo creáis, para mí siempre ha habido un muro desde que tengo uso de razón. Algo que me alejaba de todo y todos, algo que años después supe que era mi propia enfermedad mental. También, quiero adelantaros que en ningún momento, mi intención es buscar vuestra incomodidad, como tampoco la mía y creedme que algunos detalles me los reservaré para mí misma por vuestro bien y el mío propio. Aún así, creo que es hora de levantar el tabú que existe con todo aquello que conlleva una enfermedad mental, en busca siempre de vuestra información y de la facilitación de un acercamiento entre nosotros —cogí el vaso de agua que tenía delante y le di un gran trago sabiendo que ahora era de cabeza a la piscina hubiese agua como si no.

2018 / Sep / 23

Recordaba todas mis discusiones. Una a una, de manera ponzoñosa, se habían clavado en mi mente, en mi pecho y habían dejado esas heridas imposibles de sanar. Si era sincera conmigo misma, todo aquello tenía más allá que ver solamente con las palabras dichas por Derek, por mi interpretación de las mismas y por todos los recuerdos en bucle de todos aquellos momentos en los que una chispa de rabia se había avivado en mi interior teniéndome que tragar lo que realmente hubiese querido hacer y decir a todos aquellos que habían usado mi sufrimiento como disfrute personal.

Si hubiese sido más infantil aún de lo que ya lo era, debería haber culpado a Heinrich de toda aquella situación y haber vuelto a los brazos de Derek esperando un bálsamo para ese dolor incesante que se había instaurado en mi pecho como recordatorio de lo que había sucedido.

Ni tan siquiera había tenido fuerzas para ir a otro lugar que no fuese la casa de mis padres, a llorar en mi habitación y después a centrarme en un mundo alejado de todo mal, un mundo donde nada me hiciese recordar mis continuos fracasos amorosos. No había tenido que ir a por mis cosas, Derek se había encargado de guardarlas todas en cajas y dejárselas a mis padres pidiéndoles que no me dijesen que estaba allí. No sabía si había entendido claramente lo que había dicho o que lo había aceptado con gran facilidad, pero igualmente para mí fue uno de los peores insultos que pude haber recibido. Era él quien terminaba de dar la última patada a mi recuerdo para que dejase de ocupar espacio en su casa.

Pocos días después supe que se había ido. Ni tan siquiera me importó, me pareció bien. Si se iba, si desaparecía como el resto de personas que me habían hecho daño, quizá ese dolor que cada segundo se volvía más insoportable podría empezar a desaparecer, podía empezar a sanar poco a poco, podría volver a reconstruirme desde los cimientos. Ya había perdido la cuenta del número de veces que había tenido que hacerlo durante toda mi vida y siempre encontraban la manera de destrozar cada milímetro de mi ser, como si con cada derribo usase materiales más baratos en lugar de mayor calidad.

Me había quedado sola. Completamente sola. Pero intentaba que aquello no me acarrease ningún problema aunque puede que lo único que estuviese haciendo en realidad fuese esconder el verdadero dolor. Si lloraba, ellos ganaban. Y la rabia aún no se había extinguido lo suficiente como para que pudiese dejar que todo lo que tenía que llorar aflorase de verdad.

Heinrich se había vuelto a marchar, había venido a mi vida a arruirnarla, para después irse como si tal con la promesa de regresar cuando tuviese algo de tiempo libre. Me pareció bien, y en el fondo, una parte de mí, esperaba que no regresase porque no sabía en qué circunstancias estaría cuando lo hiciese.

Sabía que si hubiese vuelto a ver la cara de Derek, que se él me hubiese dicho algo más, habría vuelto, pero si algo tenía razón es que dejaba que todo el mundo regresase a mi vida para usarme de la forma que les fuese más satisfactoria con una salvedad, generalmente yo volvía a buscarles porque creía que la miseria era lo único que podía recibir. Que no había felicidad para mí en ninguna parte del planeta y hasta que no cambiase eso, hasta que no dejase de correr a aquello que me hacía daño por esa necesidad de sentir dolor de la índole que fuese, no iba a poder seguir pasos hacia delante.

Me merecía intentar cambiar todo eso. Merecía que luchase por una vez sin tener un plan B donde supiese cómo escapar sin ser vista, cómo seguir huyendo. Por eso, esa misma tarde, buscando en las cosas que Derek había dejado en cajas, vi el trozo de papel con la invitación que había creado para mi familia. Detrás estaban garabateadas unas cuantas palabras del puño y letra de Derek.

Nunca dejarás de sorprenderme con todos tus talentos“.

Y ahí sí. Ahí lloré de verdad. Ahí me permití sentir todo el dolor de una forma mucho más exponencialmente dolorosa y fui consciente de la forma en que mi pecho se abría en canal, de como le echaba de menos, aún más si era posible de lo que le había necesitado a mi lado.

Sin embargo, el orgullo ganó la batalla. Habíamos roto, o por lo menos, yo lo había hecho con él, así que no había nada más que poder decir sobre eso. Si él se había marchado es que también había creído que aquello era para siempre, que no había modo de arreglarlo y hasta que no fuese capaz de renunciar a mi orgullo no lo haría.

Me pasé el resto de la semana viviendo con las mismas ganas de vivir que una ameba. Mis padres no me preguntaban más porque se habían cansado de escuchar monosílabos o simples gruñidos. Comía, escribía y buscaba las fuerzas suficientes para enfrentarme al primer paso de la siguiente etapa de mi vida.

La invitación fue finalmente mandada. Escogieron ese fin de semana. Me esmeré en tener todo listo para entonces y cuando creía que estaba todo mínimamente resuelto para el día D, dejé que todo el sueño me gobernase porque después de una semana en la que mis días se habían vuelto en mis noches y viceversa, creía que tenía un mínimo derecho para cuidarme, para descansar, para liberar tensiones aunque fuese entre pesadillas dado que lo más importante estaba a punto de suceder.

2018 / Sep / 23

Los hombros de Derek y su mandíbula estaban tensos. Había dejado el tenedor en la comida y parecía estar debatiéndose si responder o no a lo que había preguntado. Llevó la servilleta a sus labios y se los limpió antes de levantarse de la mesa dándose la vuelta para regresar al estudio.

— ¿Es así cómo va a funcionar esto? Te enfadarás, no me hablarás y tendré que soportar tus desplantes… —yo misma también dejé el tenedor en mi plato.

Se paró en seco en su avance y finalmente se giró mirándome con una sonrisa burlona en los labios.

— ¿Es así cómo va a funcionar esto? ¿Vas a seguir invitando a mi casa a tus estúpidos amiguitos? ¿Quién será el próximo, Kyra? ¿Damian? ¿Verdoux?

— Pero… ¿qué estás diciendo?

— ¿Qué es lo próximo que harás? ¿Dejarás que sigan haciéndote daño por placer sistemáticamente? ¿Aceptarás que pueden usarte para lo que les dé la gana?

Me levanté porque no me gustaba sentirme en situación de inferioridad. De hecho, se había despertado en mi interior una ira que tan solo había aparecido con toda su fuerza delante de mis padres. Esa ira que no había podido controlar en determinadas ocasiones y que me había llevado a los peores lugares posibles.

— Primero, pensaba que era NUESTRA casa, lamento haber cometido ese fallo y no haberte pedido permiso hasta para respirar. Segundo, yo no he invitado a nadie. Heinrich ha venido porque le ha dado la puñetera gana. Y tercero, ¿qué quieres decir con eso de quién será el próximo? —mi ceño se frunció antes de apretar entre mis dedos el respaldo de la silla en la que antes había estado sentada.

— Claro que es nuestra casa, pero…

— ¿Es tan solo nuestra casa porque queda bonito, pero a la hora de la verdad tengo que contarte quién o quién no va a venir porque no tengo libertad de invitar a nadie o porque no puedo hacer un puñetero cambio en toda la decoración?

Todo mi cuerpo se había crispado. Derek se estaba poniendo demasiado rojo intentando contener lo que fuese que se estaba callando. A diferencia de que él creyese que podía estar protegiéndome de alguna forma, que no dijese palabra alguna tan solo daba alas a mi mente para pensar en las peores cosas que pudiese estar pensando.

