2018 / Ago / 02

Buenos días, Kyra. 

Perdona mi ausencia. Sé que te debo explicación, pero no he encontrado ninguna. No podía conectarme. No quería hablar con nadie y eso no me exime de tener que hacerlo. Lo sé, pero hay veces que simplemente siento que no puedo hacer las cosas. 

Con mi psicóloga me ha ido bien, supongo. No es que sea muy agradable tener que contarle tus intimidades a alguien, pero dentro de lo posible, no ha ido mal. Podía haber ido mucho peor. Sé por experiencia lo que es terminar gritando a un terapeuta que dice que quiere ayudarte, pero tú no le crees absolutamente nada. 

Hablamos de muchas cosas, incluido el mundo de internet que es prácticamente todo lo que manejo. Creen que tengo una obsesión y por eso me paso tantas horas en el ordenador. ¿Crees lo mismo? En fin, no sé, ¿tener una obsesión no se supone que es anteponerla a todas las demás obligaciones? Yo no tengo. ¿Es tan horrible que intente pasarme el tiempo distraída? 

También me ha alentado a estudiar, como te comenté que haría. El único problema está en que sí, la ilusión sigue ahí, pero… no tanta. He empezado a tener pesadillas de nuevo. Suelen ser bastante recurrentes. Entro de nuevo al instituto, aunque tiene otra forma distinta. No es la misma, así que al principio consiguen engañarme. Dura poco porque enseguida aparecen mis excompañeros, aquellos chicos que me gustaron, aquellos que se rieron de mí y empiezan a rodearme. De alguna manera me pongo en ridículo, no siempre es la misma y ya puedes imaginar lo que ocurre. Todos me miran, se ríen, yo no puedo ver nada más que sus miradas y aún así tengo que seguir así, no puedo huir, es como si estuviese clavada a la silla. 

En otras situaciones es un examen a lo que tengo que enfrentarme, a la crítica destructiva del profesor por haberlo suspendido, a la ansiedad transitoria, a las ganas de llorar, a insultos por ser más tonta que todos los que están allí presentes. 

Todas las personas que he detestado a lo largo de mis años no han cambiado nada. Yo sí. Parece que les doy más razones para meterse conmigo. 

Tengo miedo que eso vuelva a suceder. Me da pánico que alguien pueda aparecer de repente en mi vida de nuevo haya pasado el tiempo que haya pasado. Me incomoda que puedan saber que no tengo más estudios que ellos, que soy inferior de alguna forma… No puedo enfrentarme a ellos de esa manera, en su mismo escalón. Pero no por ello, sino porque me asusta mi mediocridad. No soy inteligente, lo sé, y eso me está matando por dentro. ¿Quién querría tenerme de alumna si a duras penas doy pie con bola?

Me siento igual que una niña enfrentándose a gigantes en esos sueños y dudo que vaya a poder cambiar la situación. 

Había visto que no había mucho que amueblar en aquella casa a no ser que fuese yo quien quisiese cambiar la decoración de alguna forma, pero me valían por el momento los muebles que incluía. Además, tenía una idea para esa buhardilla en la que tan solo había un triste escritorio. Intentaría darle una sorpresa a William, pero puede que necesitase algo de ayuda en decoración. De momento, no le haría saber mis intenciones de ninguna manera.

Había encontrado un lugar donde poder tener mi pequeño despacho. Yo también necesitaba un escritorio donde estar cómoda para perderme horas y horas en el ordenador donde ahora mismo intentaba no sentir que estaba hablando conmigo misma cuando leía el correo de Livia.

Me había alegrado saber que ella estaba bien, para qué negarlo, pero también me había puesto alerta porque todo aquello, todos sus sentimientos… Hubiese preferido haberme confundido y que ella no pasase por el mismo trance, por el mismo miedo a enfrentarse a clases, a un profesor, a alumnos que temer. Aún recordaba un momento en que en una de mis intentonas toda la clase se había reído porque la profesora me había ridiculizado por mi poca originalidad. No había tardado ni tres días en dejar esa clase para no regresar nunca.

Intenté respirar profundo, pero por mucho que hubiesen pasado los años el dolor seguía ahí, intenso, haciéndome sentir inferior, ridícula, estúpida. Por suerte, no había tenido que volver a ver a esa profesora de nuevo. Por mucho que mis exámenes hubiesen sido los mejores de la clase, ese ridículo, esas carcajadas pudieron conmigo. Ojalá Livia no tuviese esa dificultad, pero todo me indicaba que el noventa y nueve por ciento de las probabilidades estaban en contra de mi deseo personal.

Sabía que debía responder y tenía ganas de hacerlo, pero mi lado más humano y vulnerable saldría en esas letras, como si yo fuese la persona herida, la agraviada con el sueño que ella tenía, con sus miedos. De poco le serviría que me posicionase en un lugar tan parcial, de víctima completamente, así que debía pensar las palabras con claridad y contener ese fuego rabioso que se había empezado a originar en la boca de mi estómago por el deseo de mandar a todos aquellos que me habían ridiculizado a darse una vuelta por el infierno.

Intenté controlar mi respiración. Hice lo propio con mi mente que deseaba escribir cosas que no servirían y empecé a responderle.

Querida Livia. 

Tengo la sensación que todos y cada uno de esos sueños tienen un significado concreto y sé que tú misma te habrás dado cuenta de ello. 

Freud habló en varias ocasiones de la complejidad de los sueños, de todo lo que encerraban. Quizá algunos sean así, no puedo negarlo. Pueden ser representaciones de todo aquello que no nos atrevemos a aceptar. Sin embargo, creo que tu mente es mucho más clara y no necesita usar jeroglíficos para expresarte una obviedad. 

La ansiedad al enfrentarse a situaciones que previamente habían sido traumáticas es normal. No puedes pretender estar tranquila cuando lo pasaste tan mal en el pasado en situaciones similares. Eso sí, debes intentar recordarte que no son las mismas personas, que no tienes la misma edad que antes y que posees recursos para todas las situaciones que puedan presentarse. 

¿Con honestidad? Los miedos pueden ser tan poderosos como uno quiera hacerlos, como uno se lo permita porque se alimentan de esas dudas, de nuestros recuerdos, pero al igual que te digo esto, te recuerdo que los miedos pueden combatirse aunque no se terminen de ganar nunca, aunque nuestro primer impulso siempre sea entrar en pánico ante ellos. 

En cuanto a la obsesión… ¿es incompatible una cosa con la otra? Uno puede tener adicción a algo y haberlo convertido en su único mundo porque es la manera más segura que tiene de relacionarse. Piensa en ello, con profundidad. Coméntame tus deducciones, desde este punto de vista y desde todos los que se te ocurran, incluyendo también la molestia que pueda generarte que te tachen como adicta o la incomprensión de tus propios sentimientos. Eso sí, no lo dejes solamente en mí. Intenta llevar ese debate también a tu psicóloga, ella debe escucharte aunque no llegue a comprenderte del todo. 

¡A por ello, campeona!

2018 / Ago / 01

La cama seguía caliente. William no estaba en ella. Podía escuchar el ruido de la ducha, la forma en que caía el agua amortiguado a ratos por recorrer su cuerpo. Sonreí y me levanté de la cama caminando de puntillas para evitar hacer ruido. Lo único que me quedaba de ropa eran esas medias que no había querido quitarme. Me las fui quitando yo poco a poco y me metí en la ducha con él abrazándole por detrás. Dejé un beso en su espalda y él acarició mis manos sobre su abdomen.

