2018 / Ago / 21

Aquella noche no dormí. Tampoco había planeado hacerlo en un principio. Horas de estudio habían sido cambiadas por una maratoniana sesión de sexo lujurioso. Había olvidado lo viva que se sentía una después de esos momentos aunque no fuese amor incondicional. Dormí en sus brazos tan solo un par de horas cuando ya hubo amanecido y se quedó a mi lado todo el tiempo. Cogió el teléfono cuando me llamaron del trabajo y dijo que no estaba bien para ir a trabajar. Me dio un día de vida sin ser una esclava y cuando desperté, él estaba allí, observándome mientras con sus gafas puestas hacía lo posible por retratarme de esa forma.

Entrecerré los ojos por el reflejo de la luz y luego observé que tanto en el dibujo como en la realidad uno de mis pechos estaba fuera de manera provocativa, intenté taparlo, pero no me dejó. En su lugar, su boca fue hacia ese pezón que bastante había maltratado aquella noche y chupó de él haciéndome gemir de gusto mientras me empezaba a retorcer debajo de su cuerpo hambriento de mí.

— Derek…

— Buenos días, Kyra —se metió debajo de las sábanas y empezó a bajar su boca por mi cuerpo haciendo que tapase la mía propia para que no se me escuchase tanto gemir. Sus labios besaron mi monte de Venus, atraparon mi clítoris y buscó encenderme de nuevo.

— Para…

— Déjame desayunar… —susurró antes de lanzarse a por mis labios vaginales que aún seguían sensibles por las constantes atenciones de horas anteriores.

¿Desayunar? ¿Quién era él y qué había hecho con el Derek tímido que a duras penas podía mantenerme la mirada? Grité agarrando sus cabellos debajo de la sábana y tiré de ellos mientras lograba hacerme perder la cabeza de nuevo con su boca demandante.

Su lengua recorrió cada lugar de mi ser que le permitía acceso la naturaleza y sus constantes atenciones en los lugares precisos me hicieron llegar al orgasmo tan pronto que me sorprendí a mí misma gritando su nombre antes de lo que esperaba. Sus manso mantuvieron mis piernas bien abiertas y bebió mis fluidos como si fuesen el néctar de los dioses. Limpió despacio, muy despacio y cuando salió de debajo de las sábanas toda su barba estaba algo mojada.

— Eres de lo que no hay —susurré antes de acariciar su mejilla con uno de mis dedos.

— Mira quién fue a hablar.

— Se te han empañado las gafas —reí quitándoselas para que pudiese ver mejor si es que realmente conseguía algo así.

Besó mis labios y después, se levantó completamente desnudo, con una gran erección paseándose hasta la cocina donde había sonado una pequeña campana. Mi chef favorito había hecho algo que olía de maravilla incluso mezclado con las toneladas de olor a sexo que había en mi habitación.

Me fijé en su espalda completamente musculosa. ¿De dónde demonios se había escapado ese hombre? Abdominales y pectorales bien definidos, una deliciosa V que llevaba a aquel falo erecto hambriento de otra sesión de sexo, piernas torneadas… Además de ser pintor se machaba en el gimnasio haciendo ejercicio y no lo parecía con esa ropa que llevaba. Me permití babear como no había hecho desde la adolescencia y mordí mi labio inferior sintiéndome una bruja robando al príncipe del cuento.

Me miró desde la cocina y después, aproveché para caminar hasta él intentando resultar atractiva sin una pizca de ropa encima que tapase mis imperfecciones. Sus ojos se deslizaron por toda mi anatomía ondulante y cuando llegué a su lado agarró mis muslos para subirme a la encimera de un fácil movimiento. Tomé su rostro entre mis manos y besé su boca apasionadamente. ¿Podía una ser adicta a alguien que acababa de conocer?

Apagó todo lo que tuviese que apagar para que no se echase a perder y se dejó llevar en aquel beso mientras su pene rozaba con su glande mis labios vaginales. Derek había conseguido que me olvidase absolutamente de todo y mientras sus labios bajaban por mi cuello. Me estremecí por completo y solté un gemido antes de que su boca atrapase parte de la base de mi seno derecho con sus labios juguetones.

— Fóllame, Derek.

Aquella petición salió con un tono que esperaba fuese seductor. Él gruñó como si hubiese dicho las palabras exactas y me bajó de la encimera, me colocó de espaldas, apoyó mis manos en el borde de ésta y se acercó a jugar con el lóbulo de mi oreja.

— Manos quietas.

Colocó mis caderas como le vino mejor y luego, entró de una sola embestida tan dura que provocó que mis caderas casi se chocasen contra la encimera. Me agarré más fuerte con mis ojos cerrados sintiendo el vaivén de mis senos y con ello la forma en que se frotaban con la encimera como columpios en los que se arrastraban los pies.

Sus caderas eran letales, no tenía forma de evitar un golpe igual que un terremoto cada vez que volvía a entrar llevándose mi cordura de paso. Eché mi cabeza para atrás, grité, busqué un mejor agarre, pero él era mucho más potente que yo. Me podía manejar igual que a una muñeca y por primera vez en mi vida creí que el sexo duro sí podía ser para mí. Él lo hacía diferente, sabía hasta dónde y cómo usar su fuerza. No había dolor, había placer, mucho placer. Me temblaban las piernas igual que si fuesen de mantequilla. Derek era un condenado dios del sexo y aquello estaba bien, muy bien.

Agarró mi cabello, tiró de él y siguió bombeando mi interior casi al punto de hacerme chillar como no lo había hecho en la vida. Lloriqueaba, necesitaba más, mucho más, quería explotar a su alrededor, volver a sentirle llenarme, sentirme mala, sentirme ante las puertas del cielo y que se me echase a patadas de él por pecadora. Deseaba ser todo lo que durante mucho tiempo no había sido, ¡quería liberarme!

Embestida tras embestida, beso tras beso, nuestros cuerpos volvieron a fundirse en uno y alcanzamos el orgasmo en el mismo instante, empapando al otro con el fruto de nuestro placer.

2018 / Ago / 21

— Levanta el mentón…

Ni tan siquiera sabía cómo había accedido a eso. Quizá había sido su boca demasiado cerca de la mía. Quizá mi propia debilidad. Quizá esa necesidad de estar en otro mundo, en otro lugar, vivir otra vida diferente de la que me había tocado y quitarme de la cabeza a Douglas de una vez por todas.

Me sentía igual que en la película de Titanic. Desde que había visto a Leonardo DiCaprio y a Kate Winslet en ese momento, había soñado con una escena igual de romántica que esa. Allí no había romanticismo en realidad, solamente un pintor y su musa intentando estarse lo suficientemente quieta como para que la pudiesen retratar.

No estaba desnuda. Tampoco creo que hubiese tenido el suficiente aplomo como para posar solamente con un collar o sin nada que me diese ni un mínimo misterio. Él había escogido la postura, no era difícil de mantener, pero hasta que uno no tenía que estarse más de dos minutos quieto sin mirar algo específico no llegaba a saber lo complicado que resultaba, por lo que ahora entendía el duro trabajo de una modelo de algún curso de pintura.

Me había quitado la goma del cabello y había dejado que éste cayese por mis mejillas hasta mis hombros realizando unas ondas naturales en el proceso, me había pedido que mantuviese los labios ligeramente entreabiertos, que no mostrase sonrisa alguna y que mirase hacia un punto fijo en una pared cercana. Después, me había tenido que repetir de nuevo todo porque a mí me había picado la nariz y habíamos vuelto al punto de partida.

