2018 / Ago / 19

— ¿Tienes familia?

— Sí. Tengo a un hermano dieciséis meses mayor, a una hermana siete años más pequeña, a mis padres y a todo un equipo de fútbol de tíos, tías, primos… Tenemos suplentes y canteranos —reí porque jamás pensé que terminaría usando un símil futbolístico para nada de lo que dijese.

— Vaya, una familia grande.

— Demasiado. Tenemos la media de cada par de años una persona nueva llega, o un miembro recién nacido o alguien que hay que pasar por el ritual de los Mijáilov.

— ¿No me digas? ¿Y en qué consiste el ritual? —preguntó divertido antes de llevarse un poco de verdura a los labios.

— Aguantarme a mí más de dos horas. Soy el miembro más insoportable del clan —enarqué una de mis cejas intentando mantenerme callada, pero me resultó imposible porque la carcajada escapó prácticamente sola.

Cuando fui capaz de contener las risas estrambóticas por un chiste que únicamente me haría gracia a mí, llevé un poco más de la comida a mi boca percatándome que él también se estaba riendo. Puede que fuese graciosa, o que mi manera de actuar resultase cómica hasta el punto de terminar haciéndole carcajearse por mi propia ridiculez, una idea que conseguía bajar mi buen humor hasta el suelo de aquel loft.

— ¿Tú tienes familia?

— En alguna parte supongo que aún vivirán.

— ¿Cómo que supones? ¿Hace cuánto que no sabes de ellos?

— Si tengo treinta y cinco años… pues, treinta y cinco años.

Dejé el tenedor sobre el plato sin poder creerme lo que estaba oyendo. ¿No conocía a su familia? ¿Era eso posible? Entonces, rebusqué entre todas las informaciones plausibles que tenía mi cerebro almacenadas y deseché las ficticias. Había sido dado en adopción o, había tenido que pasar la vida entera en un orfanato. A veces, no sabes qué es lo peor de todo eso, si ser el niño adoptado o el niño al que nadie quiere y se queda en ese edificio con los mismos cafres de siempre alrededor mientras se iban yendo uno a uno.

— Lo siento, no sabía…

— Efectivamente, no sabías por lo que no tienes que disculparte.

— ¿No sabes nada de ellos?

— Tampoco quiero. ¿Qué persona que se precie deja abandonado a un hijo alejado de la mano de Dios sin tan siquiera darle un apellido? Por suerte, uno cuando es mayor de edad puede ponerse el nombre que desee. Durante dieciocho años he tenido que aguantar un apellido que me pusieron porque había que tener uno y que había estado tan mal escrito en la partida de nacimiento como la pobre mujer que fue la receptora del paquete número ochenta mil a lo largo de su vida, supo escribir. Quiso darme algo, como si con un apellido ingenioso uno pudiese ser alguien, pero no siempre los apellidos ingeniosos ayudan sino que incrementan la creatividad de los niños —prácticamente arrancó la porción de comida que tenía en el tenedor con los dientes demostrando la rabia que sentía. No era difícil darse cuenta de que su vida en la niñez había sido peor que una tortura china.

— Así que con veintiún años pudiste cambiarte el nombre, ¿no?

— Sí. Desde entonces soy Derek Vance aunque no sé ni cómo escogí ese nombre. Pero me acostumbré con el tiempo. Resultaba menos doloroso que escuchar aquello que me habían llamado siempre, por lo que me lo quedé.

Cambiarse el nombre. Nunca había pensado esa posibilidad. Sí era cierto que había usado alias para los usernames de las redes sociales, pero jamás se me había pasado por la cabeza deshacerme de mi nombre. Me había terminado acostumbrando a Kyra Annette Mijáilova y todo lo que significaba ser ella. Un nombre no iba a cambiar mis experiencias ni quien era aunque creyese que sí, pero si le había servido a Derek no era quien para decirle que era un error. Para mí podía serlo, para él podía ser el mayor de los aciertos del mundo lo que ya no lo calificaba en error en el contexto de su vida.

— Es un nombre diferente. Tiene personalidad propia. A mí me parece que hiciste una buena elección —asentí antes de volver a llevar aquella deliciosa comida a mis labios—. Y serías un chef fabuloso. ¡Esto está increíble!

— Solamente he salteado un par de verduras y he frito un filete. No es para tanto.

— Mi abuela siempre decía que el secreto de la buena cocina no está en lo bien o mal que se guise, sino en el amor que se ponga en las comidas. Créeme cuando te digo que sus manos eran una bendición. No he probado platos más ricos que los que ella preparaba —negué sintiendo la tristeza invadirme porque jamás volvería a escucharla con aquellos chascarrillos que siempre me habían sacado sonrisas.

— Una mujer muy sabia.

— Lo era. Mucho.

— ¿Estabais muy unidas?

— No sé hasta qué punto uno puede estar unido a sus familiares más allá que por el lazo de sangre que les mantiene juntos, pero sí. Era especial. La quería como a mi abuela, pero sabía que con ella no me sería juzgada, que siempre recibiría de su parte lo que fuese, aunque no se lo pidiese y ella no obtuviese nada a cambio. Era una de las personas más altruistas que he conocido en toda mi vida. Mi abuela era un tesoro al que la vida no le puso nada fácil ser descubierto —negué intentando contener una de mis lágrimas que luchaba por mostrarle a Derek hasta qué punto esa mujer había marcado mi vida.

— Me alegra que tuvieses a alguien así en tu vida.

Le miré observando quizá un dolor que no existía o una herida que había cicatrizado de mala manera. No tener familia debía ser doloroso aunque muchas de las personas que tenía como pacientes hubiesen deseado no haber conocido jamás a sus progenitores.

Terminé poniendo mi mano sobre la suya encima de la mesa antes de darle un suave apretón con mis dedos buscando regalarle un poco de comprensión o del afecto del que seguramente había carecido durante mucha parte de su vida. Él agradeció el gesto, pero apartó la mano rápido, aunque pude ver un ligero temblor en la misma.

— Bien, pasemos al asunto amoroso. Número de novias, nombres y talla de sujetador —bromeé causando la risa que esperaba saliendo de los labios de Derek.

2018 / Ago / 19

Derek se había puesto a cocinar. No me permitió hacer nada más que observar dado que era la invitada en su hogar. Él mismo me aseguró que no estaba acostumbrado a llevar a nadie a su hogar, pero que conmigo había hecho una excepción por una razón que ninguno de los dos podíamos saber.

— ¿La Psicología es complicada?

No sabía cómo contestar esa forma de manera adecuada. No era fácil, desde luego. Meterse en la mente de otra persona no podía serlo, intentar comprenderla tampoco y mucho menos, lograr que viesen otras posibilidades ajenas a su propio pensamiento. Algunas personas creían que todo lo demás no eran más que cuentos, que ellos tenían la razón en lo que sentían por encima de todo, pero, aún con todas esas dificultades, tampoco se podía decir que era el trabajo más duro del mundo. Sí, te desgastaba emocionalmente, pero para eso había técnicas para desconectar de todo aquello que se trabajaba sesión tras sesión. Una vez que cerrabas el despacho no podías llevarte a casa los problemas de tus pacientes porque era un sin vivir.

— No es complicada exactamente. Es necesario tener la mente abierta, aceptar muchas posibilidades porque la mente puede pensar lo que le dé la gana, y además, hay que ayudar a otros a reconducir sus pensamientos siempre que no se aconseje —rodé los ojos y después le miré con una pequeña risa queriendo escapar entre mis labios—. ¿Sabes que ese es el mantra? Los psicólogos no aconsejan, los psicólogos recomiendan…

Me miró sin saber exactamente porqué me reía y después me incliné ligeramente hacia delante.

