2018 / Ago / 26

El efecto de una discusión acalorada, el tiempo que tardé en explicarle todo lo sucedido y la temperatura que aumentaba conforme pasaban los minutos dado que en aquella época del año el calor abrazaba los cuerpos hasta intentar derretirlos; provocaron que el sudor, el impecable cabello y la agitación hiciesen su aparición sin necesidad alguna de mayor actividad física.

— Entonces, ¿ha vuelto?

— Así es. Ha salido de la cárcel y no sé cuánto tardará en darme caza.

Sus manos se posaron sobre mis brazos desnudos y los apretó de forma que diesen énfasis a las palabras que iba a decir.

— No pienso consentir que vuelvan a hacerle daño. Huya conmigo. La protegeré, como sea.

— No creo que pueda hacer nada para evitarlo. Imagine que hacen daño a alguien de mi familia para hacerme daño a mí y provocar que vaya hasta mi propio final.

Sus ojos se fijaron en los míos y pude ver cierto fuego en su mirada a pesar de que estábamos entre penumbras.

— ¡No puede morir! ¡No lo permitiré! —su pasión en aquellas palabras y la manera en la que su mandíbula se apretaba me hacía creer que realmente le importaba dándole alas a mi corazón que deseaba abrazarse a la idea de que el hombre que fue amado hubiese llegado a amarme de verdad.

Suspiré profundamente y acaricié su mejilla con dulzura antes de que él se separase de mí buscando soledad, la cual le entregué regresando al climatizado lugar donde la fresca temperatura empezó a secar rápidamente el sudor de mi piel. Me estremecí completamente y respiré profundo antes de observar a mi alrededor. Las miradas de todos los hombres que conocía se centraron en mi cuerpo. Veía todo tipo de reacciones y tuve que controlarme para no mandarles a tomar vientos porque yo no me metía en sus vidas, aun así, no me hacía demasiada gracia pensar que pudiesen creer que había tenido relaciones o algo parecido con Verdoux allí como dos adolescentes que no se podían controlar.

Ni tan siquiera les presté atención. No podía o me derrumbaría delante de todo el mundo, así que me dirigí al primer camarero que encontré para pedirle algo de bebida dado que no recordaba dónde había dejado mi copa antes de entrar en el interior del edificio solitario.

Cuando tuve la copa entre mis dedos la llevé a mis labios dado que tenía muchísima sed. Podía sentir el calor intentando escapar por mis poros igual que soltaba la locomotora el humo por su chimenea. Casi podía escuchar el proceso de condensación en el aire, la forma en que se enfriaba para volver a ascender como aire más fresco.

— No sabía que era de ese tipo de mujeres. Creía que era más inocente —comentó Gerault intentando contener una carcajada que amenazaba con escapar en cualquier momento de su interior.

— No tengo que darle explicaciones de lo que hago o dejo de hacer. Diga lo que diga tiene una impresión preconcebida y seguirá creyendo lo que le venga en gana, por ende, no voy a gastar saliva en nada de eso. Si me disculpa… —le dejé con la palabra en la boca caminando hacia el gentío buscando un lugar donde poder calmar mis ideas. No sabía qué podía hacer allí, cómo seguir manteniendo una fachada que no era mía y lo que…

¡Un momento! Mis ojos se encontraron con algo que me resultó insólito. Eileen y Derek estaban charlando animadamente y habían terminado por salir a bailar. Fruncí mi ceño sintiéndome estúpida. ¿Cómo había podido creer que era diferente? Un mentiroso, como todos. Un ser dispuesto a aceptar los contoneos de unas caderas que técnicamente odiaba. ¿Y si en realidad era su novia o algo parecido y por eso tenía llave del piso? ¡Era ridículo! Una nueva bofetada con toda la mano abierta.

Me estremecí de pies a cabeza por la ira justo en el instante y los dedos de Tatiana se deslizaron alrededor del cuello de Gerault apareciendo justo en medio de mi campo de visión. Enarqué una ceja, solté una carcajada que terminó ahogando la música de fondo y después me giré para irme encontrándome de frente con Verdoux y Hamann discutiendo igual que si hubiese ocurrido algo muy grave. Estaba usando el alemán de ambos para mantener esa conversación acalorada sin temor a que alguno de los presentes pudiese entenderles.

— ¿Qué ocurre? —pregunté acercándome a ambos que tenían al resto de mujeres fascinadas aunque no comprendían nada de la conversación.

— Tu ex novio, que está intentando echarme las culpas de la sentencia de un juicio en donde no tomé ni voz ni voto —explicó Heinrich con las aletas de la nariz abriéndose desmesuradamente debido al ajetreo interno de sus emociones.

— Tiene la culpa. Si en lugar de estar más pendiente de meterse entre las piernas de Kyra hiciese mejor su trabajo hubiese evitado que ese demente saliese de la cárcel.

Abrí mis ojos como platos ante semejante comentario de William. Ambos estaban a punto de llegar a las manos y no quería que fuese así por lo que implorando perdón con la mirada al abogado, me agarré al brazo del escritor y le saqué poco a poco de ese baile endemoniado que no había sido nada bueno para nosotros.

— ¿Por qué me saca a mí? Es él el único responsable de todo esto.

Tomé su rostro entre mis manos porque no dejaba de buscar a nuestro alrededor cualquier indicio de Hamann. Apoyé mi frente contra la suya acariciando con mis pulgares sus mejillas y respiré hondo esperando que él terminase imitando mis acciones.

— Tranquilícese, William. No le servirá de nada ponerse así.

— ¿No lo entiende, Kyra? Se trata de su vida. ¡De su vida! Cuando creí que iba a perderla cuando tuve que llevarla al hospital… No quiero saber que si alguna vez vuelvo a verla dormida no volverá a despertar porque estará muerta.

Acaricié su barba jugando suavemente y dejando que rascase mis dedos antes de dar un beso a su nariz.

— Si muero, William, seré un peso menos, un problema menos, un quebradero de cabeza menos. No obstante, mi intención no es morir. Por eso hago todo esto, por eso intento jugar bajo sus reglas para ganar la partida. Pero, si muero, será feliz, rehará su vida.

Sus ojos se tornaron duros, dispuestos a gritar a salir furioso de allí y mientras apretaba mi vestido entre sus dedos haciendo que las costuras sonasen casi igual que si estuviese en busca de desgarrar la tela, besó mis labios de la forma menos romántica que me habían besado nunca, podía notar su propio dolor en ese beso.

— Ese es su problema, señorita Mijáilova. Nunca entiende nada.

Finalmente, me dejó fuera, yéndose como alma que lleva el diablo y fumando un cigarrillo que empezó a emitir su humo hacia el oscuro firmamento.

2018 / Ago / 26

— Buenas, señor Verdoux —sonreí ligeramente haciendo lo posible porque me importase más bien poco aquella mueca de disgusto por mi elección de vestuario. Si no le gustaba la femme fatale que había en mí, ella no sentía el dolor, sino que iba directamente a la menuda y tímida Kyra escondida en un lado.

— Buenas, señorita Mijáilova —se ajustó la chaqueta que llevaba y me acerqué a él para acomodarle el cuello que no estaba recto del todo.

Mis ojos felinos se encontraron con los suyos antes de separarme tras una caída de ojos. Vi pasar una bandeja, así que me dispuse a pedirle al camarero una bebida que yo pudiese tomar, sin embargo, Verdoux se me adelantó alzando una segunda copa entre sus dedos que por suerte no parecía estar demasiado caliente.

— Me agrada verla —comentó antes de que le diese las gracias con un gesto de cabeza.

Bebí de la copa dejándome disfrutar del sabor de la naranja acariciando mi garganta y aumentando más y más la sed que podía tener mi cuerpo nervioso frente a todo lo que podía pasar ahí. Demasiadas personas conocidas en una fiesta en la que teóricamente estaría llena de desconocidos.