— ¿Ha dormido bien?

— De maravilla. Es imposible dormir mal a su lado.

Aún no entendía porqué nos seguíamos llamando de usted, pero imaginaba que se debía a uno de los miedos de William. Quizá le aterrase intimar tanto con alguien que eso mismo lograse que pusiese esa distancia de seguridad para evitar salir lastimado. No podía asegurarlo, pero era fácil que pudiese ser por eso. Además de ser evidente que la causa por la que seguía enganchada a él era por esa oscuridad además del deseo que procesaba por cada mínima parte de mi anatomía.

Me quedé quieta contra su espalda, apretando mis senos involuntariamente contra él para sentirle más cerca. Aquello tuvo un efecto en él que poco a poco pude ir sintiendo. Su cuerpo se iba tensando y sus manos prácticamente envolvieron las mías hasta que, en un movimiento que probablemente me hubiese tirado al suelo, él me puso frente a él, apretó nuevamente nuestros cuerpos y sentí su erección golpeando contra mi pubis.

El sonrojo se extendió a la velocidad a la que la luz se propaga por el espacio. Él iba a jugar, podía leerlo en su mirada y no sabía si yo tenía posibilidad de aguantar otra sesión igual de sexo. No obstante, en el momento que su pulgar rozó mi labio inferior me derretí igual que lo haría un cubito de hielo en el horno. Apoyó mi espalda en la fría pared de azulejos y agarró una de mis piernas para permitirle el acceso a mi interior.

No, la forma en que lo hizo no fue brusca, al contrario. Acarició la parte trasera de ese muslo, muy despacio y me obligó a mantenerlo rodeando su cadera. Sus dedos continuaron su camino subiendo por mi costado hasta lentamente rozar uno de mis senos. Fue una tímida caricia, algo sin importancia, pero que daba muchas ganas de más.

Fui yo quien inició el festival de besos y su boca hizo el resto. Imaginaba que algo así debían sentir los hombres con la viagra, una repentina subida de la libido por razones involuntarias. Era un beso de aquellos intensos en los que terminaba boqueando como un pez por haber perdido el verdadero sentido de mi boca si no era besándole y entregándole todo mi aliento.

Su boca atacó mi cuello, me hizo hervir bajo ella, como si él fuese el mismo sol. Finalmente, cuando mi propio apetito quiso más fue mi boca la que beso su hombro, su cuello, mientras mis dedos casi se volvían garras en sus hombros en el instante que él comprendió que era el momento propicio.

Entró despacio, ridícula y tortuosamente despacio. Me aferré a él para evitar caerme y eché mi cabeza hacia atrás elevando un gemido profundo al techo. Su gruñido se perdió en mi cuello. Mis dedos se agarraron a su cabello en un intento por unirle más a mí, tirando de él para que no pudiese separarse y entonces, sus caderas se movieron al punto en que mis nalgas chocaban contra la pared en cada acometida haciendo un ruido sorprendente. Podía oír el chapoteo del agua, el de nuestro propia excitación y la penetración sin descanso golpeando mis caderas.

Nuestras respiraciones se hicieron erráticas, ambos íbamos en busca de las caderas del otro para que el placer fuese mayor y nuestras bocas volvieron a encontrarse en besos inconexos, en gemidos, gruñidos y gritos por esa entrega insaciable.

El orgasmo fue arrollador. Habíamos alcanzado la cumbre casi al mismo tiempo lo cual nos permitió seguir en esa postura un poco más hasta normalizar nuestras respiraciones. Acto seguido, nos duchamos, cada uno enjabonó al otro y nos dejaron de repetirse los besos.

Salí primero de la ducha y me puse las toallas que por lo que olí estaban recién limpias. Seguramente William había mandado a alguien a limpiar antes de entregarme la casa. Se acercó a mí completamente desnudo y besó mi frente antes de salir del baño.

Hice lo propio. Me fui secando poco a poco descubriendo que cuando William abrió la puerta del armario ahí estaba parte de su ropa y parte de la mía propia.

— Un momento… ¿qué hace mi ropa ahí?

Como si me hubiese escuchado, Rochester entró dentro de la habitación antes de que William pudiese responder mi pregunta.

— Mientras dormía, pedí que trajesen sus cosas aquí. No se preocupe, nadie ha entrado, me he asegurado de ello porque he estado todo el tiempo a su lado y antes de meterme en la ducha fui yo mismo quien las coloqué. Espero que no le importe. Había dicho que iba a quedarse la casa…

Se acercó como si tuviese que convencerme de la decisión que había tomado antes. Rodé los ojos y le di un beso antes de acaricié el pelaje de Rochester.

— Gracias. Espero que no se hayan olvidado nada en el hotel —la última frase la dije bajando el tono de mi voz, como si realmente temiese que algún secreto se pudiese desvelar, aunque en realidad, mi intención no era otra que esperar tener conmigo mi ordenador y las cosas personales que había traído conmigo.

— ¿Secretos ocultos, señorita Mijáilova? ¿Tiene revistas eróticas en alguna parte?

William acababa de bromear soltando una risa que casi me resultó mágica. ¿Estaba feliz? ¿Por qué? Se le marcaban las arrugas en las comisuras de los ojos y aquellas de expresión cuando mostraba prácticamente toda su dentadura en esa sonrisa. Besé nuevamente aquel pequeño milagro y luego, negué antes de encogerme de hombros.

— No quería que se olvidasen de nada, eso es todo.

Su móvil sonó en ese momento. Se inclinó para coger y leer lo que parecía un mensaje. Su ceño se frunció y metió su teléfono en el bolsillo del pantalón que ya se había puesto.

— Puede verificar todo lo que han traído mientras estoy fuera. Intentaré venir por la noche, la llamaré si no es así.

— ¿Ocurre algo?

— Solo… tengo que irme —añadió tras una larga pausa y se fue sin tan siquiera un beso de despedida.

Los momentos que tenía con él eran pocos y temía que fuese la odiosa Maggie reclamándole, incluso podía ser alguna tercera mujer en discordia. Fuese lo que fuese los celos me carcomían, pero yo había escogido aceptar esto, aunque no se me hubiesen dado más opciones o toda la información precisa.

2018 / Ago / 01

Se separó de mí lo justo y necesario para que pudiese ver uno de los mejores espectáculos que podía contemplar en ese momento. Se quitó los zapatos, se desabotonó la camisa y terminó por bajar lo justo y necesario sus pantalones permitiéndome la visión de su erección descomunal. Si dolía tal y como había leído en algunas novelas, estaba claro que a él tenía que dolerle, mucho. Bajé una de mis manos para intentar aliviarle, pero él me negó tal posibilidad.

— Le he dicho que no mueva las manos.

Acercó su glande a mis labios vaginales y pasó lenta y tortuosamente su grosor por entre medias, rozando muchas veces y a propósito mi entrada, aunque creando tan solo fricción. Jugar con fuego era bueno, pero aquellos castigos que incrementaban mi necesidad sexual no eran recomendables para mi buen juicio.