— Existe un gran problema entre las palabras usadas en determinados contextos. Socialmente, aconsejar es una cosa y recomendar, otra. Sin embargo, en nuestra maravillosa lengua, aconsejar se utiliza para definir recomendar. ¿No te parece curioso? Todo el tiempo intentando evitar la palabra «consejo» cuando lingüísticamente entra en la definición del otro —solté una risa mientras mordía mi labio inferior—. Si alguien te dice que los psicólogos no dan consejos, es una trampa como una catedral en cuanto a las definiciones lingüísticas propias de cada palabra se refieren. Otra cosa son ya las connotaciones que deseamos dar en la sociedad. No obstante, creo que valdría más decir que uno no va al psicólogo como quien va a un oráculo para que le diga lo que tiene que hacer. Uno va al psicólogo en busca de algún tipo de orientación, comprensión o ayuda para conocerse a uno mismo. No obstante, solamente son ayudas, porque es el paciente el único que tiene las respuestas a todas sus preguntas.

Observé su rostro que se había quedado serio, con la mirada fija en mí hasta que había puesto mis ojos nuevamente en él. Resoplé por aquella parrafada que acababa de decir, seguramente le había parecido la mayor de las tonterías del mundo. ¿Por qué me liaría a hablar cuando muchas veces ni sabía lo que decía? Quizá, mi hermano tuviese razón y la lógica de mi mente era tan ilógica que ni tan siquiera me salían argumentaciones en condiciones.

Me sonrojé por completo y antes de mirarle esperé que mi perdón no llegase con una burla en plan: «no te callas nunca, monada», o algo por el estilo.

— Lo siento. A veces me pongo a expresar mis reflexiones en voz alta con parrafadas que seguramente no tienen sentido alguno o son demasiado obvias para que alguien se parase a pensar en algo tan simple y quedo como una estúpida que no sabe hacer la «o» con un canuto —bajé mi mirada a mis manos encogiéndome de hombros porque no podía cambiar lo que ya estaba hecho, aunque si le molestaba podría intentar tragarme esa parrafada para mí misma o para algún momento en que mis propios pensamientos deseasen ir por libre.

— No te disculpes. Me gusta escuchar ese tipo de reflexiones y creo que tienes toda la razón. Resulta gracioso comprobar la diferencia de significados otorgados por la sociedad con respecto a los verdaderos significados expuestos en el diccionario. A menudo, se entra en discusiones ridículas por el uso de dos sinónimos que pueden ser empleados para la misma oración sin que lingüísticamente hablando varíe nada el significado, pero de cara a la sociedad la diferencia es un mundo —sonrió mirando la plancha antes de sacar las verduras en las que había usado muy poco aceite.

Me sorprendió comprobar que no cocinaba con mantequilla, era alguien que cuidaba su dieta, eso estaba claro. Yo misma me hubiese tenido que hacer al aceite de no ser porque mi abuela impuso la tradición en la familia de cocinar con ello aunque fuese más caro. No había ni punto de comparación entre una cosa y otra, pero las costumbres de cada país eran distintas y prefería el aceite en muchos de mis guisos.

Apoyé mi codo en la encimera mirándole mientras se le iluminaba la cara con aquella sonrisa velada que no parecía querer mostrar al mundo. Podía ver esos hoyuelos bajo la barba que seguramente serían más adorables si se viesen con claridad.

— Ya está la comida.

— Déjame enumerar: eres pintor, chef, músico… ¿hay algún arte que no sepas manejar?

Rió conmigo mientras ponía el plato delante de mí y nuestras miradas volvían a encontrarse sintiendo una conexión diferente, extraña, como dos almas necesitadas de atenciones que podían llenar el vacío del otro, o simplemente eran mis deseos de amistad los que anhelaban que fuese así.

Su voz era grave y reverberante. Le dediqué una sonrisa de esas que no mostraba fácilmente. Esa sonrisa de sentirme realmente a gusto en un lugar, de no creer estar fuera del mundo o pertenecer a un lugar distinto que me alejaba del resto de la población como si tuviese una muralla transparente que nadie pudiese cruzar y él, sin pretenderlo, lo había hecho. Estaba a mi lado del muro y puede que lo hubiese estado siempre sin que yo lo hubiese sabido, sin haberle encontrado a pesar de buscar entre la negrura de mi propio universo. ¿Me estaba volviendo a adelantar? ¿Eran mis deseos quienes volvían a mandar? Fuera como fuese quería seguir descubriéndolo, costase lo que costase, aunque ese costara lo que costase terminara haciendo mi vida añicos, una y otra vez. Era de esas personas que se tropezaban con la misma piedra en cada ocasión, sin acordarse que estaba aquí, que ya lo habían hecho y sabían lo que dolía la caída. Un tipo de personas que no sabía describir.

2018 / Ago / 19

La forma en que Derek me miraba me hacía sentir extraña. ¿Podía alguien sentirse hermosa solamente por la manera en que uno le dirigía la mirada? Me pasaba el tiempo sonrojada, hablando de todo tipo de cosas diversas, aquellas que yo creí que serían buenas para una primera conversación, sin entrar demasiado en la vida de ninguno de los dos.

Descubrimos que ninguno tenía plan para más tarde y prácticamente nos había dado la hora de comer habiendo pedido un par de bebidas. Derek terminó accediendo a mi exhaustiva petición de que me mostrase alguno de sus cuadros aunque había dicho casi el mismo número de veces que yo se lo había pedido, que no eran mínimamente buenos.

Caminamos hacia uno de los barrios que no se distinguía precisamente por su glamour. Era uno de esos barrios en los que siempre vivían lo peor de lo peor en las películas policíacas. Me agarré al brazo de Derek por instinto descubriendo maravillada que estaba increíblemente fuerte por mucho que pudiese parecer menudo a simple vista y es que esa camiseta holgada no le hacía justicia.

Subimos por un ascensor que parecía más de un almacén y no me hubiese extrañado que fuese aquel edificio un antiguo almacén acomodado para crear viviendas más económicas.

— Sé que no es ninguna maravilla. Solo es un pequeño estudio donde tengo todo lo que necesito.

— Mi casa tampoco es mucho mejor, Derek.

Sin embargo, la sorpresa llegó cuando descubrí el interior de su hogar. ¡Ese piso era enorme! No tenía nada que ver el aspecto externo con esa maravilla. Había cuadros por todas partes. Había imitaciones de los cuadros más famosos. Una Gioconda que parecía prácticamente perfecta, cuadros de Van Gogh… En una ocasión había visto a algunos de los estudiantes de arte que iban a los museos a intentar imitar a los grandes pintores de distintas épocas. Esos cuadros, evidentemente, no podían ser vendidos como los originales, pero les ayudaba a perfeccionar las proporciones, los colores y tantas técnicas que había en la pintura al óleo como artista tuviese su truco especial.

— Vives… en el mismo paraíso.

Me incliné observando algunos lienzos, teniendo deseos de deslizar por mis dedos por las obras. Eran tan parecidos a los de los museos que engañarían a cualquier ojo no experto como el mío.

— ¡Qué va! Tienen muchos fallos. Ni tan siquiera sé porqué los conservo. Me pone de los nervios ver todos los errores.

— ¿Errores? ¿Qué errores? —me giré hacia él estando justo delante de una imitación perfecta de Las Meninas de Velázquez.

— Mira, ¿lo ves? Ahí, en el reflejo de los reyes se puede distinguir a la perfección que los ojos no son simétricos. La cruz de Santiago en el pecho de Velázquez es más corta que la original, creí haberme excedido cuando la pinté y tapé el rojo con el color negro de su casulla. La infanta, le falta un adorno porque no me daba espacio para nada más, hice el resto más grandes de lo que debiera. Todo está mal.

— ¿Eso le hubieses dicho a él de ser ese su cuadro?

Me observó sin comprender. Después negué con una pequeña risa antes de fijar mis ojos en los suyos de una tonalidad que parecía cambiar de color con cada rayo que incidía sobre ella.

— Si no recuerdo mal es Velázquez quien tiene un cuadro donde se puede ver a la perfección que pintó encima de una pata que no le gustó del todo en un caballo. Aun así ese cuadro vale tanto que uno no podría ni soñar en tener algo así. ¡Y tiene un fallo! Un fallo garrafal que seguramente atormentó al pintor durante toda su vida si era tan perfeccionista como tú. No obstante, las pocas facilidades para conseguir lienzos provocaron que tuviese que hacer semejante apaño y aún así, la gente se maravilla porque demuestra que hombres como él, grandes pintores, también se equivocaban y eran humanos —suspiré suavemente mientras me giraba hacia el cuadro una vez más—. Donde tú ves fallos, yo solamente puedo ver la gran maravilla que es.