El silencio cayó denso sobre nosotros. Ambos nos mirábamos como si fuésemos a sacarnos los ojos en cuanto saltásemos sobre el otro como un par de animales aceptando que el otro tenía un serio problema por haberse metido con nosotros. Allí el respeto y el control estaban cruzando una cuerda floja sobre un desfiladero y si tropezaban no había forma de evitar el golpe fuerte.

Derek se dio media vuelta para regresar a su estudio y cerré los ojos al ver su espalda intentando de esa manera controlar lo que parecía ya completamente inevitable. Él mismo había empujado a mi autocontrol por el desfiladero.

— ¡No te vayas!

El grito escapó del interior de mi garganta como lo hubiese hecho un rugido. Mi mirada había vuelto a fijarse en su espalda y todo mi ser se había colocado en posición de ataque, no había defensa posible. Aquello era golpear o morir, no había nada más.

Se giró despacio y regresó hasta la silla donde antes se había sentado casi posicionándose en la misma forma que yo. Sus dedos parecían garras aferrándose a la madera de la silla. Su cuerpo pedía a gritos una liberación que no sabía si su mente estaba dispuesta a concederle.

— No me grites.

— No me des la espalda, entonces.

— No invites a gilipollas a mi casa, entonces.

— Teóricamente es MI casa también, ¿no?

— No cuando se trata de tener que soportar a gilipollas abrazando a MI novia.

Eran celos. Vale, todo eran celos, así que tenía que intentar bajar la intensidad, pero por mucho que pudiese aceptar que fuese celoso, no podía permitir que me tratase de esa forma hasta que se le pasase el enfado.

— Te dije que yo no le había invitado —musité intentando hablar aquello más tranquilamente, pero haciendo un esfuerzo la mar de titánico.

— ¡Claro, Kyra, claro! Por eso vino aquí, por obra y gracia de alguna deidad para verte la cara, ¿no?

Apreté mi mandíbula intentando contener mis ganas de soltarle una fresca antes de mirarle con cara de pocos amigos.

— ¿Para qué demonios te mentiría?

— ¿Porque lo haces con prácticamente todo?

Parpadeé incrédula. ¿Con todo? ¿Cómo que le miento en todo? ¿Me estaba tomando el condenado pelo? Y lo poco que había logrado retener a la bestia sin cabeza que bramaba rabiosa en el interior de mi pecho ya no servía para nada. Había vuelto a la acción.

— ¿Eso piensas? ¿Crees que te miento en todo? ¿Qué querías decir con lo del “próximo”?

Sus ojos se desviaron de mí y un súbito pensamiento cruzó mi cabeza. Me acerqué a él como lo haría un animal salvaje a otro, dispuesta a ganar la pelea, a sacarle lo que había dentro de su mente.

— ¿Qué es lo que piensas, Derek? ¿Piensas que voy detrás de ellos?

— Lo haces.

— ¿Y qué es lo que crees? ¿Crees que les llamo cuando no estás y me los follo aquí mismo? ¿¡Es eso lo que crees!? ¡Contesta!

— Yo…

Suficiente. Eso era suficiente. Cerré mis ojos con fuerza conteniendo las ganas de llorar antes ser yo ahora quien desviase la mirada. La densidad del silencio que acompañó a sus últimas palabras fue completamente devastador. Podía sentir cómo poco a poco iba ahogándome, asfixiándome en el lugar que había creído que podía ser mi punto de referencia y salvación. ¿Cómo era posible que todo se hubiese torcido tanto? ¿Cómo habíamos pasado de la felicidad a…. a eso?

— No soy un buen hombre para ti. No deberías estar conmigo —alzó su mano hacia mi mejilla, pero antes de que la tocase agarré su muñeca entre mis dedos mirándole con las lágrimas que había querido esconder en el interior de mi ser para no resultar vulnerable.

— ¿Sabes qué? Que por una vez estamos los dos de acuerdo en algo.

Solté su mano de mala manera y me fui de allí sin importarme que el resto de mis cosas estuviesen allí. Volvería cuando él no estuviese para llevarme absolutamente todo.

2018 / Sep / 23

La hora de comer se acercaba y ya le había interrumpido suficientes veces, así que aproveché mi momento de relax para hacer yo la comida por mucho que fuese él quien cocinase mejor de los dos. Pensé en qué podía hacer y sonreí al recordar una receta que mi madre preparaba de arroz tres delicias que le había dado una de sus tías. Seguramente no tenía nada que ver con el original y maravilloso de la gastronomía china, pero siempre me había puesto las botas comiendo ese plato, me dejaba llenísima.

Guisantes, jamón de york, zanahoria, arroz… había más ingredientes, no demasiados, pero el secreto debía guardarlo esperando que mi novio no me copiase la receta porque seguro que le salía mil veces mejor. Comencé a cocinar. La zanahoria tenía que ser cortada y hacerse a sus tiempos, los guisantes también y si no recordaba mal era de lo primero que hacía mi madre generalmente.

Siempre se suelen menospreciar las actividades de otra índole cuando uno no se dedica a ellas, pero cuando tenía que hacer platos más elaborados o que llevaban más tiempo y no solamente tener que estar mirándolo de vez en cuando para darle vueltas, comprendía que todo aquellas técnicas una tras otra y en un tiempo récord podían ser prácticamente mortales para una completa novata como yo.

Me dolían los gemelos, sentía ligeros tirones que me recordaban la carrera que habíamos hecho. Sabía lo que iban a significar al día siguiente, estaría todo el tiempo andando con dificultades por ser una completa dejada con mi cuerpo. Tenía que aprender que si mantenía una rutina constante los dolores físicos serían menos, pero muchas veces costaba muchísimo meter algo en la cabeza y otras, era tan sencillo como un parpadeo. Los misterios de la mente que siempre me sorprenderían.

Intenté en lo posible concentrarme en la comida, pero resultaba un poco complicado. Mi cabeza parecía estar todo el tiempo intentando encontrar alguna forma de regresar al tema que más me interesaba. Ya estaba realizando el discurso despacio en mi cabeza y los nervios empezaban a aflorar como si no me hubiese enfrentado jamás a tener que hablar delante de mi familia. No obstante, quizá estuviese esperando demasiado de ese momento que no tenía porqué ser demasiado importante.

Apoyé mis manos sobre la encimera esperando que se enfriase la tortilla para de esa manera poder cortarla porque sino me dejaría los dedos intentándolo. Miré esa tortilla francesa que aún repiqueteaba ligeramente por estar recién sacada de la sartén y me aseguré que no hubiese nada más que hacer antes de estar mínimamente ociosa.

La reproducción de la lista musical hacía tiempo que había cambiado. Estaba una banda sonora diferente que me hacía más sencillo perderme en mis propios pensamientos como si no existiese otra cosa. Tenía la sensación de que no había nada en ese mundo que pudiese alejarme de los pensamientos más turbadores, por mucho que yo lo desease dado que parecía actuar por voluntad propia, aunque para ser exactos yo misma la incentivaba. Era una de esas tantas formas que tenía de seguir torturándome poco a poco ya que la tranquilidad parecía tenerla sobrevalorada.

En ese momento sonó la puerta de la casa. Dejé todo en el fuego esperando no tardar demasiado para que no se me quemase y cuando la abrí me quedé completamente a cuadros. Los ojos de Heinrich, de ese dulce tono azul se fijaron en los míos. Alcé mis cejas sin comprender absolutamente nada y mucho menos cómo había logrado encontrarme. Después, recordé que él tenía amigos en todas partes, en esos lugares donde la mayoría de las personas no desean tener ningún tipo de amistades porque saben de sobra que terminarán en algún momento dando con los huesos en la cárcel.

— Por fin te encuentro —soltó un profundo suspiro seguido de una sonrisa de alivio y me dio un gran abrazo espachurrándome contra su pecho.

— Heinrich, pero…

— ¿Quién es, Kyra?

Derek asomó la cabeza desde el interior del estudio y al ver que alguien me estaba abrazando solamente escuché que daba un gran golpe cerrando la puerta de su maravilloso mundo. Ya podía Heinrich estar allí por algo en condiciones porque su visita me costaría una buena pelea de celos, lo estaba viendo.

