2018 / Ago / 09

Callarme cuando estaba furiosa no era una de las técnicas más hábiles. El tiro solía salirle a todo el mundo por la culata. Sin embargo, William no quiso ir a más, se mantuvo ahí, en un beso y después, me dejó llorar contra su pecho.

Ambos sabíamos lo que teníamos que hacer. Aquella noche iríamos al restaurante al que ya tenía planeado llevarme William, de forma que nadie pudiese sospechar nada. Esperábamos que no fuese tan listo como decía que era, porque de ser así, todo terminaría sin haber empezado siquiera, o terminaría peor aún de lo que yo hubiese podido desear nunca, con mi cuerpo a saber donde abandonado a la suerte de quien quisiese encontrarme cuando ya estuviese irreconocible.

Si aparecía, la policía lo atraparía.

Nos arreglamos como si no temiésemos nada. William no me dejó sola ni un solo segundo. Estaba temeroso, sí, temía por lo que pudiese llegar a pasarme si él no estaba delante para golpear a quien intentase hacerme lo que fuese o para llevarse la bala si me disparaban. Quizá, mi romanticismo idílico estaba viendo en él cosas que no sentía, pero sí era cierto que no me dejaba sola ni a sol ni a sombra.

Habíamos pasado la tarde como mejor habíamos podido. Nos habíamos ido arreglando con calma recordándole al otro que no estaríamos solos, que todo iría bien. La policía iba a estar allí, el operativo estaría listo. Simplemente teníamos que intentar cenar, eso era todo.

William había llamado a un taxi. Nos subimos a él y tuve cuidado de que no se escapase nada de mi pecho por el pronunciadísimo escote que tenía. Normalmente no estaba nada segura llevando vestidos así, pero si el asunto iba de provocar, debía hacerlo, ¿no?

Los labios de Verdoux se encargaron de recordarme su presencia deslizándose muy lentamente por mi cuello. Me sorprendía que estuviese lo suficientemente tranquilo para dedicarse a jugar de esa forma. Sus labios me hacían estremecer por completo y cerrando mis ojos el camino se me hizo mucho más corto que si hubiese estado pensando en Douglas.

Bajamos del taxi y caminamos hasta el interior del restaurante. Todos nos miraron por alguna razón que yo desconocía, pero me percaté cuando observé que la mayor parte de las mujeres no lucían un vestido tan… vistoso como el mío. Me sonrojé hasta las orejas. Aunque aquel momento de vergüenza rápidamente se vio eclipsado por el horror que atenazó mi estómago cuando Douglas rozó la parte baja de mi espalda con las yemas de sus dedos entrando en el restaurante justo después de nosotros.

— Está… tan apetecible, señorita Mijáilova —el susurro en mi oído me puso la piel de gallina y no en el buen sentido.

¿Cómo había llegado allí tan pronto? ¿Cómo habían permitido que entrase al lugar? Mi corazón latía dolorosamente recordándome que aquel hombre hubiese dado lo que fuese en ese momento por acabar con mi vida o por terminar revolviendo en mi interior hasta llevarme a la locura más extrema. Si hubiese sido un lobo, como el de Caperucita roja, sabía que se hubiese relamido dispuesto a cazar.

A mi lado, William había estado a punto de saltar, de realizar algo de lo que se hubiese arrepentido pues en aquel restaurante no estábamos solos sino también su agente. ¡Qué casualidad! Aquella mujer me ponía enferma. No sabía qué temía más, si sus tentáculos o la manera en la que Douglas me arrancaba la ropa con la mirada. ¿Cómo podía llegar alguien a tener una obsesión tan grande por mí en tan poco tiempo? Bueno, en realidad, ¿cómo podía alguien obsesionarse conmigo? No tenía sentido, no le encontraba lógica, pero sospechaba que debía ver en mí a Grace de alguna forma y por eso sentía atracción hacia mi persona.

Caminé con William hacia la mesa que nos habían reservado. En el trayecto pasamos por la mesa donde Miss Silicona le miraba con esos ojitos de corderito que no engañaban a nadie. Mientras tanto, mi mente sentía los dardos que me clavaban las miradas de Douglas que no se desviaban de mi anatomía ni por un solo momento.

Me senté en el lugar que me indicó el literato. Me había puesto de forma que él quedaba de espaldas de Douglas, porque creía que no se controlaría si seguía viendo que estaba dispuesto a pasar por delante de él aunque fuese mi acompañante. ¿William celoso? ¿No se suponía que había que tener miedo? Nunca entendería la mentalidad de los hombres por mucho que lo intentase. La lógica desaparecía aunque yo tampoco es que fuese demasiado común en muchos instantes.

