2018 / Ago / 23

Hay situaciones en la vida en las que uno decide tomar un cambio. Yo quería hacerlo y hasta la fecha no me había atrevido a ello. Ahora había descubierto que mi paciencia tenía un límite o quizá fuesen mis desesperadas ganas por no sufrir más, por averiguar lo sucedido, por tener constancia de todo y si tenía que ceñirme a unas normas que jamás habían estado en objetivo, tendría que hacerlo. Tenía que comportarme como una de esas mujeres que tanto había admirado. Alguien a quién había deseado igual en muchos factores.

Tenía muchos hombres a los que tenía que interrogar: Derek, Verdoux, Gerault, Hamann… todos parecían haber respondido como verdaderos dominantes ante la Kyra apocada, dulce, inocente y estúpida. Ahora todo sería distinto. Ahora era yo quien había decidido salir a cazar y no al revés. Aunque toda mi búsqueda dejaba a un lado los posibles sentimientos. No podía dejarme llevar por ellos a pesar de mantener aquella figura sumisa y dócil.

Durante toda esa tarde había permanecido escondida del mundo. Me había negado a coger cualquier llamada y había preparado todo para lograr de una vez, respuestas, simplemente respuestas. Derek tenía puesta la marca en el principio del expediente, así que parecía que todo lo que allí estaba escrito era nada más y nada menos que una patraña. Él me había contado alguna cosa, pero más bien pocas. Había que sacarle la información con sacacorchos por lo que parecía. Y me vendría bien para practicar en mis artes de seducción, a pesar de no ser demasiadas.

Me había puesto un vestido rosa con pequeños efectos brillantes. Un generoso escote y para que no se escondiese ni un milímetro de piel, me había recogido el cabello en alto, haciendo un moño tirante a la altura de la coronilla. No había ni un solo pelo fuera de lugar. Un maquillaje dulce, natural, pero con el rabillo del ojo bien marcado en negro alargando mi mirada dando la sensación de unos ojos felinos.

Cuando me terminé de ver ni tan siquiera podía creerme que esa fuese yo. Había logrado el efecto que más o menos deseaba. No obstante, no sabía si tenía la fuerza suficiente como para hacer eso. ¿Podría jugar con un hombre y terminar ganando yo? No porque fuesen más inteligentes, aunque creía que cualquiera era más inteligente que yo, sino porque aquel papel me quedase grande.

Cerré mis ojos, respiré de manera profunda y sin pensármelo más, salí de mi hogar rumbo a la casa de Derek. Fue cuestión de minutos llegar hasta la puerta de su casa y al ir a llamar al timbre la puerta se abrió mostrando a una desconcertada vecina. ¿Podía saberse cuántas horas del día pasaba esa mujer en casa ajena?

— ¿Vienes a ver a Derek?

— No creo que sea de tu incumbencia, pero sí, he venido a ver a Derek.

Frunció su ceño y alzó su mentón de manera exageradamente orgullosa. Jamás en la vida había caído mal tan deprisa a alguien sin un solo motivo. ¿Cómo iba ella a saber lo que había ocurrido entre Derek y yo si los gritos los habíamos metido en mi casa? Quizá podía saberlo si le vigilaba constantemente a donde iba o dejaba de ir. La imaginaba con un cuadernillo apuntando hora exacta en la que entraba y salía. Esperaba que el asunto no llegase hasta ese extremo.

— Todo lo que tiene que ver con Derek me incumbe.

— Puede ser, pero todo lo que tenga que ver con mi vida privada, personal e intransferible que no quiera que sepas, no lo vas a saber —me encogí de hombros antes de volver a ver la puerta abrirse.

— ¿Qué ocurre…? ¡Kyra! —una sonrisa se deslizó por sus labios.

— Había decidido pasar para verte, pero no sabía que necesitaba pase especial para ello o permiso de aquí la señorita —comenté encogiéndome de hombros con una sonrisa en los labios. A ver cómo lograba ella controlar el efecto rebote de mi golpe.

— ¿Por qué debería darte algún tipo de permiso Eileen?

— No la creas. Yo no he dicho nada de eso. Solamente le pregunté si había venido a verte, nada más.

— ¿Y si hubiese venido para desatascarme las tuberías también tenía que decírtelo?

Tuve que contener mis ganas de soltar una carcajada. No obstante, no entendía porqué la trataba así si habían estado juntos la noche anterior. Empecé a sentir algo de pena, incluso, por Eileen dado que no sabía qué derecho tenían los hombres para después de acostarse con nosotras tratarnos a patadas. Él había sido tan diferente y servicial conmigo el tiempo que estuve entre sus brazos. Quizá fuese esa su estratagema para conquistar a una mujer, hacerle creer lo que ella quisiese creer cuando la realidad era diferente, pero de eso iba todo, ¿no? La ley del más fuerte. La ley del dominador, del león y su presa.

Eileen se marchó de allí indignada y sonrojada hasta las orejas. Mis ojos se centraron en Derek que me observaba de una forma diferente. Ya no había solamente admiración lejana, quizá incluso platónica, ahora me miraba como aquel que sabía que podía besar, tocar y sentir lo que tenía delante.

— Creía que no había relación alguna entre vosotros, pero cada vez que vengo por aquí no hace más que entrar o salir de tu casa —enarqué una de mis cejas mientras él se limitaba a tocar mi brazo muy suavemente, sin subir de la zona del codo—. ¿Puedo pasar o saldrá tu bulldozer para echarme de su propiedad?

Soltó una pequeña risa aunque la sorpresa por mis palabras era evidente en su rostro. Sus dedos se deslizaron hasta mi mano y los entrelazó con los míos lo cual provocó que se me ablandase el corazón ligeramente, la verdadera Kyra quería salir, mostrarle mi debilidad, dejarme llevar por un agradable abrazo, pero en lugar de eso me mantuve en aquella posición inflexible.

—Pasa. Te echaba mucho de menos. Hacía varios días que no sabía de ti.

Entrecerré mis ojos confundida por ello, porque si hubiese querido hablar conmigo lo único que tenía que haber hecho hubiese sido mantener la conversación que él inició por mensajería.

— Pensaba que estabas ocupado con esa chica con la que te viste la noche anterior…

— ¿Qué chica?

— No importa. No he venido aquí a hablar sobre eso. He venido porque va siendo hora de conocerte, Derek Vance. Conocerte de verdad —me senté en el primer sofá que encontré cruzándome de piernas al puro estilo instinto básico.

2018 / Ago / 23

— ¿Me firmaría a mí también su ejemplar?

Verdoux se había dado la vuelta para hablar con alguien. La cola había parado justo delante de mí. Ni sabía porqué había aguantado más de media hora de cola para verle de cerca. Puede que me hubiese quedado tan impresionada o fuese tan masoquista que necesitase enfrentarme a ello una vez más.

— Por supuesto. ¿Nombre?

Entonces, al darme cuenta que no me había reconocido por la voz casi sentí una punzada de decepción que provocase llanto. Negué ligeramente y me incliné un poco hacia delante.

— No me diga que ya me ha olvidado —intenté soltar una risa, pero se quedó ahogada en mi garganta ante la idea de ser tan insustancial como un año en la vida de alguien.

Despacio alzó poco a poco su mirada hasta encontrarse con mis facciones. Sus ojos se tornaron igual que si estuviese viendo un huracán. No sabía distinguir qué emociones se estaban despertando en él. No obstante, supo reaccionar, de una forma que no creí que podría hacerlo. Sonrió tan amplio que pude verle todos los empastes.

— Señorita Mijáilova, pensé que era un producto de mi imaginación y aún creo que lo sea.