— ¿Es Derek? ¿Tu nuevo novio?

La expresión de Heinrich se volvió bastante menos amable. Rodé los ojos dado que no entendía porqué después del tiempo transcurrido no iba a haber hecho lo que me hubiese dado la gana con quien me hubiese dado la gana. En realidad, lo que no entendía es porqué le importaba porque: uno, él no había sido invitado por mí y dos, no habíamos mantenido el contacto.

— ¿Puedes decirme qué es lo que quieres?

Observó mi expresión que indicaba claramente que un enfado se estaba sorteando y él tenía todas las papeletas de llevarse el más que conocido rapapolvo con todo lo que eso iba acompañado: gritos, insultos…

— Por raro que te parezca no es nada malo. Solamente te extrañaba y quería saber cómo estabas, nada más —negó antes de desviar su mirada hasta mi cabello—. No te queda nada mal, lo reconozco.

Intenté relajarme. Heinrich me había ayudado, después de todo. Además, no conocía a Derek que yo supiese y podría ser algo bueno que tuviesen una mínima relación de amistad, ¿no? No obstante, ese portazo de antes no auguraba nada bueno en ese supuesto. Fijé mi mirada en la expresión de Heinrich que me dedicaba una sonrisa de esas que podrían cortarle la respiración a cualquiera de las personas que tuviese trabajando con él.

— ¿Te apetece comer con nosotros? —pregunté esperando ver cuál sería su respuesta.

— No creo que por el momento sea muy bien recibido, pero me encantaría poder quedar contigo algún día para hablar sobre lo que ha ocurrido este tiempo.

Asentí y cuando me permití darme cuenta que le importaba, que estaba allí porque disfrutaba de mi compañía, porque me había extrañado y me había buscado  hasta debajo de las piedras, una sensación placentera y cálida se instauró en mi pecho. Me acerqué a él y le abracé de nuevo agradeciéndole en silencio que me hubiese estado buscando y que me demostrase que le importaba mínimamente.

— Eh… ¿estás bien?

— Sí, es solo que no esperaba volver a verte y mucho menos que me buscases —susurré contra su pecho.

Acarició mi cabello suavemente y me quedé ahí unos segundos por el placer de poder estar entre los brazos de alguien conocido un poco de tiempo más.

— ¿Algo se está quemando?

Salí corriendo hacia la cocina al recordar que lo había dejado todo en el fuego. Moví lo necesario y quité todo esperando que no fuese el arroz lo que se me hubiese quemado. Esperaba que terminase sabiendo bien aquel plato. No quería liarla más, aunque en realidad, no había hecho nada malo. Si Derek se había enfadado porque alguien me estaba abrazando, en fin, evidentemente no sería el único que pudiese abrazarme el resto de mi vida. Sabía que probablemente yo también me hubiese puesto celosa de ser al revés, pero desde luego lo que no valdría de nada es que aceptase sin más que cualquiera de los dos pudiese destruir lo que teníamos de esa manera.

— ¿No te quedas a comer entonces? —volví a preguntar mirando al abogado que observaba la casa casi con curiosidad.

— La verdad es que no creo que lo haga. Puede que termines dándome comida envenenada.

Le miré sobre mi hombro con expresión de pocos amigos mientras él soltaba una pequeña carcajada. Estaba contento, sin duda y eso me alegraba. Que estuviese bien era igual que quitarle un peso a mi conciencia. Por alguna extraña razón aunque creía firmemente que no le importaba a nadie, me sentía un poco culpable por dejarles atrás, sin decir nada, siendo una completa desagradecida.

— Iré a comer algo, porque eso huele que alimenta. ¿Nos vemos luego?

Asentí antes de que me diese un beso en la frente y se fuese. Cuando la puerta se hubo cerrado me centré tan solo en la comida. Derek no hizo acto de presencia hasta que la comida estuvo preparada fui yo a golpear con los nudillos en la puerta del estudio. Un seco “vale” era lo único que había recibido como respuesta al avisarle de la comida.

Serví dos platos y esperé a que saliese. Lo hizo, sin mirarme, sin pronunciar palabra alguna, solamente se sentó delante de mí y se puso a comer. Por alguna razón, no solo estaba provocando que me sintiese mal, sino un enfado considerable y aquella no sería un buena señal para que tuviésemos una comida tranquila. A veces, en esos momentos, el silencio es el mejor compañero que puede tener uno.

Cogí el tenedor y comí tranquilamente a pesar de que en mi interior estaba hecha un manojo de nervios. Le miraba de vez en cuando, pero él ni tan siquiera levantaba los ojos del plato medio segundo para que existiese la posibilidad de que nuestras miradas se cruzasen.

— ¿Puedo saber qué he hecho tan grave? —pregunté y por la mirada que me dirigió supe que había destapado la caja de Pandora.

2018 / Sep / 22

El Photoshop debía volverse mi aliado durante unas horas para intentar lograr una invitación diferente en un intento por hacer más atractiva la convocatoria familiar para enfrentarme a uno de mis frenos, mi incapacidad por tratar el tema como era, si tenía un problema de salud mental no debía ni me permitiría más seguir escondiéndolo como si tratase de la mayor vergüenza de la humanidad.

Coger fuerzas era bastante más complicado cuando sabías a qué te enfrentabas. Había que quitarse la careta de una vez por todas y mostrar todo lo que había en realidad detrás.

Tras varias horas intentando que algo me gustase mínimamente, había terminado la invitación. Hiciese lo que hiciese iba a ser la más crítica conmigo misma, así que me obligué a imprimirla para ver qué le parecía a Derek cuando terminase de trabajar. Él tenía sus propios problemas con su nuevo encargo. Algunas veces tenía que ir a realizar fotografías, pero siempre había algo que no le gustaba demasiado, así que cuando se trataba de algunos parajes teníamos que ir hasta el mismo sitio y parecía que en esa ocasión tendríamos que hacer lo mismo, en cuanto terminase ese último cuadro de algo que se escapaba de mis conocimientos de arte. ¿Qué demonios era eso? Nunca había comprendido el arte abstracto.

Dejé la invitación sobre la mesita, sin enviar. Debía pensar qué podía decir en aquella charla, dado que no deseaba ni que pareciese una clase en la que tuviesen que tomar apuntes, ni tampoco quería que creyesen que no era nada serio. Una de mis primeras intenciones era explicarles que no tenía ninguna intención de señalarles con el dedo y decirles lo que habían hecho mal o algo parecido. Debía poner unas pequeña normas al principio, como el hecho de que me dejasen terminar de hablar antes de interrumpir o hacer alguna pregunta y aunque mi intención es que no pareciese como una clase, en fin, no tendría más remedio que poner un folio y bolígrafos para evitar que se les olvidasen las preguntas que deseasen hacerme al final de mi pequeña conferencia.

Llevé mis dedos al puente de mi nariz apretándolo ligeramente antes de resoplar sabiendo que en cuanto enviase eso iba a meterme en un lío de los gordos. Quizá para los demás no fuese mínimamente importante, pero para mí suponía un gran paso y un intento por arreglar en lo posible la situación familiar, si después de eso todo seguía igual de tirante con el tiempo, entonces tendría que reconocer que no podía hacer más que ponerles una sonrisa aunque no la sintiese en ningún momento verdadera.

Sabía que requería tiempo asimilar la información que iba a darles, pero realmente creía que podía servir, que podía ayudar a mi situación, a ese instante que se estaba prolongando demasiado tiempo y demonios, si quería dar un paso hacia delante y mi familia me decía que me quería como aseguraban, entonces, ¿por qué no apoyarme en algo así? No hablaría de mi hermana, de mi hermano, de mi padre, hablaría solamente de mi propia vida. Aceptaría mis problemas frente a los demás e intentaría evitar que, salvo causas mayores, nadie que terminase cayendo en una situación similar a la mía pisase un maldito hospital sin que los responsables legales de esa persona supiesen lo que se sufría, el trato recibido. Quería tender la mano esperando que todos me la cogiesen, hasta aquellos miembros de mi familia que no me cayesen del todo bien o que me irritasen fácilmente. La vida era bastante más sencilla si uno sabía que tenía un colchón en el que apoyarse cuando todo parecía demasiado para sobrellevarlo.