— No sé cómo puedes decir eso si son evidentes.

— Sí. Es evidente que dependiendo del ojo con que se mire uno podrá disfrutar de algo u obcecarse en la perfección que no posee. Yo gozo de ese noventa por ciento impecable, mientras que tú sufres por ese diez por ciento prácticamente imperceptible.

Miró el cuadro unos instantes. Suspiró profundamente e intentó decir algo, pero terminó callando porque yo misma me había dado cuenta que era tan crítica como él con sus obras. Para mí eran dignas de museos, para él, dignas de un vertedero.

Seguí caminando por su casa, despacio, mientras me asombraba de tanta historia del arte junta en un piso estilo loft que daba posibilidades para ser una estancia de un pequeño museo privado. Vi cuadros de Kandinsky, de Picasso. Observé un Guernica a tamaño real en una de las inmensas paredes que gracias al cuadro no hacía falta tener que pintarlas. Sonreí igual que un niño en Disneylandia y entré a una sala que estaba medio abierta, la única que parecía tener paredes de todo el piso. En su interior, había un único caballete, varios cuadros inacabados, pintura por todas partes dejando el suelo inservible para otra cosa. Pero, en ese caballete, estaban unos ojos pintados, una forma concreta, intentando mostrar la felicidad de la dueña de esos ojos con unas cejas oscuras y perfiladas. Me quedé contemplando aquella obra a medias, pues tan solo estaban los ojos, no había más parte del rostro de la joven. También, en el interior de la estancia había una carpeta con folios en los que se podían observar partes concretas de un cuerpo que parecía femenino, pero no sabía si todas esas partes eran del mismo. Una boca, una cascada de cabello oscuro cayendo por una blusa en donde tan solo el cabello negro había sido dotado de color y de contrastes de luces y sombras, casi parecía que pudiese tocarse.

Derek apareció en la habitación poco tiempo después sin saber qué decir o qué no. Lamentaba haber entrado en un lugar tan privado como aquel santuario hacia esa dama misteriosa a la que no se le veía jamás el rostro completo.

— Lo siento, saldré de aquí. No quería invadir tu intimidad.

— No… no te preocupes, es solamente que no me gusta que vean algo que no está acabado.

Pasé a su lado antes de salir de la sala y volví a observar aquellos ojos tan vividos en mitad de un lienzo en blanco.

— Ojalá puedas terminarlo en algún momento y que la dueña de esos ojos comprenda lo maravilloso que es ese trabajo.

— Ojalá… —murmuró antes de volver a mirar el cuadro y hacer una mueca, desencantado, como si acabase de comprobar que no lograba plasmar la esencia de la dama.

Lamentaba su forma de ver aquello y esperaba que su musa le hiciese comprender, en algún momento, que todo era puro arte.

2018 / Ago / 18

Una cafetería abarrotada. El sonido de grifos, choques de platos, cucharillas, la cafetera funcionando a todo gas, las risas de los allí presentes y sus conversaciones formando un ruido heterogéneo que se terminaba transformando en uno mucho mayor e incomprensible, sin posibilidad alguna de distinguir más allá de ser la banda sonora de cualquier tipo de cafetería.

Enfrente de mí, Derek con sus gafas de pasta intentando esconder algo sorprendente para cualquiera que mirase más allá de aquel objeto. Sus ojos, nerviosos, se movían por toda la mesa y el lugar intentando no fijar durante demasiado tiempo su mirada en mí. No podía mantenerla. Yo tampoco podía hacerlo demasiado, pero había tenido que obligarme a ello.

Llevaba puesta una camiseta negra con cuello algo más de pico que otras más cerradas entorno al cuello. Unos pantalones vaqueros que caían de sus caderas con una gracia diferente, como si estuviesen hechos para él, para nadie más. Sus pies tapados por unas zapatillas desgastadas, pero demasiado limpias para la impresión que daban en realidad con solo mirarlas. Tenía barba de varios días y quise entender qué veían los hombres en la barba, pero suponía que era igual que depilarse. La comodidad dejaba que los pelos creciesen.

Tenía el cabello ligeramente echado hacia atrás, pero no igual que si se lo hubiese lamido una vaca, quedaba muy natural, con algún rizo rebelde que aparecía a pesar de la longitud del cabello. Mis ojos se recreaban en cada pequeño detalle. Lo último que habíamos dicho había sido nuestro pedido que aún no llegaba y temía que terminase huyendo como Flash cuando se le necesitaba en algún otro lugar.

— ¿A qué te dedicas?

— Soy pintor… aunque no es lo que todos dicen. Según la mayoría soy un empresario encubierto, estilo Zuckerberg o uno de esos.

— ¿Pintor? La verdad es que no creo que tengas pinta de empresario. He conocido a tantos y a cada cual da más miedo que el anterior —reí antes de observar al camarero que colocaba las diferentes bebidas delante de nosotros, solamente se nos ocurría ir a un sitio especializado en cafés para pedir bebidas frías.

Nuestras miradas se encontraron un solo segundo y de su interior escapó un suspiro que escapaba a toda mi comprensión. Era igual que observar el objeto deseado, anhelado durante tanto tiempo, pero si no nos conocíamos, yo no podía ser un objeto de anhelo.

— También toco algunos instrumentos como la guitarra y el piano.

Entonces lo vi claro. ¡Era él! Aquel chico que había cantado aquella melodía en ese pub y que tan solo yo le había aplaudido como si estuviésemos solos, como si nadie más existiese. Había pasado un año. En aquella situación no había llevado gafas y aún estaba en Londres. Su voz sonaba tan bien… increíblemente bien. Una melodía que me había perseguido durante muchos meses. Triste, solitaria, desgarradora.

— No puedo creerme que seas tú…

Rió un poco rascándose ligeramente la nuca sin saber cómo reaccionar.

— No quería decírtelo por si pensabas que era un acosador o algo parecido. Es difícil olvidarse de la única persona que me ha aplaudido en mi vida cuando me he obligado a cantar algo frente a un público que prefería estar más en su mundo.

— Bromeas, ¿verdad? ¿Nadie te ha aplaudido? ¿La gente que tiene en lugar de oídos? Así no me extraña que lo único que vaya en auge sea el reggaeton o como diablos se diga —resoplé molesta por la forma en la que iban los gustos de la sociedad.

— En realidad, no, no bromeo. Nadie antes me ha aplaudido, básicamente porque no soy lo suficientemente bueno en nada.

Fruncí mi ceño y después negando me incliné hacia delante terminando casi por tirar mi bebida fría con mi pecho. La atrapé lo suficiente para que no se cayese manchándonos a uno de los dos. Después suspiré antes de sacarle de su error aunque probablemente no serviría de mucho si tenía la autoestima a la altura de los tobillos.

— No digas que no eres lo suficientemente bueno porque tocas de maravilla. La composición de Chopin que tocaste al final era tan sorprendente… Ojalá yo tuviese la habilidad para tocar en el piano o la guitarra porque siempre me han gustado los sonidos que emiten. El piano siempre me ha parecido uno de los instrumentos más románticos y créeme cuando te digo que lamento demasiado que la manera en que el mundo desprecia la buena música que va más allá de ritmos pegadizos —me encogí de hombros antes de dar un trago a mi refresco disfrutando de la manera en la que calmaba mi sed.

Siempre que salía a la calle terminaba con la garganta seca y más aún cuando conocía a alguien de repente. El gaznate suplicaba por evitar ese dolor que sentía cuando las paredes agrietadas intentaban encontrar algo de humedad que pudiese beneficiarla de alguna forma quedándose todo en un vago propósito de poder saldar las necesidades de líquido de toda la longitud de mi faringe.

— Gracias, pero no soy tan bueno. Cualquiera podría hacerlo mucho mejor.

Su humildad era dolorosa. No lo decía porque deseaba que le regalasen los oídos, casi podía ver que le incomodaban los halagos porque a duras penas si se creía que tocar el piano no estuviese a la altura de todo el mundo y que con un poco de práctica cualquiera podría hacerlo mejor que él, simplemente no lo habían intentado en serio.