— Lo mismo digo. Fue agradable encontrarme con usted en ese evento, milord.

Enarcó una de sus cejas divertido por la forma en la que me había referido a él. Seguramente no pensaba que fuese a meterme tanto en el papel, pero siempre había querido saber qué se sentía en esa época y según la invitación no había que salirse del personaje que uno hubiese deseado interpretar.

— Tiene toda la razón. La sorpresa fue ampliamente agradable, milady.

Una sonrisa se deslizó por mis labios antes de dejar que mi propia mente se fuese con la música antes de soltar una carcajada.

— Es irónico, ¿no cree? Tanto que ha hablado mal de Orgullo y prejuicio siendo precisamente esta misma la que se esté recreando a su alrededor —volví a beber pues aún tenía la boca completamente seca.

— En cierta manera, lo es. No obstante, pensaba que aliviaría mi pesar vistiendo como todas esas falsas inocentes, de un blanco inmaculado.

— ¿Por qué debería? La inocencia generalmente se reserva a las jóvenes que no han visto prácticamente nada, que pueden resultar hasta ingenuas engañándolas por medio del amor a caer en las más bajas tentaciones que tan solo el demonio que deseaba mantenerlas para ellos, egoístamente para siempre aunque el amor se terminase, la reclamase como suya.

— Creí que usted creía en el amor.

— Como le dije, el blanco ya no corresponde a mi ingenuidad. Y aunque creo, porque realmente lo hago, en el amor, este es mucho más difícil de alcanzar que las estrellas del cielo. Las mentiras, los secretos, las falsas apariencias pueden llegar a matar el hechizo en el que se había envuelto la mujer. No obstante, el amor, el verdadero amor… —mis ojos se dirigieron mínimamente hacia Derek—, es aquel que te muestra que un hombre puede dibujarte mientras te hace el amor. Que la sensibilidad es clave en el proceso y que se abre el alma a mundos alternativos.

— ¿Ha sentido eso alguna vez?

Mis ojos felinos regresaron al rostro de Verdoux dedicándole una sonrisa enigmática, antes de preguntarme a mí misma porqué había mirado a Derek cuando había dicho esas palabras de manera tan precisa.

— Eso no se le pregunta a una dama, milord. ¿No sabe que los misterios en la mujer son más atrayentes mientras se produce el verdadero conocimiento de la mente femenina que se desea conquistar?

— ¿No había dicho que los secretos…?

— Sí. Lo he dicho. No me retracto. Pero una mujer tiene varias formas de seducir a un hombre y una de ellas es que se vayan descubriendo una a una sus personalidades como se quitan las capas de la cebolla —me acerqué a él para susurrar en su oído—. La verdadera belleza del alma de una mujer es tener tantas capas que siempre sorprenda al hombre con algo nuevo.

— ¿Cómo usted? —sus dedos se apoyaron en la parte baja de mi espalda, cerca del final del corsé del vestido, manteniéndome a esa distancia.

— Me alegra saber que le sorprendo.

Me separé de él sin hacer un gesto demasiado brusco antes de comprobar que las miradas de todos mis conocidos estaban fijas en nosotros. Todos parecían tener una forma distinta de demostrar lo que para ellos significaba que estuviese tan cerca de Verdoux. Había triunfo, sorpresa, enfado…

— No podría dejar de sorprenderme ni aunque lo intentase con todas sus fuerzas.

Intenté descubrir qué había detrás. ¿Podía haber sido Verdoux quien se hubiese compinchado con él? Me rehusaba a creer que era tan retorcido. Necesitaba pensar que era una persona en la que podía poner mis temores si lo necesitaba, si podía regresar a sus brazos para recibir ese abrazo ansiado.

La Kyra de siempre deseaba salir. Quería acurrucarse en su pecho, suplicarle que si sus palabras del autógrafo eran ciertas que no me dejase ir. ¿Por qué estaba tan empeñada en él? Suponía que durante mucho tiempo tendría ese lugar preferente, en cierta manera, por ser el primero en haberme mirado y haber querido algo más de mí; por ser el primero en besar mis labios, acariciar mi piel y darme el mundo que él podía concederme. Un mundo que no tenía nada que ver con aquel que yo había soñado tantas veces.

— Tengo que quedar con usted en un sitio más privado para hablarle de un asunto.

— ¿Es importante? —sus facciones se endurecieron y terminé por asentir—. Venga, entonces.

Su mano tomó mi antebrazo y me hizo caminar hasta otro lugar del salón perdiéndonos en el interior del edificio allí donde estaba todo en penumbra.

— ¿Qué es lo que ocurre? —susurró acercándose mucho a mí provocando el latido de mi corazón acelerado sin sentido alguno.

— ¿Recuerda el suceso con aquel hombre en Londres? Necesito su ayuda.

— ¿Ha vuelto a molestarla?

Su voz ya no sonaba mínimamente dulce, sino salvajemente demandante, como si la idea del regreso de Douglas le provocase un sin vivir idéntico al mío, una agonía de no retorno.

— Ha salido de la cárcel, William. Y… tiene un plan.

2018 / Ago / 26

No pasó nada raro. Me vestí, le agradecí y me marché. Él quiso acercarme, pero decliné la invitación, si lo hacía y nos veía Verdoux, pensaría que estaba con Gerault y no es algo que me hiciese ni la más mínima gracia. Ya lo pensaba Heinrich y tenía suficiente con eso. Esa era la mejor manera de tener a un hombre casado lejos de mí, estar con quien parecía ser su enemigo acérrimo, o que él creyese que era así. No obstante, sabía que esos “gustar” podían esconder mucho más: un intento por entrar a mi vida y ayudar a Douglas a destruirme por completo, un ir y venir de problemas que no causaban demasiado beneficio en mí. Prefería mantener la distancia con todos, de ser posible. Echaba de menos los momentos en mis relaciones tenían una forma fácil de solucionarse: cerrar el ordenador y cuando tuviese fuerzas continuar con el drama.

El taxi iba hacia la dirección correcta. Primero había tenido que regresar a mi hogar para coger la invitación, por si acaso, y finalmente le había pedido que me llevase al lugar donde se daría ese evento. Estaba nerviosa por lo que pudiese pasar, lo reconocía. ¿Cómo no estarlo si uno de los valores variables dentro de aquella fiesta era nada más y nada menos que el profesor que me había hecho tanto daño en el pasado?

Cuando llegué, me bajé del taxi con ayuda del taxista quien amablemente decidió darme la mano para descender. Con semejante vestido necesitabas a alguien más que se ocupase de la tela extra a la que no estaba acostumbrada. Llevaba un tocado de plumas, el pelo ondulado por las tenacillas recogido en un moño lo más elegante que había conseguido hacer yo sola con millones y millones de horquillas atrapando hasta el último pelo que se salía de su lugar. Aún así, tenía un aspecto desenfadado.

Los tacones no me ayudaban a poder andar mucho mejor. Eran unos Manolos Blahnik de los que no había podido mirar ni el precio. Sí, eran preciosos, pero no sabía quién había pensado que cuanto más incómodos más bonitos de aspecto tenían que ser los zapatos o puede que fuese mi habitual animadversión a los tacones por esa relación de amor y odio que les tenía, sin que la marca tuviese demasiado que ver. Si era sincera conmigo misma no me había probado unos tacones que no me hubiesen destrozado los pies así que había terminado entendiendo que eran parte de su estilismo. Belleza en ocasiones significaba dolor.