— Aunque no lo parezca soy yo, de carne y hueso. Puede que tenga pinta de fantasma con lo blanca que estoy y estas ojeras del tamaño de los anillos de saturno, pero pensé que el maquillaje haría algo a mi favor —bromeé antes de mirar a William de nuevo con una sonrisa de alivio en mis labios porque había sido un malentendido, algo que mi cabeza me regalaba demasiadas veces. Lo había experimentado cuando había creído que me amaba.

— No diga eso. Está estupenda como la última vez que la vi.

Sonreí ligeramente y él me entregó el ejemplar firmado. Me incliné hacia él y di un sonoro beso a su mejilla antes de encogerme de hombros de manera inocente. Me fui de la librería tras haber pagado los ejemplares. Una vez fuera y sabiendo que aún le quedaba tiempo para estar ocupado dentro del local, abrí la tomo de la novela buscando su letra elegante escrita con esa pluma que yo le había regalado hacía lo que me parecía un siglo. Allí, escrito con esa caligrafía estilizada había uno de los mejores recuerdos que sabía que podía llegar a tener a su lado.

“Ni en mil vidas podrías olvidar a la heroína de todas mis historias. A la amante, a la diosa, a la mujer que tomó forma en todas y aún surca mi mente con que cierre mis ojos. 

Incondicionalmente suyo, 

William Verdoux”. 

Sonreí ligeramente temerosa de que mi corazón volviese a ser engatusado. Me dije a mí misma que esa sería la última vez que le vería, que no había más posibilidades de ello salvo que el destino decidiese juntarnos por casualidad en algún otro lugar. Ambos hacíamos nuestras vidas mejor o peor, pero lejos del otro y era lo más lógico, lo único que tenía sentido. Nos habíamos atraído, sí, y yo había terminado enamorada de alguien que seguía metiéndose en la cama de su hermana en una relación incestuosamente asquerosa. Dudaba que hubiese alguna de ese estilo que no me resultase.

Miré una última vez la hoja donde había escrito aquello de “incondicionalmente suyo”. Si hubiese sido verdad en algún momento, quizá hubiese corrido a sus brazos dejando un beso en sus labios delante de quien hubiese estado delante; pero, por suerte para mí, había podido entender tiempo atrás que no había sido mío nunca y no lo sería jamás.

Cerré el libro y caminé de regreso hacia mi hogar. Tenía demasiado que hacer como para perder el tiempo. Ahora tenía hasta curiosidad por leer el expediente de Verdoux intentando ver qué de todo eso tenía marcado con la fecha de mi cumpleaños. Seguramente, en cualquier otro momento me hubiese sentido vulnerable leyendo algo de un hombre al que había amado. Ahora, creía que había puesto en orden todos mis pensamientos, que había podido cerrar las puertas de aquel tormentoso capítulo de mi vida. Solamente quedaba esperar que no hubiese dejado cicatrices feas porque esas eran las culpables de que las heridas se volviesen a abrir sangrantes, dolorosamente sangrantes.

La huida había sido siempre mi método favorito para mantenerme ajena al dolor. Había comprobado una vez más que era capaz de enfrentarme a las situaciones, que no necesitaba recurrir siempre al método de escape para mantener mi corazón más o menos cuidado. Además, debía acostumbrarme a no echarme la culpa de todo lo que pasaba en las relaciones, pues era de a dos y no era el mundo perfecto y yo un ser imperfecto al que poder escupir si hacía algo mal.

Justo en ese momento vi a la vecina suplicante hablar por teléfono a todo volumen dirigiéndose hacia mi posición. Le dedicaría una sonrisa si es que me veía o se acordaba de mi cara porque la había visto demasiado tiempo babosa con Derek como para prestarme una minúscula atención.

— Yo también lo pasé de maravilla anoche, Derek, cariño. Gracias por el mensaje…

Ella se perdió entre la gente provocando que yo me quedase parada tras dar unos pasos más. Así que, con la vecina, esa que sabía que estaba detrás de él, pero a la que no hacía ni caso porque no le interesaba. No, si iba a resultar que todos los hombres tenían el mismo propósito en la vida, mentirme, mentirme y volver a mentirme.

Rodé los ojos ocultando la mala leche que iba recorriendo mis venas en un formato lava que se me quedaba atrancado en la garganta como si me hubiese transformado de repente en un dragón que fuese a escupir fuego y envenenado además, para que no hubiese escapatoria alguna a mi poder de destrucción. Sin embargo, cerré mis ojos, respiré hondo y me dije a mí misma que mis prioridades en la vida eran otras como esa que parecía habérseme olvidado: tenía que mantener alejado de mí a un asesino en serie que había clamado venganza y había vuelto a encontrarme. ¿No era suficiente problema para mí, universo, que tenías que mandarme todas estas rencillas amorosas? 

2018 / Ago / 23

Había decidido darme un capricho ese sábado. Mi intención no había sido otra que comprarme algún libro que me interesase leer. Tenía que pensar en algo más que en los expedientes por unos instantes y aunque no había logrado mucho de mi conversación con Heinrich de la noche anterior, quería respirar y ser persona, al menos, durante unas horas. Una parte de mí gritaba histérica porque ya quedaban menos de dos meses y la otra se debatía en el extremo contrario, relajada porque dos meses eran una eternidad. Ninguna de las dos tenía razón, pero había accedido a darle un pequeño descanso a mi histérica interior que había decidido tomar las riendas en casi todo momento.

Entré en una librería que siempre habían dicho que estaba bien de precio. Debía haber algún evento emocionante porque en esa ocasión estaba a rebosar de mujeres. Me pregunté si sería por algún libro que estuviese causando furor o que acabasen de sacar. Llevaba bastante sin leer noticias sobre literatura, así que perfectamente podía estar sucediendo un fenómeno global y no tener ni idea.

Dentro de la librería podía escuchar que todas decían lo guapísimo que era alguien. ¿Un escritor guapo? Esto me recordaba a la escena con Gilderoy Lockhart en Harry Potter. Bajé la mirada para no dirigirla a ninguna de esas señoras y tuve que contener una carcajada. Parecía que éramos todos chavales de instituto cuando se trataba de conocer a alguien famoso o mínimamente guapo. Tanto hombres como mujeres, perdíamos la compostura por completo.

Me metí entre las estanterías buscando algún libro que fuese de mi gusto. Esperaba que porque aquella firma de libros estuviese en el interior del local eso no implicase que no podría llevarme un libro que no fuese aquel que se estuviese vendido. Me parecería una tontería porque la librería perdería más que ganar. De todas formas, si tenía que comprarme ese best-seller mejor antes que después, sabía que terminaría leyéndolo para hacerme mi propia opinión personal sobre el condenado libro del que se hablaría en muchísimas reuniones sociales.

Rebusqué primero aquel que entrase dentro de mis expectativas, de los géneros que me gustaban. No me costó dar demasiado con uno de ellos, una novela clásica entre las clásicas: Macbeth. Mira que me había visto tan solo una versión más o menos reciente, pero me resultó tan complicada de entender que empecé a creer que había sido por no prestar demasiada atención a los diálogos o bien, porque no comprendía absolutamente nada de lo que quería decir, pero tomo en mano, me sería más sencillo buscar en el diccionario las palabras que se escapasen de mi entendimiento o de mi vocabulario regular.

Miré el interior del ejemplar. Quería saber a cuántas páginas iba a tener que enfrentarme. En mi cabeza tenía una especie de regla con respecto a los libros, cuanto más gordos tenía que leérmelos en el menor tiempo humanamente posible. El resto no podía sobrepasar el día si no hacía otra cosa durante esas largas horas. Gracias a eso me había pasado sesiones maratonianas leyendo y parando únicamente para las comidas. Mi obsesión con la lectura había llegado hasta el punto de no poder terminar si no sabía algo en concreto y luego quería, más y más, en el caso de la que historia me enganchase.