Al ver mi deseo y mi necesidad, se apartó y comenzó a masturbarse a sí mismo con la visión que tenía delante de sus ojos. No pude creerme lo que estaba viendo. ¿Era objeto de deseo hasta el punto de tener a un hombre dándose placer a sí mismo o era una forma de indicarme que no iba a hacer nada más conmigo por haber desobedecido una simple norma?

Movía su gran mano despacio, no era la primera que hacía eso, sabía a la perfección cuáles eran los puntos donde sentía mayor placer y un jadeo escapaba de su mandíbula apretaba, pero la velocidad, que solía ser la clave, no le acompañaba.

Mordí mi labio inferior una vez más sin saber qué hacer. ¿Qué se suponía que debía decir, hacer o… lo que fuere? Mis experiencias en el arte sexual eran bastante reducidas y solían limitarse a los juegos típicos de la finalidad de la reproducción, pero nadie me había explicado cómo comportarme cuando el objeto de mi deseo se masturbaba teniéndome dispuesta para él.

— William… —supliqué.

No tuve que volver a hacerlo. Mi tono lastimero pareció excitarle aún más y rápidamente se posicionó en el mismo lugar que antes terminando por penetrarme de un solo movimiento. Solté un gemido con un cierto punto de quejido. La penetración había sido gloriosa,mi hambre estaba siendo saciada, pero igual que meterse todo un pastel dentro de la boca.

Podía sentir en mi interior cada milímetro, cada vena intentando que mis paredes se amoldasen a su invasión avasalladora. Apreté con fuerza mis ojos, arqueé mi espalda y solté un grito cuando sus caderas me volvieron a embestir. Rápido y profundo. Duro, incluso. Sus manos fueron hasta las mías y entrelazó nuestros dedos antes de repetir el mismo movimiento segundos después. Cada movimiento era igual que tocar el cielo con las manos. Mi vagina engullía golosa. Su boca gruñía contra mi cuello. Sus caderas no cesaban ni un solo segundo salvo aquellos en los que me dejaba recomponerme por la penetración previa hasta que iba provocándome tanto anhelo que me temía que no desearía que acabase nunca.

Golpe de cadera. Gemido. Gruñido. Súplica. Nuevo golpe de cadera. Grito. Gruñido. Nueva súplica.

Estuvimos así varios minutos hasta que empezó a moverse más deprisa. El movimiento de las caderas era casi hipnótico. No podía dejar de gemir y la rapidez aumentaba en una búsqueda del orgasmo de ambos.

Terminamos gritando, sudorosos y satisfechos. Nuestros sexos palpitaban aún envueltos en el otro. Encajábamos a la perfección. El placer era incontrolable, aún sentía como si me recorriese una ola de la potencia de un tsunami. Su esperma bañaba mi interior, mis fluidos escurrían por su pene y ninguno de los dos parecíamos tener ganas de movernos.

Le abracé de manera posesiva. Le quité la camisa que a estas alturas estaba más sudorosa que otra cosa y me molestaba para tocar su piel. No era más que una barrera entre nosotros. Mis dedos se deslizaron por su piel, sintiendo los músculos bajo mis palmas hasta que él me levantó por las nalgas con una fuerza inusitada tumbándose él sobre el colchón y quedándome yo sobre él.

Me encantaba la manera en la que me estaba haciendo sentir… Pero, en mi mente, estaba la rubia despampanante de cincuenta años que parecía haber compartido con él algo más que palabras. La sola idea me ponía enferma, ser una más en una lista no me gustaba, aunque no sacaría el tema por el momento.

Cerré mis ojos notando sus propias caricias y sonreí disfrutando de la idea de por el momento ser la única, negarme a creer que había más. Mis celos podían destrozar todo lo que había costado tanto ir construyendo aunque no fuese precisamente estable.

— Creo que no puede echarse atrás. No creo que vayan a aceptar que venda la casa con todo este aroma a sexo descontrolado —rió acariciando la que parecía su parte favorita de mi anatomía.

Jugaba lentamente con las yemas de sus dedos por la curva de mi espalda. Los míos, en cambio, rozaban sus pectorales disfrutando de ese camino que se creaba entre ellos al igual que la forma desdibujada de sus abdominales.

— ¿Me enseñará dónde vive?

Mi pregunta le sorprendió, pero terminó asintiendo antes de jugar con los mechones de mi cabello tirando tan solo un poco, sin hacerme daño, para ver cuál era la verdadera longitud de mi melena.

— Me gusta que haya vuelto al cabello negro. Ese contraste entre su piel blanca y su cabello tiene algo tan… atrayente…

Me sonrojé por completo. Él sí que tenía algo atrayente que temía que mostrase a otras mujeres, que cualquiera mejor que yo, lo que no reducía en nada el número, lograse atraparle para ella, enamorándole como él parecía necesitar y puede que sin ver la claridad que podría ver otro del amor que a mí misma me estaba mostrando.

Me acurruqué en su pecho y me quedé dormida. Escuché su voz, algunos susurros que no supe entender pues mis ojos no querían abrirse ni mi cerebro procesar la información. Quería aquella paz que me daba volver a estar en sus brazos. No necesitaba nada más.

2018 / Ago / 01

La boca de William siempre lograba que me olvidase de todo. Mis dedos se enredaron en su cabello con la intención de fundirme en él de todas las formas que fuesen posibles. ¿Podía necesitar a alguien tanto como creía que le necesitaba a él o era más una enfermedad del tipo en que no se acepta lo que no se puede tener o se quiere lo que es perjudicial para uno mismo? Fuera como fuese, él parecía corresponder aquella malsana obsesión.

Nuestras bocas lucharon despacio, primero regalándose lentas caricias, después, solamente pidiendo más del otro hasta que la pasión comenzaba a consumirnos. Era su deseo, ese hambre que tenía por mí lo que avivaba e incentivaba el mío.

— ¿Tiene planes, señorita Mijáilova? —susurró jadeante entre besos.

— No por el momento salvo que me dé algo en lo que estar ocupada…

Pude sentir como su sonrisa se ensanchaba sobre mis propios labios antes de volver a besar su boca de forma anhelante. Sus manos me agarraron por la parte trasera de los muslos hasta alzarme. Agradecí llevar falda que no fuese de tubo, porque de no ser así seguramente hubiese terminado rota por alguna parte. Me aferré a él con fuerza y besé su cuello despacio permitiendo que me llevase donde quisiese aunque no sabía si había realmente algún sitio a donde ir que no fuese el suelo mismo.

No hubiese sabido que había dos plantas de no ser por él. Estaba tan fascinada mirando todo en la primera planta que había pasado por alto aquellas escaleras y era evidente que debía haber puesto que él iba a trabajar en la buhardilla.

Cuando pensaba que terminaríamos sobre el suelo duro sentí un colchón blando bajo mi espalda. Estábamos en la que sería mi habitación. Por los techos podía deducir que no era la buhardilla, así que debía haber un piso superior. ¿Tres pisos en una sola casa? Mejor no pensar cuánto le había costado aquel lugar porque me temblarían las piernas por saber todo lo que le debería.