El camarero nos entregó una carta a cada uno y se fue para servir a otros comensales. Intenté fijarme en lo posible en el nombre de cada uno de los platos. No me sabía el nombre ni el aspecto de la mitad. O era mi escasa concentración o temía no había leído ese tipo de platos en mi vida. Después, me percaté que era la traducción al alemán que tenían en aquel restaurante por deferencia a los familiares del dueño que iban de vez en cuando. Los nombres de los platos estaban escritos en un inglés perfecto justo debajo, con una letra más pequeña, pero lo suficientemente legible.

— Ahora mismo vengo…

William se levantó para ir hasta la mesa donde estaba su agente. ¿En serio? ¿Estaba tomándome el pelo? Me había dejado tirada en la mesa teniendo a un tiro de piedra a un hombre que deseaba quitarme la vida y él se iba con la rubia artificial sin importarle mi propio bienestar ni míseramente.

Fruncí mi ceño, tan molesta que casi le tiré la carta a la cabeza, aunque con mi puntería seguro que la hubiese terminado dando a la rubia en una de sus tetas de silicona.

El chasquido de la lengua de alguien me hizo dar un pequeño respingo en el asiento. Sin que me hubiese percatado, Douglas se había situado justo detrás de mí, rozando con sus dedos mis brazos antes de hablar.

— ¿Y aún así lo prefiere a él? Ni aún sabiendo que podrían terminar con su vida con un solo disparo o de la peor manera posible, se mantiene a su lado. Juega con usted, con su amor y le deja, Kyra… ¿cómo puede ser tan inteligente para algunas cosas y tan tonta para otras? Él no la ama ni lo hará nunca porque su corazón siempre ha pertenecido a Eliza.

Y fue casi inmediato pronunciar Douglas su nombre, que William se girase y tener la certeza de que aquello iba a terminar increíblemente mal.

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— ¿Puedo saber ahora de qué iba todo eso de la policía? ¿Quién es ese hombre de la foto?

Habíamos llegado hacía tan solo cinco minutos al interior de nuestro hogar, o del que había sido mi hogar durante un espacio tan corto de tiempo que casi me había parecido imposible. La idea de tener que dejar todo aquello de nuevo comenzaba a hacerse palpable salvo que consiguiesen pillar a Douglas, o como a diantres hubiesen dicho que se llamaba en realidad.

— Era o… es teóricamente aún, un paciente.

— ¿Un paciente? ¿Y su código deontológico, señorita Mijáilova, dónde lo ha escondido?

Le miré enarcando una de mis cejas y esperando que ese comentario fuese un vano y horrible intento por hacer una broma en ese momento. Me senté en el sofá donde había observado a mi paciente contarme los peores secretos que hubiese escuchado nunca, además, de ese deseo porque me picase la curiosidad para saber algo sobre la vida de William.

Fruncí mi ceño. Intenté calmar mis emociones. Ese ser abominable seguía por ahí, seguía libre a pesar de haber matado o mandado matar a mi perro. A pesar de haber quitado la vida a once mujeres contando a la pobre que había tenido la horrible mala suerte de parecerse mínimamente a mí.

La policía no había encontrado aún ese cadáver, pero esperaban que en lo posible pudiesen encontrar las pruebas necesarias para no tener tan solo la confesión grabada, sino poder asegurar que esa joven que decía haber matado no era otra que ese cuerpo sin vida que permanecía allí, en soledad, a saber donde, sin que nadie hubiese sabido que acababa de fallecer por el placer sádico e incomprensible de un hombre trastornado de una forma inimaginable.

Me abracé las piernas y aquello pareció hacerle entender a Verdoux que no debía hacer bromas, no en ese momento.

— Me contactó en Belfast. Se acababa de ir hacía poco y había sacado a Rochester a pasear. Mi perro se puso a ladrar, a gruñir, y él ni tan siquiera nos había visto. Iba con una mujer y se metieron a un vehículo. Quiso saber mi nombre, no se lo dije y me alejé lo más deprisa posible de ese hombre, pero el coche volvió a aparecer. Él no salió, lo hizo su chófer quien empezó a llamarme. Me negué a escucharle y seguí adelante, hasta mi hogar. Cuando pude llegar al piso, le vi por la ventana, apoyado en el carísimo coche, fumando un cigarrillo y tan vestido como si no acabase de oírle hacía tan solo unos minutos tirarse a aquella mujer en su coche —me quité la coleta y me hice un moño porque necesitaba calmar la ansiedad que tenían mis propios dedos por moverse, por hacer algo diferente a lo que estaban haciendo—. Tiempo después, cuando conseguí el trabajo aquí, se puso en contacto conmigo. Me hizo una… entrevista, si es que se le puede llamar así y me hizo firmar un acuerdo de confidencialidad vitalicio. Solamente si uno de los dos moría cualquiera podía hablar.