Sus dedos habían jugado con mis cabellos hasta colocarlos del modo que más adecuado le resultaba. Y llevaba un total de tres horas dibujándome, despacio, corrigiendo proporciones, luces y sombras. Ni cuenta me había dado que había caído la noche.

Cuando finalmente dejó el carboncillo sobre el papel, me miró con una pequeña sonrisa en los labios. Esa pequeña sonrisa significaba que no estaba nada satisfecho de lo que había hecho. Era igual que yo, de cara a la galería asegurábamos que el trabajo estaba hecho, pero no era perfecto para nosotros.

— ¿Me dejas verlo?

Asintió bajando la mano que había estado a punto de arrancar esa hoja y arrugarla para tirarla al suelo. Cogí el dibujo entre mis dedos para observarme a la luz de las luces que había tenido que encender con el paso de las horas. Sus dedos habían trazado a la perfección sombras, era prácticamente igual que ver una fotografía y por un instante, solamente un instante, fui capaz de verme hermosa.

— Es…

— Horrible, lo sé. Perdóname. No… no sé cómo captar tu belleza. No habría maestro que pudiese hacerlo. Tus ojos, tu boca, todo tu ser… Kyra, perdona. Prometo que lo solucionaré, que te retrataré como realmente eres.

— Derek, me has retratado como soy. Bueno, quizá más guapa de lo que soy.

— ¿Más guapa de lo que eres? Kyra, ¿te has mirado alguna vez? No, no es tu exterior lo que te hace hermosa, aunque lo seas, sino… tu ser. Eres…

— ¿Diferente? —suspiré antes de devolverle el dibujo.

— Muy diferente.

— Toda mi vida he sido la diferente. No es algo nuevo.

— No, Kyra, no es ningún insulto. Al contrario. Lo diferente, lo extraordinario es lo maravilloso de este mundo. Eres única.

Sus palabras provocaron que mis mejillas se tornasen de un intento escarlata. Me había dicho un piropo que le había provocado timidez hasta a él mismo. Había dejado el dibujo a un lado, se había acercado a mí y sus dedos volvieron a deslizarse por mi mejilla enrojecida mientras mis ojos se clavaban en los ajenos.

— Creía que había una chica a la que no te quitabas de la cabeza.

— Así es… Tú.

Su confesión incendió aún más mi rostro, me hizo no saber ni cómo moverme, mis manos temblaban, mi corazón suplicaba por no ser destrozado de nuevo. Si esta era la venganza de Douglas le estaba saliendo a la perfección y Derek era un magnífico acto, sino era lo más bonito que me había pasado desde que Gustav me había confesado sus sentimientos.

Sus labios rozaron tímidamente los míos y casi me hizo llorar. Me trataba como si fuese algo quebradizo, algo maravilloso, una obra de arte al alcance de muy pocos. El beso fue muy suave, muy dulce y cuidadoso; pero eso cambió rápidamente en cuanto hubo probado mis labios. Atrapó mi boca en un beso apasionado y fiero. Sus manos se asentaron en mis caderas y echaron hacia atrás mi anatomía buscando el refugio del sofá.

La temperatura había aumentado tan rápidamente que no fui consciente de cuánto hasta que mi cuerpo se movió por sí solo buscando más de él. El recorrido de nuestras lenguas era tórrido mientras se exploraban mutuamente. Mis dedos se agarraron a su cabello en busca de un desesperado intento porque su boca no desapareciese, porque no se marchase, porque siguiese lo que había empezado.

La ropa nos sobraba. Mis dedos se agarraron a su camiseta tirando hacia arriba. Él se encargó de que no se le cayesen las gafas y las dejó junto al resto de nuestras prendas que poco a poco iban mostrando nuestros cuerpos desnudos. No tuve demasiado tiempo para fijarme en su cuerpo ni él en el mío, la pasión era mayor que cualquier otra. Sabía que era peligroso, sabía que dolería y aún así no me importó cuando se perdió en mi interior haciéndome gritar por el placer de saciar el hambre de mis entrañas.

Su boca fue a mis senos, grandes, necesitados de atenciones que parecieron ser unos de sus juguetes favoritos mientras embestía de manera profunda, endiablada, pero idónea para el momento. Éramos dos seres dejándose consumir por la lujuria, imitando al monstruo de dos espadas que describió Shakespeare y arañando la piel del otro para dejar que nuestro nombre calase en lo más profundo de nuestro amante.

Gritos, gemidos y el golpeteo de nuestras caderas era lo único que se escuchaba en mi habitación mientras Derek nos llevaba al mundo que estaba vetado para todos los mortales.

2018 / Ago / 20

Su expresión era de completa sorpresa mientras terminaba de ver el vídeo y también le enseñaba todo lo que había en el pendrive.

— ¿Has leído todo esto? ¿Mi expediente también?

Fui a la cocina para coger helado. Necesitaba algo frío, el hambre había vuelto con una fuerza inusitada y si no terminaba haciendo ejercicio en algún momento sabía que mi maravilloso ataúd tendría que ser reforzado para que pudiesen meterme en el nicho.

— He intentando averiguar qué es lo que se supone que hay ahí escondido, pero lo único que consigo es que mi cabeza quiera escaparse por un lado para librarme de todo eso. No sé siquiera si puedo confiar en ti, Derek; pero necesito confiar en ti así que más te vale que no me esté equivocando porque sino a donde me lleve Douglas irás conmigo —le señalé con la cuchara manchada de helado aunque vaciada.

Frunció su ceño y se acercó a mí antes de apoyar sus codos en la encimera de la cocina intentando mantenerme la mirada.

— ¿Qué te hace pensar que puedo tener algo que ver con ese hombre, Kyra?

— Cuando apareció de manera más abrupta en mi vida fue en Londres, tú estuviste en Londres. Regresa a mi vida poco tiempo después de conocerte a ti… ¿no crees que son muchas coincidencias?

— Reconozco que las casualidades, sí, pueden señalarme fácilmente; pero, ¿me señalan solamente a mí?

Hice una mueca y luego terminé sentándome en el sofá sin separarme de mi bote de helado. Él me siguió con la mirada hasta que terminó poniéndose de cuclillas frente a mí, acariciando mis piernas desnudas casi como si temiese que fuese a romperme si ejercía más fuerza de la necesaria.

— No. Te confieso que Gerault y Tatiana también me escaman lo suyo. Es todo demasiado extraño. Te confieso que lo único que me dan ganas es de irme, desaparecer, pero si mató a Rochester no creo que no vaya a hacer lo mismo con algún miembro de mi familia y no puedo evitar pensar en mi hermana. Ella se pasa la mayor parte del tiempo fuera de casa, yendo de país en país para estudiar las antiguas civilizaciones. Si Douglas tiene realmente a tanta gente a sus órdenes, ¿qué le impediría arrebatarle la vida? No puedo permitirme que nadie más sufra por mi culpa, Derek.

Me miró a los ojos y después su mano temblorosa acarició mi mejilla. Me dejé disfrutar de la sensación, gozar de una muestra de aprecio aunque en ese instante cambiase de opinión y me partiese el cuello de un hábil movimiento.

— La belleza a menudo se encuentra en los momentos más tristes… —escapó de sus labios como si recitase algún texto en concreto.

Confusa esperé a ver si decía algo más, pero en lugar de eso, calló. Cesó sus caricias y se sentó a mi lado. Me incorporé y me acurruqué en su pecho sentándome sobre sus piernas antes de volver a comer el helado, porque estaba necesitada de no sentirme sola, porque quería confiar en él y porque mi cabeza ya no daba para más problemas. Le di un poco del helado esperando que no fuese ni intolerante a la lactosa ni tampoco escrupuloso por eso de compartir la cuchara. Entreabrió sus labios y comió el helado antes de que observase sus ojos con curiosidad.