Entré al edificio donde se podía escuchar música de un cuarteto de cuerda, al menos, era capaz de distinguir el dulce sonido vibrante de las cuerdas cuando dejaban escapar sus sonidos. Todo estaba ambientado en la época, era exactamente igual que un baile como los que había visto en las películas sobre personajes de siglos pasados. Me recordaba principalmente al baile en el que Elizabeth había disfrutado de la compañía danzarina de Mr. Dracy y sabía a la perfección que aquel pensamiento hubiese provocado en William una sonora carcajada además de una nueva charla sobre los por menores de una de las obras por excelencia del romanticismo, al menos, a mis ojos. Jane Austen, las hermanas Brontë y tantas mujeres habían permitido a otras soñar con un hombre lleno de modales refinados durante generaciones. Un hombre que amase de verdad, que se enamorase primero, que luchase por un amor no sabía si lograría en algún momento de su amada. Historias que aún hacían vibrar mi corazón cuando recordaba sus palabras.

La banda sonora de Orgullo y prejuicio empezó a sonar en ese momento, justo la melodía que tenía en mente, el instante de la danza entre una brillante Keira que bordaba el papel de Elizabeth y un inaccesible Darcy interpretado por Matthew Macfadyen quien terminaba enamorando a quien le viese interpretar al apuesto caballero inglés.

La música era envolvente y en el instante que todos los presentes se giraron hacia mí creí sentirme igual que una duquesa entrando en el gran salón. Sabía que no había nada excesivo que se me viese, pero la mayoría de las chicas jóvenes iban vestidas de un inmaculado color blanco intentando demostrar una inocencia inexistente. Mi sonrisa enmarcada en aquel labial rojo apareció casi por instinto. No había burlas, había cuchicheos intentando discernir quien era la mujer del vestido rojo mientras me dedicaba a caminar por el lugar igual que si fuese mío.

Me giré sobre mi misma observando los espejos que había en el techo. Los detalles eran asombrosos, parecía casi una perfecta imitación del interior del palacio de Versailles. Habíamos viajado a Francia en un parpadeo donde mujeres con una buena posición buscaban que sus hijas encontrasen un marido de aún mejor posición que la propia intentando engatusar al rey francés para que sucumbiese a los encantos de alguna de esas damiselas con las que terminaría yaciendo por el placer de ser infiel y demostrar su hombría y posición sin importarle los sentimientos de la afligida esposa que debía soportar saberse la cornuda real.

Bajé mi mirada del espejo justo hacia el frente donde una figura vestida de antaño sería siempre reconocible para mí. Él se giró despacio, contempló mi vestido que no parecía ser de su placer y respiré profundamente admitiendo que debía darme igual sus preferencias, que aquella era la imagen que yo deseaba dejar en aquel baile. Debía ser una mujer fuerte, segura de mí misma y aunque temblase sobre los Manolos prestados, no cedería ni un instante a ningún tipo de chantaje emocional inducido por gestos, miradas o hechos. Esta vez sería yo quien conquistase las tierras ajenas.

Se inclinó levemente como gesto de cortesía antes de que viese a la espalda de Verdoux más rostros conocidos: Gerault, Hamann, Vance, Eileen y Tatiana estaban allí casi juntos, como si fuesen a colisionarse para producir una explosión a escala mundial que provocase el fin del universo tal y como lo conocíamos. Cogí aire y me negué a mí misma a volver a huir. Había que enfrentarse a la situaciones se diesen como se diesen y mientras aquellas insulsas lucían un vestido blanco queriendo darle a entender a sus posibles compañeros de baile cuál era el grado de su inocencia, las miradas se habían puesto en mi vestido rojo, aquel que lograría hacerme sentir como una reina esa noche.

2018 / Ago / 25

Un vestido de la época victoriana. No tenía muchos ejemplos en mente. Había visto algunas películas que habían recreado esa etapa de la historia, sin embargo, no deseaba ir con los típicos vestidos sencillos con los que iban las mujeres más pobres. Había decidido intentar ser una femme fatale, y puede que esa mujer me diese las fuerzas suficientes para continuar con el plan que había trazado el día anterior.

Busqué en las tiendas cercanas algún traje que no pareciese de carnaval. No me hacía ninguna gracia ir a un sitio donde fuesen un montón de ricachones y que me señalasen igual que si fuese el hazmerreír. No había nada que me causase más daño que ser el blanco de un montón de risas de desconocidos que no sabían hasta qué punto podían hacer daño en mi autoestima.

Entonces, recordé un vestido, ese vestido que estaba junto a aquel que me había puesto para la fiesta en la que acudí con Gerault. No me fiaba de él, cierto, pero si tenía alguna forma de sacarme de este atolladero con uno de esos magníficos vestidos, esperaba que me hiciese ese favor. Sabía que no era simple pedir que te dejasen un vestido con más ceros que cualquier cuenta corriente, pero lo necesitaba.

Rebusqué hasta encontrar mi teléfono y llamé a Gerault. Tenía guardados en la agenda del teléfono más números que no quería tener de los que realmente deseaba que estuviesen allí.

— ¿Señorita Mijáilova?

— Sí, Gerault, perdona que te moleste; me ha surgido un pequeño problema y me gustaría saber si podrías hacerme un favor.

— ¿Sabes que los favores se terminan pagando, Kyra?

— Sí, lo sé, señor del mal, pero si no fuese una emergencia no te lo pediría. ¿Podría acercarme por tu casa en una hora?

— Claro. La tendré lista para entonces y estaré esperándote.

— No es necesario, sin con que me dejes la llave en un sitio donde no…

— Kyra, la casa que tú conociste, como todas mis propiedades, tiene alarma. ¿Realmente crees que podrás ponerla sin nervios y sin confundirte ni una sola vez?

Mordí mi labio inferior para controlar mis ganas de soltar un bufido. No tenía ni pizquita de gracia que me creyesen tan tonta como para no poder poner una condenada alarma en el tiempo de actuación concreto, pero por si las moscas podía beneficiarme de su deliberada y estudiada amabilidad para evitar salir en los periódicos como un intento de robo (porque no iban a creerme) de los más torpes de la historia de la humanidad.

Regresé a mi hogar y busqué una agenda vieja donde colocar mis planes. Solamente tenía que poner las siglas, nada más, por si alguien lo veía o lo leía. Hoy era el turno de enfrentarse a Verdoux encontrando, o buscando encontrar, otro amigo y apoyo. Al día siguiente debía escuchar los llantos y súplicas de Tatiana por ayuda, por lo que tenía que hacer lo imposible para sacarle todo lo que accediese a contarme de forma disimulada sin que la hiciese creer que estaba poniendo en duda su testimonio. El viernes volvería a juntarme con Gerault, de quien había sacado parte de su mentira, aunque no podría dejarlo como estaba, debía saber porqué diantres habían escogido los dos ir a mí, precisamente a mí.

Tras apuntar todo, fui al metro. Terminé en la parada que estaba más cercana a la urbanización y llamé a un taxi para que el taxímetro no contase demasiado por el grandísimo tráfico de la ciudad.

Fue entonces cuando fui consciente de que no le había indicado a Verdoux dónde vivía, al menos, no de manera que me hubiese dado cuenta o lo hubiese hecho a propósito, así que su papel de acosador comenzaba nuevamente a tomar las riendas y me preguntaba hasta qué punto era necesario el acoso. ¿No podían enterarse de todo como las personas normales? Solamente era hacer una demanda recibiendo la respuesta deseada a ella. ¿Por qué resultaba más lógico intentar averiguarla por uno mismo? Algo no funcionaba bien en la mente de aquellos que preferían el acoso a una relación sana y normal, una relación como las de antes donde no se tenía acceso a golpe de click hasta al número del banco.

Me bajé en la puerta pagando al conductor. Entré gracias a algún sistema visual que tendría para verme desde dentro porque ni tan siquiera me hizo falta llamar a ningún timbre. La puerta de la casa se abrió y un sonriente Gerault me saludó antes de darme un cálido abrazo que no comprendí y me dejó desconcertada.

— ¿No se suponía que tú eras el impulsor de Grey? De ser así no debería poder tocarte.

Soltó una carcajada antes de dejarme entrar. Estaba de demasiado buen humor, así que deseaba con todas mis fuerzas que eso fuese una buenísima señal.

— ¿Podrías prestarme uno de los vestidos que compraste cuando estuve aquí?