— ¡Amor!

Derek giró la cabeza hacia mí en cuanto hube gritado. Una sonrisa se formó en sus labios puesto que no estaba demasiado acostumbrado a que le llamase de esa manera.

— ¿Crees que estaría bien con el pelo más oscuro y este corte?

— Sé que estarías tan hermosa como siempre y no podría evitar mirarte embelesado.

Reí sonrojándome por completo y negué puesto que mi cabeza era capaz de asimilar algo como eso. ¿Yo? ¿Hermosa? Sin embargo, me permití disfrutar de esos cincos segundos de subida de autoestima, porque lo necesitaba, porque lo quería, y porque no pasaba nada si los cumplidos de mi novio eran iguales que un abrazo intenso al corazón para darle nuevas fuerzas y alas.

Quería descansar un poco de tanto pensamiento, así que me levanté y fui a poner música. Había tantos soundtracks guardados en esa memoria para intentar inspirarme al igual que tráilers en reproducciones en bucle para determinados momentos de mis historias. Me daban un soplo de vida, era magnífico lo que podía hacer el compás correcto en el momento correcto o la canción que le asignases a la personalidad de alguno de tus personajes para ayudarte a meterte en su mente y así, en lo posible, responder más acorde a la personalidad de cada uno de ellos y de esa atmósfera creada.

Al ver de reojo los libros de Grey y Más oscuro, aquellos que sabía que volvería a tener que leer en algún momento, puse el soundtrack de la última película notando como rápidamente mis caderas empezaban a moverse al ritmo de Capital Letters.

Me moví por el salón aguantándome la vergüenza igual que cuando soñaba que el mundo me adoraba cantando una canción con una voz que no era mía por el playback que hacía. Reí un poco por mi inocencia, por ser tan pequeña aún en el cuerpo de una mujer de más de treinta años, pero ¿qué importaba si eso parecía encantarle de mi forma de ser a aquel que tenía que soportarme todos los días?

Cuando volví a fijar mis ojos en la puerta del estudio, Derek estaba apoyado en el marco de la puerta, tenía un paño blanco que estaba intentando quitar los restos de pintura de sus dedos mientras su sonrisa, con aquellos hoyuelos que parecían imanes mostrándose, esa expresión de disfrute y ligera maldad asomando por una de sus comisuras. Puso el paño sobre su hombro tan solo cubierto por un tirante ancho. Debía estar completamente prohibido que llevase ese tipo de camisetas, de hecho que se quitase la ropa. Tenía que ir igual que en el más crudo de los inviernos y sabía que aún así estaría completamente irresistible.

— No te rías de mí —dije señalándole con el dedo sin dejar de bailar.

— Créeme si te digo que no lo hago —levantó sus manos con algunas manchas de pintura en señal de defensa—. Solamente estoy disfrutando del espectáculo, señorita.

El sonrojo se instauró de nuevo en mis mejillas y reí esperando poder esconderme en alguna parte parando.

— ¡No, no, no! Por favor, sigue… mira yo también bailaré.

Elevó los brazos y bailó casi como en la discoteca cuando no hay espacio suficiente para mover un músculo. Reí observándole porque aún bailando así estaba tan malditamente adorable que daban ganas de correr a sus brazos para comerle a besos.

Le imité antes de estallar los dos en carcajadas por aquel movimiento tan antiestético. Él se acercó tomándome de la cintura y apretándome contra su pecho antes de besarme los labios de esa forma que sabes que ambas almas están haciendo un juramento para no separarse jamás.

Me tomó en brazos y dimos vueltas provocando aún más risas antes de que nuestros ojos se volviesen a encontrar con ese deseo latente, creciendo poco a poco en nuestro interior. Negué bajándome de sus brazos y besé sonoramente su mejilla.

— Vuelva al trabajo, señor Vance…

Tomó mi rostro entre sus manos y besó nuevamente mis labios antes de atrapar mi labio inferior entre sus dientes.

— No me distraiga entonces, señorita Mijáilova —susurró con voz ronca.

La facilidad de Derek para excitarse era sorprendente, casi como la mía. Si me tocaba o si… diantres, si hacía eso, atraparme el labio entre los dientes se despertaba un torrente de cosquillas intenso que navegaba por toda mi anatomía a placer hasta situarse en las partes más erógenas de mi cuerpo que pedían a gritos saciar ese apetito que había aparecido de repente, de él, solamente de él.

Tuve que contenerme y dejar que se fuese antes de soltar un profundo suspiro. No estaba acostumbrada a un cambio de emociones tan intenso, desde el estrés absoluto al deseo incontrolable, aunque era un buen método para acabar con la ansiedad de un plumazo pues había otra cosa en la que pensar, esos instintos animales lujuriosos despertados por solamente un beso.

— Si esa es tu forma de bailar… tendrás mucho que mejorar —comenté de repente.

— ¿Ah sí? ¿Y eso porqué? —preguntó divertido estando en el umbral de la puerta de su estudio.

— Para mí el prototipo máximo de la excitación y el erotismo es un hombre, el hombre que a mí me guste, bailándome y de referencia tienes a Michael Jackson… así que la cosa está complicada —bromeé encogiéndome de hombros.

Su sonrisa se amplió y un brillo diferente apareció en sus ojos antes de guiñarme uno de ellos.

— Bueno es saberlo…

2018 / Sep / 21

Desde mi propia experiencia qué podía aportar a todo aquello. Mi propia vergüenza aceptando tanto internamente como exteriorizando mi forma de ser por temor a ser señalada como diferente, extraña, fuera de lo común. 

Un estigma social es una desaprobación social severa de características o creencias de carácter personales que son percibidas como contrarias a las normas culturales establecidas.

Una de las primeras definiciones sobre el estigma social que se pueden encontrar en internet es esa misma. La Wikipedia quizá no sea uno de los recursos más aprobados para encontrar información aunque sea el más sencillo. Por eso mismo, si vamos a nuestro diccionario particular podemos buscar la definición de estigma. 

Estigma

Del lat. stigma ‘marca hecha en la piel con un hierro candente’, ‘nota infamante’, y este del gr. στίγμα stígma.

1. m. Marca o señal en el cuerpo.
2. m. Desdoro, afrenta, mala fama. 3. m. Huella impresa sobrenaturalmente en el cuerpo de algunos santos extáticos, como símbolo de la participación de sus almas en la pasión de Cristo. 4. m. Marca impuesta con hierro candente, bien como pena infamante, bien como signo de esclavitud. 5. m. Bot. Cuerpo glanduloso, colocado en la parte superior del pistilo y que recibe el polen en el acto de la fecundación de las plantas. 6. m. Med. Lesión orgánica o trastorno funcional que indica enfermedad constitucional y hereditaria. 7. m. Zool. Cada uno de los pequeños orificios que tiene el tegumento de los insectos, arácnidos y miriópodos, por los que penetra el aire en su aparato respiratorio, que es traqueal.

Me he permitido resaltar aquellas que considero cuadran mejor con el contexto en el que nos basamos dejando la religión y las ciencias a un lado. Podemos comprobar que de siete definiciones, cuatro de ellas hablan de una señal, casi como una tara o, incluso, una pena infamante que podía ser un signo de esclavitud. ¿Qué eran los esclavos años atrás? Eran el último escalón de la sociedad, eran tratados prácticamente igual que si tuviesen suerte de que el resto de seres les permitiesen respirar. Eran obligados a las tareas más duras. Eran denigrados, maltratados y considerados al mismo nivel que tenían los animales en esos momentos. Se creía que no sufrían y si lo hacían no tenían derecho a quejarse por ser esclavos, no había otro motivo lógico. 