— Quítese la blusa…

Mordí mi labio inferior mirándole a los ojos. Él estaba de pie, fuera de la cama, entre mis piernas. Yo, en cambio, estaba tumbada, tal y como me había dejado. Me sorprendió saber que le gustaba mandar de esa forma, por lo que terminé desabotonando mi blusa botón a botón, mostrando mis senos atrapados a duras penas en un sujetador negro con puntilla. A medida que me iba deshaciendo de la blusa volvía a sonrojarme. Era igual que exponerme una y otra vez ante el juicio de un hombre que jamás me hubiese visto desnuda, pero él casi podía saberse de memoria mi anatomía.

Me quité la prenda y mientras me observaba, me quitó uno a uno los zapatos de tacón. En aquella ocasión, me había puesto unas medias de esas que llegaban a mitad del muslo porque aquellos zapatos siempre me hacían rozadura. Pensé que me quitaría las medias, pero no lo hizo, en su lugar, se dedicó a acariciar mis piernas sobre ellas antes de deshacerse poco a poco de mi falda tirando de ella hacia arriba.

No dijo nada. Solo observó. Me sentía expuesta, demasiado. Todas mis imperfecciones estaban a la vista y aún era de día. Su mirada se recreaba lentamente por mis curvas. Sus dedos jugaban con la cinturilla de mi braga. Se metían despacio, acariciando aquella piel y después, me desprendió de la tela teniendo especial cuidado de no llevarse las medias de por medio. Parecían gustarle de alguna forma casi fetichista.

Su boca descendió hasta encontrarse con la mía y me besó como si no hubiese mañana, como si fuese a evaporarme entre sus dedos creyendo casi lo mismo que yo temía de él. Me agarré a sus hombros, quise quitarle la camisa, pero no me dejó. Atrapó mis muñecas entre sus dedos y las dejó a ambos lados de mi cabeza.

— No las mueva.

Su voz grave reverberó por todo mi cuerpo terminando por instalarse entre mis piernas abriendo el apetito voraz de mi sexo que palpitaba suplicante por sentir su penetración cuanto antes.

Acepté su imposición. Metió sus manos bajo mi espalda y se deshizo de mi sujetador antes de pasar sus labios por la forma de uno de ellos, recorriendo toda su redondez y arañándola muy levemente con su barba en el recorrido. Sus labios atraparon de vez en cuando partes del pecho chupándolo para apretar esa pequeña porción de carne entre sus labios. Después, mi pezón fue su juguete. Su lengua lo recorrió, torturó y envolvió haciéndome gemir sin descanso. ¿Cómo algo que siempre me había dado cosa tocar podía proporcionar tanto placer si era el objeto del deseo propio el que me estimulaba?

Arqueé la espalda bajo su cuerpo, me retorcí suplicando más de aquello a lo que era adicta, su pasión. Mis pezones se quedaron llenos de saliva una vez que su boca los abandonó antes de abrir mis piernas un poco más dejando lentos besos por mi vientre. Querría agarrar su cabello, pero me había dicho que no moviese mis manos, así que me agarré a aquella colcha antes de notar sus labios dar un beso apasionado a mis labios vaginales como si fuese a mi propia boca a la que estuviese besando. Solté un grito y su lengua se deslizó entre mis labios vaginales. Atrapó mi clítoris que para ese momento estaba lo suficientemente sensible y elevé mis caderas como una egoísta, deseosa de más, hambrienta de todo lo que quisiese darme.

Sus manos se aferraron a mis rodillas, con fuerza, intentando evitar que cerrase las piernas atrapando su cara entre mis muslos. Tiré de la colcha y le dejé masturbarme de aquella forma tan exquisita. Más… quería más y eso que quería no podía dármelo con su lengua.

Una de sus manos se deslizó hacia arriba hasta que sus dedos jugaron con la entrada de mi vagina en un intento por torturarme un poco más. Metió dos de sus dedos, tan solo la primera falange y el ataque de su boca en mi clítoris se hizo tan voraz que sin desearlo llegué a un orgasmo que él degustó en su totalidad. Bajé mi mirada hacia él y en sus ojos pude ver que aquello acababa de empezar.

2018 / Ago / 01

No me había equivocado ni lo más mínimo. Allí estaba, terminándome el último pedazo de comida en el restaurante del hotel después de haber salido tarde del trabajo. Había tanto por hacer que no había podido usar los descansos para las comidas, había optado por esperar un poco más de tiempo para poder finiquitar el asunto lo antes posible o hubiesen dado las siete de la tarde y aún permanecería entre papeleo físico y electrónico. Lo mismo que había adorado la interfaz en un principio había modificado su apariencia angelical para ser un ente demoníaco que no hacía lo que se le pedía ni aunque se lo suplicases.

Ahora no había demasiado que pensar, al menos, acerca del trabajo. Por ese motivo tenía en mente todo lo demás. William y su compañera regresaban para destrozar mi poco autocontrol. Me sentía mal por lo que había dicho. Le había hecho creer sobre aquella cita cuando me había preguntado directamente. Era igual que si toda la culpa me la hubiese echado a los hombros cuando él no había intentado ni mínimamente calmar los celos más que evidentes que sentía.

Alcé mi mirada justo en el momento que iba a llamar al camarero para indicarle que tenía que apuntarlo en la cuenta de mi habitación, y me encontré con el seductor rostro impasible de Verdoux acercándose casi como si le costase dar cada paso.

Entreabrí los labios sin saber realmente qué decir. Tras lo sucedido ni tan siquiera pensaba encontrarle cerca de mí. Había sido una mujer de ese estilo que parecía desagradarle. No quería reprocharle nada, sabía que habían hablado sus celos, pero lo haría, claro que lo haría.

— Señorita Mijáilova.

— Señor Verdoux.

Se sentó frente a mí antes de poner sobre la mesa un conjunto de llaves. Lo miré sin comprender.

— Sé que debería haberle preguntado antes, pero dado que he logrado comprarme una casa donde vivir con mis hermanos, he encontrado también una que sería muy conveniente para usted en caso de que lo desease. Había pensado usar la buhardilla como estudio, pero no le obligaré a tenerme por ahí pululando todo el tiempo, no se preocupe. Le daré su privacidad —la última palabra sonó casi como un insulto, como si le doliese admitir que yo tenía privacidad lejos de él.

¿Celos, señor Verdoux?

— ¿En serio me ha comprado una casa? —la sorpresa era genuina. Era demasiado dinero lo que se había gastado.

— Siempre que quiera quedársela.

— ¿Podría verla primero antes de tomar la decisión?

— Por supuesto. Acompáñeme.

Llamé al camarero para pedirle que lo apuntase en mi cuenta. Después cogí mis cosas y caminé a su lado, bueno, en realidad medio paso por detrás aunque William apoyó su mano en la parte baja de mi espalda como si le molestase que fuese algo atrás. Me apremió a ir más deprisa caminando hasta estar a su altura.

Había un taxi en la puerta. Subimos y le dijo la dirección del que podía ser mi nuevo hogar. En otro momento hubiese prestado atención a las calles por las que me llevaba, pero ahora, en ese instante, lo único que podía pensar era en susurrar un perdón por lo sucedido el día anterior aunque no sabía si debía disculparme cuando él no lo había hecho. ¿Sería la compra de la casa una forma de buscar mi perdón? De ser así seguía necesitando que me lo pidiesen explícitamente y no tuviese que deducirlo.

— ¿Le fue bien en su cita?