— Aceptó algo semejante, entonces.

— ¡Por Dios, William! Lo máximo que podía ser era un acosador, nunca me había tenido que enfrentar a nadie con tanta mierda en la cabeza. No, al menos, que resultasen peligrosos. Así que sí, acepté, me parecía un chollazo por escuchar a un ricachón creído contarme sus problemas con las mujeres o a saber qué. El único problema es que todo fue mucho más grave de lo que yo esperaba.

— Podía haberlo pensado antes cuando la había buscado sin conocerla como un maníaco —su rostro y voz se habían tornado tan fríos que estuve a punto de explotar con una risa sarcástica y un comentario que tuve que comerme, pero no fue necesario decirlo, él se dio por aludido solamente con mi mirada—. Usted misma debería saber que no son comportamientos normales.

— Sí, lo sé. Y por eso mismo tendría que haberme alejado de usted, el primero.

Mis palabras tuvieron un gran peso. Ambos nos habíamos alterado considerablemente. El literato no me dirigió la mirada mientras iba hasta la cocina tras susurrar un «me haré un té» que prácticamente había tenido que adivinar porque me había costado entenderlo por lo bajo que lo había pronunciado.

Estuvimos en silencio el tiempo que tardó en hacerse el té. Aproveché todo ese tiempo para elegir exactamente qué podía llegar a decirle. No sabía si era conveniente que supiese que era un asesino. Quizá solo debía saber que se había obsesionado conmigo y ya está. No comprendería que hubiese querido tratarle al saber que era un homicida.

Fruncí mi ceño cuando se sentó delante de mí. Estaba en el mismo lugar que había estado antes él. Ese ser que había trastocado mi vida de una forma aún peor que lo había hecho William.

— ¿Por qué ha matado a su perro?

— Porque no cumplí sus términos, sus reglas ni quise tampoco acceder a ser «suya» y no «tuya» —le miré encogiéndome de hombros antes de apoyar mi cabeza en la butaca. Por la reacción de William estaba claro que hubiese preferido que le dijese que era asesino.

— Así que se ha obsesionado con usted… No sé porqué no me sorprende —bufó mirándome como si yo tuviese toda la culpa—. ¿Ha estado intentando conquistarle también?

Abrí mis ojos como platos sin poder llegar a creerme lo que estaba escuchando.

— ¿Y me lo dice quien por lo que sé se mete las noches que no viene aquí a la cama de la pelirroja despampanante que tiene en su casa viviendo como si tal cosa? ¿Al que no le importa ni una condenada mierda como yo me sienta cuando pronuncia el nombre de otras mujeres en sus sueños? ¿Al que le da igual pensar que he sido yo quien he intentado quitarme la vida en lugar de creer que alguien ha podido atacarme o que me haya dado un shock? —dije tan alto que podía sentir una puñalada en mi garganta con cada palabra.

William se quedó en silencio. Se limitó a mirarme. Luego, se levantó en un solo movimiento, cruzó la distancia que nos separaba, me agarró de los hombros y apretó mi cuerpo contra el suyo terminando por besar mis labios como lo había hecho en el hospital. Podía sentir en ese beso el temor a perderme envolver mi corazón hasta apretarlo igual que si lo hubiese rodeado una malla de aquellas usada en las guerras o para evitar que alguien escapase de donde se suponía que debía estar encerrado. Protecciones que desgarraban la piel y ahora el corazón.

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Pillar a Douglas no parecía algo fácil. Bueno, a quien era realmente Douglas. No podía acordarme de su verdadero nombre cuando ya le había llamado de esa forma desde el principio. Sería difícil hacerse a la idea de otro nombre. No obstante, ahora mismo no era lo que más me importaba. Quería quitarme de la cabeza lo sucedido con Rochester. Su cuerpo sin vida, su pelaje lleno de sangre… todo me había resultado tan aterrador como si hubiese visto la peor película de miedo de la historia del cine.