Dejé el bote de helado en la mesa, donde pude, y le quité las gafas para comprobar cuál era la graduación que tenía. Me las puse sin decir palabra.

— ¿Me quedan bien? —pregunté a pesar de que le veía bastante regular.

— Te quedan mil veces mejor que a mí.

Me sonrojé y me quité las gafas. Fui a ponérselas, pero antes contemplé su rostro sin que absolutamente nada lo ocultase del mundo. Tenía una belleza diferente a las que había contemplado en mi vida. Era tímido, pero había muchísimo potencial en él y por mucho que el mundo se obcecase en obligarnos a quitarnos las gafas porque no eran «estéticamente bonitas» o por los complejos que acarreaban, nunca le hubiese dicho a él que se las quitase. Eran parte de su identidad. Por eso, con muchísimo cuidado, deslicé las patillas hasta volver a situarlas justo encima del puente de su nariz. Él tragó en grueso, de forma audible, solo me miraba, nervioso sin pestañear siquiera.

Tras lo que para mí fue un silencio cómodo, empecé a contarle toda mi historia, toda la vivencia con Douglas, todo lo sucedido con todas las personas de mi vida. Si él era el traidor en toda esa sin razón que me quitase la vida sabiendo todo, absolutamente todo lo que había tenido que vivir, lo que no, lo rota que estaba por dentro y me permití llorar. Lloré cuando le conté lo sucedido en el colegio, también lo que me pasó en el instituto, mi duro camino en la vida hasta llegar a estar lejos de un hospital y la continua lucha de mi mente. Una parte de mí quería que huyese, lo deseaba con demasiada fuerza, dado que si se iba no me haría más daño, no le cogería cariño, no le necesitaría para seguir dando pasos para adelante.

Calló. Escuchó. Meditó. Me ofreció consuelo cuando lo necesité. Acarició mi cabello en busca de calmar mi llanto. Besó mi frente, me apretó a su pecho y se mantuvo expectante hasta que hube terminado mi relato incluyendo a aquel ser odioso y cómo había tenido que enfrentarme a él.

— Seguro que ahora no quieres pintar a un montón de fragmentos rotos, ¿verdad?

Una pequeña risa amarga escapó de entre mis labios entremezclándose con mi sollozo. Sus dedos se metieron entre los mechones de mi cabello hasta llegar a mi cuero cabelludo y darme un masaje que muy lentamente me hizo darme cuenta de lo poco que había disfrutado antes de los masajes en aquella zona en las peluquerías. Él tenía una manera única de calmar cada fibra nerviosa de mi anatomía y cuando cerré los ojos, me perdí por completo en el bienestar otorgado.

— Ahora más que nunca quiero retratarte… —su voz sonó demasiado cerca, sus labios estaban a milímetros de los míos y podía leer la sinceridad en su mirada. Él se había prendado de mi historia como un alma rota que busca otra con la que poder formar una sola.

2018 / Ago / 20

Después de lo ocurrido aquel día, había tenido que trabajar como si tal cosa. Había hecho una lista de todas las siglas con sus correspondientes nombres completos. Había tachado de esa lista los nombres que consideraba que no podían cuadrar o entrar dentro del universo de Douglas. La última persona a la que me había encontrado por casualidad y en dos lugares diferentes había sido Derek. Era mi principal sospechoso. ¿Él podría ser alguien que desease hacerme daño cuando me había mostrado otra faceta? Sin embargo, no era el único, Heinrich también había estado en los dos sitios también y si me ponía a sospechar podía ser hasta Chloe. Estaba empezando a emparanoiarme lo que no me ayudaría ni lo más mínimo en mi propósito. El problema principal residía en algo muy simple, ¿en quién podía fiarme?

Mi casa se había vuelto un continuo ir y venir de papeles. Había sacado toda la información gracias a la pequeña impresora que tenía porque me negaba a aceptar que alguien pudiese ver todo aquello. En cuanto había abierto la primera carpeta había encontrado todo tipo de información, algunos de ellos clasificados que me permitían leer tan solo lo que él quería que leyese. Ni aunque lo pasase por el photoshop o copiase y pegase el archivo pdf era capaz de descubrir lo que había debajo de las censuras. Mataría a Douglas si no lo hacía él primero. ¿Y si todo eso era para meterme en una trampa aún mayor? Todas las fotografías y documentos estaban en mi habitación, perfectamente archivados en un caos monumental, aunque para mí, estaban como debían estar.

Había dejado de tener vida desde el momento en que el pendrive apareció en mi hogar. Me había obsesionado hasta el punto de considerar que debía cambiar todo de mí, que debía huir y había tanto que tener en cuenta que mi cabeza estaba a punto de explotar. Por eso, el momento en que llamaron al timbre de mi casa me di un susto de muerte. Cerraba con llave aunque supiese que no iba eso a poder evitarme la muerte en caso de que quisiesen dármela. Caminé descalza hasta la puerta y después miré por la mirilla hasta encontrarme a Derek en el rellano, nervioso. Tuve que recordarme a mí misma que le había dado mi dirección y mi número de teléfono para no llamar a la policía antes de tiempo. ¿Debía abrir?

Finalmente, decidí abrir la puerta. Derek estaba al otro lado mirando al suelo medio girándose para irse del rellano. Observé su expresión y él terminó mirando la mía por lo que sus facciones cambiaron rápidamente a la preocupación más absoluta.

— Kyra, ¿estás bien?

¿Podía fiarme de él? Pudiese o no, necesitaba hacerlo. La ansiedad estaba pudiendo conmigo, por lo que terminé abrazándole por el cuello y dejándome soltar todo el dolor que se había acumulado en mi pecho. Lloré contra su hombro mientras me aferraba a su cuerpo. Derek envolvió mi cintura con sus brazos y deseé que no fuese él, que la única persona más afín a mí no fuese quien estuviese metido en aquel mundo, en el universo gobernado por Douglas.

Cuando conseguí serenarme, dejé que entrase. Cerré la puerta detrás de él y me percaté que sus manos no estaban desocupadas, tenía una carpeta en la mano.

— ¿Qué llevas allí? —pregunté temerosa de haberme confundido al haberle dejado entrar a mi hogar.

— Llevo folios y lapiceros… nada más. Siempre suelo llevarlos conmigo.

Desvió su mirada para mirar su carpeta antes de que dejase que mi cabeza cayese sobre el respaldo del sofá. Me dolía, muchísimo. Sentía un pinchazo constante encima de mi ojo izquierdo y esperé, pacientemente, a que él me clavase el cuchillo traicionero por haber sido tan estúpida como Douglas había pensado que lo era.

— ¿Para qué has venido, Derek?

— He venido para preguntarte algo, pero no sé si aceptarás. Además, viendo como estás no es importante.

Enarqué una de mis cejas y fui consciente que mi casa estaba llena de todos los papeles que me había mandado Douglas, incluyendo los de la vida de Derek que no me había parado a leer aún. En realidad, dudaba acordarme de los datos de todos los expedientes, sentía como si toda mi cabeza se hubiese vaciado repentinamente sólo para permitir que ese dolor incesante siguiese poniéndome de mal humor.

— Te confesaré algo. Suelo pensar lo peor cuando alguien no me dice lo que realmente quería hacer o decir de un principio. Y eso «peor» lleva a que me ponga de un humor de perros. Sí, lo sé, soy insoportable, pero prefiero que se sea sincero conmigo a que uno se calle porque si no…

— Está bien, está bien —suspiró dejando la carpeta encima de sus piernas sentado a mi lado en el sofá—. He venido para ver si te importaría posar para mí, para dibujarte.