— Aquí tiene. Gracias por disfrutar de mi historia.

Esa voz… No. Debían ser solamente imaginaciones mías, eso era todo. Me metí en otro pasillo delimitado por estanterías antes de encontrarme con todo el santuario de la nueva obra presentándose. Cerré mis ojos unos segundos deseando que cuando los abriese me hubiese confundido de nombre, que hubiese leído mal. Para una vez que pedía que mi miopía me hubiese gastado una mala pasada aunque eso significase que mi operación ocular tuviese que repetirse, no tuve ni la más mínima suerte. Allí, en letras bien legibles estaba su nombre y apellido por todas partes: William Verdoux.

Me acerqué a uno de los estantes donde estaban pulcramente colocados y cogí uno de esos tomos mirándolo del derecho y del revés intentando saber de qué iba la historia sin abrirlo. Si lo hacía sabía que iba a leerme esa historia también y no era justo para mí.

Volví a dejar el tomo justo en el momento que aseguraron que habría un descanso para una pequeña lectura del capítulo primero de la novela, leído por el mismo autor. Podía sentir un horrible hormigueo en mis entrañas, un desagradable despertar y un horrible sentimiento de culpa porque aún me siguiese latiendo el corazón de forma tan rápida. No debía permitirle tener tanto control en todo mi ser, sin embargo, era tan difícil negarse.

Todas las mujeres se acercaron hacia el lugar donde él comenzaría a leer. No le había visto tan siquiera y las piernas me flaqueaban. Debía ser fuerte, debía recordarme lo que me había hecho, cómo había jugado conmigo. No obstante, junto a Derek, era la única persona en la que podía confiar.

En ese momento llegó un mensaje a mi móvil. Saqué el teléfono de mi bolso y leí el texto que me había mandado Derek.

Anoche lo pasé de maravilla, preciosa. Gracias por una noche inolvidable. 

¿Ayer? ¿Noche? ¿Esto estaría llegando días más tarde? Poco tiempo después vi que me llegaba otro en el que ponía:

Perdón, me confundí de contacto. 

¿En serio? ¿Con cuántas estaba también el pintorcito de tres al cuarto? No, no podía insultarse porque no tenía derecho, él y yo no éramos nada y si quería cepillar a media ciudad era su problema. Aún así, no me hacía mucha gracia que “se hubiese confundido”.

La próxima vez fíjate mejor a quién se lo mandas. 

Lo acompañé con una carita sonriente fingiendo que no me tocaba las narices, pero lo hacía. Debía tener el cartel de estúpida pegado en la frente y aún no había sido capaz de darme cuenta de ello. Por ese motivo, simplemente, por despecho, volví a agarrar el libro, me acerqué mezclándome entre sus fans y esperé que comenzase la lectura aquel demonio personal de más de metro ochenta que se había presentado en mi vida, una vez más.

2018 / Ago / 23

Con esa revelación iba aún más a contrarreloj. ¿Ocurriría algo si le mostraba a Heinrich los expedientes? Si trabajaba para Douglas, se lo manifestaría de alguna forma; sino estaba a salvo. Era todo a un cincuenta por ciento. Debía arriesgarme a tomar una de las dos decisiones. Mantenerlo como estaba no era más que apostar por el caballo que había estado corriendo durante todo el tiempo. No cambiaría de corcel, no aún, por lo menos.

— ¿Cómo puedes estar tan segura?

— Un pálpito —dije encogiéndome de hombros y centrándome en el trozo de pollo pringado en salsa barbacoa para que no se pudiese dar cuenta de que le estaba mintiendo descaradamente.

— ¿Segura? Sabes que puedes confiar en mí…

Confiar. Esa palabra se usaba muy a la ligera porque, ¿realmente podía confiar en alguna persona de todos los que había conocido durante éste tiempo? Antes o después habían terminado mintiéndome o yo había descubierto que me habían ocultado información muy hábilmente, una información que había sido sinónimo de traición. Con el paso de los años había descubierto que muchas personas se habían vuelto así, que la sociedad mutaba a un estado de mentiras, secretos y oscuridad.

— Lo sé. Pero es solamente un pálpito, como te dije.

— Comprendo.

Si era tan mala mintiendo como yo creía no se lo había tragado, pero no me había obligado a decir nada que no hubiese querido contar. Aquello podía ser un punto a su favor en cuanto a terminar confiando en él aunque necesitaba muchos más para poder hacerlo o que la sombra de la duda dejase descansar un rato a mi cabeza en busca de posibles dobles y triples sentidos.

— Estás muy callada…

— Estaba pensando que no sé mucho sobre ti en realidad.

— ¿Qué es lo que quieres saber?

Alcé mis ojos hasta encontrarme con los suyos de una tonalidad azul cielo que me observaban con inquietud a la par que sorpresa si es que sabía leerlos bien.

— Todo…

Aquella respuesta de mi parte provocó un brillo extraño en su mirada que provocó una reacción automática en mi expresión, mi ceja izquierda se enarcó demostrando ahora esa inquietud en mí. Una sonrisa se deslizó por sus labios y después comenzó su relato. Parecía tenérselo bien aprendido. No había nada indecoroso, nada fuera de lo común. Aburrido si me lo planteaba desde el punto de vista de Douglas. Debía haber algo más. Todos teníamos nuestros secretos, nuestras mentiras.

Intenté recordar dónde era el lugar exacto en el que estaba escrito aquel número en su expediente. Iba de la mano de su etapa matrimonial. Ahí tenía que haber un gazapo, pero… ¿dónde? Era verdad que estaba casado, también lo de los hijos… Quizá tuviese que preguntar algo sobre ella, su esposa, sin embargo ¿qué exactamente? En el expediente de ella también estaba marcado en ese momento concreto. Quizá podría intentar averiguar algo si preguntase sobre cómo se conocieron, ¿no?

— Y… ¿fue entonces cuando conociste a tu mujer?

— No. Conocí a mi mujer en uno de mis viajes de negocios. Tenía un caso y fue tal la atracción que nos enamoramos en poco tiempo y eso que las parejas no habían sido nunca lo mío —rió antes de comerse unas pocas patatas.

— ¿Qué os ocurre a los hombres que tenéis un mínimo éxito?

— ¿Por qué lo dices?

— Soléis dejar las relaciones duraderas de lado.

— Nos centramos en el trabajo, en una estabilidad laboral.

— Pero… ¿os lo impide una relación más seria que solamente un par de polvos?

Nos quedamos mirándonos unos instantes y luego levanté la mirada para frenar antes de que me diese ninguna explicación.

— Yo misma me he dado cuenta de la tontería que he dicho. Sigue.

— No hay mucho más que añadir.

— ¿Por qué comenzásteis la relación?

La curiosidad se había despertado en mí. Algo tenía que tener esa mujer para que hubiese logrado conquistar a Heinrich y tenerle aún comiendo de su mano, porque a pesar de que no se habían divorciado aún, era tan solo porque una parte de mí creía que él aún tenía la intención de reconquistarla.

— Ella… era todo lo que no había visto antes en una mujer. Estaba acostumbrado a tenerlo todo solamente con una mirada, y ella aunque se derretía entre mis manos como la mantequilla, siempre quería más. Mucho más. Pero no en ese aspecto, sino que deseaba llevar las riendas de la situación, siempre. Fue ella quien terminó accediendo a mis deseos bajo sus propias condiciones. Y… digamos que fue quien me domó —rió como si fuese un chiste privado, o es que era yo quien ahora empezaba a tener un problema y veía a Greys en potencia por todas partes.