La policía me había propuesto una manera en la que intentar atraparle. Sería mucho más fácil poder cogerle cuando no estuviese en su terreno, cuando estuviese persiguiéndome. Tal y como habían escuchado en la cinta estaba dispuesto a lograr que fuese suya de la manera que él considerase oportuna, por lo que lo más probable es que me persiguiese a cualquier tipo de cita que tuviese con aquel que él consideraba su mayor enemigo. William tenía que entrar en todo aquel plan, pero yo no sabía si sería lo mejor que él supiese lo ocurrido entre ambos. No sabía cómo podía llegar a reaccionar con los celos de por medio y sí, estaba bastante nerviosa por lo que pudiese suceder entre ambos.

Heinrich me acompañó hasta el lugar donde decidieron mantenerme durante unas horas aunque tendría seguridad de paisano cuando hubiesen encontrado la ubicación correcta para mantenerme vigilada.

— ¿Estás bien?

— ¿Puedo estarlo? —le miré de forma que le hacía entender que me había preguntado una soberana tontería.

— Seguramente pronto estarás mejor… Solamente tienes que dejar que pase el tiempo.

Permití que me acurrucase en su pecho hasta que la puerta volvió a abrirse. Habían ido a buscar a William y allí estaba. Al verme abrazada a Heinrich prácticamente se le salieron los ojos de las órbitas, pero cuando fui consciente de su presencia, me levanté y me apreté al pecho del literato quien me recibió en sus brazos sin echarme en cara absolutamente nada porque las lágrimas seguían aflorando por mis mejillas.

— ¿Es cierto? ¿Han matado a Rochester?

Asentí sin encontrar aún la voz para poder decirle palabra alguna. Me apretó un poco más a su cuerpo. Cerré mis ojos y no tuve ni que imaginarme lo que estaba ocurriendo entre los hombres que estaban allí retándose con la mirada. Podía sentir lo tenso que estaba William por la forma en la que se contraían los músculos de su espalda. Mis dedos se aferraban a su camisa. Pude escuchar un carraspeo y después, William decidió romper el hielo.

— Soy William Verdoux y ¿usted?

— Heinrich Hamann…

— El famoso abogado…

Sabía que William le había reconocido. Tenía en su cabeza grabado el rostro del hombre que había sido para él una amenaza el mismo día de su cumpleaños. Él me había dejado la tarjeta en mi bolso, pero de todos modos, sabía que no tenía que ser plato de gusto haberme encontrado abrazada a otro hombre, aunque siendo realistas yo había tenido que verle con la condenada pelirroja sin tan siquiera esperarme de ninguna manera que pudiese necesitar su presencia.

— ¿Le ha llamado a él antes que a mí?

Alcé mi mirada para fijarme en sus ojos que me estaban castigando duramente por ese hecho. Esperaba que se le quitase la tontería en cuanto supiese todo lo que había pasado porque si me seguía culpando por una idiotez así sería yo quien le terminase cruzando la cara frente a todos los policías del cuartel.

Era la hora de comer, por lo que nos habían traído algo a Heinrich y a mí. Insistían en que comiese algo más y había tenido que darles a los policías las señas con las que se podían poner en contacto con Catherine a quien aún tenía que devolverle el teléfono.

— Disculpe, pero Kyra no tuvo otra alternativa. Hizo lo que creía mejor para mantenerle a salvo aunque quizá no debiera hacerlo…

Esa última parte de su comentario me hizo girar mi cabeza hacia el letrado que parecía haberlo dicho en un tono hiriente del estilo «usted sobra completamente en todo este cuadro, Verdoux, pero le permito estar». También podía ser que estuviese poniendo en duda mi buen juicio y no sabía cuál de las dos posibilidades me ponía de peor humor.

— La señorita Mijáilova puede responder por sí misma.

Un momento, ¿estaba en un concurso de ver quién era más macho? ¿En serio? ¿En un momento como ese? Iba a mandarles a los dos al mismísimo infierno, pero me limité a separarme e ir a comerme el bocadillo que no había podido catar hasta el momento. El recuerdo de Rochester no me dejaba probar bocado y sabía que sería después mucho peor cuando tuviese que volver a irme a mi hogar, sola, sin nadie que me protegiese. Mi cánido ahora solamente podía ladrar desde donde estuviese.

— ¿En serio la sigue llamando de esa forma? Creí que erais pareja Kyra…

— No creo que tenga que darle ningún tipo de explicación sobre cómo llamo o dejo de llamar a Kyra —mi nombre sonó hasta con recochineo de su boca, como si fuese algo parecido a un insulto.