— Claro. Están en la misma habitación, decidí dejarlos allí por si…

— ¿Por si? —enarqué una de mis cejas esperando su respuesta que finalmente no llegó.

— Pasa, Kyra. ¿Para qué lo necesitas?

— Tengo que ir a una fiesta ambientada en la época victoriana, me ha llegado la invitación hoy de parte de un conocido del pasado, así que no tenía ni la menor idea de que se llevaría a cabo. ¿Qué significaba eso? Tener que ir corriendo a un montón de tiendas de disfraces de los que me puedo permitir, evidentemente, que tienen una ridícula tela con la que hay que llevar un atuendo debajo salvo en las temperaturas más altas del verano en que se agradece tener una prenda de ropa encima que deje escapar por completo todo el calor que se concentra en el cuerpo —comencé a rebuscar en el armario cuando llegamos allí. Gerault me había guiado en todo momento—. Así que, como ese baile estará rodeado de un montón de ricachones, no me apetece tener que presentarme con un vestido de carnaval de esos que puedo permitirme con mi sueldazo y recordé el vestido rojo pasión que habían comprado para mí por si deseaba ponérmelo para aquella fiesta, no obstante, me parece perfecto para ésta inspirada en otro siglo. ¿Crees que iré excesiva?

— Creo que serás la reina de la fiesta —dijo con una sonrisa antes de observar a su alrededor—. Quédate aquí. Puedes arreglarte tranquilamente y usar todo lo que era para ti, incluso, puedes llevártelo a tu casa. Lo compré para ti y quiero que sea para ti.

— Oh, no, no, no… no puedo permitirme tener todos estos vestidos en el armario que cuestan tanto dinero. Hasta me marea pensar que pueda terminar este roto o sucio. Prometo que te pagaré lo que cueste.

Entonces, en su rostro volvió a formarse esa sonrisa de chico malo.

— Seguramente encontraremos una solución.

2018 / Ago / 25

Segura que Chloe y Michael estaban a salvo, mandé un mensaje a Heinrich en busca de respuestas. No obstante, en ese mismo momento sonó la puerta. Tragué en seco y tuve que recordarme a mí misma que no podía haber llegado tan deprisa a Los Ángeles a no ser que se pudiese teletransportar, algo que si estaba inventado no teníamos los humanos al alcance. Respiré y me levanté con el móvil en la mano, vestida con la ropa más cómoda que tenía para estar en casa y con mis pelos prácticamente indomables. Abrí la puerta y vi frente a mí a un hombre con un ramo de flores y un sobre. En mi interior suplicaba porque no fuesen de Douglas, porque tenía la certeza de que estarían envenenadas.

Firmé el justificante de recogida y después las cogí con cuidado al igual que el sobre. Puse las flores con cuidado encima de la encimera, busqué un jarrón, lo llené de agua y puse el ramo en su interior. Después de eso, cogí el sobre, vi su tono granate y supe que la calidad del papel era maravillosa. Los colores pantone podían llevar una impresión algo más cara en determinadas imprentas. Deslicé mis dedos por la forma de éste y abrí el sello antiguo de cera que tenía para mantenerlo cerrado. Dentro había un trozo de papel tan caro como el sobre y otro impreso con cuidado era bastante más rugoso, parecido al papel de grabado que tuve que usar durante un tiempo.

En él leí claramente la invitación a un baile muy especial. Estaba basado en la época victoriana. No supe porqué me habían invitado a algo así. No estaba en ningún tipo de organización que pudiese mandarme algo así o incluso que pudiese crear una fiesta. Había que ir vestidos según la ambientación en uno de los lugares más caros de la ciudad. Después desdoblé la hoja que lo acompañaba para terminar viendo la letra de Verdoux. En su carta me pedía que le acompañase a tal evento. Resoplé ligeramente sin entender la razón por la que me pedía algo así. Pensaba que ya se habría marchado de la ciudad, pero seguía con su gira de promoción de la nueva novela que había escrito. Lo que me recordaba que ni tan siquiera había podido abrir ninguno de los ejemplares que había comprado el día anterior.

Pensé si sería lo más recomendable, pero aunque a Derek no le cayese bien, era en William en quien podía confiar fuera del círculo de personas a nuestro alrededor. ¿Quién más podría estar entre ellos? Ya ni tan siquiera me fiaba de Heinrich, no sabía qué tipo de cosas podían estar alteradas en los documentos familiares hasta que fui consciente de algo, quizá me había dado cuenta de lo que conectaban todos esos sucesos. Podía centrarse en eso como una pista para sus planes hacia mí. No obstante, aún no tenía la certeza de ello y debía asegurarme.

Tenía unas horas para prepararme. Debía intentar tenerlo todo bien atado. Al menos, eso era en el caso de que decidiese ir finalmente a esa fiesta o baile, lo que fuese.

Quizá, en un lugar donde hubiese mucha gente sería más complicado que pudiese encontrarme Douglas si pisaba suelo estadounidense en pocas horas. Me negué a creer que podía ser así, pero había muchísimas posibilidades de ello. Nos íbamos a ver pronto.

Me acurruqué en el sofá esperando que alguien, quien fuese, me indicase lo que tenía que hacer, o puestos a pedir, que me cambiase el nombre, la personalidad y mi historia para de esa manera lograr que el mundo se olvidase de Kyra Mijáilova para siempre.

Cerré mis ojos abrazándome al cojín y pensando que en realidad, por mucho que pudiese confiar en los demás, había sido yo misma quien había escogido la soledad durante mucho tiempo. Nadie me había obligado a aislarme en casa aunque lo habían alimentado con su rechazo, pero fui yo quien cedió al deseo de la población de desaparecer, al menos, de esa escasa parte de población que conocía. A menudo, creemos que el aislamiento es el único medio para sobrevivir frente a las burlas y el acoso de ese pequeño mundo que es el colegio o el instituto. Nos olvidamos que en planeta Tierra hay millones y millones de personas y no podemos ser plato de gusto para todos dado que por ese mismo motivo éramos diferentes.

También pensé en cómo estaba más rodeada de hombres que de mujeres. En el miedo que parecía tener a la afilada lengua de todas las de mi edad como si fuesen a tratarme igual que lo hizo Tatiana, quien ahora había tenido que acudir a una consulta psicológica por sufrir como yo. No era superior, nunca había sido superior, siempre había sido un nombre más dentro de la inmensa humanidad al igual que mi nombre. No dejaba de ser persona, de sentir y padecer por mucho dolor que causase ella misma a propósito. Pero con un ejemplo así, a menudo, el miedo toma la forma de ese monstruo de tu pasado evitando que puedas enfrentarte a conocer a personas que te parecen el mismo monstruo, pero que en realidad pueden tener los mismos gustos que uno.

Había perdido muchas oportunidades de tener gente afín, porque no aceptaba que se me quisiese, que se me valorase y aceptase si otra de las personas tenía los mismos valores en medio del grupo e incluso, cuando era la única que realizaba una labor en un grupo, me sentía completamente fuera de lugar si residía en los demás otra pasión. Era una insatisfacción constante. Una búsqueda del aislamiento de cualquier forma mínimamente coherente.

Suspiré. Abrí mis ojos y miré la invitación al evento que estaba encima de la mesita donde la había dejado antes de acurrucarme en el sofá. Pensé en lo muchísimo que me hubiese gustado estar en una fiesta como esas, agarrada al brazo de William y cómo mi corazón me suplicaba por darle una oportunidad más; aunque, en realidad, todas ellas había sido yo quien las había perdido.

Acepté en silencio ir al baile esperando que fuese lo más tranquilo posible.

2018 / Ago / 25

La noche se hizo larga, muy larga y no me ayudó para nada ponerme la serie Gotham para lograr terminar la primera temporada de una vez. No es que no me gustase, es que directamente no encontraba tiempo para ver sus episodios o mi cabeza no me permitía desconectar de mi vida real que se estaba convirtiendo prácticamente en esa serie: maldad a tutiplén.