— ¿Y por qué usarías el verbo domar? ¿Eras un animal salvaje y ella te domesticó, te cazó y te exhibió como un trofeo o algo parecido?

Entrecerró los ojos perdiéndose un poco en mi metáfora, podía leerlo en sus facciones, así que terminé negando con la cabeza.

— Que porqué usas el verbo domar.

— Porque técnicamente fue lo que hizo. Me domó de una forma que no esperarías.

— ¿Obligándote a ponerle un anillo en el dedo? ¿Por un embarazo?

— No. Me ganó en mi propio territorio. Me entregó la gloria donde yo creía que había descubierto todo enseñándome mundos distintos a los conocidos.

¿Le ponía ya la etiqueta del complejo en el que pensaba basar mi propio estudio o eso sería adelantarme demasiado a los acontecimientos? Entonces, mientras una parte de mí iba cantarina con el sello CCG para estampárselo en la frente, él dijo algo que me desconcertó.

— Ella me mostró que las mujeres pueden jugar tan bien como los hombres si se lo proponen y que quien averigüe las reglas nos tendrá dominados porque no podremos escapar. No tendremos más ases en la manga.

¿Podía ser su esposa una mujer tan fuerte como para tenerle aún loco? ¿Había jugado conmigo entonces cuando me había dicho que le gustaba? Me sentía dolida porque creía que todo aquello era una broma. No podía fiarme ni de mi puñetera sombra. Estaba sola, completamente sola ante todo eso, pero iba a descubrirlo todo quisiesen los demás o no.

2018 / Ago / 22

Quedaban exactamente dos meses para mi cumpleaños. Tenía ese tiempo para saber qué era lo que se proponía hacer ese día. Pero, en teoría, poco podía realizar dentro de la cárcel. Al menos, en teoría, lo cual me llevaba a un asunto importante. Desde hacía un año no había querido saber prácticamente nada sobre el caso de Douglas. Había rezado porque se quedase en la cárcel de por vida, pero sabía que habría contratado a uno de los mejores abogados del planeta para defenderle. Me repetía a mí misma que tenían un cadáver en las condiciones que Douglas había relatado y por eso, no se libraría fácilmente.

Tenía que hablar con Heinrich. Debía saber cómo iba todo el asunto. De esa forma podía quedarme más tranquila sabiendo que estaría metido en la cárcel todo ese tiempo. Dejé un mensaje para Heinrich dado que me respondió la llamada el contestador de voz. Colgué y me fui a vestir dado que me había percatado que estaba completamente desnuda aún bajo la toalla.

Cuanto hube terminado de ponerme la ropa, sonó mi teléfono móvil. Cogí la llamada sabiendo que era Heinrich quien me estaba devolviendo el mensaje.

— Buenas, Kyra. ¿Cuándo te viene bien que nos veamos?

— Dímelo tú. Los fines de semana suelo estar libre.

— ¿Te parece si te llevo la cena?

— Está bien. No me apetece salir mucho de casa.

Le mandé la ubicación y después pensé que podría aprovechar esos momentos con Heinrich para intentar descubrir cuáles eran los gazapos dentro de su expediente. Había averiguado uno del expediente de Gerault. Él no se llamaba en realidad así, por lo que había que investigar y no podía fiarme tampoco de todo lo que estuviese escrito en esos condenados expedientes. Podían ser mentira tras mentira, fruto de una mente macabra que solamente deseaba jugar conmigo. Puede incluso que no tuviese tanta gente como antes, que me estuviese engañando de alguna forma, pero de ser así, ¿cómo habría logrado tener todas esas cosas dentro de la cárcel? No sabía cómo funcionaban las penitenciarías, pero dudaba que uno pudiese tener móviles, cámaras y cualquier contacto con el exterior salvo las televisiones, si había alguna dentro de ellas y las visitas que se recibiesen.

Empecé a recoger todos los papeles que había por mi habitación y después, me quedé con el expediente de Heinrich en mis manos. Los datos personales más o menos me los conocía y sabía que estaba casado. También habíamos hablado del número de hijos incluyendo aquel que no era suyo. Lo demás… no tenía ni pajolera idea.

No sabía si tenía más hermanos, si no. Si me lo había contado se me había olvidado por completo así que la memoria tampoco estaba haciéndome un gran favor. También tenía otra opción, mandar todo a la mierda y preguntarle directamente qué era mentira de todo eso. No sabía si me fiaba tanto como para hacer eso. Debería, sí, pero… ¿y si me mentía? Volvería a estar en las mismas. Menudo plan ese de tener un abogado y no fiarte de él.

Había una posibilidad más, eso que había pensado antes. Jugar a la femme fatale, sacarles a todos la información de la forma en que me asegurarían todo sin mentirme en nada, pero ¿podría tener la certeza de que no me estaban engañando? ¿Me serviría de algo o también sería un aumento de mi propia paranoia?

Sonó el timbre de la puerta y abrí. Al otro lado estaba Heinrich con una bolsa de papel donde llevaba nuestra cena. Comida chatarra, mi favorita. Me miró de arriba abajo y me saludó abrazándome ligeramente por la cintura antes de dejar un beso en mi mejilla.

— Pensaba que tardarías más.

— Estaba cerca de aquí. Ya lo sabes.

Asentí y me fui a la cocina para coger un par de platos y vasos además de llevar una jarra de agua a la mesa.

— Si no te has comprado alguna bebida, te digo yo que aquí tendrás solo y exclusivamente agua o si me pillas en un día generoso un refresco sin burbujas —di un golpe de cadera a la puerta del frigorífico para cerrarla antes de terminar de llevar todo.

— No te preocupes, con agua está bien. ¿Para qué me has llamado, Kyra? Parecías preocupada.

— Te he llamado para preguntarte por todo lo que tenía que ver con el caso de Londres.

No tenía que ser demasiado específica. Él ya sabía a qué caso me estaba refiriendo. Se quitó la chaqueta del traje que en esta ocasión era de gris azulado y tras remangarse sacó un poco de todo de aquellas bolsas de papel. Mordí mi labio inferior mirando los trozos de pollo y sabiendo que si abría alguna hamburguesa tendría que quitarle todo lo extra que ponen junto a la carne teniendo que quitarles el pepinillo y ese horrible sabor a cebolla cruda con un montonazo de ketchup que no me permitiría disfrutar de nada más que del sabor de éste mismo.

Puso los nuggets delante de mí y reí porque era bastante obvia. Cogí los cubículos de salsa barbacoa y después, me senté en el sitio que él me había asignado.

— Lo que sé sobre el caso es que llevan pidiendo una fianza desde que entró en la cárcel. El abogado ha estado buscando cualquier posible triquiñuela para que le pudiesen sacar de allí y, si no recuerdo mal, dentro de un par de días tiene una nueva vista en un intento por lograr esa fianza. A no ser que se saque algo de la manga, dudo mucho que pueda lograrlo. Le han denegado todas hasta la fecha.

Abrí el botecito de la salsa y pringué uno de los trozos de pollo empanado pensando para mí misma mientras él me seguía contando los por menores sin que le estuviese haciendo demasiado caso.

¿Y si era eso? ¿Y si me estaba avisando que iba a  venir por mí? ¿De qué otro modo tendría sentido remarcar tanto la fecha de mi cumpleaños? Entonces, para que eso fuese posible, tenían que concederle la fianza, el tercer grado o como fuese eso en esa vista.

— Esta no —rompí de repente su discurso haciendo que se sorprendiese—. Esta vez saldrá de ahí. Estoy convencida.