Su tono de voz era neutro, casi parecía no molestarle que hubiese salido con otro hombre en lugar de con él, aunque con su maravillosa agente del brazo dudaba que hubiésemos podido hacer gran cosa salvo lanzarnos los trastos a la cabeza.

— Todo lo bien que puede ir una cita en la que no se tiene control absolutamente de nada…

Frunció su ceño terminando por volverse hacia mí.

— ¿Cómo que…?

— No me haga preguntas porque temo que estoy obligada legalmente a no decir absolutamente nada de lo ocurrido —hice una mueca de disgusto dado que me encantaría poder contarle lo que había pasado.

Pareció relajarse aunque su ceño siguiese fruncido. ¿Habría entendido con todo eso que era una reunión laboral? Esperaba que sí porque no se me permitía hacer ningún comentario que entrase mínimamente en la materia.

El vehículo paró. Miré por la ventanilla y abrí mis ojos como platos. ¡Debía ser una broma! Estábamos al lado del támesis, la casa era sorprendente. Eso costaba una millonada, seguro. ¿Cómo podía aceptar algo así? No me rehusaría de momento. Quizá por puro morbo, o por ver cómo podían vivir con esos lujos, acepté entrar para verla.

Todo era de tamaño superlativo. Muebles tan brillantes que parecía casi imposible que una sola mota de polvo se posase en ellos. Caminé con cuidado, temerosa de manchar todo lo que allí había. Me sentía tan fuera de lugar. Ni en mis mejores deseos podía pensar en algo semejante para mí.

— ¿Le gusta? —su voz sonó cerca de mi oído.

— Es… maravillosa. Tendría un gusto horrible de no parecerme preciosa, pero…

— Es toda suya entonces.

Me giré para mirarle a los ojos y terminé dejando un beso en una de sus mejilla antes de acariciar casi por instinto su pecho duro. Nos quedamos unos instantes sin movernos, como si necesitásemos la cercanía del otro. Me puse de puntillas y besé sus labios fugazmente. Entonces, sus manos atraparon mi cintura y dejaron que nuestras bocas volviesen a unirse en un intento por calmar la ansiedad que parecía recorrernos a ambos cuando estábamos tan cerca.

— Quédese el ático… Me encantará tenerle por aquí a menudo —musité cuando el beso hubo finalizado.

— Lo haré. Ahora tiene un nuevo trabajo que hacer. Debe poner esta casa a su estilo —sonrió antes de que volviésemos a besarnos.

Rodeé su cuello con mis brazos y solamente pensé en que en aquel lugar, con él allí, podría ser increíblemente adictivo. Verle, molestarle, besarle hasta hartarme. Definitivamente estaba al borde del enamoramiento y sufriría, siempre había sufrido en el amor.

2018 / Ago / 01

Fue un poco difícil recuperar el buen humor después de lo sucedido el día anterior. Sin embargo, el despertador se encargó de recordarme en numerosas situaciones que iba a llegar tarde, por lo que no tuve tiempo de pensar ni en William, ni en el señor Douglas, ni en nadie en general. Lo único que tenía en mente era mi primer día de trabajo, un trabajo que esperaba lograr hacer sin demasiados problemas. Además, una de las particularidades que me habían ofrecido era el  asesoramiento con uno de quienes serían mis compañeros para evitar que se me hiciese tan complicado empezar. Cuando me lo ofrecieron casi me eché a reír pensando que lo más probable es que creyesen que un trastorno de la personalidad que no podía ser calificado como “enfermedad” según los psiquiatras fuese igual que una minusvalía mental o algo parecido. No necesitaba ayuda, pero igualmente lo agradecía. Debía no acomodarme en la idea de no poder hacer nada sola, había pasado demasiado tiempo sentada mirando el mundo por tener en la cabeza metida esa posibilidad.

Mi profesional de referencia era la psicóloga Sunders. Agradecía que fuese una mujer. Quizá de esa forma entendería que en algunos momentos debía ser yo quien tuviese sesiones con ella. Además, sabía que me tendrían vigilada pues era la primera vez que una paciente también se convertía en una profesional dentro de sus filas. No estaban acostumbrados a algo semejante. Era igual que si jamás se pudiese cruzar esa barrera. Ojalá todo eso cambiase en poco tiempo porque aunque la figura del usuario experto estaba muy extendida en el país, esa barrera no se llegaba a limar del todo. Tampoco eran los primeros en pensar que yo misma no podía hacer ese trabajo porque no vería todo desde un tipo de prisma objetivo. Que hubiese pasado vivencias parecidas no me hacía menos capacitada para analizar situaciones, al contrario, podía darme la facilidad de saber más claramente qué podía sentir el paciente en esa situación en concreto. Por ese motivo, no le escondía a ninguno de mis compañeros mi especial posición, siempre y cuando la presentase de manera humilde.

La reunión constó de un orden de puntos del día casi parecido a un comité de algún tipo de asociación. Se hablaron de distintos nuevos pacientes que entre los psicólogos tendríamos que valorar primero para saber si requería del trato psiquiátrico o no. No sabía lo que era el “trato psiquiátrico” allí, pero según mis propias experiencias se basaba en la escucha de todos los síntomas y un intento por paliarlos con algo de medicación además de clasificar al paciente en un diagnóstico concreto. No quería echar en cara su forma de trabajar, ni mucho menos, pero lamentablemente no todo se controlaba tomando pastillas hasta perder el sentido y sabía de primera mano lo que era tener que tomarse estas mismas como gominolas además de pasarse el día entero durmiendo porque estaba completamente drogada debido al exceso de medicación.

Tras ello, una de las administrativas me entregó la agenda que tenía para aquel mes. Acababa de descubrir que yo no era quien me encargaba de poner las citas, las administrativas rellenaban las agendas de cada uno colocando casi apiñados a los pacientes por lo que prácticamente no sabría hasta el mismo día quiénes eran los que tendría que ver. No me agradaba demasiado esa forma casi sorpresa de trabajo, pero si eran las reglas, debía acoplarme a ellas. No podía imponer mi propio método de trabajo aunque haría lo posible por meter un poco de mano. Ya se me ocurriría como.

Entré en mi despacho. Era completamente estándar, igual que cualquier otra sala de ese hospital. Blanca, una mesa y una butaca negra al otro lado mientras que los pacientes se tendrían que sentar en incómodas sillas que durante horas podrían dejar el culo cuadrado. No se me permitía hacer grandes cambios en la decoración, aunque sí podía poner, siempre sin tornillos, taladros o clavos, todos los dibujos o imágenes que desease. Pensé en que sería parecido a cómo había tenido que poner los pósters y fotografías en mi habitación siempre, un trozo de celo, chinchetas quizá o puede que alguna grapa. Nada que dejase una marca imposible de tapar o que necesitase masilla para reconstruir y se viesen sin problema los agujeros desde lejos. No tenía ahora tiempo para decorar. Debía centrarme en lo importante.

Abrí la agenda y vi los expedientes de mis pacientes. Ni tan siquiera teníamos el nombre puesto. Imaginaba que sería por la protección de datos. Por suerte, me acababan de dar mi acceso al sistema donde estaba toda la base de datos.

Me metí en ella. La interfaz era bastante atractiva, un buen diseño e intuitiva. Cliqué en expedientes y finalmente me salió un buscador donde debía colocar el número concreto. Tras poner uno de ellos el resultado en la búsqueda fue tan solo uno. Además, el sistema me permitía guardar el número para posibles referencias futuras.