Por eso el estigma impuesto en la sociedad a muchos tipos de diferencias con las reglas pre-establecidas por algún grupo de iluminados, conlleva a tratos que si bien no llegan al nivel vejatorio que tuvieron que sufrir los esclavos, dado que por suerte hemos llegado a avanzar mínimamente en algo siempre que no entremos en el tema racista del ser humano o las guerras (territorio de nadie donde parece que absolutamente todo vale), aíslan a esos seres “anormales”, “distintos”, fuera de los cánones que hay que seguir en busca de una igualdad en la que nadie se diferencie de nadie y que todos llevemos la marca que esté de moda en ese momento o escuchemos el mismo grupo musical básicamente porque si cedemos a ese modo de vivir será completamente imposible que exista más uno en cada cosa negándonos la posibilidad de elegir nuestros gustos sin temores.

Sin embargo, a menudo nos olvidamos de esa sombra que viene de la mano del estigma tratado. El autoestigma puede llegar a ser aún peor que el propio estigma en sí por la manera en la que somos nosotros mismos quienes nos negamos a aceptar, a comprender y a usar en nuestro beneficio todo aquello que es diferente, de lo que podemos aprender y mucho menos aceptar la imposición de algún término que nos defina. En el caso del mundo de la salud mental, la palabra más recurrente es la locura. Y algunos, al escuchar esta palabra, al ser calificados de locos, lo toman como un insulto casi igual que si le hubiesen acusado a uno de ser la peor persona de la tierra o haber terminado con la vida de alguien. 

El empoderamiento de la palabra locura es un camino difícil, pero quizá muchos logren apropiarse del término para quitarle esa gravedad de fondo que parece ser, pues no solamente es la definición literal impuesta en los diccionarios, sino ese lenguaje social que llega a tener connotaciones diferentes a las páginas publicadas por las academias de la lengua en cada uno de sus idiomas. 

Ahora, y como búsqueda de la verdad en mi propio conocimiento del tema en cuestión, debo proponerme a mí misma ser sincera. En todos mis años intentando aceptar mis propias dificultades y aferrándome a ellas, a menudo, para evitar tener que seguir creciendo, tener que ir hacia delante como cualquier otra persona y no poder quedarme en mis años de niñez en los que estaba tan protegida que “nada debería haberme hecho daño”, siempre había puesto una barrera. Eran ellos y yo. Era el mundo y yo. Nunca encajaba en ninguna parte, por costumbre, pero había llegado a tener miedo de aquellos compañeros con los que había compartido ingresos. Me había aterrorizado la idea de forma parte de esa especie de “secta” porque yo no había querido aceptar que no había nada de secta en todo eso, que eran métodos para ayudarnos los unos a los otros con mínimo un profesional delante. Que me había negado a ser catalogada como uno de todos mis compañeros, como si fuesen inferiores, como si de alguna manera fuese superior aunque mis dificultades tuviesen muchas similitudes con las de otros. Yo misma, aunque tan solo en mi cabeza, les había tratado casi como si fuesen escoria, como si fuesen más tontos que los demás, como si fuesen niños pequeños a los que había que tratar… de tantas formas que evitasen mi ingreso dentro de ese grupo que tan peligroso me parecía, que tanto miedo me daba, al que había impuesto un estigma en mi mente como si fuesen la última escala de la sociedad. 

Me siento fatal. Reconozco que no he sido imparcial durante demasiado tiempo, que me he situado en un lugar de cierto poder frente a los que pasaban tantas dificultades como yo misma. ¿Qué podía yo tener superior a nadie aunque fuese tan solo en la desesperada opción de dejarme llevar por el miedo que tenía y que me daba, o buscaba darme la suficiente seguridad como para no aceptar lo que era inevitable? 

Me costó mucho tiempo comprender que no había nada que me alejase o que me negase formar parte de la sociedad por mucho tiempo que le tuviese y que a diferencia de lo que creía, la verdadera razón por la que podía ser expulsada de algún grupo social tenía más que ver con las dificultades que tuviésemos cada uno y con mi negativa a comprender que no era un monstruo a parte, que era una persona, y que tener problemas de salud mental no me hacía ni mucho menos un ser mediocre, inferior o de ninguna otra clase. Que ellos tampoco eran seres de otro planeta y que tener una enfermedad mental era más una putada que una aceptación de agresividad. Que la comprensión en ese mundo dejaba mucho que desear y que encima, nosotros mismos éramos los primeros que nos negábamos a aceptar nuestras semejanzas con el otro en busca de un apoyo. 

En definitiva tener una enfermedad no eran nada más que problemas que a menudo, tenían que ver con la manera en que enfrentábamos el temible diagnóstico.

Dejé el bolígrafo sobre el papel. Miré la hoja garrapateada por delante y por detrás antes de echar la cabeza para atrás asegurándome a mí misma que la única manera de poder seguir hacia delante era perdonarme todo lo que regresaba a mi presente con la misma fuerza que en el momento ocurrido y además, mantener la cabeza alta cada vez que tuviese que hablar sobre mis problemas. No era peor persona por tenerlos, no era otro tipo de ser humano ni tenía una tara por pensar diferente. Solamente por pensar que el mundo no era tan peligroso y poner de manifiesto que mi mente iba a seguir trabajando en ese tipo de cuestiones hasta que viese como un éxito mi acogida en el ser humano sin dejar al lado la crítica que me mereciese correspondiente.

Sentí un beso en mi frente y vi a Derek que había salido seguramente para beber algo de agua mientras me había perdido en esos pensamientos que seguramente habían dejado muchos cabos sueltos en mi argumentación en búsqueda de mi propia comprensión.

— ¿Ha salido algo bueno?

— Eso espero —musité mientras me estiraba ligeramente intentando soltar todo el lastre, ese peso que había estado acumulando durante tanto tiempo, pero resultaba imposible cuando había sido yo sola quien había leído mis deducciones—. ¿Quieres leerlo?

— ¿Puedo? —preguntó con una sonrisa antes de que le entregase el folio lleno de mis frases en busca de una explicación empírica de los sucesos vividos y asimilados por mi propia mente.

Pensé en el camino que aún me quedaba por recorrer y entre los pasos que debía dar no había más obviedad que levantar el tabú familiar con la salud mental.

2018 / Sep / 21

La vergüenza que había arrastrado durante todos esos años sin darme realmente cuenta había aparecido en mi cabeza de repente. ¿Qué era lo que siempre me echaba para atrás? La vergüenza y, principalmente, el temor a ser excluida de la sociedad por ser como era. Durante demasiado tiempo había estado escondiendo todo. Si había contado que tenía problemas de índole psicológica había sido básicamente para buscar ese afecto, esa llamada de atención frente a personas que necesitaba o que creía necesitar. Siempre lo había usado como algo malo, no había visto qué había más allá y si no recordaba mal, en la primera entrevista que había tenido cuando había entrado en el centro donde trabajaba Cecille, años atrás, había terminado aceptando que no me gustaba que me mirasen o mirasen a mi primo creyendo que tenía algún problema. La respuesta era bastante obvia: ¡estaba avergonzada e incómoda ante cualquier situación que explicase a cualquiera mínimamente mi problema! No me importaba usarlo como arma en algún momento, pero poco a poco se había vuelto un tabú que esconder y solamente sacar para obligar a los demás a alejarse de mí por “no ser normal”.

¿Cómo demonios había podido permitirme que algo así se sintetizase en mi mente como parte de un comportamiento “normal”?

Observé a Derek que acababa de salir de la ducha y me lanzaba un beso antes de meterse en su estudio donde se perdería por horas y horas salvo que le sacase de allí, pero ahora mismo comenzaba a tener una verdadera tarea pendiente entre manos lejos de libros, lejos de cualquier situación que me distrajese. Era yo misma con un cuaderno delante. Debía terminar de ser sincera con todo aquello que había estado dejando para después. Debía permitirme pensar libremente y sobre ese hilo de pensamientos percatarme si estaba errada en muchos o no.

Enfermedad mental. Ese era el título que había puesto en la hoja. Ahora, solamente había que dejar que el cerebro pensase, fluyesen las ideas y pudiese llegar a terminar con un esguince en la muñeca porque no hubiese escrito tanto a mano desde la universidad.