Le dirigí una mirada asesina. William pareció percatarse de lo que había hecho, pero sin un solo «lo siento» de por medio, caminó hasta la silla que estaba colocada al lado de la mía y tomó una de mis manos entre las suyas casi marcando territorio como los animales. ¿En serio, William? Solamente es un abogado, que está casado y que no me ve con esos ojos. Mi estado anímico no era el idóneo para aceptar aquellos celos como algo bueno, si es que los celos eran algo bueno en algún momento dentro de cualquier tipo de relación. Yo misma había padecido los celos enfermizos en carne propia siendo quien los sufría principalmente. No eran plato de gusto para nadie, provocaban malentendidos, discusiones, dolor, dolor y más dolor…

Sawyer entró en la sala justo en ese momento dispuesto a explicarnos todo el operativo, sabía que William no sabía nada sobre Douglas así que tenía toda la pinta de que me esperaba una horrible discusión en casa, bueno, si íbamos a casa.

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Catherine me había prestado su teléfono móvil durante el tiempo que había estado en el hospital. Gracias a ese teléfono había podido ponerme en contacto con Heinrich. Él había aceptado ayudarme si era algo tan urgente como parecía con la promesa de que le contaría todo lo antes posible. Había mandado la grabadora por medio de un mensaje y había puesto un nombre diferente en el paquete para evitar que Douglas se diese cuenta de todo eso.

Había guardado la carpeta y la grabadora en bolsas de plástico que había comprado, de esas para envasar al vacío los alimentos por lo que dudaba que fuese a sospechar algo si alguno de los que me estaban vigilando se había percatado de aquella compra. No era algo inusual, era de ese tipo de cosas que se tenían en casa.

— Ya lo tengo todo, señor Hamann.

— Perfecto, señorita Mijáilova. ¿Cree que sea posible que nos encontremos?

— No. Creo que lo único que puede hacer ahora mismo por mí es acompañarme a la policía cuanto antes.

— Nos veremos en comisaría en un cuarto de hora. Entraré antes que usted aunque si supiese algo sobre esta situación, me vendría de maravilla.

— Si todo sale mal… quizá sea mejor que no lo sepa.

Colgué. Después subí las escaleras y me puse los zapatos. Salí de mi hogar con la correa de Rochester de la mano y un bolso en el que me cupiese todo lo que tenía que llevar a la policía. Respiré profundamente y mi perro se restregó contra mi pierna para darme todos los ánimos posibles. Era como si supiese lo que estaba pasando en ese momento.

Caminé intentando parecer relajada por el recorrido habitual que siempre seguíamos Rochester y yo. Solamente tendría que desviarme en una calle hacia la derecha en lugar de la izquierda para poder ir a la comisaría de policía. Mentiría si decía que no estaba nerviosa, temerosa, con ganas de vomitar, pensando que Douglas aparecería en cualquier momento, me metería en algún coche y acabaría finalmente conmigo.

No lo hizo. Por suerte para mí. Cuando entré en la comisaría tuve que dejar a Rochester fuera. Busqué a Heinrich con la mirada y su traje de raya diplomática fue inconfundible entre tanto uniforme. Se acercó a mí. Quizá por instinto humano más que por otra cosa me abrazó, esperando calmarme.

— ¿Está segura de esto? Está temblando como un flan.

Asentí aunque no demasiado convencida. Él me guió hasta un amigo que tenía en el cuartel. El inspector nos esperaba en la sala de interrogatorios. Tuve que coger fuerzas y cuando creí que estaba al borde de la extenuación, comencé mi relato sin fijarme en las caras que seguramente podrían todos aquellos hombres haciéndome creer que estaba completamente loca.

 

 

Una hora y media después, el inspector había comprendido toda la situación. Se había puesto a escuchar la cinta que le había dado y había pedido que mandasen a analizar la carpeta dichosa. Heinrich había tomado mi mano y la había apretado para darme fuerzas casi sin poder creerse que todo aquello me hubiese ocurrido a mí. O, al menos, eso era lo que quería pensar. Deseaba encontrar en ellos apoyo y no reprimenda. Si ellos no me creían sería infinitamente más complicado librarme del verdadero final que me podía llegar a esperar en este mundo de las manos de Douglas.

Heinrich y el inspector Sawyer salieron a hablar. No tardaron demasiado en regresar. En la mano, Sawyer llevaba una carpeta, diferente a la que yo le había entregado y puso delante de mí ésta misma hasta que al abrirla me mostró el rostro de Douglas. ¡Era él! ¿Tan rápido habían podido averiguar todo?

— ¿Este es el famoso Douglas?

— Así es… es él.