Intenté recordar qué día era. Si no me saltaba nada, debía ser domingo y no lunes, lo cuál me daba aún unas pocas horas para recomponerme y descansar. Sabía que después de una noche de insomnio, al día siguiente estaba agotada, pero ¿quién podía dormir después de una pesadilla como aquella? Solamente fui capaz de apagar todas las luces de la casa cuando el propio día empezó a iluminar mi hogar.

¿Qué podía hacer? ¿Debía permitir que me controlase una pesadilla, un miedo, o una emoción que yo no podía dominar desde su origen para evitarla? Tal y como había estudiado, al igual que me habían dicho en muchas ocasiones a lo largo de mi vida, la mente tiene un funcionamiento que con situaciones a priori sencillas, lleva a consecuencias más complejas.

En una ocasión me quedé completamente maravillada al comprobar con mi psicóloga en ese momento, Mavra, todas las consecuencias que tenía un simple hecho como la falta de respeto de alguien al marcharse de un lugar sin tan siquiera dar motivos cuando yo, en ese instante, estaba leyendo. Ocurría un suceso puntual que no estaba explicado y tenía un montón de lecturas posibles, sin embargo, la respuesta automática de mi cabeza era un único pensamiento: estaba volviendo a ser rechazada. Ese pensamiento era una evocación de todas las veces en las que había sido rechazada, de la forma que fuese o ninguneada hasta el punto de no ser más que una pequeña piedra molesta en el zapato de cualquiera.

Aquel pensamiento automático generaba una emoción automática: enfado. Sentirme como antes había cambiado la respuesta de la sumisión nata, de la aceptación porque no valía nada, a un enfado colérico en que deseaba devolver el mismo dolor que se me había hecho sentir con semejante actitud. Pero no era un enfado común, sino uno multiplicado exponencialmente por todas las veces que me había sentido humillada en los años previos de mi vida.

Mavra me había hecho otras preguntas hasta que finalmente había hecho un cuadro donde se divisaba que de una mísera acción de otros mi mente podía llegar a usar el método único de conducta que había tenido siempre: la evitación. Ésta, en un principio logra un ligero bienestar, porque te niega tener que enfrentarte a lo que agobia o causa dolor; no obstante, con el paso del tiempo, uno se da cuenta de todo lo que termina sacrificando por dejar que las conductas evasivas y el miedo lo dominen.

¿Cuál era la solución de todo eso? Buscar cuál era el comportamiento más beneficioso para mí a largo plazo tras ese suceso. Y la respuesta, siempre era la misma, tragar profundo y patada en el culo.

Decidí desayunar. Me tomé mis pastillas esperando que me ayudasen a estabilizarme un poco más y cuando hube terminado me recordé a mí misma que los planes tenían que seguir. Debía llamar a Derek para contarle mi plan con respecto a Eileen dado que no me fiaba la noche anterior de que no nos estuviese espiando de alguna otra forma. También debía llamar a Heinrich para saber qué leyes exactas podían mantenerme segura de ese criminal que ahora danzaba por Londres con toda tranquilidad. Chloe y Michael debían ser otra de mis prioridades dado que tenía que avisarles de lo que sabía. Por último, los expedientes. Debía encontrar los gazapos en el de Derek y después fijarme todo lo posible en el de Verdoux para saber exactamente dónde podían ocultarse los errores, las invenciones de Douglas quien habría sido lo suficientemente listo como para ocultar en esos fallos el misterio que tenía que resolver.

Recordatorio para mí misma: La próxima vez que me meta con alguien que pueda vengarse que no se crea un genio del mal o mi cerebro terminaría explotando.

Cogí el expediente de Derek y empecé a leerlo de nuevo. Marqué allí donde creía que estaban los errores, aunque tendría que ser él quien terminase confirmándomelos. Recordé que había dicho de llamar a Chloe así que aproveché antes de que fuese más tarde allí.

Un tono.

Puede que hubiesen salido, quizá no estaban allí y andaban de escapadita romántica.

Dos tonos.

Podría llamar más tarde, pero tenía que asegurarme de que no se me olvidase, así que debía apuntarlo en alguna parte.

— Kyra…

Esa voz. Me quedé sin respiración, lo único que podía hacer era escuchar la contraria al otro lado del teléfono.

— ¿Ya no saludas a un viejo amigo? Me decepcionas —podía escuchar su risa igual que si estuviese allí, a mi lado, dispuesto a saber qué.

— ¿Dónde está Chloe?

— Tu amiga y su novio han salido a dar un paseo. He venido para asegurarme que no hagas trampas. Sabía que habrías dicho, por eso de tener pruebas incriminatorias, que te guardasen las cartas que te mandaba. Eres tan predecible… Solamente pasaba a recogerlas. No sería justo que pudieses leerlas antes de tiempo —chasqueó la lengua de una forma en la que se me heló la sangre—. No te preocupes, Kyra, no pienso tratar mal a tus amigos, de momento. Pórtate bien y haz las tareas. Nos hablaremos pronto.

Colgó y me quedé con el teléfono pegado a la oreja a pesar de que ya sabía que no escucharía nada más. Tenía que tener mucho cuidado si quería que ninguna de las personas a las que tenía aprecio terminasen asesinadas por aquel ser sin corazón alguno. ¿No le bastaba con entrar en mis sueños y dejarme sin el descanso que necesitaba?

Miré el teléfono y busqué rápidamente el móvil de Chloe. Tardó los mismos tonos en contestarme, pero fue su voz, pude reconocer la voz de mi amiga al otro lado de la línea riéndose y diciendo mi nombre con alegría.

— ¡No volváis a casa! —grité sin poder remediarlo antes de bajar mi tono lo suficiente para una conversación normal—. Él está allí.

Las risas al otro lado se interrumpieron y casi pude sentir en mis propias carnes el pánico que se había despertado en ellos.

2018 / Ago / 25

La habitación estaba a oscuras. Todo mi hogar lo estaba. En realidad no podía ver nada que no iluminase mínimamente la luz de la luna incidiendo sobre los muebles regalándoles una mezcla de hermosura y tenebrosidad. Mis dedos ni tan siquiera buscaron el interruptor de la luz. Era igual que si mi cuerpo supiese que lo que iba a encontrarse allí no querría verlo.

Un sombra me movió entre las tinieblas. Hombros anchos, gran altura y ese aroma a caro se respiraba por todo el ambiente. Mi corazón había empezado a acelerarse y mis ojos buscaban la manera de evitar que la mirada de esa sombra se posase en mí cuando sacase el teléfono del interior de mi bolso para llamar a la policía. Otra parte de mí estaba intentando calcular cuánta distancia sería capaz de recorrer antes de que me atrapase. No sabía si estaba dado la vuelta o no. ¿Tenía alguna posibilidad?

— Cierra la puerta, Kyra.

Su voz. Me estremecí por completo reaccionando igual que cualquier niño ante su peor pesadilla. No existía posibilidad de hacer algo distinto, así que terminé cerrando la puerta con cuidado, haciendo el menor ruido posible buscando no alterarle.

Se giró hacia la luz que entraba por las ventanas y pude ver su rostro. Ahí estaba esa barba de varios días que estaba cuidada y perfilada de nuevo. Su postura era recta, regia, no movía ni un solo músculo mientras observaba por la ventana igual que si no estuviese allí.

— Pon la música. La pista cinco es mi favorita.

Me acerqué a un radiocassette que no recordaba tener en mi hogar. De un rojo intenso igual que uno que había tenido de adolescente con el mismo abollón en primera plana. Fruncí mi ceño, pero di al botón de play para el CD y la voz de Justin Timberlake salió del interior del aparato.

— Sube el volumen.

Mis dedos encontraron la ruleta y movieron la señal del volumen hasta que estuvo lo suficientemente alto. Él levantó la mano para que entendiese que no debía seguir subiendo la canción.