— ¿Dibujarme? ¿En serio? Pero si soy lo más feo que transita por la Tierra, Derek, no creo que sea la mejor opción. ¿Por qué no le preguntas a esa maravillosa vecina medio modelo que tienes?

Frunció el ceño volviendo a fijar sus ojos escondidos tras aquellas gafas, en mí.

— ¿Quién?

— Rubia, medio mona, medidas de modelo, aunque más bajita que yo —musité intentando describirle a su vecina.

— Oh… ya sé quién dices —soltó una pequeña risa para luego continuar—. Lleva esperando que le pida que pose para mí desde que me mudé a ese edificio.

— Pensé que los hombres no os dabais cuenta de ese tipo de cosas.

— No somos tontos, aunque tengamos pinta de serlo, en realidad, sí, pero nos gusta hacernos los tontos en algo que sabemos diferenciar bien. Los hombres sabemos cuando se nos insinúan. Seguro que tú también lo tienes que saber. Lo único, que lo más fácil es fingir estar despistado cuando alguien no te interesa lo más mínimo y luego, cuando alguien sí nos interesa, nos volvemos ciegos, sordos y mudos —suspiró sin llegar a mirarme a los ojos ni un solo segundo.

— Seré entonces la única que no se percatada de nada, porque a duras penas si sé cuando le gusto a alguien. ¿A ti te gusta alguien?

— Hay una chica en la que no puedo dejar de pensar, pero dudo ser capaz de conquistarla.

Suspiré profundamente para luego apoyar mi cabeza en su hombro.

— Tengo algo que contarte, Derek. Temo hacerlo, pero… necesito ayuda o me volveré completamente loca.

— ¿Qué es?

Cogí aire antes de ir a por el ordenador, lo puse frente a él y después di a que el video se reprodujese. Puede que de esa forma tuviese un aliado en todo eso.

2018 / Ago / 20

Mi cuerpo tembló en la silla y tuve que contener mis ganas de soltar un chillido. Mi corazón iba tan rápido que a duras penas si podía escuchar lo que el millonario encarcelado estaba diciendo. Tenía que recordarme a mí misma que ese hombre estaba lejos, muy lejos de mí. Estaba interno en una cárcel al otro lado del charco, pero había logrado encontrarme, él o alguien de aquellos que trabajaban para él tenían mi dirección en su poder así que ya no estaba a salvo. Si salía sabría dónde ir. ¿Podía ser aquel día aún peor?

Paré el vídeo. No había podido atender a media palabra de lo que había dicho. Mis dedos me temblaban y se me quitaba el hambre igual que si mi cuerpo suplicase por devolver todo lo que acababa de comerme. Miré la pantalla como quien contempla su peor pesadilla hecha realidad sin poder quitarle los ojos de encima. Él había vuelto a aparecer para terminar de desquiciarme. Yo no era nadie para que el mundo jugase tanto en mi contra así que no entendía porqué lo hacía. Solo esperaba que quien fuese, se estuviese divirtiendo de lo lindo.

Cuando conseguí encontrar fuerzas en algún lugar de mi ser, volví a poner el video al principio. Escuché todos aquellos ruidos y volví a verle cuando había deseado en lo más profundo de mi ser que fuese una pesadilla y me pudiese despertar.

— Buenas, Kyra. Has sido bastante difícil de encontrar, pero como ya imaginarás para mí no hay nada imposible. Fue muy astuto de tu parte dejar a alguien tu hogar para que las cartas no regresasen a la prisión y así no me diese cuenta antes de tu huída —negó varias veces mientras chasqueaba la lengua—. Me decepcionas. Pensaba que eras mucho más valiente de lo que en realidad eres. Huyendo del lugar donde nos conocimientos solamente me has hecho desear salir cuanto antes de este horrible agujero de cloaca para buscarte. Lamentablemente, los guardias de aquí no son tan fáciles de… engatusar. Es una lástima, estoy convencido de que tú también me echas de menos.

» He sabido que has terminado con Verdoux, sabia elección. Sabía que terminarías comprendiendo que la pelirroja no era otra que su hermana. ¿Puedes creerte lo asqueroso que resulta? ¡Con su hermana! Ni tan siquiera sé cómo aguantó más de cinco minutos vivo aquella rata de estercolero. No obstante, para esa parte demasiado buena de tu ser, te sacaré de ese miedo que seguro te ha entrado: no está muerto. Se fue, por ahí, se perdió por el mundo y no tenía porqué acabar con él una vez que ya no estaba en tu vida, ¿verdad? Es una lástima porque hubiese deseado matarle, pero los hombres… no son lo mío, sinceramente. Las mujeres morís de una forma mucho más bella.

» Sé que no has leído ninguna de mis cartas y es una verdadera lástima, estuve muy inspirado en muchas de ellas. Por eso te he hecho una recopilación de todas y cada una en la carpeta números dos. Como seguro te habrás dado cuenta tiene una contraseña, pero perdóname si no te la doy tan fácilmente. Además, si crees que así no deberás leerlas, me temo que estás equivocada. Allí encontrarás la clave a muchas de las preguntas que tendrás ahora mismo en la cabeza porque sí, pequeña, soy más inteligente de lo que creías que soy. Serás… mi juego favorito. Anda, sé buena y deja que me divierta contigo ahora que tú me has metido en este maravilloso lugar.

Se llevó un cigarrillo a los labios, aspiró su humo como si fuese la fuente de la juventud o de su propia vida.

— No voy a mentirte, preciosa, aquí no está nada bien. Por mucho que lo intento no puedo llevar mis trajes, me han dado palizas hasta por respirar tan solo, pero uno se termina acostumbrando. Me estoy aclimatando. Consigo cosas de fuera, tengo mis contactos, así que será mejor que te portes bien, preciosa, porque he mandado a alguien para que te vigile —llevó dos dedos a sus labios y se quitó un pelo de la barba que se le había quedado entre ellos—. Bien. Sé buena chica y coge algo para apuntar. Me siento generoso y te voy a decir algunos pasos que tienes que hacer. Ya sabes, los haría yo, pero no me dejan salir de mi residencia privada.

Pausé el video esperando poder pensar con algo más de claridad, pero ¿tenía otra posibilidad que no fuese seguir sus órdenes fueran cuales fueran? Me levanté intentando encontrar algún papel donde pudiese escribir. Usé el bolígrafo que siempre tenía conmigo, un pilot azul que no tuviese tinta gel. Luego, volví a poner el video en reproducción.

— Como la última vez que nos vimos jugaste a ser más inteligente que yo, en esta ocasión deseo probar un poco tu intelecto. No me gusta que me dejen en ridículo, señorita. Bien, te he dejado una copia de todos los datos que considero relevantes de todas las personas con las que te has encontrado a lo largo de tu vida: amigos, enemigos, novios, ex novios, amantes, futuros pretendientes; incluso, sí, algunas de las personas que has conocido en Los Ángeles. Me aburría, pequeña y esta información vale su peso en oro. No obstante, no te lo he puesto fácil, claro que no. Tienes que intentar averiguar cuáles de todos esos datos son reales o son gazapos. No creas que será tan sencillo porque muchas, muchísimas de ellas son plausibles. Te deseo suerte en ello, morena —soltó una risa antes de negar con diversión—. Una vez que lo tengas, deberás intentar resolver un pequeño enigma de nada, pero si lo haces todo bien, serás tú sola capaz de encontrar dónde está el enigma y dónde la solución. ¡Aprende a jugar a un juego de mayores! Nos veremos pronto, pequeña.