2018 / Ago / 22

Entré en mi casa. Me quité los zapatos agradeciendo no haber tenido que hacer el viaje de vuelta con aquellos tacones endemoniados que me habían destrozado las plantas de los pies cuando me ponía de pie y tenía que caminar de un lado al otro en la consulta.

Miré hacia mi cuarto el cuál gritaba caos absoluto con letras de neón bien brillantes. El cerebro me iba a explotar si seguía así. Me metí en la ducha dispuesta a calmarme y dejar que el agua fresca se llevase por unos instantes todos mis males además del horrible calor que estaba haciendo a esas alturas del año.

Dos mil quinientos diez. Estos números siempre tenían un porqué. ¿Una combinación de una caja fuerte? No, no tendría demasiado sentido que me diese ese número tantas veces si era por eso. Si lo hacía no se aseguraría de que fallase y me trincase la policía; además, esto era una lucha por quién era más inteligente. Para nada, dudaba que ese fuese el estilo de Douglas, era alguien más como el Joker o Enigma, preferían realizar las fechorías mayores ellos solos, los juegos psicológicos eran su diversión para torturar a quien estuviese en su punto de mira en ese momento.

Dos mil quinientos diez… ¿Podría ser un código postal? ¿No le faltaba algún número para eso? ¿Una hora? No. Las horas no llegaban hasta las veinticinco, así que sería ilógico completamente que fuese una hora, pero podía estar al revés. Las diez y veinticinco ¿no?

Apoyé mi frente en la fría pared de la ducha mientras aquel número seguía dando vueltas y entonces, en mi cabeza algo hizo clic. Esa era la fecha de mi cumpleaños. ¿Podía haber sido tan retorcido como para eso? ¿En serio me estaba pensando eso? Pero, de ser mi fecha de cumpleaños, ¿por qué estaba en todas las carpetas? ¿Había preparado algo para ese día?

Me enjuagué el pelo y el cuerpo lo mejor y más rápido que pude para terminar envolviéndome con toallas corriendo descalza por la casa dejando una maravillosa pisada clarísima de agua en el suelo que dejaría cerco. Rebusqué las carpetas después de haberme secado bien las manos y comencé a repartir los expedientes por mi cama buscando ese número, esa fecha si estaba en lo cierto, en todos ellos.

¿Era eso un indicativo de algo? Estaba en páginas diferentes, subrayado, tachado, rodeado, en colores distintos. Vale. Sí, ahora podía creerme a la perfección que el día de mi cumpleaños iba a pasar algo, pero ¿qué? ¿Qué podía haber planeado ese demonio?

Cerré mis ojos con fuerza. Respiré profundo y recordé que en mi cumpleaños había sido cuando me habían regalado a mi amigo Rochester. Había sido William quien me había dado ese pequeño regalo y su enemigo acérrimo quien le había quitado la vida. Puede que fuese precisamente en Verdoux en el único que pudiese confiar, pero ¿cómo hacerlo después de lo que me había hecho? Prefería que no volviese a aparecer en mi vida. Tenía lío más que de sobra como para incluir su conflicto incestuoso en la ecuación.

Cogí los expedientes de Tatiana y de Gerault. Me centré en ellos. Las páginas en las que estaba señalada la fecha permanente, no tenían nada que ver en la vida de cada uno, no era el mismo momento. En el expediente de Gerault estaba escrito entre el vacío que había de su vida desde los diecisiete hasta que su nombre saliese a la fama como si hubiese estado allí siempre.

En la vida de Tatiana, en cambio, estaba situado justo al lado del epígrafe: “sumisa por gusto”. ¿Qué tenían esas etapas de su vida en común? Aparentemente nada, a no ser que me indicase que Gerault también había sido un sumiso por gusto de aquella mujer logrando el dinero rápidamente.

Leí más atentamente esa parte de la vida de Matt y comprobé algo que me había sorprendido, pero a pesar de lo detalladísimo que estaba en algunas partes, el nombre del marido de aquella mujer no aparecía por ninguna parte. Ella había estado casada y era mayor cuando había contratado a Matt como un señorito para todos sus placeres domésticos si es que podía calificarse así lo que había querido esa mujer.

El nombre de aquella mujer sí estaba especificado y si era millonaria como decía en el expediente además de la palabra que tenía de Gerault, si es que podía fiarme de ella; aquella mujer había tenido que salir en algún momento de su vida en alguna noticia. ¡Queridísimo internet, menos mal que existes!

Corrí intentando que no se me cayese la toalla de alrededor del cuerpo ni tampoco pegarme le culada del siglo si me escurría con el propio agua que había derramado yo solita. Me senté frente al ordenador y aunque temía que en cualquier momento terminase dándome un calambre de los gordos que me dejase completamente frita por estar manejando un aparato eléctrico estando empapada aún.

Abrí el buscador por antonomasia y tecleé el nombre de esa mujer. No estaría de mi parte seguramente, pero en milisegundos lo averiguaría. Enlaces que no tenían absolutamente nada que ver, así que no me valían, debía hacer la búsqueda más específica. Añadí la palabra hemeroteca y entre los primeros enlaces encontré uno de los periódicos más prestigiosos. Esa mujer aparecía junto a su familia, millonaria también y por ese motivo había conservado su apellido de soltera en lugar de cambiárselo al de casada por ser su marido un pequeño don nadie, un hombre que lo único que había dejado como legado era un hijo que falleció poco tiempo después.

Continué leyendo aquellos artículos hasta encontrar, finalmente aquella noticia en que hablaban del compromiso y futura boda de la mujer pues entonces se anunciaban esas cosas a bombo y platillo cuando se trataba de los adinerados aunque no le importase a nadie. Había un pequeño hueco en la sección de sociedad para anunciar todo aquello. Por eso, en ese anuncio, encontré el apellido del marido. Sí había dejado legado, claro que sí: Gerault, su apellido, en un completo desconocido para él.

2018 / Ago / 22

Tenía dos versiones de una misma historia. Tatiana me había contado en la primera sesión lo que pasaba con su pareja. Sin saber entonces que era Gerault, aquella forma de describírmelo me había parecido excesivamente detallada, cierto, sin embargo, ¿no había sido muy específico Douglas también cuando me había descrito sus asesinatos? Los hechos traumáticos pueden recordarse a la perfección si se repetían una y otra vez, ¿no? ¡Demonios! No recordaba esa parte de la teoría psicológica, pero yo misma podía dar señales a la perfección de los momentos que habían sido traumáticos para mí, eso sí… teóricamente no es todo igual que se recuerda dado que nuestra memoria tiende a rellenar los espacios vacíos con lo que le resultase lógico.

Bien, de igual forma tenía dos versiones: Tatiana como víctima siendo pegada por su pareja, demostrando que Gerault era de los que no podían mantener una relación monógama o mínimamente monógama y, por otro lado, la teoría conspiratoria de Gerault en que Tatiana era una arpía despiadada que por alguna razón estaba intentando acabar con él teniéndole en la palma de su mano. Ella era la ama en esa relación, por eso él estaba tan a disgusto.

Era hora de intentar resolver los gazapos de esos dos. Puede que en el fondo haberme enterado de toda esa historia sirviese de algo.

Si no recordaba mal había muchas frases subrayadas en el expediente de Gerault. La mayoría de su pasado coincidía con lo que él me había dicho hasta que Tatiana había aparecido en su vida. En total habían sido algo así como unas veinticinco relaciones de ese estilo y tenía una foto con los nombres y apellidos de cada una. Había también una copia del contrato de confidencialidad, ese que parecía haberse puesto de moda ahora en las relaciones de cualquier tipo. Después, había un folio con las conclusiones, un resumen a grandes rasgos que parecía hecho a mano. Lo último que había escrito en él y en todos, eran unos números: 2510. Fueran lo que fuesen debían ser importantes por lo que me había quedado con ese número que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza durante todo el día intentando encontrarle un significado.