— Llevamos detrás de él demasiados años, señorita Mijáilova. No habíamos podido encontrar nada y por lo que parecía había sido por lo listo que había sido y lo deficiente que habían terminado por trabajar mis hombres. Su nombre real es Christoff Owen McGregor. Es el dueño de una de las empresas más prestigiosas del Reino Unido y parecía tener siempre los contactos adecuados para que le dejásemos en paz. Pero quizá, algún juez que no haya sido comprado por él nos escuche gracias a usted.

Su ceño estaba fruncido. No parecía contento. Era como si no haber sido él quien hubiese atrapado a ese hombre hubiese hecho todo menos sorprendente, menos heroico, menos válido. Me preguntaba exactamente cuántos años hacía del asesinato de Grace.

Estuve dentro de la comisaría al menos una hora más para contar y que dejasen constancia de todo lo que sabía. Cuando estaba diciendo las últimas palabras, un agente entró en la sala y le susurró algo al oído.

— Señorita Mijáilova, ¿el perro que estaba en la entrada de la comisaría era suyo? —preguntó con una solemnidad que me asustó.

— Sí, ¿por qué?

La pregunta que me había hecho podía haberme dado todas las claves. Había usado el pasado y no el presente. Había preguntado por un perro que no tenía porqué haber molestado a nadie, nunca lo hacía.

Me levanté, intenté salir de aquella sala.

— ¿Qué le ha pasado a Rochester? —mi voz había salido distorsionada por la agitación y el miedo.

No había pensado en él. No había creído que nadie fuese lo suficientemente malvado como para actuar en Rochester cuando quería vengarse de mí. Creía que solamente las mujeres podían ser el blanco de su ira.

Ni tan siquiera sé de qué estaban hablando todos los presentes. Solo supe que me dirigieron hasta el lugar donde habían trasladado a Rochester. Tenía la esperanza de que estuviese vivo me hubiesen dicho lo que me hubiesen dicho los demás. Si estaba vivo había una posibilidad, siempre había una mínima posibilidad.

Sin embargo, allí estaba, completamente inerte, lleno de sangre, muerto. Llevé una mano a mi boca, rompí a llorar y me refugié en el abrazos que Heinrich me dio para sostenerme. Había matado a mi perro. Había incumplido los límites que él había impuesto. Me habían visto entrar a la comisaría, Douglas había cortado por lo sano. Ahora, sí que estaba en verdadero peligro. Si había matado a Rochester en plena calle dudaba que le importase demasiado acabar con mi vida en las mismas circunstancias.

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Me quedé en silencio observándole. Intentaba, en lo posible, ceñirme al plan. Quería sorprenderle, pero las cartas que estaban sobre la mesa me sorprendían más a mí que a él. Quizá fuese eso mejor. Puede que si me pasase de lista en algún momento él podría sospechar sobre mis intenciones. Si era natural, si sentía náuseas, si le miraba con asco, podía tener lo que quería y salvarme por unos cuantos días más hasta que quisiese poner fin a mi vida y puede, que de esa forma, tuviese un mínimo momento para enfrentarme a la realidad y contarle la verdad a la policía con todas las pruebas que hubiese podido averiguar.

— Oh, antes de que se me olvide… —me entregó una carpeta y le dejó sobre la mesita de café entre nosotros.

El gruñido de Rochester no le evitó continuar el avance de su brazo hasta situarlo justo donde él deseaba. Después volvió a su posición sin quitar su mirada de mi rostro. Le mantuve lo que pude aquella muestra de control, de dominación absoluta. Terminé desviándola hacia la carpeta, pero no hice ni un solo ademán en abrirla.

— ¿Qué es lo sabe sobre Eliza? Sea concreta.

— Ya fui lo suficientemente concreta. No sé quién es, solamente sé que es parte del pasado de William. Y no entiendo qué placer encuentra usted en saber eso.

— El conocimiento es poder…

Se quedó pensativo. Podía ver los engranajes de su cabeza moviéndose a una velocidad pasmosa mientras asimilaba la situación que le acababa de plantear.

— ¿Por qué está con él, Kyra?

— Creo que le respondí a su pregunta anterior. No debería hacerme otra.

— Concédamelo… queda poco tiempo. Déjeme saber porqué está con él.

— No es de su incumbencia.

— ¿Y sus preguntas sí de la suya? Si yo no le concediese el favor de entrar en mi mente, no tendría derecho alguno a ello. Sea buena, no le cuesta nada, dígame porqué…

Apreté mis labios dispuesta a decirle lo que quería escuchar, pero si cedía, si le permitía salirse una vez con la suya el poco control que tuviese de la situación habría desaparecido por completo.

— Si no está dispuesto a responder ninguna pregunta mía más, creo que la sesión la podemos dar por finalizada.