Cry me a river había sido una de mis canciones favoritas de Timberlake, pero ahora su voz era igual que escuchar una carta amenazante. ¿Cómo no serlo si sabía lo que significaba esa canción? Él la usaría para significados aún más tenebrosos.

No supe cómo, él se había vuelto a perder entre las sombras y gracias a la música no podía escuchar sus pasos, estaba privada de los sentidos para evitar cualquier ataque sorpresa de aquellos que podían provocar un infarto. Fue, en ese momento, cuando noté su presencia antes de que su nariz se perdiese entre mis cabellos aspirando mi fragancia y teniendo que controlar mis propios instintos de dejar que mi cuerpo regase el suelo con mi orina por el miedo que se había incrustado en cada milímetro de mi ser.

Apartó mi cabello de mi hombro y se acercó hasta mi oído permitiendo que su aliento cálido abrasase mi piel, porque un simple roce era igual que dejar que una brisa tan caliente como el sol se deslizase por la piel acariciándola de una manera brutal que levantaba la piel.

— No has seguido las reglas, Kyra. Éramos tú y yo, solamente tú y yo y me has traicionado.

Su voz sonaba tan grave que parecía la misma muerte saludando antes de llevarse el alma al infierno arrebatando la vida con un simple toque.

Sus dedos ascendieron por mi espalda y me bajaron extremadamente despacio la cremallera del vestido. Sus falanges se metieron entre la piel y la tela subiendo de nuevo para terminar por quitarme la única protección de mi desnudez. En el cristal de la ventana que tenía justo delante, se reflejaba mi cuerpo pálido, casi desnudo y sus ojos grises perdiéndose en esa imagen que yo misma contemplaba.

Sus manos se posaron en mis caderas y desapareció del reflejo del cristal para dejarme sin ropa interior. Vale, si… si tener relaciones era lo que quería, puede que no fuese todo lo malo, ¿no? Sería su venganza. Me podría dejar libre y “marcada” de alguna forma por él. Fuera como fuese no podía moverme. Era incapaz de salir corriendo y las lágrimas querían desbordarse de mis ojos. Pensaba que nunca sufriría esa sensación, saber que no se tiene otra salida salvo aceptar que te violen aunque no hayas podido ni tan siquiera negarte por el pánico.

Mis bragas se deslizaron por mis piernas y las dejó a la altura de mis tobillos dado que no había hecho ningún amago por moverme para quitarlas del todo. Ascendió dejando que su nariz crease un camino desde mis nalgas hasta mi nuca y si hubiese podido, si el cuerpo me lo hubiese permitido, hubiese dejado que todo, absolutamente todo mi ser, perdiese la compostura.

Atrapó mis senos en sus manos, grandes, abrasadoramente calientes y fuertes. Los apretó mientras las lágrimas escapaban de mis ojos pues sentirme un objeto era lo peor que creía que podía pasarle a alguien. Estaba intentando mantenerme en una cuerda floja que cedía por las inclemencias del tiempo.

Dejó un beso en mi cuello, otro en mi hombro y después, me giró para que viese todo su rostro y aquella expresión de repentino placer. Me abrió de piernas sentándome en la mesa donde estaba aún Justin Timberlake cantando y me penetró de una forma increíblemente dolorosa soltando un gruñido de gusto. Sus manos se deshicieron del nudo de su corbata, la colocó alrededor de mi cuello y empezó a follarme a la vez que me estrangulaba con la corbata dando conocimiento de una habilidad sobrenatural en su dominio haciendo dos cosas a la vez.

Quise gritar, pero se quedó ahogado en la garganta. Quise moverme, pero el cuerpo no me respondió.

— ¡NO! —solté un grito desgarrador justo en el momento que pude despertarme. Jadeé igual que si me faltase el aire. Sentí el dolor en mi cuerpo de la violación que me habían regalado aquellos malditos sueños tan reales. Me palpé, buscando signos de lo que fuese. Entré al baño para asegurarme de que no había marcas, que no había nada en mi cuerpo.

Intenté recordar lo ocurrido tras el anuncio de Heinrich y todo empezó a tener sentido. Derek me acompañó, estaba agotada y me metí en la cama después de leer por vez número treinta que Douglas estaba en la calle. Mi mente había jugado conmigo, había controlado mis peores miedos y los había dado vida gracias a su poder.

El malestar físico era real y necesité meterme en la ducha como si hubiese sufrido esa situación escabrosa. Me eché a llorar, me restregué con la esponja todo lo que pude y supe que esa noche no iba a dormir nada más.

2018 / Ago / 25

Derek me levantó despacio para poder él salir a mirar indicándome que no me moviese. Había dos posibilidades, o que alguien hubiese entrado en la casa dejando la puerta abierta o que alguien la hubiese abierto para escuchar y cualquiera de las dos posibilidades me parecía más y más horrible. Uno, porque ya me había enfrentando a suficientes criminales como para hacerlo con un ladrón también y dos, porque significaba que la vecina desesperada de atención le vigilaba y aquello solamente podía indicar que no era la primera vez que le espiaba.

Tras inspeccionar toda la casa, Derek no encontró absolutamente nada, por lo que se dirigió a mí sin entender qué era lo que había podido pasar.

— ¿Tu vecina tiene llave del piso?

— Debe tener una copia porque su padre la tenía y se la habrá dado, pero no creo que…

— ¿No crees qué? ¿No crees que te esté acosando hasta ese punto? ¿No ha ocurrido nada raro antes?

— ¿Raro? ¿Cómo qué?

Rodé los ojos porque me sorprendía que tuviese que explicar algo así, pero en realidad no sabía qué era lo que ella podía haber hecho. Puede que fuese tan cuidadosa que solamente se limitase a mirarle, a obsesionarse con estar algún día entre sus brazos.

— Ten cuidado, ¿vale? —dije apoyando mi mano sobre la suya esperando que solamente fuesen imaginaciones mías y que no se estuviese enfrentando a una chica obsesionada con él.

De todos modos, existía otra posibilidad para algo más. ¿Y si yo intentaba ser su amiga de alguna manera? ¿Lograría saber algo más? ¿Por qué sentía que me estaba volviendo mala persona? Quizá, porque en el fondo estuviese descubriendo que el mundo de luz y color no existía en realidad en el mundo social conocido por el hombre. Nosotros éramos toda la oscuridad. No necesitábamos criaturas que nos dominasen, nosotros mismos nos volvíamos seres inflexibles que comiendo la cabeza al resto de la población terminábamos finalmente convertidos en los mandamases de una nación.

No creía que fuese a servir el intento de ser amiga de Eileen, pero hasta que no me diese con la puerta en las narices todo era posible. Además, no nos había visto besarnos en ningún momento aunque había ocurrido en mi piso. A una parte de mí le resultaba completamente irracional haberme acostado con alguien y no tener relación alguna con esa persona. Puede que estuviese chapada a la antigua, puede que esas fuesen las relaciones del futuro o de las nuevas generaciones, pero quería ese romanticismo que había soñado demasiadas veces. Lo podía haber tenido, sí, seguramente, aunque las parejas que había escogido para eso no eran lo que yo esperaba y si lo eran había terminado siendo una relación con un fantasma.

— Tenemos que estar de acuerdo en algo, Derek, y si todo sale como creo, me temo que vas a tener que hacer un gran sacrificio por mí —hice una mueca y él acarició mis cabellos antes de encogerse de hombros.

— ¿Qué puede ser peor de lo que ya he vivido?

Reí terminando por soltar un suspiro y acaricié lentamente su mejilla con mi pulgar deseando en ese momento preguntarle porqué, porqué se entregaba a mí de esa manera, porqué aceptaba venderme su alma como si fuese lo más común. Podía ver en sus ojos el reflejo de algo desconocido. Si alguien me hubiese mirado así en algún momento de mi vida previo tampoco hubiese sabido lo que significaba. Era igual que si estuviese dispuesto a todo por mí, pero quise creer que era esos aires de Don Juan que había usado antes de querer amar como me había confesado hacía un rato.