Dejando atrás las definiciones exhaustivas de los libros donde cientos de mentes se habían dejado los sesos para lograr una única explicación sobre un concepto que podía tener miles de ellas, según desde el punto de vista desde el que se enfocase, mi conclusión con respecto a la enfermedad mental por experiencia pura era bastante más sencilla: una putada. 

Partiendo de la base que no es algo que se escoge igual que ninguna otra enfermedad, la mental va asociada a miles de situaciones que nos provocan rechazo hasta en primera persona. Un individuo con problemas de la salud mental intentará negar hasta la saciedad que existe un problema, entrará en una de las fases que se convertirá en un bucle puesto que la negación puede durar años o, incluso, no desaparecer nunca por muchas terapias que se realicen.

¿Qué es lo que asusta tanto de tener una enfermedad mental? Da la sensación, en múltiples ocasiones, que preferirían tener cualquier otro diagnóstico mucho más mortal y peligroso para sus vidas. De hecho, yo misma me había echado en cara no tener alguna otra cosa. ¿Qué es lo que tira tanto para atrás? Básicamente, que la enfermedad mental es como la lepra de hoy en día. 

El ser humano es un ser social, busca (erróneamente) la aceptación del exterior antes que la propia y en los años que estamos viviendo el “postureo”, hacer creer a otros que tienes una vida que no tienes, parece ser la base de la felicidad volviéndose uno completamente adicto a los me gusta en todas las redes sociales de una vida que no se está viviendo, casi con la esperanza de que cuantos más corazoncitos tengamos podremos llegar a frotar la lámpara de Aladdin para que el genio nos conceda ese simple deseo: ser quienes no somos. 

Dejamos a un lado la aceptación en primera persona. No nos importa si nos queremos mucho, poco o regular. Damos más importancia a cómo nos ven los demás, y por eso me lleva a pensar: ¿cómo se ve la salud mental desde fuera? 

Si nos ponemos en la situación de alguien, teóricamente sin problema mental alguno, que no tiene contacto alguno con ese mundo para conocerlo en mayor profundidad, no hay adicciones de ninguna clase a su alrededor y vive una situación técnicamente sana, sin abusos en el colegio ni nada parecido. ¿Cuál es el primer contacto que puede tener con este u otro ámbito de la vida que le sea completamente ajeno sin forma alguna de acceder a él por una vía más directa? La televisión, la prensa, la literatura… 

Veamos durante una jornada las noticias. Leámoslas en el periódico. Analicémoslas después. En la mayoría de los sucesos que tengan algo que ver con la Salud Mental, encontraremos una frase parecida a “se sospecha que podría tener algún tipo de trastorno mental”. Ahora, comprobemos de qué van esos acontecimientos, qué temas principales son los que se abordan en ellos: violencia, muerte, hurtos, robos, accidentes… Sucesos bastante traumáticos. Van acompañados con esa coletilla de la sospecha o no sospecha de problemas mentales básicamente por ser un proceso judicial en el que deben dictaminar si sufre o no sufre algún trastorno el acusado; o, por el contrario, en aquel momento tuvo una enajenación que le impidió pensar en otra solución que no llevase a esas situaciones. ¿Por qué? Básicamente porque un problema de salud mental puede llegar a ser un atenuante en un juicio, una base en que los abogados del acusado pueden construir su defensa.

¿En realidad el ser humano se queda con esa información? La característica más común al leer algo, suele ser el análisis final de cada individuo con respecto a lo que ha leído y gran parte de la parrafada antes escrita no suele venir en la noticia, así que es simple, el ser humano se queda con una asociación clara: enfermedad mental es sinónimo de peligro.

Vayámonos después a otra de las propuestas. No suele ser muy usual que una persona recurra a los libros de autoayuda para intentar comprender mejor cómo funciona el ser humano o leer libros por placer de Psicología, cuando la mayoría tampoco escoge libros de matemáticas, explicaciones históricas… aplaudo a quienes les gusten esos géneros y los incluyan dentro de sus lecturas habituales, pero si vemos los índices de ventas, la ficción suele llevarse la gran mayoría de los lectores a nivel mundial. 

Si ahora observamos los libros o las series más vistas, generalmente nos encontramos con temas considerados morbosos dentro de los cuales los crímenes es una parte bastante explotada en esas historias. No se aleja de la vida real algunos sucesos, sí, puede ser. Pero si, por ejemplo, vemos una película cualquiera de esas que ponen en la sobremesa, después de comer, para intentar entretenernos aunque sean malísimas la mayoría, podemos observar que no se salva ninguna en la que el malo o mala de la historia tenga un problema mental o sea un psicópata de manual con sus cuadernos oscuros de pensamientos inconexos y casi adoradores de la misma muerte. 

Volvamos al punto inicial. Si esta persona, completamente ajena a todo este mundo, tiene esas únicas referencias con respecto a la salud mental, ¿qué puede uno pensar que creerán? ¿Qué imagen se puede tener de la enfermedad mental con esa presentación a la sociedad? Peligro a escala superlativa y miedo a que en cualquier momento esas personas puedan volverse psicópatas (sea lo que sea el término porque dudo que haya una gran mayoría de la población que pueda definirlo) o asesinos en cualquier momento que se obsesionen con uno, le hagan vivir su propia película de terror y terminen encerrados en un manicomio con esas camisas de fuerza que les evitarán volver a intentar nada. ¿Acaso soy la única que tenía esa percepción de la enfermedad mental? ¿Cómo no entrar en la fase de negación en cuanto a alguien le dicen que tiene que ir a un psicólogo o un psiquiatra cuando en la sociedad son más popularmente denominados como loqueros y objeto de burla por tener que ir a una consulta? 

Ahí tenemos una gran explicación. El ser humano se burla sistemáticamente de todo lo que es diferente. Por alguna absurda razón buscamos la aceptación siendo completamente iguales, sin nada que nos distinga, sin libertad, caminando como borregos hacia las mismas modas, sin aceptar que algo nos puede gustar y a los demás no (dentro de nuestro círculo social) y por eso no tiene porqué ser precisamente algo malo o un objeto de burla. Si no existe en la sociedad la propia aceptación de la individualidad y el concepto de que cada ser es diferente y único sin ir acompañado de las risas o el rechazo sistemático, ¿cómo queremos que una persona con problemas de salud mental pueda aceptar sin miedo que tiene dificultades y que es “diferente”? 

Diferente es la palabra que más parece asustar a toda la humanidad.

2018 / Sep / 21

— Despierta…

La voz de Derek hizo que terminase abriendo uno de mis ojos de mala gana. ¿Estaba ocurriendo algo? Si estaba volviendo a intentar que me fuese con él temprano a hacer ejercicio iba a lograr poca cosa.

— Vamos, Kyra, amor, despierta —dijo zarandeándome ligeramente.

— ¿Qué ocurre?

— Vístete con lo primero que encuentres, ha venido la policía para desalojarnos por un incendio.

¡Un incendio! ¡Mierda! ¿Tenía que llevarme todas las cosas? ¿No había humo por ninguna parte? ¿Podía echarle a alguna llama que intentase acercarse demasiado a mi portatil un vaso entero de agua, una cubeta o la bañera entera?

— ¡Vamos, Kyra!

Su voz apremiante me sacó del shock y me puse lo primero que encontré. Ropa cómoda. Deportiva… ¡Un momento! Me paré en seco con los pantalones en las manos y quedándome en bragas. Le miré frunciendo el ceño antes de resoplar.

— Derek Vance… ¿no es ninguna artimaña para que me vaya a correr contigo? Mira que nos conocemos —fruncí mi ceño demostrando lo molesta que estaba.

Se quedó mirándome y poco a poco su expresión seria se tornó en una sonora carcajada. Agarré más fuerte los pantalones para usarlos de arma y le fui golpeando con ellos en el costado molesta porque seguro que eran algo así como las seis de la mañana y lo único que había podido dormir habían sido un par de horas y no seguidas.

— ¡Mira que eres violenta!

— ¡Y tú mentiroso!

Yo estaba enfadada, él tan divertido que casi parecía de esas veces que uno termina cediendo a las necesidades de la naturaleza corriendo al baño como si se tratase de una gacela. Ni tan siquiera sé cómo lo hizo, pero me atrapó las muñecas y mientras intentaba soltarme para seguir dándole con esas mallas él se acercó a mi rostro.