— Kyra…

Parpadeé varias veces antes de encontrarme con el rostro de la agente Johnson delante de mí. Estaba aún en el despacho mientras me obligaba a hacer ejercicios de memoria de forma que pudiese recordar lo que ponía en aquellos condenados expedientes, pero no tan buena memoria para recordar tantas cosas y menos en un estado mental tan alterado.

— Buenas, agente. ¿En qué puedo ayudarle?

— Tan solo venía para decirle que hemos puesto a Tatiana a salvo. No obstante, era empieza el duro trámite legal, aunque la orden de alejamiento está completamente en regla. ¿Le ocurre algo? — preguntó mirándome fijamente intentando discernir ella sola qué podía ser.

— No, nada. Solamente estaba pensando sobre qué medidas tomar con algo en concreto, no se preocupe. Estoy bien y me alegra que la joven ya esté bien… tranquila y lejos de su agresor.

— ¿Es eso lo que la tiene así, Kyra?

— Sé cosas que no puedo contar porque si las cuento todo se iría al traste incluyendo mi propia carrera profesional. Sin embargo, hay demasiadas cosas que no me cuadran, agente y lo que ocurre entre Tatiana y su pareja es una de ellas, precisamente.

Ella comprendió y me dio un apretón en la mano con suavidad antes de marcharse tras regalarme una pequeña sonrisa que mostró sus dientes blancos en comparación con su tersa y suave piel oscura. Su pelo estaba domado de alguna forma incomprensible para hacer un pequeño moño a la altura de la nuca sin perder ese rizo afro natural.

Di pequeños golpes en mi frente cuando salió e intenté centrarme en el siguiente paciente leyendo sus datos en la copia de expedientes que tenía en la red de… ¡un momento! ¿Cómo había podido conseguir una copia exacta de los expedientes de mis pacientes? Me fijé con mayor precisión en aquel que tenía abierto y había leído palabra por palabra aquello hacía poco tiempo. La única forma de encontrar un gazapo en ellos sería si me atreviese a imprimir alguno de ellos o… ¿y si me traía los expedientes impresos en casa a la oficina? Debía hacerme con una especie de candado, de esa forma, no vulneraría más leyes de las que seguramente ya había vulnerado.

De todos modos, si era una copia exacta del documento que tenía delante salvo por las modificaciones que hubiese hecho él, significaba que había alguien infiltrado de la oficina. ¿Podía ser Smith? Él tenía la cuenta de administrador de ese servicio exclusivo y si hubiese entrado alguien sin autorización lo sabría, ¿no? Los técnicos le hubiesen dicho algo, tendría manera de averiguar quien había entrado en el servidor a los expedientes de mis pacientes además de mi cuenta personal; eso si resultaba no ser él, porque de serlo, por supuesto que no habría habido nada extraño y estaba vigilada por alguien que me había perseguido hasta Washington para ofrecerme un empleo.

Paranoia. Eso era lo que Douglas quería conseguir en mí, seguro. Pues debía aplaudirle porque lo había logrado de todas las formas posibles. No sabía en quién podía confiar o no. Fuese por lo que fuese estaba al borde de que me diese un patatús y me saltase como un resorte mi vena asesina y exterminadora.

Frialdad, Kyra, frialdad.

Tenía que llegar a casa cuanto antes, ponerme a mirar los papeles y sobre todo, averiguar qué demonios era ese número, el que siempre se repetía en todas las carpetas en alguna de las páginas.

Siempre había querido ser como Sherlock Holmes, pero ahora entendía el verdadero peligro que se corría jugando a este tipo de investigaciones, sólo, con ayuda de tu intelecto que no siempre quiere jugar a tu favor, frente a un enemigo que se frotaba las manos con cada segundo que pasaba sin que no le hubieses dado respuesta a su acertijo.

Puede que no tuviese otra opción, en realidad. Puede que la única posibilidad de seguir viva, de poder luchar contra esto, era volverme quien no era y siempre había deseado ser.

2018 / Ago / 22

— Mi residencia habitual no es el lugar al que te llevé. Resido en otra casa donde no puedan asegurar que tengo relación alguna con el mundo de la dominación. Tengo una fachada que mantener de cara a los demás y una reputación que me ha llevado hasta donde estoy.

Escucharle intentando explicarse resultaba tedioso, pero quería saber cuál era su creación sobre todo ese guirigay que se había montado. Bien era cierto que en algo no se confundía y era en que nunca me había gustado tratar a dos personas que tuviesen una relación tan estrecha, aunque siendo realistas lo que para mí era estrecha para Gerault no lo parecía tanto. La había calificado de sumisa y no de pareja. Estaba claro que algo ahí no cuadraba demasiado.

— Hará unos tres años, empecé esa relación amo-sumisa con Tatiana. No me interesaba ningún otro tipo de relación. Estuvimos juntos un total de un año y medio, pero entonces ella quiso más y yo no.

Rodé los ojos sin poder evitarlo porque era igual que leerse la historia de Grey con Leila. La falta de imaginación en la mente de Gerault me resultaba hasta insultante.

— Y… déjame adivinar. Ella se casó, su marido se murió, se intentó suicidar delante de tu cocinera y después, empezasteis a perseguirla tú y tu equipo de seguridad para llevarla a un hospital psiquiátrico.

El ceño de Matt se frunció demostrando su enfado considerable. Su mandíbula se apretó y miró hacia un lado antes de hacer un movimiento que le había indicado a quien fuese que se marchase de allí lo antes posible. Eso podía significar que las cosas se iban a poner muy feas, por lo que intenté buscar en la mesa algo con lo que defenderme por si acaso se atrevía a ponerme una sola mano encima.

— ¿Te estás riendo de mí, quizá?

— Quizá sea esa la pregunta que yo debería hacerte, Matt. ¿Te estás riendo de mí en mi cara? ¿Piensas que me voy a tragar toda la historia del acosado despechado siendo prácticamente idéntica a la de ese libro?

— ¡No fue eso lo que pasó!

— Ilústrame, entonces.

Se incorporó de la silla y comenzó a caminar de un lado al otro mientras me contaba su versión de los hechos.

— Una noche llegué a mi casa. Ella estaba dentro. Le pedí que se marchase. Se había puesto una copa lo suficientemente cargada para que terminase todo el coñac por el suelo. Bebió, lo que me pareció impropio de ella dado que me había asegurado siempre que ella no bebía ni lo haría jamás. Me lanzó entonces un pequeño paquete que cogí y comprobé que había una tarjeta de memoria como de una cámara de fotos —apoyó sus manos en la mesa para quedarse igual que un gorila preparándose para la pelea—. En su interior tenía escenas mías a su lado teniendo sexo en aquella habitación que había creado para mis placeres sexuales. ¡No sabía que sería tan lista de meter ahí una de esas microscópicas! El problema estaba en que no solamente tenía imágenes mías con ella, sino también con otras mujeres y en todas se me veía perfectamente el cuerpo además de cada uno de los movimientos y artilugios utilizados para esas prácticas. Gracias a eso, me obligó a que fuese nuevamente su amo, sin embargo, ese más que yo pensaba, ella lo llevó a un extremo para ponerme más entre la espada y la pared. Siempre hacía cosas para enfurecerme, todo lo que sabía que suponían castigos físicos duros.

— Pero… eso estaba estipulado dentro de esa relación que mantenéis, ¿no? ¿Qué tenía de raro?

Se frotó la frente con los dedos y volvió a sentarse para intentar explicármelo como si le costase tener que definir algo tan simple.