Me observó unos segundos y después soltó una carcajada. Negó con diversión antes de inclinarse hacia delante.

— ¡No! ¡Dígame que usted no! ¡Le ama! No le conoce, pero le ama… Un patetismo solamente digno de seres inferiores. Creía que era más inteligente.

Fruncí mi ceño antes de responder, pero decidí callar por lo que él siguió con su discurso sobre los sentimientos ajenos innecesarios y tediosos.

— Debería ser más sensata y ser mía. Yo podría proporcionarle lo que él jamás podría darle.

— ¿Por qué debería ser suya si una de las connotaciones que eso tendría sería la posibilidad de perder la vida en cualquier momento por pertenecerle en todos los sentidos?

Entrecerró sus ojos y después negó antes de levantarse y caminar hacia mí. Hice lo propio y después me separé poco a poco mientras Rochester se ponía entre nosotros en un intento por evitar lo que parecía imposible.

— Si fuese mía no sería tan sencillo que acabase con su vida, además, piénselo, al menos conoce todos mis secretos mientras que los de su noviecito actual no tiene ni la más mínima idea.

— No creo que pueda ser peor que sus secretos…

— Puede que no —su sonrisa se ensanchó mientras bajaba la mirada hasta Rochester quien gruñía con la mandíbula apretada conteniendo un ladrido—, pero yo he confiado lo suficiente en usted para contárselos y sabría las reglas de antemano. Él, en cambio, no lo hizo.

Se colocó la corbata sin necesidad de mirarse en ningún espejo. No sé cómo lo hizo pero estaba milimétricamente situada en su lugar. De tener alguna desviación debía ser completamente imperceptible para el ojo humano, o puede que mi estado anímico no me permitiese darme cuenta de una desviación tan simple. Había cosas más importantes en las que pensar, como la distancia entre nuestros cuerpos, la posibilidad de huida, la espera de no haber sido descubierta en la trampa que le acababa de tejer.

— Piénselo. Si es inteligente le dejará antes de sufrir más por alguien que no la valora —señaló con uno de sus dedos la carpeta sobre la mesita de café—. Ahí tiene la copa del contrato. Se me había olvidado firmarlo y sin él, en fin, dudo que tuviese verdadero peso legal. Que tenga un buen día, señorita Mijáilova. Nos veremos pronto.

Caí sobre el sillón soltando un jadeo de extenuación. Me temblaban las piernas, a duras penas si me habían podido sostener el tiempo que había estado de pie. Puede que la adrenalina hubiese hecho más factible la posibilidad de mantenerme rígida sobre aquellas columnas hechas de mantequilla.

Rochester gruñó a la puerta, como si él siguiese allí, esperando, pensando, acechando o a saber qué hacía. Pero en el instante que el motor del coche me indicó que había desaparecido fui hasta el sofá donde él había estado sentado. Tenía que comprobar que todo, absolutamente todo había salido como lo había previsto. Quité la grabadora que había colocado detrás del sofá. El modelo que me habían podido mandar sin haber sido yo quien lo hubiese comprado. Heinrich me había ayudado en eso.

Paré la grabación, rebobiné y después le di al play esperando escuchar su voz. ¡Y ahí estaba! Se le oía perfectamente. Sí, tenía una prueba que refutase todo lo que yo podía decir, todo lo que realmente había pasado. Podía ponerle delante de la policía para que fuesen a por él y no muriese nadie más. Hubiese aceptado, incluso, esa posibilidad de ser «suya» de alguna forma siempre hubiese detestado. Además, gracias a la carpeta, tenía sus huellas dactilares. Ocurriese lo que ocurriese podrían identificarle.

Una pequeña sonrisa se deslizó por mis labios pensando que estaba, en lo posible a salvo, que nada malo me ocurriría ni a mí ni a ninguna otra chica y que ese misógino repugnante se moriría en la cárcel si teníamos la suerte de que le concediesen lo más parecido que hubiese en Inglaterra a la cadena perpetua.

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— ¿Ayer?

— Oh, sí, verá.. Normalmente no soy tan impulsivo, ni mucho menos, pero ayer me puso de tan mal humor con su insubordinación que tenía dos opciones, regresar a su hogar y acabar con el problema de raíz o ir hasta alguna otra mujer fácilmente accesible. Además, supe de su ingreso en urgencias, y temí que nuevamente, su impuntualidad e impertinencia se saliesen de los límites preestablecidos sin atenderme hoy. Por ese motivo, busqué a otra mujer, alguien con un físico particular… —uno de sus dedos se metió entre el cuello de la camisa y la corbata que llevaba aflojando el nudo que corrió con facilidad—, su físico, Kyra.