— ¿Qué tal si pones en tu columna de virtudes lo inteligente que eres? —di robó un sonoro beso y me soltó las manos antes de salir corriendo—. ¡Nos vemos luego!

Por poco le tiré la zapatilla que había logrado coger. Suspiré mirándome a medio vestir y terminé de hacerlo dado que me costaría un poco recuperar el sueño, estaba segura. Por si acaso, por si me daba en cualquier momento, había decidido llevarme mi ordenador a la cama, le dejaría en el lado del colchón de Derek para dejarle bien clarito que él ya no era bienvenido en esa cama, no por el momento.

Quería dormir, pero si lo hacía sabía que habría muchas cosas que no podría conseguir terminar con el paso de las horas. Era bastante exigente conmigo misma en cuanto a la cantidad de hojas, palabras o capítulos escribir durante un día. Llegaba a ser tan obsesivo que me provocaba ansiedad, mucha y ésta se dejaba caer hasta mi cuello tensándolo de todas las formas que fuese capaz.

Sin embargo, había dejado de lado el experimento que tenía la noche anterior entre manos. No sabía si sería capaz de terminarlo, pero si me obligaba en ese momento dudaba que fuese a salir algo mínimamente decente. Las columnas acabarían igual, sin cambio alguno lo cuál sería una gran pérdida de tiempo para mí.

Debía despejar la mente y observé cómo estaba vestida. Maldije durante un momento a Derek y después, me giré para buscar mi teléfono móvil.

¿Dónde estás, bromista? Me iré contigo a hacer ejercicio. 

¿No estás bromeando? ¿Vendrás?

No bromeo. Creo que me vendrá bien tomar algo de aire fresco. 

¡Ya voy para allá!

Una de mis tendencias naturales era aislarme en mi hogar como si fuese una ermitaña en mitad de la montaña para no tener ningún tipo de contacto físico. ¿Por qué debía aislarme del mundo? Tan simple como que esperaba que de esa manera fuese a sufrir menos. De poco me habían servido mis viajes por el resto del mundo cuando volvía a costarme poner un pie fuera del que fuese allí mi hogar. No podía mantener una costumbre de salir todos los días un poco, como si tuviese temor a que me terminasen comiendo; aunque, en realidad, a lo que sí tenía miedo era a que el resto del mundo, todos los que estaban en ese momento en la calle, se diesen cuenta que lo único que podían hacer era reírse de mí con sus endemoniadas carcajadas e insultarme hasta cansarse.

Derek no tardó demasiado en llamar al timbre y dejé todo en la cama para irme con él una vez que me hube puesto las zapatillas. Cuando llegué a la puerta del portal, su sonrisa prácticamente cambió mi estado de ánimo del miedo desesperado a una ligera tranquilidad latente, puesto que no estaría sola. No obstante, no podía seguir necesitando ir con alguien a todas partes, tenía que poder moverme sola, tenía que poder caminar por la calle con la cabeza alta y que cada vez me costase menos regresar a la calle para dar mi paseo porque nadie estaba pendiente de mí, era una transeúnte más aunque me sintiese el centro de todas las miradas.

— Tranquila, ¿vale? —Derek tomó mi rostro entre sus manos casi sabiendo lo que estaba pasando por mi mente.

Mis ojos se centraron en él, asentí respirando profundamente y le di un pequeño beso.

— No vayas a un ritmo demasiado rápido que mi tono muscular, resistencia y todas esas cosas, seguramente están por los suelos. Llevo años sin mantener una actividad física regulada, aunque debería —hice una mueca esperando no ver su ceño fruncido. De todos modos, él ya sabía eso.

— Claro que no. Iremos a un ritmo que tú puedas llevar.

Entonces comenzó a correr y me maldije a mí misma por haber aceptado. Aquello sería peor que una tortura china.

Cuando realizaba ejercicio solía recordar los momentos en los que lo había practicado previamente. Solía dolerme la espalda, a menudo, me ardían los pulmones, la boca me sabía a sangre… era una sensación muy desagradable y lo máximo que había hecho en mi vida había sido una carrera entre quince y treinta minutos del calentamiento previo para una clase de Educación Física. Aunque no me gustase la teoría de esa asignatura, la prefería mil veces con sus tecnicismos porque estudiar sí se me daba bien.

Comencé a correr de esa forma, con desgana, esa en la que se nota que no se quiere correr e iba tan lenta como en los entrenamientos. Casi arrastraba los pies. Derek me miró sorprendido y luego soltó una pequeña risa antes de situarse a mi lado dándome un pequeño pellizco en el trasero.

— Ni pienses que por ir así vamos a terminar antes, señorita.

Le miré con esa mirada asesina que siempre me había dicho mi familia que daba algo de miedo. Rostro serio, expresión de mafiosa total y absolutamente orgullosa de ello y buscando el arma con el que darle el golpe final. Sin embargo, logró remediarlo dándome un beso en los labios y le maldije aún más por ser tan absolutamente adorable. Sabía usar bien sus propias armas a favor.

La carrera fue pesada, demasiado y me hacía poca gracia que él pudiese hablar casi sin ningún problema, como si simplemente estuviésemos andando aunque yo caminando a buen ritmo también me las veía y me las deseaba para poder respirar sin que pareciese que estaba corriendo la maratón de Nueva York. Sí, tenía un gran problema entre manos con el deporte y debía aprender a verlo de otra forma. El deporte no era mi enemigo, nunca lo había sido. Solamente tenía que hacerme una rutina, como con todo, para así acostumbrarme a incluirlo en mi vida. Sino sería doña vagueza extrema y además de la vagueza volvería a coger todos los kilos que me había costado quitarme de encima tantos años atrás. Si me sentía más a gusto con este cuerpo, aunque no fuese perfecto, debía mantenerlo así. Por mi propia Salud Mental dado que sabía lo que ocurría cuando los kilos volvían a acecharme. La frustración y la ansiedad eran reales. Se volvían una nueva losa. Siempre había odiado mi cuerpo de esa manera pese a que no debía hacerlo, a que nadie me tenía que haber obligado a sentirme peor que los demás por tener más kilos encima, pero cuando algo se mete tan dentro, se transforma en un dogma de la mente y casi parece más sencillo canonizar al mismo demonio que conseguir que mi cabeza cambiase de parecer.

Me obligué a concentrarme en la conversación de Derek quien estaba inmerso en un monólogo sobre todo lo que podíamos hacer juntos si conseguía sentir ese gusanillo y necesidad por hacer deporte.

Después de una interminable hora, con flato, ahogamiento y casi marearme, llegamos a la puerta del portal. Me sentía exhausta, a punto de notar que el corazón se salía por mi boca, con los pulmones suplicando por aire y no parecía haber suficiente por mucho que los llenase.

Tardé más de un cuarto de hora en regresar a mi ritmo de respiración normal. Entre toses, beber agua y la visible preocupación de Derek. Mi forma física estaba por los suelos, pero aunque me costase admitirlo en voz alta, debía reconocer que tras ese mal rato mi cabeza se había despejado y tenía muchas más energías.

2018 / Sep / 20

Terminamos de cenar después de que conseguí sanar ese dolor latente que parecía desprender todo su ser como si le hubiesen dado la peor de las palizas de la historia de la humanidad. El sufrimiento no era cuantificable, al igual que el dolor. No se podía medir, no existía manera, pero tampoco uno necesitaba ser un gurú o un científico o un telépata. Con saber leer la expresión de quien tenías delante era suficiente para saber qué estaba pasando y si el dolor era soportable o no. Puede que para mí fuese más inconcebible la idea de permitir sufrir a otra persona antes de hacer algo para paliar su dolor. Fuera como fuese, había logrado que sus ojos volviesen a tener cierto brillo antes de que se fuese a continuar con sus trabajos.

El cuadro en el que Derek estaba trabajando en ese momento era bastante técnico y complicado. Aún tenía mucha parte del lienzo en blanco y consultaba una y otra vez todos los bocetos que había hecho previamente. Había visto sus dibujos, la colocación de las formas y por la expresión que tenía cada vez que los miraba era más que evidente que estaba de todo menos contento con su planteamiento inicial, pero como no se le había ocurrido otro esperaba, en lo posible, que el comprador los apreciase.