El expediente era muy simple. Datos principales, situación descrita por la que se había pedido la cita. Imaginaba que ese era uno de los nuevos usuarios. Sonreí sabiendo que aquello me ayudaría a coger confianza. Debía hacer la valoración inicial y aunque tardásemos varios días podría lograr comprenderla de mejor manera o, al menos, tener una idea más específica de su forma de verse a sí misma, de la manera en la que se sentía.

Por lo que vi el día sería realmente agotador y aún no había empezado. Tendría que centrarme principalmente en lo que debía hacer, realizar las pequeñas pausas necesarias para cambiar a otro usuario y, por último, ir a hablar con Sunders para ver cuál sería el método en que trabajaríamos juntas a partir de ahora. Esperaba que fuese accesible y amable aunque no siempre era todo sencillo.

Tras apoyar mi espalda en la butaca, respiré profundamente, me incorporé, abrí la puerta e hice pasar al primer paciente. Esperaba que todos aquellos nuevos rostros fuesen un aliciente para cada día.

2018 / Ago / 01

Todo aquel lugar parecía haber sido creado para él. Nada desentonaba con su manera de mirar el mundo. Era como si cualquier cosa de la faz de la tierra fuese única y exclusivamente para complacerle. No había otro motivo. No importaba si había sido creado antes de su existencia siquiera. Él tenía el control de todo como un imán, como si el mundo tuviese que amoldarse a él y no al revés.

Había pedido por los dos. Ni tan siquiera me había permitido elegir lo que yo desease. En cuanto había pronunciado la comanda el camarero se había ido tan rápido que no me había dado tiempo de pedir algo distinto, de hecho, ni tan siquiera me habían puesto la carta delante para pedir lo que yo quisiese así que, más vale que ese plato estuviese delicioso o lo dejaría, una pérdida de dinero, obviamente.

— Bien, señorita Mijáilova. Ya he expuesto mis condiciones iniciales así que necesito saber las suyas, para ver si podemos trabajar con eso.

— Por mucho que me impresione su forma de manejarse entre los negocios, tengo que aclararle algo. Todo lo que corresponde a papeleo y lo que sea técnicamente un negocio termina en el momento en que comienza la consulta. Mi forma de trabajar no siempre tiene un número de pasos concretos que seguir, voy aclimatándome a las situaciones que se planteen y, usted será quien tenga el control en ese aspecto. Yo puedo plantear unas normas, pero está en usted si acepta las reglas del juego o no —dije antes de cruzar mis piernas debajo de la mesa mientras mis ojos seguían fijos en los ajenos por mucho que me costaba hacerlo—. Es simple. El paciente decide qué cuenta y qué deja de contar. Según eso se trabaja. Sin embargo, si desea que sea un trabajo satisfactorio para ambos le recomiendo que en lo posible, sea sincero. Me da poco más o menos igual si se llama realmente como dice que se llama o es E.T. que ha vuelto a nuestro planeta. Lo que resultaría estúpido es que tomando todas esas preocupaciones para poder mantener su privacidad y su verdadera identidad en secreto, no lo aproveche al entrar en un mundo donde no habrá ningún tipo de juicio. Mi trabajo es intentar entenderle primero, después… creo que será lo suficientemente inteligente para darse cuenta cuál es mi papel.

Sus dedos se cruzaron frente a sus labios manteniendo esa mirada de jugador de póker experto.

— En resumen, tengo el control y usted, después, me lo quitará diciéndome qué hacer y qué no.

— Se equivoca. No estoy aquí para imponer nada, sino para ayudarle a ver posibilidades. Yo no voy a decirle tiene que hacer esto, tiene que hacer lo otro. Si ese fuese mi trabajo no sería psicóloga, sería algo así como una amiga o un miembro de su familia con algún rasgo de superioridad o incluso, un jefe, que le indicase todo lo que debe hacer, cuándo y cómo. No… será usted mismo quien decida qué camino tomar. Podrá equivocarse o acertar, pero escogerá en las encrucijadas sin que sea yo quien le dé el mapa de ruta, porque nadie mejor que usted conoce las distintas y verdaderas necesidades que tiene. Solo usted se conoce a sí mismo, en teoría, hasta el más íntimo momento.

Alzó sus cejas mientras hablaba y finalmente descruzó los dedos mostrándome una línea fina como boca.

— ¿Ese es su trabajo? ¿Oír simplemente? ¿No debe tomar decisiones por mí o indicarme los caminos correctos?

— ¿Le parece poco? Tendrá que expresar en voz alta aquello que no le haya confesado a nadie y deberá analizarlo mientras contesta a las distintas preguntas que le haga.

— No sabía que el arduo trabajo debería hacerlo yo —entonces pude ver en sus labios una sombra de broma y comprendí que no era el primer psicólogo al que le pedía algún tipo de servicio.

— Dejémonos entonces de preámbulos si es tan conocedor de la materia. Planteemos los momentos de intervención y los lugares. No me parece lo mejor venir a restaurantes por muy reservados que sean los camareros. Podrían escuchar cosas que no desea que sean escuchadas —me puse la servilleta sobre las piernas justo en el instante que el camarero me ponía el plato delante.

Sunday roast. El plato estaba llenísimo entre la carne, las salchichas, lo que parecía un cascarón de pudin o algo parecido y patatas. Todo estaba regado con una salsa oscura, pero como primera impresión tenía una pinta maravillosa y solamente con verlo mi estómago había empezado a gruñir porque estaba nerviosa por la situación que tenían que aguantar mis nervios. Un día de puro relax como había esperado tener.

No fue complicado cuadrar horarios, pero no estaba dispuesto a aceptar que se le viese entrar a un consulta, así que la única solución es que yo fuese a su casa, a lo que me negué por completo aunque podría servir para conocerle un poco más. Propuse la habitación de hotel donde residía. Era un terreno neutral y dudaba que fuesen a poner micrófonos o algo así. Bromear con eso no había sido una buena opción porque rápidamente me había preguntado las horas en las que estaba fuera de la habitación para que su gente pudiese realizar un barrido evitando cualquier tipo de objeto espía. Su paranoia era sorprendente.

El resto de la cena fue en silencio salvo en los momentos que creíamos que teníamos que aclarar algún punto del que aún no se había hablado.

Al terminar la cena, se quedó con una copa de vino en la mano y pude irme sin necesidad de tener que compartir coche con él. Aquello me hizo respirar aliviada aceptando que lo único bueno que tenía era el dinero que ganaría. Por cada sesión me pagaba el salario de un mes del hospital. Simplemente esperaba no perder los nervios, no quería que todo lo que tenía sobre mí terminase en las manos de cualquiera. Era mi privacidad a fin de cuentas y solamente yo tenía derecho a decir quien podía y quien no saberlo. Era injusto que tuviese tanto poder, pero no había forma de evitarlo salvo manteniéndome entre los límites del contrato.

2018 / Ago / 01

— Me gustaría contar con sus servicios como psicóloga.