— Así es. Pero, salvo que te encante recibir palizas de muerte, Kyra, no sueles buscar enfadar al amo, al contrario, buscas hacer todo lo que te diga y de esa forma te llenará de placer y no de dolor hasta dejarte medio inconsciente. Sabía que cualquier pequeña cosa me alteraría hasta el punto de hacerme perder el control por completo gracias a los chantajes que me hacía.

— ¿Le dabas palizas por placer o por pura ira? —alcé una de mis cejas mirándole a sus ojos grises que brillaban con hambre de a saber qué. Si era hambre de mí pensaba tirarle lo que fuese a la cara.

— Yo siempre doy palizas por placer, Kyra. Pero con ella era distinto. Quería hacerle muchísimo daño. Intentar doblegarla por el dolor, pero si te mueves, normalmente pueden dejarse marcas que no se desean dejar, ¿entiendes?

— ¿Acaso existe alguna forma en que un cuerpo no se quede magullado o marcado cuando se le golpea? ¿Me estás tomando el pelo?

Resopló antes de negar y volvió a inclinarse hacia delante de forma que le tenía más cerca de lo que jamás hubiese deseado tenerle, otra vez.

— No son precisamente invisibles, Kyra, claro que no, pero… son más fáciles de ocultar. En cambio, si te mueves lo suficiente como para que no te dé donde te quiero dar… aparecerá un moratón que podrás enseñar a quien te dé la gana.

— Así que por eso es toda esa tontería de “no moverse” ¿no? Para que tengas en el mismo sitio, siempre, cualquier lugar que desees pegar y dejar menos magulladuras —mordí mi labio inferior intentando comprenderlo porque no sabía de qué forma se podía pegar a alguien sin que quedase un cardenal. Yo me había dado en todo el cuerpo y habían aparecido tan moraditos como siempre doliendo como condenados hasta que semanas más tarde se volvían de otros colores terminando por desaparecer.

— Veo que poco a poco lo vas comprendiendo.

Esto era una mentira como un piano. ¿Se creía que iba a tragarme eso de las matemáticas aplicadas al área donde se golpea? Debía investigarlo por si era cierto y yo estaba confundida, pero no me lo creía, para nada. Además, de haber querido Tatiana esconderme los moratones hubiese podido hacerlo sin problema, si no se hubiese levantado… Un momento, ¿era eso? ¿Intentaba decirme que se había inventado todo y que me había mostrado el cardenal por eso? Pero, ¿cómo sabía que lo había hecho? ¿Le habría llegado la denuncia? Si preguntaba perdería por completo mi posición neutral y le daría información, algo que no podía hacer si Tatiana no me mentía. ¿Cómo demonios salía de ésta?

2018 / Ago / 21

Me subí al vehículo aunque no debí hacerlo. Llegamos hasta un lugar apartado donde nos habían servido un desayuno al aire libre allí donde pudiésemos disfrutar de una agradable tranquilidad en medio de la tormenta. Estaba delante de un hombre que me estaba chantajeando de todas las formas que sabía para que le siguiese tratando, no obstante, era más que evidente que su intención conmigo no era únicamente una relación paciente y psicóloga. Quizá la prohibición le hubiese llevado a actuar bajo el morbo de lo que no se puede tocar y además, el poco deseo que había en mi interior hacia él, tomando finalmente la justicia por su mano para que el mundo siguiese girando a su antojo.

Me sentía asqueada de mí misma y suplicaba en lo más profundo de mi corazón que fuese mentira, que estuviese jugando conmigo nada más como hacía casi siempre. Estaba harta de los juegos de quienes se creían superiores a mí, que estaban dispuestos a todo para ponerme de rodillas delante de ellos como si no hubiese otra posibilidad. Sin embargo, ¿qué podía hacer que no fuese jugar a las reglas establecidas? Solamente se me ocurría una forma de ganarles y era cogiendo las riendas de la situación, poniéndome en una posición que no esperaban, pero dudaba poder jugar con las reglas que no había sabido manejar nunca. Debía ser ama en lugar de sumisa, ser incompatible en carácter, pero dudaba que ese papel me quedase como anillo al dedo.

— ¿De qué quieres hablar exactamente? —pregunté a Gerault quien sentado delante de mí se bebía un sorbo de un cappuccino caliente.

— He sabido que ha llegado a tus oídos una información que no deseaba que llegase de ese modo. Una de tus pacientes, Tatiana, te llegó con el cuento de que somos pareja y que la maltrato. ¿Verdad?

Enarqué una de mis cejas maldiciendo que tuviesen tanta facilidad para enterarse de todo lo que sucedía en el mundo a pesar de no tener ni el más mínimo derecho a ello.

— No puedo contar nada de mis pacientes en caso de que ella sea una de esos pacientes.

Mi respuesta le contrarió. Quizá esperaba que le dijese que a todo que sí como si fuese tonto o el señor del universo. Seguramente estaba acostumbrado a eso. No obstante, mantuve mi postura, me quedé en silencio y por último, para demostrar tranquilidad, llevé un trozo de galleta de mantequilla a mi boca masticándola con parsimonia.

— Bien… quería solamente aclarar los términos.

— ¿Qué habría que aclarar? No tienes que explicarme nada de índole personal que no quieras y si quieres mantener esta conversación igual que pediste, de terapeuta a paciente, entonces tendré que recordarte que no estoy aquí para juzgarte tengas amantes, dobles o triples vidas —me encogí de hombros antes de volver a comer de esa deliciosa galleta.

— Creo que no lo estás entendiendo bien…

— ¿Por qué?

— Porque… necesito decirte la verdad.

— Sería beneficioso para que pudiese ayudarte, Gerault, pero no creo que sea relevante lo que yo piense o deje de pensar sobre el asunto fuera de la profesionalidad del momento.

— ¿No te molesta que te haya podido mentir?

— En realidad, que me moleste o no es lo que menos importa. Si me has mentido, sabes de sobra que va en perjuicio de tu propio tratamiento. Si no lo has hecho no entiendo porqué habría algo que aclarar. No obstante, si deseas contarme lo que sea, soy todo oídos —me terminé la galleta observándole con atención antes de que exasperado se apoyase en su asintiendo. No le sentaba demasiado bien los mareos en los juegos de palabras.

Dejó la taza de su cappuccino a un lado para inclinarse sobre la mesa de forma que sus ojos grises estuvieron completamente fijos en mis facciones las cuales demostraban que estaban lo suficientemente concentradas en desmenuzar con las muelas aquel trozo de galleta que no podía demostrar otra emoción ajena a esa.

— Bien, entonces, partamos del supuesto que Tatiana ha ido a verte a tu consulta. Primero, ha desobedecido una de las normas que es no mirar entre mis cosas y segundo, no sé si tú podrías tratar a dos personas que tienen una relación tan cercana, así que puede que estés jugando con tu propia ética.

— Primero, desconozco las normas que tenéis. Tampoco es que me importen demasiado. Segundo, no estaría incumpliendo normas dado que no sabía que existía tal vínculo entre ambos siempre y cuando ella fuese mi paciente también. Puntualizo tu supuesto.

— Estás quisquillosa hoy, ¿eh? —una sonrisa se curvó por sus labios analizando mi puntillismo y apreciación en los detalles como algo que de forma cualesquiera le resultase a él beneficioso.

— No. Estoy siendo técnicamente rigurosa. Prosigue —le invité a continuar antes de dar un sorbo a la taza de leche.

— La relación existente entre Tatiana y yo, es íntima, sí, pero no hasta el punto que tú crees.

— O que crees que creo.