Solía preguntarme cómo uno podía ser tan imaginativo como para tener tantas ideas diferentes bajo presión. Me resultaba increíblemente asombroso, algo que no se valoraba lo suficiente pues la construcción de esa imagen, de esa representación de un sentimiento o de la propia forma de ver un concepto por el artista, tenía su mérito. No todo evocaba algo, no siempre se tenían ideas que se adoraban o se consideraban dignas de museos o de ser escuchadas. Sin embargo, cuando algo se convierte en tu oficio debes continuar con aquello que se te ha ocurrido aunque no sea tu mejor trabajo o tú pienses que no lo es.

Volví a observar ese folio donde había escrito tantos defectos. ¿Realmente era todo lo que ponía? Mal hablada, insegura, manipuladora, gorda, irresponsable, fea, gritona, insoportable, irascible, miedosa, problemática, inútil, mentirosa, tonta, inconstante, cobarde, poco fiable, insuficiente, curiosa, vaga, irrespetuosa, caótica, anormal, desordenada, peluda, loca, bromista, irónica, incomprensible, respondona, insustancial, envidiosa, infantil, mediocre, negativa, repulsiva…

En la columna de virtudes en cambio, la lista era bastante más sencilla de leer: empática y altruista puesto entre interrogaciones.

Eché la cabeza para atrás antes de negar ligeramente. La única forma de contrastarlo sería obligando a mi cabeza a recordar los halagos que había recibido de otras personas, no solamente lo que pensaba de mí misma o en los malos momentos. A pesar de que el punto de vista en otras mentes era completamente subjetivo, podría ir analizando uno a uno los verdaderos significados de esos adjetivos e intentando, en lo posible, juzgar con imparcialidad si esa definición realmente formaba parte de mi comportamiento habitual.

El trabajo sería costoso. No era fácil aceptar los defectos sabiendo que sí, efectivamente, por mucho que uno pensase no podía quitarse ese sambenito, pero también era cierto, que la complicación recaía en aceptar esa negativa, aceptar que había que tachar un adjetivo porque una no era así, porque yo no era eso en concreto y muchos más complicada se planteaba la posibilidad de tener que escribir su antónimo en virtudes.

Cuando quise darme cuenta el reloj marcaba las tres de la madrugada. Me dolían los ojos y la cabeza. No quería pensar más, solamente quería irme a la cama, pero mi mente no iba a cambiar el rumbo de sus pensamientos y me regalaría alguna perla de esas que hacen a uno creer que dormir debería estar sobrevalorado si no fuese un función vital para nuestro cuerpo.

Desde luego recomendaba este ejercicio para el que quisiese deprimirse primero y luego librar una batalla contra esa parte negativa de sí mismo. Las listas no habían variado demasiado. Había logrado quitar algún defecto, pero no había añadido absolutamente nada a las virtudes por mucho que hubiese pensado y requetepensado en busca de la plena objetividad, pero cuando creía conseguirlo otra parte de mi cabeza me decía que no era objetividad, sino que había cambiado por completo la manera subjetiva de plantearlo. Fuera como fuese, llevaba demasiadas horas dejando ganar a mi lado negativo y no podía ni con mi alma.

Me estiré sabiendo que había empezado en ese horrible bucle de ligero insomnio, de sueño revuelto que terminaría con mi cuerpo con tanto sueño acumulado que necesitaría dormir durante un montón de días seguidos tantas horas que casi no vería el día.

Froté mis sienes y después me percaté de lo pajizo que tenía mi pelo. El rubio con tanta decoloración me lo había dejado tan áspero que casi no reconocía a mi cabello que normalmente siempre estaba sedoso y daban ganas de tocarlo. Pensé en si debía seguir decolorándomelo y negué creyendo que el rubio tampoco era el color para mí, que seguramente el moreno iría mucho mejor con mis rasgos aunque no los dulcificase sino que me entregase más seriedad.

Emití un ligero quejido. Estaba deseosa de meterme en la cama, pero esa parte remolona de mí misma deseaba que me quedase despierta para hacer todo lo que pudiese. Seguramente estaría sola, completamente sola porque no me habría dado ni cuenta que Derek se había ido a la cama. No obstante, cuando dirigí la mirada hacia su estudio pude ver que había luz. No demasiada, pero había.

Caminé hacia allí y pude ver a Derek sentado en un taburete, con un pincel entre los labios y otro en sus dedos buscando realizar los trazos más finos y suaves a uno de sus cuadros. Me sorprendió comprobar que se trataba de ese cuadro en que mis ojos estaban reflejados. Había ido añadiendo poco a poco distintos detalles, partes de mi rostro. El cuidado que tenía con cada facción, con cada pincelada era asombroso, igual que si estuviese dispuesto a tratar el retrato como me trataba a mí, con la misma dulzura, con la misma delicadeza, con la misma suavidad.

Cambió de pincel para realizar una pequeña sombra debajo de mi pómulo. La pintura no era muchos tonos más oscura, pero daba un contraste perfecto. En pequeños degradados iba terminando por unificar las dos tonalidades. Era sorprendentemente maravilloso ver cómo se volvían una, cómo parecía que era antinatural que existiesen la una sin la otra, sobre todo que existiesen fuera de ese cuadro.

Aún me preguntaba cómo era posible que no se diese cuenta del arte que hacía y también intentaba calcular cual era el número total de horas que se pasaba buscando arreglar ese cuadro, intentar hacerlo una perfecta réplica de mi rostro.

— ¿Aún sigues perdiendo el tiempo con ese cuadro? —pregunté con suavidad sin quitar mis ojos de la expresión de concentración que tenía él.

Se giró lentamente observando mi expresión de diversión antes de contestarme. Se quitó el pincel de entre los labios y chasqueó la lengua.

— Qué vergüenza que no entiendas absolutamente nada de arte…

Reí antes de caminar hacia el cuadro y mirarlo como si estuviese pensando hacer alguna especie de maldad con él.

— Me has puesto papada —dije de repente señalándolo, pero sin tocarlo.

— ¡Eso es imposible! Si no tienes —miró alternativamente al cuadro y al lugar donde debería estar la famosa papada inexistente.

Intenté contener la risa por la forma en la que él estaba intentando averiguar dónde había visto papada en el cuadro. Era tan sumamente adorable cuando quería ser tan perfeccionista. Bueno, siempre era así de perfeccionista, era una parte de su manera de ser que me encantaba, para qué iba a negarlo. Solamente si algo no me gustaba era cuando a él le proporcionaba algún tipo de sufrimiento.

— Tranquilo. Solamente estoy bromeando —dejé un beso en su mejilla abrazándole por los hombros.

Suspiró profundamente entre aliviado, pero aún un poco preocupado por si era en ese momento en que estaba diciendo una mentira, no antes cuando le había señalado su inexistente error. Me sorprendía la fragilidad que tenía nuestra seguridad en algo. Solamente con una broma lográbamos desestabilizarnos completamente, sentir que lo que habíamos hecho ya no valía para nada. Debía tener más cuidado a partir de ahora con bromear sobre su trabajo y menos aún sobre este cuadro que cuidaba como oro en paño.

— Eres malvada, ¿eh? —musitó antes de dar unas últimas pinceladas.

— ¿Te gustaría que fuésemos a dormir ya? Estoy agotada… necesito unas veinte semanas de sueño más o menos.

Rió al escuchar el tiempo que necesitaba para descansar y luego di suaves besos en su cuello para que accediese.

— Claro que sí, amor. Iré enseguida. Dame un minuto.

Me separé de él con la promesa de que tan solo iba a tardar un minuto. Me quité la ropa de estar en casa y terminé metiéndome en la cama una vez puesto el pijama. No tardó un minuto, no sé cuánto tiempo tardó en realidad, pero cuando me desperté en mitad de la noche estaba ahí acurrucado junto a mí, abrazándome y protegiéndome de todo por lo que terminé durmiéndome de nuevo, contenta de tenerle a mi lado.