Esos pensamientos no sabía si eran suyos o míos. Yo me sentía así. Siempre creía que cualquier ser era superior en cada aspecto en lo que alguien pudiese decirme que era mínimamente buena. No veía dificultad en aquello que otros parecían ver tan complicado y había intentado hacerles entender que si yo podía estaba al alcance de cualquiera, sin embargo, no tenía porqué ser así en la lógica real. Aunque, como ya sabía, mi cabeza tenía su propia lógica, incomprensible, pero por la que regía todo mi mundo.

— A mí no me importa lo que pueda hacer cualquiera, me importa lo que puedes hacer tú y para mí pueden quitarse todos los Beethoven, Mozart y Chopin del mundo si puedo disfrutar de alguna de tus composiciones.

Me piropo provocó que se pusiese aún más nervioso. Parecía querer decir algo sin encontrar las palabras. Finalmente, sus ojos se posaron en mí, suspiró y se centró en el refresco con un ligero sonrojo recorriendo sus mejillas.

2018 / Ago / 18

El resto del sábado lo había pasado entre novelas, películas de sobremesa y la compañía del silencio de mi hogar. Había intentado mantener a raya todos los pensamientos sobre lo vivido con Gerault. Él era extraordinario, pero una copia de distintos aspectos de la oscuridad que gobernaba el mundo. No había querido pensar más había vaciado mi cabeza de todo. Por eso, el domingo me había despertado con la fuerza suficiente para continuar con mi rutina. Como un modo de voluntariado había querido ir a un centro de rehabilitación de drogodependientes, básicamente porque era un lugar cercano y quería ampliar más mis conocimientos en ese sector. Había escuchado muchos testimonios de otros tipos de enfermedades, pero no de una dependencia a las drogas. Quería encontrar una forma de comprender también las razones por las que terminaban enganchándose hasta el punto de necesitarlas para vivir.

Además, había tenido que derivar a algún paciente a lo largo de mi vida a alguno de esos sitios y jamás había visto si eran lo más propicio para un paciente. Era evidente que esos eran los lugares destinados para ellos, sí, pero ¿en dónde basaban su forma de tratarles y de desintoxicarles? Yo misma había sentido en carne propia que los métodos para tratar a pacientes psiquiátricos en las zonas de psiquiatría no eran las más propicias. A menudo, éramos tratados como animales, así que no sabía hasta qué punto podían tratarles allí de manera digna.

Estaba en la puerta, sin saber si entrar o no hacerlo. Temblaba de pies a cabeza imaginando la posibilidad de que todo aquello fuese aún peor de lo que yo había visto. ¿Sería verdad eso de tenerles amarrados en la cama hasta que se les pasase el mono o tendrían técnicas menos agresivas ahora? Alargué mi brazo dispuesta a abrir la puerta, pero otros dedos aparecieron de repente en mi campo de visión. Las falanges se tocaron y sentí un ligero estremecimiento por mi anatomía igual que una corriente eléctrica, algo que siempre sentía cuando me tocaban desconocidos sin ser precisamente una buena reacción. Separé mi mano como si realmente esa corriente eléctrica hubiese surcado mi anatomía.

— Perdón. No quería…

Mis ojos se encontraron con los orbes indescifrables escondidos detrás de unas gafas de pasta. Parpadeé ligeramente. Él tragó con fuerza. Le dediqué una pequeña sonrisa buscando paliar la tensión del momento.

— No te preocupes. No te había visto —negué antes de encogerme de hombros, pero sin aún atreverme a pasar dentro de aquel lugar.

— ¿Has venido a… ? —señaló el edificio.

— Oh… sí, pero no he venido a desintoxicarme. No… no he probado las drogas en mi vida. Bueno, si quitamos de la lista a todas esas drogas que nos meten los médicos entre pecho y espalda —rodé los ojos porque nos gustase o no, no dejaban de ser drogas que provocaban dependencia. De hecho, algunas de las personas que estaban ahí habían usado algunos medicamentos para colocarse.

— Entiendo. Yo… no puedo decir lo mismo. Probé las drogas y me enganché. Vengo de vez en cuando aquí porque tengo un amigo que sigue ingresado.

— ¿Es tan horrible como creo que es? —pregunté esperando que su conocimiento del interior del local me provocase algo más de tranquilidad.

— Dependiendo de lo abierta de mente que estés —bajó su mirada avergonzado.

— Perdóname, ni tan siquiera me he presentado, soy Kyra Mijáilova —estiré mi mano con intención de estrechar la ajena.

— Derek Vance —su rostro se transformó en una mueca casi de dolor.

— ¿Estás bien?

— Sí, es solo que…

Se quedó en suspenso, sin terminar la frase. Podía sentir casi como si fuese mi propio cuerpo el nivel de ansiedad aumentando de forma exponencial por aquello que estuviese cruzando su cabeza.

— ¡Ya sé! ¿Qué te parece si te invito a tomar algo? Así podemos pensar en otra cosa diferente a lo que haya de puertas para adentro.

Me miró sorprendido, como si en la vida nadie le hubiese ofrecido algo semejante como tomar un café. Su rostro se iluminó ligeramente con una pequeña mezcla entre la vergüenza y la incomprensión. Era extraño que no supiese cómo reaccionar ante algo semejante.

— ¿Ocurre algo? —pregunté intentando contener una pequeña risa porque parecía él más nervioso de lo que yo estaba.

— No, no… nada. Claro, vayamos a tomar algo.

Se ajustó las gafas y esperó a que empezase a caminar. Si me fijaba bien, él me sonaba de algo. No sabía de qué exactamente. Era como si algo sobrase o le faltase a aquel rostro. Él me había tratado de tú en lugar de usted, algo que agradecía para variar porque empezaban a hacerme sentir vieja, sin embargo, daba la sensación de conocerme, así que quizá nos habíamos saludado antes y no era capaz de recordar su rostro, pero su nombre tampoco me sonaba de nada.

— ¿De dónde eres, Derek?

— De… de todas partes en realidad. No creo haber tenido una estancia fija en ningún sitio.

— ¿Y dónde naciste específicamente?

— No puedo saberlo. Nadie me lo ha dicho.

Sus palabras hicieron que frunciese mi ceño sin comprender del todo. ¿Podía ser algo de eso posible? Quizá. Podíamos ponernos en situaciones horribles, en una infancia atroz y que por ese motivo no supiese de dónde era. Esperaba que por suerte para él eso no hubiese sido así dado que ya había tenido demasiada tortura con haber sido adicto a las drogas.

— ¿Y tú?

— Soy de Moscú.

— ¿Rusa? ¿En serio? Vaya, es un país muy interesante aunque sus autores literarios tienen una forma de expresión bastante… densa, al menos, los más conocidos en la historia.

— ¿Has leído a alguno de ellos?

— Guerra y paz. Una lectura amena.

Después de escuchar sus palabras solté una sonora carcajada porque ese libro era de todo menos una lectura amena. Era divertido, sabía hacer bromas, o por lo menos aquella había sido en el momento propicio. No pude evitar seguir riendo ante la idea de pasarse el tiempo leyendo rápidamente aquel libro que podía volverse el Everest de los lectores.

— Si has podido con Guerra y paz, habrás podido con cualquiera.

Me miró con un gesto que denotaba sorpresa por una razón que no llegaba a comprender y quería hacerlo, claro que quería hacerlo. Quería entender porqué se sorprendía de cada cosa que pasaba, pero un pequeño abrazo en mi corazón me hizo sentir la congoja, ¿podía ser otra alma sufridora?

2018 / Ago / 18

Gerault desapareció de mi campo de visión. Intenté soltarme de aquel agarre metálico. Pensaba vengarme me hiciera lo que me hiciese, sin embargo, una parte de mí suplicaba que fuese tan solo una broma, que no fuese verdad, que no me demostrase físicamente nada de lo que había querido hacerme la noche anterior. Cerré mis ojos cuando creí que era imposible negarme a aquello que me quisiese hacer. ¿Si gritaba me escucharían en alguna parte de la casa? Aquella mujer, Marlene, podría venir a socorrerme, ¿no? Pero, si él era lo suficientemente listo habría insonorizado la habitación.