El video se terminó en ese momento y suspiré intentando contener mis ganas de llorar. ¿Es que todo esto era un juego? ¿De verdad? ¿No habría ninguna clase de consecuencia si no llegaba al final? Lo dudaba, mucho. Tenía que husmear en la vida de muchas personas que no tenían porqué contarme lo que no deseaban, descubrir qué era verdad y qué no para terminar resolviendo un acertijo. Este hombre estaba como una condenada cabra. No obstante, quizá pudiese avanzar algo si le pedía a Chloe que me mandase todas las cartas que Michael no había quemado de ese ser endemoniado. Para cazar al asesino había que pensar como uno.

2018 / Ago / 20

Cuando llegué a mi casa tiré todo por cualquier sitio. Si mi madre me hubiese visto hubiese puesto el grito en el cielo, pero no estaba allí, así que podía ser tan desordenada como lo necesitase. Mi cabeza iba a mil por hora y por consiguiente tenía un humor de perros considerable. El único que hubiese podido calmarme hubiese sido Rochester y gracias a un psicópata llevaba un año lejos de él.

Estos eran los momentos en los que deseaba tener un vicio como el alcohol o el tabaco que me ayudasen a rebajar la ansiedad aunque fuese tan solo un efecto placebo. El mío era comer y comer lo que provocaba cierta dificultad para mantener una dieta equilibrada, aunque todos los vicios tenían su lado malo.

Fui directa a la cocina y rebusqué en todos los estantes todo lo que me comería, lo puse en una bandeja e intenté quitar la mitad. Volví a llenar esa mitad con lo mismo que había quitado y me fui al sofá para darme un señor atracón que me dejase completamente empachada.

Mientras comía pensaba en qué podía hacer para evitarme toda la frustración que sentía en ese instante. Había tan solo dos posibilidades: comer y después hacer mucho ejercicio, o intentar buscar un plan alternativo para evitar que al menos, el kilo y pico de dulces que había encima de la bandeja no terminasen en mis cartucheras.

Saqué el móvil de mi bolso. Busqué en los contactos creyendo que con alguna llamada lograría disminuir ese sentimiento de angustia que había aumentado cuando le había contado a la agente Johnson todo lo que me permitía mi ética profesional sobre el asunto. Ella no había podido ver nada raro, porque lo raro, evidentemente, me lo había tenido que comer igual que me estaba comiendo los dulces en ese momento.

Vi el correo justo encima de la mesita. Lo había tirado todo incluídos los sobres, de mala manera, para que cayesen en la mesita de café. Me incliné hacia delante esperando que si tenía en una mano las cartas, la otra se tomase un pequeño descanso para llenarme el buche tan rápidamente.

Facturas. Facturas. Más facturas. Había también un sobre marrón, grueso, de esos que se usan para enviar algo que sea más frágil por lo que debe ir recubierto de uno de los entretenimientos favoritos del hombre, las burbujitas de plástico. No había remite, lo único que había en el sobre era una pegatina que habría impreso un aparato con poca tinta, pero no tenía matasellos. Parecía que lo habían dejado allí, específicamente.

No supe porqué, quizá por la sinrazón que me estaba gobernando en esos momentos, pero abrí el sobre sin temor, sin sospechar nada. Dentro había un pendrive. ¿Quién diablos me mandaba a mí un pendrive? El diseño no era de aquellos extraordinariamente caros, más bien parecía uno comprado en el lugar más barato aunque tenía un total de dieciséis gigas de capacidad.

Miré en el interior del sobre para ver si había algo más, pero no, nada. Me tumbé en el sofá mirando el usb y deseando que por primera vez en mi vida fuese un regalo sin trampa. Ese pendrive me serviría, para qué negarlo. Además, dieciséis gigas eran mucha capacidad para documentos que no eran demasiado pesados. Debería ver qué era exactamente lo que había en su interior porque dudaba que alguien me lo hubiese mandado por el placer de dejarme una memoria completamente vacía.

Me obligué a levantarme. Tenía que ir hasta el ordenador que había encontrado un lugar concreto en mi casa. En la misma mesa donde comía la había dividido en dos, un espacio para mis comidas y el otro para el ordenador.

Miré con hambre la mesita de café donde estaba toda la comida y finalmente, cogí la bandeja llevándomela hasta la mesa grande. Un galleta con chocolate más mientras el ordenador se terminaba de encender. Puse el pendrive en el puerto usb deseando que no existiese archivo alguno en él y menos, si se trataba de un virus. Dejé que se abriese automáticamente la ventana correspondiente al usb que acababa de enchufar. Ahí, en medio de la ventana había dos carpetas. Sus nombres eran los números uno y dos. Quien los hubiese puesto no se había herniado demasiado al pensar en cómo llamarlas. Cliqué en el número dos, por llevar la contraria a quien me había mandado eso y me salió una pestaña en la que me pedía una contraseña. Resoplé. Fuera quien fuese se había asegurado de que tuviese que abrir la carpeta uno antes de la dos.

Seguí las indicaciones impuestas y encontré en el interior de esa carpeta otras cuantas con siglas que no entendía y fuera de todas las carpetas un único archivo de vídeo. Deslicé el ratón hasta ese archivo de vídeo y luego cliqué dos veces en él antes de arrepentirme y quitar el pendrive de un golpe.

Tardó un poco en cargarse, pero el lector de vídeo se abrió indicándome que en algún momento comenzaría la reproducción. Me puse los auriculares dado que tenía la costumbre de escuchar los vídeos o la música en el ordenador con ellos. Mordisqueé mi labio inferior y dejé de mirar la pantalla para atrapar otro dulce que lograse calmar mi apetito.

El sonido de una cámara moviéndose me indicó que el vídeo se estaba reproduciendo, pero no tenía ni idea de qué era lo que se suponía que estaba viendo. Parecía una pared blanca, no había nada más que se pudiese distinguir. Después, una figura apareció delante, acomodó lo que fuese que estuviese debajo de mi plano de visión y finalmente, se sentó allí el hombre que más hubiese temido volver a ver de nuevo. Tenía un aspecto menos cuidado que cuando le había conocido, sus ojos estaban ligeramente hundidos y las ojeras me indicaban que no había dormido bien desde hacía bastante tiempo, sin embargo, la maldad aún permanecía en sus ojos como la primera vez.

— Buenas, Kyra. Has sido difícil de encontrar… —su voz sonaba más cascada, daba más miedo. Era Douglas.

 

2018 / Ago / 20

Matt Gerault. Mi paciente. ¿Qué era todo esto? ¿Estaban jugando conmigo a ver quién lograba volverme loca antes? La ira empezó a deslizarse igual de lava ardiendo por mis venas. Quería saber qué les estaba pasando a esos dos por la cabeza. Ambos estaban viniendo a la misma psicóloga, lo cuál si pensaba mal, no me cuadraba como casualidad ni lo más mínimo. Después, tenía dos formas de ver las cosas: una, si lo veía como Gerault, los golpes que ella tenía no eran nada más que prácticas sexuales teóricamente consentidas; dos, de no ser así, Gerault era un mentiroso aún mayor y usaba el discursito al estilo Grey por el boom que había existido estos años de mujeres locamente enamoradas de un personaje ficticio con serios problemas mentales que no era precisamente lo que una desearía como príncipe encantador.

Thomas, mi paciente adolescente, chasqueó los dedos delante de mi rostro. Parpadeé y alcé una de mis cejas mirándole con cara de pocos amigos, esa que solamente le ponía a aquellas personas que deseaba asesinar en ese instante, pero, por suerte, él lo tomó como un gesto normal dado que su madre siempre le dirigía una expresión parecida.