Alcé mis cejas sin comprender. ¿Ese era el motivo por el que me había estado persiguiendo todo el tiempo? ¿Cómo siquiera había podido saber que era psicóloga desde el primer momento? No… tenía que haber algo que le hubiese hecho perseguirme, sin embargo, mi trabajo podría haber logrado ayudarle a encontrar una forma de tenerme en su vida. Estaba equivocado si pensaba que iba a dejar que algo más pasase. Si él era mi paciente, sería exclusivamente mi paciente. Buscaría la forma de dejárselo claro de alguna manera aunque con semejantes chicas a las que podía engatusar, puede que efectivamente, yo fuese algún tipo de juego solamente para divertirse. ¿Tenía problemas? Seguramente, pero mientras me pagase…

— No soy una psicóloga muy normal, señor Douglas. Aunque imagino que eso ya lo sabrá.

Una sonrisa maliciosa surcó su rostro hasta que casi pareció dibujar sus facciones igual que una de esas caretas de sonrisa demoníaca que tanto miedo me habían dado en algunos animes que había visto en la televisión siendo más pequeña.

— Tiene toda la razón. Lo sé. Pensé que sería justo saber todo lo posible sobre usted antes de que fuese partícipe de muchas cosas acerca de mí. Cabe destacar que no será nada más que admisible una posibilidad entre ambos, la completa confidencialidad. No puede, no debe y me tomaré medidas legales en el caso de que una sola de las palabras que intercambie por usted lleguen a los oídos de alguien más. Firmará un acuerdo de confidencialidad que será recíproco. Si no rompe su parte del trato, no desvelaré ninguno de sus secretos —estiró su brazo izquierdo para coger una carpeta que descansaba tranquilamente sobre el asiento del coche, a su lado. Después me la tendió—. Puede echarle un vistazo si lo desea, pero no es la única copia que tengo.

Fruncí mi ceño confusa antes de abrir la carpeta. Allí dentro había todo tipo de información sobre mí. Fotografías mías con Chloe, con Michael, con familiares míos. Había fotografías en las que salía casi en paños menores. ¿Cómo había logrado todo eso? Casi me dio un ataque por ellas, pero lo peor eran todos los informes psiquiátricos de todos los médicos que me habían tratado durante mi adolescencia.

— Puede revisar todo lo que quiera para que sepa hasta qué punto estoy al tanto de todo lo que ha acontecido en su vida, señorita Mijáilova. Todo. De esa forma será más consciente de aquello que puedo destapar y que pertenece a su privacidad si usted incumple el contrario que sí o sí, deberá firmar cuando lleguemos a nuestro destino —levantó una de sus manos como restándole importancia—. No se preocupe. No tengo intención de jugarle una mala pasada, solamente busco cubrirme las espaldas.

— ¿Qué que pueda querer decirme puede justificar mi completa invasión de la intimidad? —elevé algo la voz que salió temblorosa.

— Mi propia intimidad —su tono fue sereno, grave, indicando que él mismo se posicionaba encima de todos los demás, que sus secretos podían valer oro mientras que podía tergiversar los míos de todas las formas posibles hasta terminar por destrozarme la vida.

Allí estaban los comentarios de mi médicos sobre las alucinaciones inexistentes, mi deseo de atención, mi narcisismo, mi insolencia, mi odio indiscriminado. Recordar todo aquello dolía y más en informes que ahora sí era capaz de comprender. Los tecnicismos funcionaban tan solo cuando no se estaba dentro de ese mundo, podían ser una jerga aparte, pero cuando eran usados en contra de uno el resquemor era intenso una vez se había podido entender la definición fría y sin ningún tipo de tacto sobre mi persona.

Sabía todo lo que podía haber ahí. No iba a decirme nada que yo no hubiese vivido aquella estúpida carpeta. Eso sí. Me obligaba a rendirme a sus caprichos, al menos, siempre y cuando el contrato fuese de confidencialidad tan solo. No había aprendido demasiado de los temas legales porque mi hermano era el que controlaba toda esa rama en la familia más cercana, sin embargo, le había pedido que me ayudase a comprender y entender algunos términos de un contrato, así que si pensaba que me iba a pillar en algo así, estaba muy equivocado.

El resto del viaje, bastante corto, no le dirigí mirada alguna. Él no hablaba tampoco, parecía divertido observándome, como si fuese un gran chiste con patas. Mis miradas de enojo, los cambios en mis facciones mientras pensaba, causaban en él ciertos comentarios como “interesante”, “espero que sea ingenioso”… pero jamás seguía aquellas claras provocaciones por mucho que quisiese morderle un brazo de manera salvaje.

El chófer se bajó de su asiento. Abrió la puerta y el señor Douglas bajó primero antes de dejar la mano en el aire para que la pudiese agarrar y así bajar con mayor seguridad del coche. Lo hice por pura cortesía, quizá incluso por vergüenza, porque había varias personas mirando la escena y podía observarlas desde donde estaba. ¿Quién era realmente ese hombre?

Su mano era fuerte, no demasiado suave lo que indicaba que por mucho que se cuidase la vida le había obligado a trabajar poco, mucho o regular. Sus dedos aferraron con facilidad mi mano que era igual que la de una niña sobre su gran palma. Después, a diferencia de lo que yo hubiese deseado, no soltó mi mano. Intenté quitarla despacio, pero sus dedos tenían bien aprisionados los míos como si precisamente quisiese que el resto del mundo pensase que era una cita más dentro de una lista que sería tan larga que los nombres se repetirían varias veces formando hasta una competición entre ellos para ver cuál era el nombre que más veces era escrito en esa enumeración infinita. ¿Le habrían visto alguna vez con una mujer que no fuese su próxima conquista?

— Señor… Douglas —una sonrisa cómplice se extendió por los labios del maître.

— ¿Puede llevarme a mi mesa de siempre?

— Por supuesto, sígame. Señorita…

Seguramente había pagado a todos un buen fajo de billetes para que le siguiesen el juego aquella noche. Todos le conocían, cuchicheaban, le miraban a él igual que si yo no estuviese allí. ¿Quién demonios era este tío? ¿Era un miembro de la realeza y yo no lo sabía o qué?

De todos modos, no tuve que sufrir la indiferencia de los comensales mucho tiempo más aunque también incluía la admiración por el odioso hombre que tenía a mi lado, pronto pasamos a una sala privada, con una sola mesa. Encima de ella, además de los cubiertos y los platos vacíos había dos carpetas de cuero negro con una especie de emblema o logotipo realizado por algún tipo de bordadora.

— Lo primero es lo primero…

El señor Douglas sacó del interior de su chaqueta una pluma, preciosa, con el mismo dibujo grabado.

— Firme.

En esta ocasión fui yo la que sonrió con suficiencia.

— No firmo nada que no haya leído, así que siéntese. Debo ser concienzuda.

A diferencia de lo que yo hubiese deseado, me correspondió la sonrisa, en esta ocasión como si estuviese complacido por mi respuesta.

— Me sorprende, pero está bien saber que juego en las grandes ligas.

Después, se sentó en una de las sillas y esperó pacientemente a que terminase mi lectura. Le haría esperar. Ahora, por unos segundos tenía la sartén por el mango y no quería perder el poder tan pronto.

Leí todas las partes descritas. Sus datos falsos, mis datos reales, en qué puntos era estricta la confidencialidad y hasta el tiempo dispuesto. No era permanente, pero casi. Solamente podría ser roto el acuerdo en dos situaciones, siempre con multa de por medio. La finalización de aquella privacidad obligada solamente podía romperla en el momento de la muerte de alguno de los dos. Si moría yo, no podría decir nada, él cumpliría su pacto. Si moría él le importaría poco lo que se dijese ya de él.