— Ella fue mi sumisa, tiempo atrás, pero aún sigue acosándome.

¡Esta sí que era buena! ¿Tatiana acosándole a él? ¿No tenía nada menos creíble en su repertorio? Si me hubiese dicho que era su sumisa y que le gustaba tener más de una, me lo creería más fácilmente; también, si me decía que era su pareja de hecho, pero que le gustaba follar con toda la falda que estuviese a su alcance. ¿En serio creía que un hombre como aquel que tenía todo el control iba a estar amedrentado por una mujer? No importaba que fuese aquel demonio que me destrozó la infancia, él era un sadomasoquista que le gustaba pegar a las mujeres para excitarse, era tan grande como cuatro armarios roperos y podría con la rubia solamente con uno de sus musculosos dedos. ¿Tan tonta se creía que era?

— ¿Y cómo te acosa exactamente?

El asunto se estaba volviendo hasta divertido. Aquella mentira no tenía ni pies ni cabeza, pero quería conocer toda la trama que se había inventado, puede que así pudiese entender mejor hasta qué punto necesitaba terapia.

— No dirás nada, ¿verdad?

— Ni una sola palabra…

Si es que era capaz de controlarme las carcajadas.

2018 / Ago / 21

El jueves me había pasado el día intentando resolver los enigmas que me había dejado Douglas una vez que Derek se había marchado de mi casa para continuar con su trabajo. Había intentando descubrir los que consideraba más sencillos, pero había un gran problema, no conocía tan bien a todos como yo pensaba y muchos de ellos me hacían dudar. Ni tan siquiera había podido tachar con seguridad todos los de los miembros de mi familia. No sabía cuáles eran gazapos. Algunos eran más o menos sencillos pues tenían que ver conmigo, pero ¿qué sabía yo lo que habían hecho a solas o cuando yo no había estado en sus vidas?

Tenía a Dasha también entre ellos. Misha, su maldita e insoportable ex a la que no tenía el gusto de conocer, todas mis parejas de internet o no y al mismo Derek Vance entre todos aquellos papeles. También había información confidencial de mis pacientes, pero por mucho que no quisiese invadir su intimidad, no tenía otro remedio que leer todo lo que allí estaba escrito. No obstante, la carpeta que había estado la mayor parte del tiempo entre mis manos había sido la de Gerault. Había muchas cosas que no comprendía.

El viernes había llegado antes de lo que hubiese deseado. Tenía que enfrentarme nuevamente a Gerault aunque dudaba que fuese a aparecer en la consulta aquella mañana. El experimento había acabado y Smith ya estaba en la oficina, por lo que no había nada que nos mantuviese unidos de ninguna forma, salvo su pareja, por supuesto.

Ducharse, arreglarse, maquillarse y ponerse los zapatos. Listo. Ya lo tenía todo. Debía dejar guardadas las carpetas que me habían acompañado la mayor parte del tiempo y rezar para que nadie viniese a quitármelas de un momento a otro. Cerré la puerta con llave y bajé hasta el portal esperando que el Pokemon Go se conectase. Intentaría conseguir que alguno de esos condenados huevos eclosionase, lo que para mí era traducido como: explotar. Nunca me acordaba del verbo adecuado.

Mientras caminaba por la calle agradeciendo haberme acordado de llevar puestas unas manoletinas antes de ponerme los tacones, un coche tocó el claxon. Alcé la mirada de mi móvil sorprendida, casi por instinto natural de supervivencia y allí, a unos metros, estaba un vehículo gris plata del que se iba bajando elegantemente Gerault. ¿Por qué no podía tener pacientes normales? Todos eran unos acosadores de manual, bueno, los que tenían recursos para ello.

— Señorita Mijáilova, buenos días.

— Señor Gerault —asentí y después me giré sobre mis propios talones para salir caminando tan deprisa como me permitiesen mis piernas.

— Kyra… ¿dónde vas?

— ¿Al trabajo? —mi tono era jocoso porque ¿dónde diablos iba a ir a aquellas horas de la mañana?

— Creo que teníamos una cita concertada.

— Así es. Teníamos. Si no le viene bien puede cancelarla ahora que el doctor Smith ha regresado. Fue un placer haberle tratado.

Seguí mi camino hasta que su mano se cernió sobre mi brazo y antes de que pudiese darme cuenta tenía el antebrazo atrapado por sus gruesos y fuertes dedos. Tiró hacia él y pude contemplar en sus facciones que no estaba de buen humor.

— ¿Estás bromeando? ¿No sabes que he pedido que sigas siendo tú mi psicóloga?

— No creo que me necesites como psicóloga, así que en cuanto llegue le diré a Smith que vuelves a ser su paciente dado que no creo que sea lo más recomendable interrumpir tu tratamiento —intenté librarme del agarre, pero él oprimió con más fuerza para que no pudiese hacerlo.

— No lo harás. Sabes de sobra que no puedes hacerlo porque te tengo en mis manos.

— ¿En tus manos? —enarqué una de mis cejas.

Él mismo se acababa de señalar como el ayudante de Douglas. ¿Esos eran los supercerebros con los que juntaba. No habían pasado ni diez minutos desde el primer buenos días después del regalito envenenado de su jefe y ya estaba diciendo quién era.

— No te hagas la sorprendida, Kyra. No te pasaba lo mismo la noche que pasaste en mi casa, ¿verdad? Te hice gemir y gritar hasta que no pudiste más.

¡Mierda! ¡Mierda, mierda, mierda! Por favor, que se estuviese refiriendo a mi sueño, que había entendido que había gritado su nombre por un sueño, pero estaba tan seguro que empezaban a temblarme las piernas. ¿Había sido real? Pero… ¿cómo? ¿Cómo no me había dado cuenta que aquella entrega no había sido un sueño? El dolor al tenerle en el interior, el sudor de mi piel, el cansancio al día siguiente…; todo aquello eran indicadores de que mi sospecha podía estar basada en una realidad fundamentada.

— ¿Qué me hiciste?

— ¿Qué te hice? Nada. ¿Qué hicimos? De todo —la sonrisa se deslizó por sus labios antes de tomar mi mentón con su otra mano—. Así que, preciosa, si no quieres que le cuente a todo el mundo los antojos de tu cuerpo y que sepan lo buenísima psicóloga que eres que hasta te tomas la satisfacción sexual de tus pacientes muy a pecho. Harás todo lo que te diga y serás mi psicóloga hasta que me canse. ¿Lo entiendes?

Apreté mis labios. A saber qué pruebas tenía a parte de inventarse o haber curioseado durante esa noche mi cuerpo debajo de la camiseta. Lo único de lo que era verdaderamente consciente era de la bilis subiendo por mi garganta y poniéndome mal cuerpo, demasiado mal cuerpo.

— Por favor, déjame tranquila.

— Entonces, haz lo que te digo. Soy tu paciente, trátame como tal. No son necesarias tantas confianzas como la última vez.

Resoplé intentando contener las ganas de darle un puñetazo al estilo Wonder Woman y mandarle al hiperespacio, algo que evidentemente no sucedería, a pesar de que en estos momentos me hubiese venido de lujo esa heroína.

— ¿Te importaría subirte al coche, Kyra? Iremos a desayunar dado que tiene toda la pinta de que, nuevamente, no has metido un solo gramo de alimento al cuerpo. Durante nuestro desayuno tendremos la consulta.

Pensé en si había alguna probabilidad de librarme de esto y si estaba tan seguro es que no pintaba nada bien la cosa. De todos modos, la única razón por la que yo no me hubiese dado cuenta es que me hubiese drogado de alguna forma así que tenía que intentar averiguarlo y así, además, poder descubrir los gazapos en el expediente de Gerault.