Dejé que entrase y cerré la puerta detrás de mí. Mi expresión se suavizó a pesar de que mi cabeza estaba en otro lugar. La idea de estar nuevamente en un juego creado por alguna de esas dos mentes me regresaba a mi infancia. ¿Y si alguno de los sueños que había tenido en su casa no habían sido sueños? ¿Y si tenía una doble vida? El asunto se empezaba a tornar peliagudo.

No obstante, la voz de Thomas me hizo regresar a la realidad. Se merecía que todos mis sentidos estuviesen puestos en él, en su relato y las ganas que tenía de lanzarle cosas a su madre por un exceso de agresividad que le venía de familia.

 

 

Abrí la puerta de mi despacho dejando que Thomas saliese con una sonrisa porque le había dicho que no todo era su culpa, algo que muchas veces nos costaba entender. No obstante, le había recalcado su responsabilidad en la conducta que acompañaba a sus pensamientos y emociones. Eso sí podía controlarlo y no lo había hecho porque había querido dañar a su madre.

De todos modos, mi cabeza había vuelto al tema que había arruinado mi escaso buen humor aquel día. Había cerrado la puerta pidiendo a mis pacientes que me esperasen e intentando controlar el ataque de ansiedad que llevaba una hora buscando calmar de la forma que fuese. Mi mirada se había fijado en un punto concreto del suelo, pensaba en Gerault, buscaba soluciones, rememoraba el rostro contraído de dolor de Tatiana intentando repetirme a mí misma que algo así no podía fingirse, pero ¿estaba segura de eso? Siempre había sido una manipuladora de manual.

Fui hasta el pequeño frigorífico que había pedido que me instalasen para tener botellas de agua fría durante toda la mañana y guardar las piezas de fruta que tenía que tomarme a mitad de la jornada laboral. Cogí una botella de agua y me senté en mi silla antes de darle un trago lo más grande que me permitió mi boca terminando por atragantarme con unas gotas que se habían ido por el otro conducto.

¿El mundo podía ser tan retorcido? ¿Qué había podido hacer yo para provocar un odio semejante en esas dos personas? El único que sabía que me odiaba hasta tal punto de intentar acabar con mi vida era Douglas, pero no había recibido sus cartas amenazantes a pesar de que Chloe me había dicho que no dejaban de llegar. Michael las quemaba en el fuego, pero yo le había pedido que no lo hiciese para que de esa forma tuviese pruebas contra él. Era imposible que ambos estuviesen comunicados, así que no tenía sentido que siguiese pensando en Douglas.

Volví a beber un trago de la botella esperando que la lija que tenía en ese momento como garganta llegase a suavizarse. Tenía que encontrar una forma de averiguar la verdad, pero temía preguntarle a alguno de los dos, no sabía cómo podían reaccionar y menos aún si era algo preparado. Debía ser más inteligente, mantener la cabeza fría e investigar de la forma en que se me ocurriese.

Respiré tan profundo como me permitieron mis pulmones. Tragué saliva unas cuantas veces antes de volver a beber hasta que sentí más suave mi garganta. Dejé la botella encima de la mesa y me incorporé dispuesta a fingir que no pasaba nada.

Cuando salí al pasillo vi que Tatiana ya no estaba allí, así que disimuladamente me acerqué a la recepcionista que en ese momento atendía una llamada telefónica para aceptar una cita nueva.

— Discúlpeme un momento, por favor —levantó su rostro y tapó el micro del auricular antes de regalarme una pequeña sonrisa—. Se han metido en ese cuarto. No he querido molestar, pero me han dicho que puedes entrar cuando quieras si lo ves necesario.

Negué antes de inclinarme hacia delante para que solamente ella me pudiese escuchar.

— No entraré, pero ¿te importaría decirle a la agente que cuando esté libre entre en mi despacho sola, por favor? Y bueno, si puedes decírselo a ella nada más sin que la paciente lo sepa, mucho mejor.

Me miró extrañada, pero asintió antes de volver a centrarse en la llamada que había dejado en espera de aquella manera bastante tradicional. Después, me dirigí hacia otra mujer, la última que tenía antes de la pausa de la comida. Le indiqué que entrase, cerré la puerta detrás de nosotras y esperé que empezase a contarme qué había sucedido durante el mes y medio que llevábamos sin vernos. Sabía que había tenido sus más y sus menos, pero esperaba que algo hubiésemos podido avanzar, aunque fuese mínimamente.

— ¿Qué tal el retorno a las clases? ¿Es mejor la enseñanza para adultos?

— Sí, me siento más cómoda, aunque sigue costándome una barbaridad concentrarme —respondió con aquella voz de pito mientras jugaba con uno de los mechones de su cabello.

— Pero, contábamos con eso, ¿no?

Asintió y se metió de lleno en su problema mientras medio cerebro mío rogaba por tener superpoderes solamente en ese instante para saber qué estaba pasando en aquel cuarto.

2018 / Ago / 20

Había algo a lo que todo el mundo se terminaba acostumbrando. Había que vivir de las apariencias. Nos importaba más lo que supiesen los demás de nosotros mismos que nuestra propia seguridad o bienestar. Ocultábamos las marcas de nuestro dolor por ser orgullosos, por no desear que nos viesen débiles. Si alguien se dejaba tocar, se dejaba pegar, se dejaba hacer, estábamos manchados y éramos finalmente nosotros los culpables, porque aunque uno se resistiese para todos los demás «no se había defendido lo suficiente».

Y allí estaba ella, la pequeña dictadora que me tuvo atemorizada llorando a moco tendido mientras me preguntaba qué podía hacer, qué debía hacer. Las soluciones no las tenía yo. Ni mucho menos. Solamente ella podía tomar decisiones en ese ámbito, pero verla tan derrotada, por mucho que hubiese creído toda la vida que sería una gran satisfacción para mí, en realidad no lo era. Me sentía culpable por haber deseado que ella sufriese la mitad que yo.

Me levanté y tomé su mano, algo que me juré a mí misma que jamás haría.

— Tatiana no soy yo quien debe o no debe decidir sobre ese tema. Si tú deseases quedarte con tu pareja, lo máximo que yo podría hacer sería alertar a las autoridades por los golpes si es que legalmente debo hacerlo. No estoy muy al tanto de como funciona eso aquí, pero lo investigaré. No obstante, si tú quieres, si tú deseas alejarte de él, entonces haremos lo posible por lograrlo, porque no vuelva a acercarse a ti.

Sollozó, se secó las lágrimas y bajó la mirada mientras sus dedos apretaban mi mano. Observé sus facciones rotas de dolor y le devolví el apretón en un intento por hacerla sentir mejor.

— ¿Le has denunciado ya?

Negó sonándose la nariz, lo cuál me resultó un poco asqueroso y por ese motivo me levanté fingiendo que iba a buscar otra cosa. Tenía un contacto en la policía gracias a uno de mis pacientes. La agente en cuestión sabía que se encargaba de los casos de abusos a mujeres de la índole que fuesen y pensé que sería bastante más recomendable que fuese directamente a ella a que tuviese que explicarle todo antes a otro.

— ¿Tienes alguien que te acompañe para ello?

— No. Nos mudamos aquí los dos solos. No tengo amigos, no me deja salir de casa prácticamente y mi familia está muy lejos, por lo que no quiero preocuparles.

Cogí aire empezando a escuchar a esa estúpida vocecita que empezaba a gritarme que debía ser yo quien la acompañase. Quería callarla, amordazarla, intentar que no la escuchase el resto de mi cerebro, pero ya era tarde. Un mísero susurro suyo había reverberado por mi cerebro hasta instalarse como una obligación autoimpuesta.

— Vale… déjame hacer unas llamadas, ¿si? Creo que es importante que lo hagas cuanto antes. No tendría mucho sentido dejarlo para más adelante si ya estás decidida.