Bien, debía pensar con lógica. Si me había puesto eso era porque nadie se había podido escapar de algo semejante y no me consideraba una especie de superheroína con fuerza descomunal, por lo que estaba descartado. Tampoco, había posibilidad de pedir ayuda. ¿Qué diantres podía hacer para escaparme?

— ¿Asustada?

— ¡Bájame de aquí de una condenada vez!

Se rió y después se puso delante de mí. Solamente cuando vi que su intención era bajarme, fue cuando contuve la patada que quería darle en su entrepierna. Seguro que no estaba acostumbrado a los golpes ahí y le dejarían k.o. como a cualquier hombre, o al menos, le haría sentir un dolor lo suficientemente grande para paralizarle un rato o dejarle caminando como un pato mareado.

— Tranquila, tranquila… solamente era para que sintieses qué es estar un poco de tiempo en esa posición, aunque he de reconocer que te he mirado desde todos los ángulos y quedas de maravilla.

Fruncí mi ceño mirándole de esa forma que mi hermana siempre había calificado como asesina. Cuando estuve de nuevo con los pies en el suelo quise darle esa patada, pero si lo hacía no habría posibilidad de librarme de todo, así que tuve paciencia.

— ¿Qué me hubieses hecho en esa horrible postura?

— ¿Has visto las varas?

Solo nombrarlas provocó en mí un estremecimiento de pies a cabeza. Se me puso la piel de gallina y no por un buen motivo. Él hubiese cogido uno de aquellos listones redondeados de madera y hubiese terminado estampándolos contra mi figura.

— ¿Me hubieses pegado con eso?

— ¿Hace falta explicar lo que hubiese hecho, Kyra?

Mis ojos se fueron hasta sus brazos y en cuanto pude, yo misma me quité aquellas muñequeras o como se llamasen. Se las entregué y tuve que salir de allí tan deprisa como me permitieron mis piernas. ¡Había querido pegarme! Dios… la sola idea me hacía sentir pánico. Mi cuerpo podía estar ahora magullado en alguna parte de la geografía del país cuando hubiese terminado de darme la paliza de mi vida. ¿Qué había de atractivo en todo eso? ¿Cómo una mujer se podía excitar recibiendo golpes? Aquello no dejaba de ser una forma de maltrato por mucho que fuese completamente aceptada por la pareja. No… ¿cómo diablos? Eran parafilias. No era una conducta sexual normal, aunque eso significase que ambos deseaban lo mismo, que sabían los riesgos. ¿Eran opciones viables? Vale, no era tan malo como me parecía la pederastia, pero no creía que eso fuese lo que tuviese que desear una niña que aún no ha cumplido los dieciocho como su primer romance. Era otra forma de oscuridad, igual que aquella en la que los vampiros te ofrecían un amor incondicional a cambio de sangre aunque te estuviesen engañando porque realizaban el ritual con todas las mujeres.

Bien, debía entonces aceptar que había una gran diferencia entre el amor, el acto de entregarse a alguien por amor y el placer lujurioso. Dentro del placer lujurioso la excitación podía no tener límites para nadie. Demasiada información para mi inocente cabeza. Porque sí, debía terminar admitiendo que era más inocente de lo que nunca hubiese creído. El mundo tenía demasiadas sombras que había que alumbrar, demasiado conocimiento lejos de mi alcance y comprensión.

— ¿Estás bien?

Me giré para observarle directamente antes de darle un golpe en el hombro que no pude controlar, pero que me hizo más daño a mí en los nudillos que lo que conseguí con aquella mole de testosterona.

— En la vida hagas algo así a alguien, ¡nunca más!

— ¿Por qué? ¿No le gustan mis bromas?

— A nadie le gustan ese tipo de bromas, Gerault. Por lo menos, a mí no aunque al resto del planeta le gusten.

Suspiré profundamente mientras intentaba serenarme en lo posible. Él me observaba igual que si hubiese perdido una oportunidad de a saber qué. Fruncí mis labios antes de retomar el control de la conversación.

— ¿Me contarás ahora esa parte de tu vida?

Se quedó mirándome, como debatiéndose mientras mordisqueaba mi labio inferior esperando que la respuesta fuese afirmativa dado que estaba bastante molesta por esa broma aún.

— No hay mucho que contar. Conseguí el favor de una mujer millonaria que me mostró cómo era el mundo. Primero me trató como criado, después fui ascendiendo en la escala de su séquito de hombres a su merced. Me metió en tantos trabajos como creyó que podía superar y finalmente, terminé siendo su amante, su pareja y el heredero de su fortuna. La mujer era lo suficientemente mayor como para que resultase asqueroso y todos los adjetivos imaginables para ti. Permití demasiadas cosas que no hubiese aguantado ahora por la ceguera del dinero, el verdadero dios en todo este mundo. No hay mayor religión que aquella que se experimenta a su alrededor.

— Entonces… ¿tienes un prototipo de mujer que te gusta someter?

— Por supuesto. Rubias, con cero neuronas, ojos oscuros… como la mayoría de todas las mujeres que trabajan en mi empresa. Pechos operados, preferiblemente, pues cuando lo único que tienen en cuenta es su físico, la estupidez es aún mayor.

— Entonces, ¿por qué esa sensación de atracción que decía Heinrich que tenías?

— Porque me divierto castigando a las mujeres que se parecen a esa odiosa anciana que me tomó por un yogurín al que beneficiarse, pero tú… tú eres diferente.

Apoyé mi cabeza en la pared antes de soltar un profundo suspiro. Después le miré negando y solté una carcajada.

— Lo único que te atrae de mí es la inocencia, eso que no has encontrado en las mujeres con las que has estado, Gerault. Nada más. Precisamente es la novedad, lo diferente, pero pronto cesará.

Me fui caminando hasta la habitación haciendo lo posible por recoger mi ropa, lavarme los dientes e irme de allí. Había tenido suficiente en las últimas veinticuatro horas para mucho tiempo.

 

2018 / Ago / 18

— ¿Tienes algo que preguntarme?

Le miré sin comprender del todo antes de darle un sorbo a mi leche con cacao. No comprendía porque me habían puesto aquello en lugar del café si no recordaba haber dicho cuáles eran mis gustos al respecto, no obstante, quizá no lo recordaba cuando sí lo había dicho.

— ¿Por qué lo dices?

— Se te pone esa cara tipo presentador de concurso. Sabes que siempre llegará una pregunta después de eso.

— En realidad, sí. ¿Qué ocurrió después de que te fueses de la casa de tus padres? No debió ser nada sencillo.

Terminó su taza de café y fue a dejarla en la pila. Imaginaba que eso era lo máximo que hacía un hombre como él en la limpieza del hogar, algo de lo que seguramente se sentiría satisfecho.

— Mi vida nunca ha sido sencilla, Kyra. ¿Por qué quieres saber eso?

— Básicamente porque tengo una gran laguna de esos años y puede que te marcasen lo suficiente para que terminases siendo quien eres actualmente.

Sus manos se apoyaron en la encimera observándome con atención. Sus ojos parecían estar contemplándome de nuevo y podía ver que su mandíbula tenía ese pequeño tic que indicaba que se estaba poniendo nervioso o que algo no le gustaba demasiado. No quería enfrentarme de nuevo contra ese monstruo que había visto el día anterior.

— Está bien. Te contaré esa parte de mi vida solamente si vienes a que te explique cómo funciona el cuarto de juegos.

Alcé una de mis cejas y solté una carcajada mientras negaba sistemáticamente como si se hubiese vuelto completamente loco.

— No voy a meterme ahí otra vez si es con esas intenciones tuyas.

— No tengo ninguna intención. Quiero explicarte qué es lo que te hubiese hecho ayer de haber accedido a entrar allí para calmarme.

— Pero… ¿prometes que no me lo harás?

— Solamente explicaciones técnicas. Nada más que eso.

Mordí mi labio inferior pensativa observando su rostro e intentando discernir si me estaba creando una trampa igual que se hace con los ratones a quienes se les pone un trozo del mejor queso del mundo y cuando menos lo espera siente el golpetazo del hierro fracturándole la columna para mantenerle ahí, medio muerto o muerto del todo cerca de ese queso traicionero.