Lo releí hasta cuatro veces, buscando ser concienzuda y terminé firmándolo antes de cerrar la carpeta.

— Necesitaré copia del mismo.

La sorpresa fue mínima en su rostro.

— Por supuesto. La tendrá.

Y mientras nos quitaban las carpetas de en medio unos, y otros volvían a colocar bien los platos, apoyé mi espalda en el respaldo de la silla esperando ver todos los acuerdos pertinentes que hacer. Ahora, empezaba mi terreno, ¿no?

2018 / Ago / 01

Vestido negro atado al cuello. Zapatos elegantes, pero que me permitiesen salir corriendo de ser necesario, maquillaje, perfume y un bolso que pesaba lo suficiente para hacer daño si el asunto se ponía demasiado raro. Había cargado el móvil para por lo menos tener asegurada la llamada de emergencia si debía usarla.

Ahora, en ese momento, comenzaba a entender que la oscuridad podía resultar muy divertida en los libros, pero que el miedo se deslizaba igual que una corriente continua por todo mi sistema nervioso teniendo que vivirlo cara a cara. Había múltiples irregularidades en lo ocurrido, para empezar, que tuviese el control de todos mis datos y que yo no supiese ni su nombre.

De tanto morderme el labio inferior me había quitado prácticamente todo el pintalabios. Estaba en la recepción del hotel esperando que apareciese aquel coche que había visto en Belfast, como si no tuviese más vehículos que ese, para conocer a alguien que ya podía saber hasta mi talla de sujetador.

Y ahí estaba. No sabía si era el mismo modelo, seguramente no, pero era un coche negro, con las lunas tintadas. El chófer se bajó del vehículo y después abrió la puerta trasera contraria a la del piloto, por la que descendió con la misma elegancia y galantería el culpable de todo aquello. Pude ver con mayor claridad las facciones de su rostro gracias a la luz de la recepción. Intenté no ponerme a gritar, no porque fuese condenadamente guapo o algo parecido, sino por el miedo que me despertaba ese hombre.

Sus ojos enmarcados por unas gruesas cejas estaban fijos en mí. Ni tan siquiera había mirado a otro lugar. Era como el cazador que ya ha divisado a la presa débil que se zampará para aumentar su ego. Lo tenía crudo si creía que esos aires de dandi iban a engañarme después de lo que sabía, o más bien, lo poco que sabía. No había sido su mejor carta de presentación si su intención era esa, conquistarme. Sin embargo, había hablado de contratarme. Intentaría darle un mínimo beneficio de duda, aunque no olvidaba que tenía toda mi información en su poder.

Cabello con cierta inspiración en John Travolta, pero traído a la modernidad, hacia atrás. Una barba excesivamente bien cuidada, dejaba ver sin problemas sus mejillas quedándose tan solo en la forma de su mandíbula para darle mayor profundidad y solo ascendía para envolver toda la zona superior labial con el bigote que suele acompañar. Espeso. Me preguntaba si alguna vez esa piel respiraba.

El traje color camel que llevaba en un tono lo suficientemente desaturado evitaba un gran sentimiento de peligro, pero su rostro, en cambio, daba todas las claves, como una señal de neón apuntándole para comprender que había que ser cauteloso.

— Señorita Mijáilova, me alegra comprobar que haya decidido bajar por su propio pie. Hubiese sido humillante para usted dar semejante espectáculo en su lugar de residencia, porque sí, hubiese subido y la hubiese arrastrado hasta la puerta aunque hubiese estado completamente desnuda —ya lo había logrado. Toda su fachada de caballero había desaparecido con abrir esa bocaza—. Me gusta su vestido, para algún concurso poblano. Por suerte, para usted, dudo que vayan a fijarse demasiado en usted.

¿Podía insultar más veces en una sola frase? Seguro que si lo intentaba podría.

— ¿Me acompaña al coche?

— Dígame su nombre al menos. No sé con quién estoy tratando aunque se encargue de asegurarme que tiene todo el control de la situación en su mano. Sé, o intuyo, lo que puede llegar a hacer, sin embargo, no suelo tratar con nadie que no me dé un nombre o un apellido al que poder dirigirme.

Cerró sus ojos como si estuviese molesto. Sus dedos se apoyaron en el puente de su nariz que por mucho que pareciese cuadrar maravillosamente con su rostro tenía defectos, como todas las que no han sido operadas para quedar perfectas. La naturaleza cometía sus fallos.

— Bien. Es justo. No ha intentado evitar esta reunión después de la llamada a la policía y se ha vestido más o menos decentemente para salir conmigo esta noche a una cita de negocios. Puede llamarme Douglas —concedió con una sonrisa que indicaba que ese no era su verdadero nombre.

— Está bien, señor Douglas. No me diga su verdadero nombre si no lo desea.

— Por supuesto que no lo deseo y ahora, no le queda otra nada más que acompañarme, señorita Mijáilova porque algunas de estas personas que trabajan o están hospedadas en el hotel están intentando captar algo de nuestra conversación y siéndole sincero, no es algo que vaya a aceptar. Sígame.

Sin más se dio la vuelta. Vi su espalda ancha, recta, con ni una sola arruga en la superficie de la chaqueta de su traje. Casi parecía que la tela estaba temerosa de lograr alguna imperfección, como si también pudiese manejar eso.

Entrecerré mis ojos unos instantes, él llegó hasta la puerta trasera del vehículo y tras desabotonar su chaqueta, me echó una mirada de aviso. Solamente cuando vio que empezaba a caminar hacia él se metió en el vehículo y me cedió el sitio que estaba justo delante de él. No había estado nunca en un coche que tuviese los asientos igual que aquellos de los autobuses urbanos que tanto me gustaban, dados la vuelta, dándole la espalda al conductor y mirando hacia el maletero.

Me puse el cinturón de seguridad. Fijé mis ojos en los suyos de una tonalidad casi violácea y tras dar a un botón situado en un control que no había visto bajo la ventanilla de su asiento, provocó que un cristal también tintado se situase entre el chófer y nosotros. Parecía una señal inequívoca de que tenía que ponerse en marcha, y eso hizo que mi estómago rugiese de temor. ¿Estaba lista para alcanzar las últimas horas del último día de mi vida? Desde luego, con ese pensamiento no llegaría a ninguna parte. Así que mientras mi cabeza elaboraba formas de escapar de aquel lugar sin los pies por delante, el señor Douglas parecía disfrutar por algún tipo de espectáculo que parecía estarle ofreciendo sin darme cuenta.

— Creo que ya va siendo hora que sepa para qué he contactado con usted o le dará un paro cardíaco.

— ¿Un paro cardíaco?

— Así es. Está jadeante, pierde y recupera el color por segundos, sus labios están resecos y no hay que se demasiado listo para imaginarse que su pulso va tan acelerado que cualquier persona con una afección del corazón hubiese padecido un infarto —la sonrisa volvió a extenderse por sus labios antes de colocarse la corbata—. Relájese. Regresará viva y, si todo sale como creo, con un buen incentivo laboral privado.

¿Privado? Eso me gustaba todavía menos.