Asintió y mientras marcaba el número de teléfono, me incliné para coger una botella de agua fresca entregándosela. Después de un par de tonos una voz femenina contestó al otro lado. A pesar de la seriedad de esa voz, el tono era amigable.

— Agente Johnson, soy Kyra Mijáilova, me gustaría hablar con usted sobre una de mis pacientes.

— ¿En qué puedo ayudarte, Kyra?

— Tenemos un problema de maltrato entre manos.

Durante unos minutos hablé con la agente Johnson que comprendió la situación. Un hombre que no era permisivo tendría muchos más motivos para escamarse si se enteraba de alguna forma que su pareja iba a ir a la comisaría. Tenían un protocolo para este tipo de cosas así que tras explicármelo, le pasé con la agente que se lo explicaría mucho mejor que yo.

La rubia lloró muchísimo más aún que antes y accedió a que la agente fuese a hablar con ella en lugar de que la comisaría fuese el punto de encuentro. No sería raro que la agente Johnson fuese en un descanso a acompañar a su hijo a terapia, así que usarían la consulta como lugar donde poder mantener aquella charla en una sala cerrada. Yo, no podía hacer más por ella. La policía tenía que entrar y una vez hecho, tocaría la post-separación donde ella desearía regresar o se volvería paranoica pensando que él la perseguía a todas partes.

El camino aún era duro de recorrer, pero ojalá todo fuese de forma mucho más sencilla, más fácil. Esperaba que en lo posible no terminasen como esos horribles casos en los que la mujer terminaba asesinada.

Conseguí que Tatiana se calmase después de hablar con la agente. Sin embargo, yo no podía tenerla en mi despacho todo el tiempo. Le pedí a la administrativa que me hiciese el favor de darle conversación hasta que llegase la persona indicada. Ella comprendió a lo que me refería sin demasiadas explicaciones, algo que agradecí. Mientras tanto, tenía que seguir atendiendo a personas, me gustase más o menos, quisiese o no, tuviese fuerzas o no. Esa era mi profesión, eso había querido hacer y cuando veía a una persona sufriendo terminaba olvidándome de mi propio bienestar porque veía en los demás el dolor que yo misma había padecido antes sintiéndome completamente perdida.

Pasé a mi otro paciente en un intento por despejar mi cabeza de todo ese asunto, pero mi paciente estaba remoloneando con el móvil, adolescentes, así que tuve que esperar un rato hasta que cerrase la aplicación o terminase de capturar el Pokemon que tuviese delante de las narices. Rodé los ojos con algo de molestia porque bastante les hacía esperar intentando atender bien a todo el mundo como para que ellos también decidiesen alargar aún más mi jornada maratoniana.

— ¿Cómo se llama tu pareja?

La pregunta de la administrativa llegó a mis oídos. Me giré por instinto en busca de decirle que no debía meterse en eso, pero no dejaba de ser lo que yo le había pedido, darle conversación.

Tatiana suspiró profundamente, cuadró los hombros, buscó a ambos lados esperando que él no estuviese allí y entonces, pronunció un nombre que no esperaba oír.

— Matt Gerault.

2018 / Ago / 19

El cuarto de torturas estaba ante mí. Sus dedos se metían poco a poco debajo de mi vestido hasta éste terminaba desapareciendo de mi cuerpo. Me quitó el sujetador e hizo lo propio con mis bragas. Me quedé observando sus reacciones, pero se limitó a mirar tan solo. Tomó mi mentón y besó mis labios de una manera que no era ni mucho menos con dulzura, sino en una indicación de que era suya, una posesión más dentro de su mundo de riquezas.

Se separó de mi cuerpo para dirigirse a esa pared donde tenía aquellas muñequeras acolchadas que a mí me recordaban a grilletes más que otra cosa. Las dejó en el suelo, permitiéndome verlas y después, se fue a algún otro sitio. Regresó sin camiseta y con un vaquero desgastado al más puro estilo Grey. Era el doble que el actor, al menos,de inflado, pero estaba imponente. Se acercó a mí para coger las muñequeras y envolvió mis muñecas con estas mismas. Le dejé hacer, observando su parsimoniosa forma de colocarlas estando desnuda frente a él igual que si la vergüenza me hubiese abandonado.

Alzó mis brazos, me colocó en el enrejado que había bajado y volvió a colocarme en aquella postura que ya había experimentado. La incomodidad era la clave, desde luego. Se alejó para coger la vara que esperaba en su lugar, amenazante aunque estuviese descansada y nadie la blandiese igual que una espada. También, se acercó por detrás, tapándome los sentidos, pero de una forma que hubiese resultado mucho más estimulante de ser al principio, ahora, sabía el instrumento que usaría en mi cuerpo con la rareza que ni tan siquiera me había negado a ello. Era como si no tuviese voluntad aunque estuviese muerta de miedo.

La madera fría recorrió mi cuerpo, despacio, muy despacio, recreándose en cada curva de mi ser. Mi piel se estremecía con solo su tacto, sabedora de lo que iba a ocurrir después. Entonces lo sentí. Un golpe contra mi trasero. Apreté las manos intentando tirar de esas muñequeras endemoniadas mientras contenía las ganas de gritar. ¿Qué coño tenía eso de divertido o excitante?

Un nuevo golpe certero di en uno de mis pechos dejándolo dolorido, seguramente rojo y por primera vez, experimenté dolor en aquella zona de mi ser desde la reducción de senos que me habían hecho años atrás. Tiré de nuevo de mis ataduras. No decía nada, absolutamente nada, pero se habían llenado mis ojos de lágrimas detrás de aquel antifaz.

Gerault jadeaba, soltaba gruñidos, deseaba a saber qué cosas y no tenía forma alguna de negarme a ello, estaba atada, a su merced comprobando que nada de eso era para mí.

Me desperté completamente alterada. Me dolían los lugares donde me habían golpeado en el sueño y me sentía extrañamente sucia, desconcertada, incomprensiblemente deseosa de venganza.

Los sueños se transformaban en pesadillas durante otras noches. Personas con quienes habías soñado de una manera que resultaba vergonzosa y que hacía creer que se deseaba algo más hasta nuevamente terminaba transformándose en lo que había sido antes de forma encubierta: una pesadilla que gritaba encubierta que no había deseo, sino temor en aquello experimentado o de lo que había sido uno amenazado.

Gracias a esa pesadilla descubrí que no era tan bonito todo como yo hubiese deseado, que enfrentarse a la oscuridad significaba mucho más que dejarse llevar por la excitación del momento. Había que hacer un pacto con el mismo diablo, uno en el que se cedía todo el control a otra persona, obligándose uno mismo a no tener miedo ni tampoco otros deseos distintos de aquella persona desconocida a la que prácticamente se le vendía el alma y la voluntad propia. No había deseos, nunca se tenía la sartén por el mango convirtiéndose en una esclava de los deseos del otro aunque no fuesen jamás los propios.

No había otra posibilidad en ese mundo. Uno manda, el otro acataba y yo no tenía madera de sumisa con el mal humor que tenía guardado en mi interior.

Me quedé despierta. No podía dormir ni aún queriendo. Temía ese horror de situaciones. No quería sentirme de esa forma tan expuesta, tan indefensa, tan obligada a lo que quisiera que hiciese por su placer. No podía compartir ese mundo por muy bonito que llegasen a ponerlo, quizá, los cuentos de hadas de Disney llegaron antes, plantando la semilla de un amor de película con oscuridad vedada para los niños. Puede que fuese Pocahontas en mi interior quien aún pedía a su John Smith, alguien guapo, valiente, maravilloso que se fijase en alguien diferente por el hecho de ser diferente encontrando una belleza en mí que yo misma no había visto. O puede que fuesen todos esos libros de amor los que hubiesen hecho creer a mi mente que la única solución en todo este mundo era ese amor incondicional, hermoso hasta la médula.