— Me hubiese encantado conocerte antes, ¿sabes? Cuando yo misma estaba sola, abatida, rodeada de libros, pero sin un solo amigo que me quisiese a su lado. Quizá nos hubiésemos podido salvar el uno al otro de cosas peores —suspiré intentando quitarme de la cabeza a todas esas personas que también me usaron como blanco de su maldad sin llegar a términos físicos—. Dime, ¿qué harías tú si volvieses a encontrarte con aquellos que te trataron así?

Sus músculos se tensaron y terminó inclinando su cabeza hacia mis caricias, como si las necesitase para relajarse, para estar en paz. No creía haber tenido un efecto así en nadie antes, y si había sido así estaba tan sumida en ese mundo de fantasmas que se creaba mi cabeza, que no lo había podido ver.

— No creo que desease nadie ver lo que pasaría. El odio aún me consume por esas personas y si supiese dónde están o si se llegasen a reír de mí una sola vez, terminaríamos a golpes.

Los hombres y su manera de solucionar todo a guantazos. Reí un poco negando y besé sonoramente su mejilla antes de encogerme de hombros.

— Tendré entonces que asegurarme de que no salgas en las noticias. Tengo suficiente con un asesino en serie en mi vida —volví a reír antes de levantarme del sofá mirando a ningún lugar en concreto—. ¿Te apetece cenar algo?

— Claro. Tengo un poco de lasaña en el congelador. Hay veces que tengo deseos de comer una cosa, pero la receta es demasiado grande para una persona y me tiro diez días comiendo y cenando lo mismo —se encogió de hombros con una sonrisa antes de ir a la puerta cerrándola con llave, la colocó atravesada para evitar que alguien más pudiese entrar o espiar de esa manera.

Sacó la fuente de la lasaña que por suerte había dejado descongelarse dado que de otra manera iba a estar eso tan frío como los pies de un muerto y se echaría a perder con el cambio brusco de temperaturas. La metió en el horno para volver a templarla y después empezó a poner los cubiertos.

Iba a acercarme cuando mi teléfono móvil sonó. Lo cogí, vi que era un mensaje de Heinrich y lo abrí por pura curiosidad.

Buenas noches, Kyra. 

Lamento molestarte a estas horas, pero creo que debías saber la noticia de la que acabo de ser partícipe. 

Lo ha conseguido, Douglas está fuera de la cárcel. No puede salir del país y tiene que regresar a dormir a prisión, pero está fuera. Ten cuidado, por favor. 

Respiré como pude, pero ya estaba, él volvía a estar en el mundo lejos de paredes, de guardias y pistolas que le alejasen de mí y en algún momento se escaparía para venir a por mí.

El teléfono resbaló de mis manos y terminó cayéndose al suelo provocando que Derek se girase para mirarme preocupado.

— Ha… ha salido.

— ¿Quién?

— Douglas ya no está en la cárcel.

2018 / Ago / 24

No podía negarle mi confianza. Él había sido sincero, quería y ansiaba tener a alguien en quien apoyarme, pero seguramente él no podría averiguar tanto como yo quería ni podía hacerme el trabajo sucio por lo que, tras abrazarle terminando por sentarme en sus piernas di un beso a su sien para aclarar lo último extraño que había entre ambos.

— ¿Puedo preguntarte porqué me mandaste ese mensaje a mí?

— ¿Qué mensaje?

Entrecerré mis ojos y por si acaso no tenía buena memoria rebusqué en mi teléfono móvil para mostrarle ese mensaje y la conversación en la aplicación de mensajería.

— Yo no he mandado eso. De hecho, es que he estado a punto de escribirte un montón de veces, pero no sabía qué ponerte.

— Pues viene de tu número…

— En la vida te calificaría como “preciosa”, me suena igual que “nena” o algo que diría un típico chico duro en las películas de los musicales o de bandas callejeras.

— Vale, entonces, si no lo has escrito tú, ¿quién lo ha hecho?

Negó antes de alargar el brazo para coger su teléfono móvil que estaba cerca de nosotros. Buscó en su WhatsApp y descubrimos que alguien había borrado su conversación anterior conmigo, que esa conversación no existía y estaba vacía por lo que había alguien que no deseaba que él se enterase de lo ocurrido. Otro perturbado cerca, no, por favor. 

Tenía clara una cosa. La mayoría de los pacientes que tenía en consulta regular tenían muchos menos problemas que aquellos que supuestamente lo tenían todo, o parecían tenerlo todo. Sin embargo, la mayoría de esas dificultades versaban dentro del aspecto social. La normalidad en el entorno era difícil de lograr y por ciertas circunstancias suponía un factor muy común el aislamiento, la falta de amistades o el derecho a considerar que pueden hacer y decir lo que quieran porque es como son. Ahí había un gran error. Uno no puede hacer lo que quiera, también hay que ver los límites de la otra persona, qué acepta y qué no, e incluso, las propias leyes morales o de civismo como: No hagas lo que no quieras que te hagan a ti. 

— ¿Quién podría quererte aislado y solo? —pregunté de manera retórica porque yo misma había llegado a la conclusión que si la única que pisaba ese piso era Eileen, alias la vecina suplicante, ¿por qué tenía que ser alguien más? Hubiese sido más raro y más osado—. Yo que tú me iba buscando otro piso, porque me parece que a ti te tienen como en Gran Hermano, vigilado las veinticuatro horas. De hecho, si no recuerdo mal, fue ella misma quien apareció en la calle mientras regresaba de la librería para hablar a gritos por teléfono, supuestamente contigo.

— ¿Conmigo? Yo no la he llamado. ¿Qué dijo para que supieses que era conmigo?

— Tu nombre y un… “gracias por mandarme el mensaje” —imité su voz antes de soltar un bufido—. O algo parecido. Te llamaba cariño, también.

Soltó una pequeña risa antes de rodear mi cintura apretando mi cuerpo contra el suyo dejándonos demasiado cerca como para pensar en otra cosa que no fuese la distancia que nos separaba.

— ¿Celosa, Kyra?

— ¿Debería estarlo?

En cuanto enarqué una de mis cejas, él me imitó haciendo lo propio. Dio un beso a la punta de mi nariz y después negó suavemente hablando.

— Para tu tranquilidad, te diré, que no he estado con ella ni pienso acostarme con ella, en la vida.

Le miré antes de acariciar su mejilla y luego resoplé apoyando mi cabeza en su hombro por puro instinto. Estaba agotada.

— El papel de femme fatale no va conmigo, ¿eh? —de reojo vi como sus facciones se transformaban en una sonrisa muy lentamente.

— Yo no diría lo mismo. En ese papel, cuando eres medio mandona, es sencillamente único. Es cierto que prefiero tu dulzura, pero te metes perfectamente en el papel, al menos, conmigo —dijo antes de dejar un beso en mi hombro que estaba un poco descubierto por el escote tan generoso que tenía. Desconocía cómo se llamaba ese tipo de cuellos.

— He pensado usar todas mis armas para descubrir la verdad. Estoy perdida, no sé qué es lo que quiere de mí, pero sea lo que sea, el día de mi cumpleaños pasará algo. Ya no sé si tiene sentido investigaros a todos o no. ¿Qué más me da descubrir la verdad? Si me mentís es vuestro problema. Pero tengo miedo, no sé qué pueda hacer Douglas si no lo hago, si no lo descubro. No me fío de él ni un pelo —resoplé antes de hacer un puchero mirándole a los ojos.

— Yo te ayudaré.

— El problema es… que hay más. Mucho más, a lo que tengo que enfrentarme yo sola.

— ¿Cómo qué?

— ¿Cuántas posibilidades había de que me encontrase a Verdoux por aquí?