— Está bien… me fiaré de ti.

De todos modos no sabía qué tendría de positivo algo así. ¿Para qué deseaba contarme todo lo que me hubiese hecho solamente por calmar su ansiedad o tener una forma de fogar su ira? ¿Quería meterme miedo? Puede que fuese una forma de mostrarme ese monstruo que escondía en su interior sin que escapase de la jaula. Quizá ese era el método más seguro.

Cogió la llave y caminó hacia el cuarto que me había enseñado el día anterior. Le seguí, a un paso por si aún tenía alguna posibilidad de dar marcha atrás si no me encontraba del todo segura en aquella situación. Matt metió la llave y abrió la puerta mostrando aquella habitación que estaba completamente a oscuras. Encendió las luces y me estremecí al volver a verla porque era exactamente igual que la recordaba, un cuarto de torturas más moderno que los medievales.

Entré y escuché el sonido de la puerta cerrarse poco después. Miré a Matt esperando que no la cerrase con llave y cuando estuve segura de que no lo haría, volví a darme la vuelta.

— Entonces, cuéntame, ¿qué hubieses hecho?

Sus ojos grises se deslizaron por mi anatomía y terminó dirigiéndose hasta una de las paredes donde colgaban todo tipo de esposas, grilletes y esas cosas. Fruncí mi ceño y cuando él regresó tenía en sus manos algo parecido a unas muñequeras como acolchadas que solamente podían separarse si se soltaba el gancho que las mantenía unidas.

— ¿Qué es esto?

— ¿Qué crees que son?

— Tienen toda la pinta de ser una especie de grilletes estilo medieval.

Rió y abrió uno de ellos para envolver mi muñeca en él. Después, la cinta que tenía con los agujeros de un cinturón, la ajustó al tamaño de mi muñeca. No apretó demasiado, pero lo fijó igual que se haría con una pulsera. Recordaba que en un momento de mi vida había usado pulseras de cuero porque me habían parecido geniales. Éstas, en cambio, tenían ese acolchamiento interno, que no externo, que no llegaba a comprender.

— ¿Por qué están mullidas por dentro?

— Para causar menos dolor cuando la persona se retuerza y quiera librarse, o también, para evitar una marca más grande si se usa para la suspensión.

— ¿Suspensión?

Alcé una de mis cejas volviendo a fijar mis ojos en Gerault quien parecía divertido teniendo que explicar todo el argot correspondiente a sus prácticas sexuales. Tal y como él había dicho, ninguna de sus sumisas había necesitado aprender nada de todo aquello con él, así que sería una experiencia nueva además de no estar explicándoselo a nadie que fuese a ser proyecto de sumisa ni nada parecido.

— Mira hacia arriba.

Elevé mi mirada al techo descubriendo que había una especie de enrejado encima de mi cabeza. Incliné suavemente mi cabeza hacia un lado sin comprender del todo.

— ¿Amarras esto ahí arriba?

— Así es.

— Pero… está muy alto, ¿cómo puedes?

— Así —levantó su brazo hasta dar con una cuerda que no había visto y empezó a bajar despacio ese enrejado hasta que estuvo a una altura propicia—. De esta forma sujetaría tus brazos ahí y finalmente, volvería a subirlo para realizar la suspensión.

— Y… ¿hay mujeres que aguantan su peso sin sufrir daños con el único punto de apoyo en sus muñecas? La sensación debe ser horrorosa —hice una mueca—. Además, ¿no está demasiado alta para… hacer nada?

Soltó una nueva risa y negó ligeramente.

— Eres tan inocente… —volvió a reír antes de entrecerrar sus ojos—. Sí, hay mujeres que lo soportan y tú también podrías, aunque no creo que fuese a gustarte demasiado lo que pasaría durante tu suspensión.

— ¿Qué me hubieses hecho? —el pánico empezó a invadir mi voz.

— Tranquila. ¿Quieres primero comprobar si es tan molesta como crees la suspensión?

Entrecerré mis ojos al igual que él jugando a una partida de póker silenciosa. Él podía tener planes que yo no sabía, pero no creía que fuese a suceder nada malo. Ambos estábamos vestidos, no había intentado nada demasiado desconcertante… así que, ¿por qué no? Solamente sería un ejercicio físico o descubrir qué tan horrible era una tortura de ese estilo. Esperaba que no me dejase así mucho tiempo.

— Está bien. Pero nada de trucos raros.

— Nada de trucos raros —me concedió con una pequeña sonrisa antes de colocarme la otra muñequera acolchada alrededor de mi otra muñeca, la que quedaba libre.

Después, alzó mis brazos y las agarró al enrejado justo antes de que sus ojos volviesen a fijarse en mí.

— ¿Qué tal?

— Pues como estoy tocando el suelo, no es que sienta nada… extraño, aunque lo haya.

Rió y poco a poco fue elevando el enrejado que provocó que todo mi cuerpo se estirase sintiendo un leve malestar en mis omóplatos antes de ver que se habían quedado tan solo las puntas de los dedos de mis pies tocando el suelo. Vale, ahora sí era incómodo todo esto.

— Sí, creo que ya entiendo porqué usaban esta postura como método de tortura.

— Bien, quédate aquí.

— ¿¡Qué!?

¡Lo sabía! ¡Mi sensatez me lo había dicho y la había ignorado! Aquello no era más que una odiosa trampa.

2018 / Ago / 18

Salí vestida con un jersey largo gris y unas medias hasta la mitad del muslo con unos adornos en rosa como un pequeño lacito unos dos centímetros más abajo de la parte alta de la media. El día había empezado a no ser absolutamente nada apacible. La tormenta golpeaba las ventanas mientras intentaba parecer lo más inocente del mundo vestida de aquella manera. Al único hombre que sabía que aquello le podía haber gustado era a Verdoux, por lo que esperé que en Matt no despertase absolutamente nada.

Caminé sin zapatos hasta llegar a la cocina. El olor a desayuno recién hecho me había guiado en el regreso. Mi cuerpo estaba tenso, inquieto. Los sueños que había tenido esa noche no habían ayudado en nada a calmar las emociones del día anterior. Me sentía traicionera por pensar en alguien que no era más que mi paciente de aquella forma, sin embargo, una parte de mí también se sentía mal porque era igual que traicionar a Verdoux. Ese último pensamiento me puso de mal humor, porque él había terminado escogiendo a alguien muy diferente. Él no tan siquiera debía pensar en mí dado que había sido nada más que un juguete con el que divertirse.

Gerault estaba sentado en su lugar mientras una mujer se encargaba de cocinar. Me preguntaba porqué los ricachones siempre contrataban a mujeres para limpiar, cocinar, planchar…, en definitiva, hacer las tareas del hogar. Es un lugar que por costumbre había terminado siendo de la mujer de la casa y resultaba hiriente. Esperaba que los tiempos cambiasen pronto, lo más pronto posible.

— Buenos días, señorita Mijáilova —dijo la mujer con una amable sonrisa en los labios antes de colocarme una taza de chocolate caliente delante de mis narices, al lado de su señor.

— Buenos días… —dejé la frase en suspenso porque no tenía ni idea de cómo se llamaba.

— Soy Marlene, para cualquier cosa que necesite.

En esa mini conversación, Gerault se había girado lo justo para dirigirme una mirada y mantenerla en mí, como si de otra forma no fuese a felicitarle los buenos días. Mis ojos viajaron hasta su rostro y le regalé una pequeña sonrisa sin poder evitar sonrojarme lo cual provocó un tipo diferente de sonrisa en él. Esa sonrisa que parecía esperar lo ocurrido, socarrona, superior… ¿Habría gritado demasiado alto aquella noche durante mis sueños? Quizá podía haberlos oído lo que me provocaba una vergüenza aún mayor.

— Gracias y… buenos días, Matt —musité sentándome en el lugar que me habían dispuesto antes de ver un inmenso plato con un desayuno para un regimiento.

Respiré profundamente sabiendo que de allí iba a salir con más kilos de los que tenía por pura lógica, pero tenía una pinta deliciosa, así que empecé a comer y le pedí un vaso de agua a Marlene quien tras estar atendidos ambos, se retiró silenciosamente para hacer todos sus quehaceres.