Las horas se empezaban a hacer demasiado largas. No podía evitar desear que pasasen más rápido, pero el tiempo va al ritmo que le apetece y solamente se logra hacer más ameno cuando se tiene algo en lo que ocuparse. Me levanté de la cama para luego buscar mi ordenador. Abrí el documento Word y finalmente empecé a plasmar mis pensamientos con respecto a ese síndrome que yo creía que comenzaría a hacerse demasiado común en esta sociedad que tendía a dar pasos atrás en cuanto a los avances en la igualdad de la mujer en la sociedad.

El sol empezó a salir. Pude ver el amanecer por la ventana de mi habitación. No me quedaría tiempo, para dormir, así que el trabajo me llamaba, un día entero en el que tendría que enfrentarme de nuevo a mi pasado, haciendo lo posible por lograr el bienestar de Tatiana y no lanzarla a los leones. Quería hacerlo, claro que quería, pero era cruel, demasiado, algo que tenía nada que ver con mi personalidad y la vida ya le había devuelto todo lo que a mí me había hecho dándole a esa pareja que la maltrataba. No podía ser yo peor, desde luego que no podía. Me hubiese hecho lo que me hubiese hecho, no tenía derecho a destrozar aún más su vida.

Por eso, me llené de paciencia y después de haber terminado de arreglarme, me fui al trabajo dispuesta a ayudar a quien había amargado mi infancia.

2018 / Ago / 19

— En realidad, novias, no he tenido nunca.

Esa frase podía indicar un montón de cosas y ninguna de ellas buena. Por mi experiencia personal la mayoría de hombres que no habían tenido ninguna novia era básicamente porque su relación con el mundo femenino había sido un verdadero caos.

— Dime, por favor, que no es porque tienes complejo de Christian Grey —supliqué juntando mis manos sobre mi pecho como si fuese a rezar.

— No, no, no… no es por eso —rió provocando mis propias risas—. Es que jamás encontré a una mujer que me interesase lo suficiente como para tenerla de pareja. Además, no es que haya creído jamás en el amor.

Incliné mi cabeza y hacia un lado intentando comprender toda aquella situación. ¿La falta de padres podría haberle hecho negarse a la existencia del amor? No era el único ejemplo que podía haber tenido a lo largo de su vida: amigos que se enamoran, las musas de sus cuadros, las lecturas de los libros que también eran parte fundamental en aquel piso…

— ¿En serio? ¿No te has enamorado jamás?

— Enamorarme, sí. Amar, no. Verás, tengo mis propias reflexiones sobre el amor. Creo que uno puede enamorarse muchas veces a lo largo de su vida y que esos sentimientos terminan tan pronto como aparecieron. Pero, amar… amar es diferente. Amar se hace una sola vez en la vida y jamás se puede olvidar a esa persona.

— ¿Algo así como el alma gemela?

Movió su cabeza suavemente de un lado al otro sopesándolo hasta que asintió.

— Pues… tiene mucho sentido, en realidad. ¿Si te contase mi vida amorosa me dirías qué de ambas cosas he hecho a lo largo de ella?

Rió ligeramente provocando mi propia risa y asintió antes de llevarse el vaso de agua a los labios.

Aquello llevó un tiempo considerable. Le conté cada uno de los chicos que habían llegado a mi corazón, cada persona que había dejado una pequeña huella en mi ser. Hablé de mis parejas por internet, también de aquellos que amé en su momento: Verdoux, Damian, Gustav… Finalmente, bajé mi mirada a mis manos sintiéndome avergonzada por todos esos nombres y por haber sido la culpable de cada una de las rupturas.

— ¿Puedo ser completamente sincero contigo?

— Claro… —me preparé para escuchar algo parecido a: «eres una guarra» y que no me hiciese levantarme de la butaca para salir pitando de allí.

— Todos son unos idiotas —comentó con verdadero desprecio en su voz.

Alcé mis cejas mirándole a los ojos sin comprender y luego terminé conteniendo una carcajada en mi garganta que pedía a gritos salir. Aquel calificativo era significativo viniendo de un hombre. Que los considerase a todos idiotas y no me señalase como la única responsable, por alguna razón me quitaba un gran peso de encima de los hombros.

— No sé ni quién me cae peor de todos, si ese imbécil que pudo tenerte para toda la vida, si los otros subnormales que no se dieron cuenta de tus sentimientos, si el profesorcillo ese de tres al cuarto que más le vale que no me le encuentre yo en la calle, si Gustav, que hizo todo más o menos bien, menos dejarte ir o ese ser que se hacía llamar tu amigo —rodó los ojos y después se levantó para recoger los platos dejándome anonadada por su respuesta—. No obstante, respondiendo a tu pregunta, creo que lo que has hecho a lo largo de tu vida ha sido enamorarte, con lo que eso conlleva, pero no has encontrado al hombre de tu vida.

Mordí mi labio inferior mientras le observaba dejar todo en la pila antes de sacar del interior del congelador una tarrina de helado. Sirvió dos bolas grandes en dos tazones distintos y me entregó uno volviendo a ponerse delante de mí para seguir nuestra conversación.

— ¿Por qué estás tan seguro?

Sus ojos se encontraron los míos antes de bajar rápidamente la mirada a su helado. Yo también hice lo propio.

— No tengo experiencia en «amar» de la manera que te expliqué antes, lo reconozco, pero solamente he visto dolor con cada historia. ¿Cómo una persona que se ame solamente puede provocar dolor? Uno pensaría en esa persona con una sonrisa o hablando más de los momentos buenos que de los malos.

Llevé el helado a mis labios mientras reflexionaba sobre sus observaciones sobre mi vida amorosa. ¿Podría tener razón? El arte de las relaciones no había sido mi fuerte nunca, ni antes, ni después; me había costado comprender cómo funcionaban del todo, igual que si tuviesen unas normas preestablecidas que todos tuviésemos que saber, pero que en mi libro de funcionamientos no venía explicado nada de eso. El amor nunca dejaría de ser un misterio para todos aquellos que nos enfrascábamos en él.

— Ojalá encontremos ambos ese amor que nos consuma…

— Ojalá —murmuró volviendo a dirigirme una tímida mirada antes de enfrascarse con su bol de helado.

No le seguí molestando mucho más tiempo después de hacerle prometerme que me mostraría ese cuadro cuando estuviese terminado. Terminó accediendo a regañadientes, pero lo hizo. Besé sonoramente su mejilla antes de irme dejándole con una vecina que había pedido algún condimento alimenticio aunque todo parecía indicar que estaba loca por Derek. Podría ser un nuevo romance a la vista, una historia romántica con un pasillo entre medias.

Regresé a mi hogar. Necesitaba tomar el aire. Debía centrar mi cabeza en todo aquello que iba a suceder al día siguiente. Volvería a ver a Tatiana, en algún momento de la semana debería enfrentarme a Gerault una vez más y debía terminar aceptando que no tenía la culpa en todo lo que sucedía a mi alrededor. Todo tiene consecuencias y una historia no se termina si los dos no están de acuerdo en romperla. No obstante, el resquemor seguía ahí, la inseguridad volvía a florecer y las palabras de Derek sobre mi responsabilidad en mi vida amorosa se las terminó llevando una nueva suave brisa.

Me negué a pensar más. Me metí en la cama temprano y me prometí a mí misma que intentaría escribir algo al día siguiente porque mi cabeza suplicaba por ser vaciada de sentimientos e historias.