— ¿Ese ser está aquí? —preguntó apretando la mandíbula mientras me mantenía fuertemente sujeta contra su cuerpo.

Enarqué una de mis cejas, ese gesto que siempre solía acompañarme cuando no entendía lo que estaba ocurriendo o me parecía ridícula e irónica una actitud.

— Sí, está aquí. Le he visto por casualidad en la librería. Una firma de libros, ya sabes.

Él me miró y asintió completamente en silencio terminando por soltar mi cintura. ¿Qué le pasaba con Verdoux? ¿Le conocía de antes? Lo único que yo creía que sabía de él era lo que me había hecho, ¿podría enfadarse por algo así? ¿Podría detestar a alguien por el daño que me había causado?

— ¿Volverás a verle?

— No creo que sea para nada que no tenga que ver con esclarecer la verdad de ese condenado expediente. Intentaré no verle, no quiero tener que aguantar de nuevo mentiras, secretos… no soporto esas cosas a pesar de ser yo la primera que tiene una mochila muy pesada a la espalda —me encogí de hombros y apoyé mi mentón en su hombro mirando hacia la puerta que en ese momento se cerró de golpe intentando hacer el menor ruido posible—. ¿Cerraste la puerta, Derek? —pregunté preocupada agarrándome a su camiseta por instinto.

— Sí… ¿por qué? —pareció reaccionar cuando vio mis comportamientos.

— Acabo de ver la puerta cerrarse…

2018 / Ago / 24

Derek me miró a los ojos y después soltó un profundo suspiro antes de sentarse frente a mí. Frotó su frente, casi pude observar el sudor que había en ella y su sufrimiento por tener que recordar algo así. ¿Qué era lo que escondía de todo? En su expediente no parecía poder fiarme de nada. No obstante, no creía que pudiese ser tan horrible, aunque su expresión me indicaba todo lo contrario.

— No conozco a mis padres. Tengo un vago recuerdo de todo eso. No recuerdo sus caras ni tampoco sé sus nombres. Lo único que recuerdo es el día en que me dejaron en un orfanato de dónde no pude salir hasta la mayoría de edad. Jamás me dieron dinero, ni vinieron a visitarme y mucho menos alguien quiso adoptarme. Y ese orfanato puedo asegurarte que era peor que la guerra. Era igual que una nueva sociedad, ellos también tenía una jerarquía y yo estaba en el más bajo de los escalafones que pudiese haber. En teoría, cuando uno iba creciendo se volvía más duro, más rebelde, más autoritario y se creaba su propio grupo; algo parecido a una banda. Como una batalla entre mini mafias dentro de la propia mafia que sabían que debían pleitesía a los mayores. Yo, en cambio, nunca fui un eslabón fuerte. No me uní a ninguna banda, no hice un grupo en el que poder ser el cabecilla para dejar de ser el último mono. Encontraban formas de hacerme saber dónde estaba mi lugar —cerró los ojos y después bajó la mirada al suelo, igual que si se sintiese avergonzado por lo que había tenido que pasar. ¿Por qué si no era culpa suya?

— Derek…

— No, Kyra. Tienes que saberlo. Quizá de esa forma puedas confiar en mí plenamente.

— Pero…

— Por favor. A veces es mejor quitar la tirita de golpe aunque duela muchísimo.

Se levantó para ir a llenar un vaso de agua para cada uno, no obstante, no por ello interrumpió su relato. Era tan sentido como algunos de mis pacientes de los que tenía haber aguantado gritos y a veces, minutos en completo silencio mientras calmaban su llanto para de esa forma poder continuar.

— Sin embargo, pensarás que todo eso terminó ahí. Era solo dentro del orfanato y fuera podía tener una vida más o menos satisfactoria. Pues te equivocas. Esos mismos compañeros de orfanato iban al colegio y al instituto. Además, como eran los más duros, consiguieron que el resto de los chicos no quisiesen acercarse a mí. No podía evitarlo, sabía que no era posible lograr que alguien se acercase a mí en buenos términos por lo que empezó mi pequeño tormento. Por alguna razón les parecía a todos graciosísimo meterse conmigo. Era igual que el último mono —se encogió de hombros antes de soltar un pequeño suspiro. Como si estuviese conteniendo el dolor que quería escapar de su interior.

La femme fatale se quitaba la careta. Kyra, la sufridora experta, buscaba salir para encontrar alguna forma de calmar su dolor. Por eso, cuando menos lo esperé estaba de rodillas frente a él y tomé sus manos entre las mías para darle algo de apoyo como si temiese que la situación fuese a peor.

— Recibí palizas. Ni tan siquiera recuerdo el número de ellas, pero no había día en que no fuese humillado de alguna manera.

— Derek, yo… perdóname por haberte hecho hablar de eso.

— ¿Por qué debería perdonarte? Querías conocerme, querías saber quién era en realidad. Ahí tienes los pedazos de lo que queda de mí.

Bajó su mirada a nuestras manos y apreté suavemente sus dedos entre los míos. No tardó mucho en llevarse mis manos a sus labios para besarlas con suavidad.

— ¿No tienes ningún momento bueno? Algún día de cumpleaños, Navidades…

— Nunca lo he celebrado, Kyra. Nunca he recibido ni un mínimo de cariño hasta… hasta ti.

Mis mejillas se tornaron de un intenso carmesí y negué varias veces obligándome a creer que era una estratagema.

— ¿Y todas esas chicas con las que has estado antes?

Alzó una de sus cejas y después soltó un derrotado lamento. Llevó mis manos a sus mejillas permitiéndome tocarle, acariciar su piel bajo mis palmas antes de fijar sus ojos de ese color indescriptible en los míos que le miraban presa de un hechizo desconocido, uno al que no había tenido que enfrentarme antes. Cada vez que arrojaba luz sobre los misterios que Derek escondía, en realidad, se transformaban en más luz o en cicatrices. Él no era malo. No tenía nada que ver con todos aquellos que había conocido. Él estaba roto y había logrado sobrevivir en su vida arrastrándose cuando le habían quitado las posibilidades de andar. Casi podía sentir como propias las heridas de su alma magullada tras reptar entre cristales afilados que la fueron desgarrando poco a poco durante todo su tránsito.

Una presión se hizo patente en mi pecho. Tenía que protegerle de todo el mundo, tenía que entregarle lo que nadie había podido hacer antes. ¿Por qué sufría si cualquiera podría darle ese amor romántico que él pedía o un refugio al que acudir cuando necesitase dejarse llevar por la melancolía, la tristeza y la sin razón?

— Tener sexo, no es amar. Tener sexo no es necesitar a alguien. Tener sexo es solamente una entrega calculada de lo que tú quieres y desear permitirle a la otra persona tener de ti. Pero en el sexo solamente existe la pasión, la locura, el desenfreno, el anhelo… Y jamás he hecho el amor. Quiero descubrirlo, Kyra. Quiero tener a la mujer que me vuelva loco entre mis brazos y saber que no existe nada que pueda arrebatármela porque aunque no la merezca y aunque termine haciendo que huya, ella se quedará conmigo por amor. Dime, ¿alguien como yo se merece un amor así, Kyra? Porque nunca lo he querido y ahora lo quiero.

Le miré sin comprender exactamente todo lo que me estaba diciendo. Temía que mi mente no fuese capaz de procesar algo así. ¿Qué tenía que ver yo en su deseo por ser amado?

— Tú más que nadie te mereces un amor así. Tienes tanto que dar que nadie ha sabido ver…

Entonces, justo delante de mí, pude ver cómo se escapaba una lágrima de su ojo izquierdo hasta que se interpuso entre mi mano y su mejilla. Me miraba con sorpresa por las palabras dichas, y yo, estaba convencida de que aquel hombre no podía haberse inventado tal sufrimiento. Era un alma rota, perdida, que buscaba su camino para sobrevivir. Podía confiar en él aunque se acostase con otras.