— ¿Conseguiste calmarte?

La pregunta había salido igual que si tuviese miedo y no sabía hasta qué punto no lo tenía. Al fin y al cabo, no era más que un hombre colérico por razones sin sentido que me había dejado sus dedos marcados en los brazos cuando me cogió de ellos para arrastrarme hasta el vehículo medio en volandas.

— Ya lo creo que sí.

Otra vez esa sonrisa que parecía ocultar algo. Quise creer que tan solo eran imaginaciones mías, puesto que al fin y al cabo, él había estado en el gimnasio golpeando su saco de boxeo pues los sonidos habían sido lo suficientemente fuertes como para llegar hasta la habitación.

— ¿Has dormido bien?

— Más o menos, sí —respondí llevando algo de comida a mis labios, pero parándome antes de meterla en mi boca—. Estaba agotada. Me quedé escribiendo hasta tarde.

— Ya lo imagino. Hasta bien entrada la noche no lograste dormir.

Iba a responder, pero aquello que había dicho no había sido una suposición, sino una afirmación rotunda. Me cabeza estaba delirando. Era imposible. Lo máximo que podía haber ocurrido es que él hubiese escuchado los gritos de mis sueños porque había cerrado la puerta con pestillo la noche anterior, ¿no?

— Come.

Lo hice como un autómata. Llevé lo que tenía en el tenedor a mi boca antes de mirarle de reojo. Parecía extrañamente contento, a saber porqué. Me costaba un mundo entender su forma de pensar. Quise comprobar qué posibilidades había y la única que se me ocurría era que hubiese salido de noche y finalmente, hubiese logrado que aquel producto de sumisa accediese a estar con él aquella noche. Por favor, que me dijese que no había habido en aquella casa sexo de ese estilo estando yo allí, porque me ponía enferma por alguna razón que no comprendía.

— Estás contento.

— Así es. Tengo motivos para ello.

— ¿Cuáles?

— Prefiero reservármelos para mí, Kyra.

Misterio. Esto no pintaba nada bien. Necesitaba que calmase mi paranoia, aquella visión de la noche anterior que tenía tan nítida como si no hubiese sido un sueño sino una realidad. Sin embargo, si preguntaba más de la cuenta, quizá él mismo se diese cuenta lo que llevaría nuestra conversación a ese punto y sería increíblemente más incómoda que ahora. Porque, a ver, ¿cómo le preguntas a un hombre si lo que has soñado es un sueño como crees sin que se infle de orgullo deseoso de saber más detalles en el caso de estar en lo cierto y ser tan solo un sueño? Esa clase de habilidades sociales no las tenía en mi repertorio. Jamás me había tenido que enfrentar a esa situación.

Por vergüenza, calle. Continué tomándome el desayuno y suplicando porque en cualquier momento una sumisa llegase a la sala ataviada con a saber qué y terminase comiendo con nosotros a no ser que tuviese su propio lugar para comer con eso de la dominación por completo.

Mi cabeza había permanecido pensando en el complejo Christian Grey, en qué parámetros podía tener para que fuese algo sencillo de tratar o de alguna forma se pudiese dilucidar mejor. Mientras pensaba, el desayuno iba poco a poco terminándose lo que Gerault observaba complacido. No sabía porqué tenía esa obsesión por la comida, pero si las similitudes eran las mismas, recordaba porqué había sido así en el personaje ficticio, así que, aquel hombre como había pasado una temporada fuera de su casa en plena adolescencia, seguramente había debido pasar por lo mismo con respecto al hambre. Sabía lo que debía ser padecerlo, sufrir para encontrar alimento alguno, pero había algo que me descuadraba del todo. ¿Cómo había podido lograr todo esto desde la pobreza más absoluta?

2018 / Ago / 18

Jadeé. Sus fuertes manos empezaban a recorrer mi cuerpo muy despacio, excesivamente despacio. Sus dedos se apretaban a mis caderas y terminaron por quitarme la camiseta. Entonces, su boca atrapó la mía. Me agarré a sus cabellos suplicando porque no se separase, porque me diese aquello que mi cuerpo parecía suplicar a gritos.

Gruñó, lo hizo presa del deseo porque podía sentir su pene golpeando contra mi bajo vientre a pesar de sus pantalones.

Nuestras lenguas rápidamente encontraron una danza que bailar para aumentar aún más la temperatura. Agarró mis manos poniéndolas a ambos lados de mi cabeza y poco a poco me fue quitando las bragas dejándome completamente desnuda y expuesta ante él.

Su primer paso fue observarme con esos ojos grises, intensos, admirando mi anatomía. Su boca atrapó uno de mis pezones y gemí, gemí muy alto sin temor a que nadie me escuchase. Mamó de ese seno casi como si estuviese buscando alimento y me agarré a la almohada simplemente siendo espectadora y disfrutando de todo lo que quisiese hacerme.

Los preliminares eran exquisitos, pero no parecía poder soportar mucho más, así que se bajó el pantalón y me penetró haciéndome gritar por su grosor. Arañé las sábanas y pedí más entre suspiros de placer. Una embestida, un grito. Él parecía disfrutar con aquello aún más que yo. Mi interior buscaba dilatarse lo suficiente para envolverle sin problema, pero le costaba hacerse a esa nueva anchura.

Su cuerpo musculoso me dominaba agarrándome las muñecas e impidiéndome tocarle. Una estocada, dos, tres… con cada una perdía por completo el control de todo mi ser, me retorcía, suplicaba, gritaba, lloriqueaba rindiéndome a la potencia de sus caderas. Mis ojos estaban cerrados mientras ascendía a la cúspide de la montaña llamada orgasmo. Un poco más, solamente un poco más…

Grité su nombre en el instante que llegué a la gloria. Abrí los ojos encontrándome con su expresión de placer y sus ojos grises tan ardientes como el mismo sol mientras se corría en mi interior.

Me desperté, volvía abrir los ojos por mucho queme hubiese costado no hacerlo. Miré a mi alrededor esperando que todo aquello fuese un sueño. Si no lo hubiese sido Gerault aún seguiría allí, ¿no? Pero… ¿por qué me dolía como si realmente le hubiese tenido dentro? Me palpé, había fluidos, me había excitado, vale, pero no parecía escaparse nada de semen de mi interior. ¿Qué diantres me estaba pasando? Seguramente,mi cabeza me estaba jugando una mala pasada como esas pesadillas que me regalaba de vez en cuando y que eran tan reales que hasta me daban ganas de vomitar. El dolor era el mismo que en el sueño, pero suponía que por la vivida experiencia.

Me acurruqué en la cama de nuevo intentando tranquilizarme. Aquello había sido horrible, absolutamente horrible. Sin embargo, me había gustado en el sueño aquella posesión. Incluso podía sentir mis pezones erectos pidiendo ser atendidos.

Era solamente por la falta de sexo y por la estúpida idea que nos hace excitarnos por las feromonas de los «machos alfa», sí, era eso, solamente eso.

Di varias vueltas en la cama intentando volver a dormirme, pero el sabor de sus labios volvía a estar presente. Intenté discernir cuál era su sabor, de quién lo había robado para dárselo a él. Pero, mi raciocinio quedó en el olvido porque Morfeo volvió a reclamarme para que fuese a su mundo.

 

 

— Dilo, Kyra…¿qué es lo que quieres?

— Quiero que me folles…

Sus manos atraparon mis muslos, los abrieron y se metió entre ellos antes de besarme con el mismo ardor que un animal salvaje. Quería tocarle, pero no me dejaba. Estaba obligada a hacer todo lo que él desease.

Su lengua jugó con mis pezones como si fuesen sus juguetes favoritos. Chupó, mordió, estiró, incitó, regalándome dolor antes del placer. Sus dedos se perdieron entre mis labios vaginales y me acordé del cielo cuando atraparon mi clítoris terminaron por pellizcarlo entre sus dedos hábiles.

Me arqueé, grité, supliqué y finalmente me metió dos dedos a los que empecé a no darles tregua con mis caderas. Quería más, ansiaba más, y a él le gustaba hacerme rogar. Era demasiado malvado.

No supe como, pero logré lo que quería. Me dio la vuelta, apoyó su glande entre mis nalgas y poco a poco lo terminó dirigiendo hasta mi sexo palpitante que lo recibió engulléndolo con anhelo. Gemí con fuerza contra la almohada. Sus caderas me embistieron igual que un animal, causándome dolor y placer a la vez. ¿Cómo era posible?

Me golpeó la nalga, me hizo chillar. Puso su mano en mi pubis y alcanzó con sus dedos mi clítoris estimulándolo mientras él permanecía aumentando la pasión de su ritmo constante.

Entorné los ojos por el placer queriendo llegar finalmente a la liberación que me daría el orgasmo.

— Vamos, Kyra, córrete para mí — susurró ronco en mi oído.

Fue casi una orden que no sabía que mi cuerpo pudiese llegara cumplir. Dos embestidas más y había terminado por correrme con fuerza contra su pene duro, venenoso y potente. Grité contra la almohada para ahogar el grito y él me concedió una mínima tregua antes de agarrar mis caderas con sus fuertes manos y embestir de manera violenta, rápida y más placentera para él que por alguna razón a mí también me hacía delirar.

Sentí su explosión en mis entrañas, el beso en su espalda y como el cansancio me ganaba de nuevo abrazándome a la almohada.

Me desperté, era de día. Miré toda la habitación, mi cuerpo. Busqué cualquier indicio de actividad sexual. Había sido un sueño, vale, dos, pero no había pasado de ahí. Los sueños no tenían porqué ser lógicos. Los sueños no demostraban siempre los verdaderos anhelos de uno ni nada por el estilo. Los sueños eran traicioneros cuando se manifestaban en forma de fantasía sexual. Los sueños eran mis enemigos y, quizá, el monstruo que esperaba estuviese mucho más manso aquella mañana. Aún me quedaba hablar de algo más. Quería conocerle un poco más, si es que aún estaba por la labor y no quería perderme de vista, al fin y al cabo, yo había provocado su enfado sin saber porqué.

2018 / Ago / 17

No pude rechistar. Me llevó prácticamente en volandas. Aquello era de todo menos gracioso, empezaba a temer que usase su fuerza en mi cuerpo. ¿Aceptaría ser pegada en algún momento de mi vida? ¿Es eso lo que quería en realidad? Debía reconocer que la historia me la habían vendido muy bonita, pero ¿quería arriesgarme a algo así? Ahora lamentaba que mi padre no me hubiese enseñado judo para defenderme como quisiera frente a armarios roperos como este.

El viaje en el vehículo fue silencioso. No había podido protestar siquiera cuando ya estaba dentro y con el cinturón puesto. Dudaba que Jeffrey pudiese oirnos detrás de ese cristal que había entre la parte de delante y la parte trasera del coche. El interior del vehículo solamente estaba iluminada con las luces de la ciudad. Podía ver las manos de Matt tensas, hechas puños, conteniendo lo que deseaba hacer fuera lo que fuese.

— ¿Por qué has dicho eso de Heinrich? —me atreví a preguntar.

Sus ojos me perforaron igual que si deseasen matarme en ese mismo instante.

— ¡Ahora no, Kyra! —me gritó a pesar de la cercanía y su grito rebotó por todo mi ser.

La puerta se abrió del vehículo y Matt salió igual que lo haría un perro que está deseando salir de su encierro. Jeffrey me miró y me hizo un gesto que me indicaba que debía seguir a aquella bestia enfurecida. Era igual que ver a Hulk, solamente le quedaba teñirse de verde para dar aún más miedo.

Las puertas las abría de sopetón sin cerrarlas después, dejándome paso. Cerré la puerta de entrada temerosa de haber decidido quedarme dentro. El clic de la puerta hizo efecto en él, quien se giró bruscamente como si hubiese hecho el ruido más insoportable de la Tierra y me apreté a esa misma madera que acababa de cerrar por instinto, igual que si pudiese traspasarla.

— ¿¡Hamann!? ¿¡No podía ser otro!?

Abrí mis ojos como platos. No entendía nada. ¿Cómo que no podía ser otro? ¿Se conocían? Heinrich, al menos, me había dado la impresión de que sí.

— ¡Responde!

Me estremecí por completo por la forma en la que había vuelto a gritar.

— Heinrich es mi amigo. ¿Qué pasa con eso? No entiendo nada, Matt, en serio. Relájate porque no tiene sentido tu arrebato.

— ¿¡Qué no tiene sentido!? ¿¡Sabes lo que quería Hamann de ti!?

— No quería nada y… ¡deja de gritarme!

Estaba completamente ido y ese grito no ayudó para nada. Tragué en grueso y después se quitó la corbata, la chaqueta y empezó a desabotonar su camisa caminando hacia el salón. Casi podía escuchar sus gruñidos una y otra vez. Iba como un toro bravo, completamente perdido el oremus, dispuesto a dar con sus cuernos a cualquiera que se cruzase por su camino.

Tiró su ropa al suelo mostrándome esa espalda completamente musculosa. Había músculos en ella que no sabía siquiera el nombre que tenían. Era ancho, muy grande, muy feroz… Si me le hubiese encontrado en un callejón oscuro en semejante situación hubiese salido corriendo gritando en busca de ayuda porque un monstruo se había escapado.

— Tranquilízate…

— ¡No puedo relajarme, Kyra, no es tan fácil!

— ¿Puedo ayudarte de alguna forma?

— No creo que estés dispuesta a pasar a mi cuarto de juegos…

Su frase hizo que me estremeciese. Sí, él estaba dispuesto a meterme allí, era evidente, y yo… ¿hasta qué punto estaba dispuesta a aceptar algo semejante por ayudarle? Nada de sexo, no sentía esa atracción… ¿o sí? ¡Era mi paciente!

La lógica no surcaba por mi mente. Quería salvarle del ataque de ansiedad que podía terminar provocando toda aquella situación y un hombre de su corpulencia, perdido, no era buena idea, ni mucho menos.

— ¿Hay algo más que te ayude?

— El ejercicio.

— Entonces, buenas noches, Gerault. Y haz todo el ejercicio que necesites.

Me retiré. Sabía que mi presencia probablemente aumentase la ira porque era un claro recuerdo de lo sucedido. Me sentí incómoda, tenía mucho que analizar, pensar, comprender, pero me faltaba información y por el momento no leí mentes.

Entré en la habitación, me quité el vestido, las joyas, me desmaquillé y tras recogerme el pelo en un moño medio deshecho me metí en el ordenador que habían dejado sobre el escritorio. Era el mismo que me había prestado. Tecleé varias cosas en un documento Word que abrí mientras de fondo podía escuchar los continuos golpes a lo que esperaba que fuese un saco de boxeo y no uno de sus empleados.

Terminé poniéndome una canción de fondo intentando paliar el temblor que me provocaban esos golpes secos, duros, fuertes, intensos. Gracias al cielo estaba conectado a internet así que no tuve que hacer demasiado para empezar a escuchar Slave to the rhythm. El rey del pop siempre lograba subirme el ánimo, de la forma que fuese y hacerme olvidar por completo la situación en la que estaba trasladándome a otros mundos o simplemente, permitiéndome escribir.

Cerré mis ojos imaginándome a esa esclava del baile y pensé que yo misma podía ser ella. Los ritmos de la música siempre me hacían perder el control de mi cuerpo y de mi mente.

Canción tras canción terminó siendo tan tarde que me sorprendió haberme podido mantener despierta hasta entonces. Estaba completamente derrotada. Me sentía exhausta. Me restregué los ojos percatándome que aún me había quedado un poco de eyeliner que no había logrado quitar bien al desmaquillarme.

Quité la música y disfruté de la sensación del silencio. Me levanté de la silla del escritorio y después, me metí en la cama con la camiseta grande y vieja que me había puesto antes de encender el ordenador. Me abracé a la almohada y tras mirar una última vez la habitación vacía, apagué la luz. Seguramente Gerault había terminado yéndose a dormir por el agotamiento que debía tener en su anatomía.

No me costó demasiado dormirme, cualquier ruido no hubiese podido hacerme despegar los párpados. Podía caer un meteorito que no me enteraría. Y eso lo aprovechó mi mente para soñar y claro que soñó…