Mi respiración se disparó. Empecé a no sentir los dedos que querían moverse a una velocidad descontrolada. Solamente tenía algo claro en mi cabeza, la idea de escapar. Si había buscado a alguien que se parecía a mí, era porque quería acabar conmigo, simple, y por muy egoísta que sonase, no tenía tiempo para pensar en la joven que había pasado a mejor vida, sino en salvar la mía propia.

— ¿Quiere oír lo que pasó? No se preocupe, no pienso hacerle daño… Sé que me tiene miedo. Puedo leerlo en sus ojos, en la forma en que sus labios se resecan, en el sube y baja de su pecho oprimido en ese vestido… —sus ojos se habían quedado fijos en mis senos, pero en un parpadeo volvió a cruzar su mirada con la mía.

— Como usted quiera —de mi garganta salió un hilo de voz tan solo, pero él comprendió sin problema lo que había dicho.

— Estaba deseando que dijese esas palabras…

Le sorprendería la cantidad de jovencitas que se dejan engañar con la promesa de un sexo sorprendente, pero no fui a por una de ellas, no, no tienen su caché, su… estilo y por supuesto, no se dejarían hacer lo que fuese. Debía ser una mujer que pudiese doblegar fácilmente, alguien que me recordase a usted, apocada, temerosa, pero también con ese insufrible e inesperado carácter. No podemos negar que debía tener su figura. Su minúscula cintura, sus caderas generosas y sus senos grandes y exuberantes… Tenía que ser en lo posible igual que usted, así que podía quitar de la lista a las mujeres demasiado mayores y a las adolescentes tan fáciles de engañar. 

Comencé mi búsqueda y también a desesperarme. No sabía dónde llegaría a encontrar a alguien con unas especificaciones físicas tan concretas como las suyas. Además, seguramente debía tomarme mi tiempo para engatusarla, para permitir que confiase mínimamente en mí lo que cada vez me causaba mayor ansiedad. 

Entonces, la vi. Su viva imagen. Tendría unos ventialguno. La única diferencia era un piercing en lugar de sus tatuajes y un flequillo espeso sobre los ojos. 

La conquista fue más sencilla de lo que esperé, lo cual me resultó decepcionante. Sabía que usted me habría durado mucho más tiempo haciéndose la difícil o, incluso, huyendo de mí hasta que tuviese que pararla para que me hablase, apretando su cuerpo entre una pared y el mío propio temblando de miedo como esa misma mañana. 

La mujer cada vez se está haciendo más perversa, señorita Mijáilova. Debería cuidar a su propio género si no quiere que hombres como yo nos sigamos aprovechando de promesas vacías, sonrisas falsas y palabras que solamente usamos para conquistar corazones tan ingenuos como el suyo. 

Se dejó privar del sentido de la vista, del oído y atar de pies y manos. Hubiese sido perfecto de ser usted quien hubiese estado en esa posición. La besé, pero su sabor no era como aquel que mínimamente había probado de sus labios, así que no volví a tocar su boca, era innecesario. Yo quería su sabor, y ese sabor no podía tenerle nada más que de su boca. 

Me puse un condón. Usted es diferente, delicada, a usted hay que tratarla como si pudiese romperse, como si los cuentos de hadas fuesen reales. Y la penetré profundamente. Ella se quejó, le dolía. Sus gritos aumentaban mi placer. La embestí vigorosamente, susurrando su nombre… Kyra, Kyra, Kyra… Ella suplicaba porque parase, pero no podía moverse, así que se terminó rindiendo a mí, sin disfrutar, sin hacer su papel. No, tenía que haber hecho de usted, entregándose a mí, gimiendo mi nombre a cada embestida, y lo había hecho todo mal. 

Me corrí en su interior como si lo hubiese hecho en el suyo, pero el condón atrapó mi esencia. Furioso, salí de ella sin miramientos, me quité el preservativo, lo tiré donde creí que nadie rebuscaría y volví hasta ella. La golpeé con furia. Ella no me oía, pero le gritaba que fuese usted, que hiciese su papel. 

Terminé obligándole a hacerme una felación, a sentir su boca alrededor de mi pene y a que disfrutase o fingiese disfrutar si no lo hacía. Después, la maté. Había sido una burda imitación de mi verdadero deseo, poseerla. 

Tragué en seco. Aquel era el relato erótico más asqueroso que había escuchado en mi vida. El hombre que tenía ante mí había matado a una mujer solamente por no ser yo, pero él la había buscado a ella cuando había podido encontrarme a mí donde me había dejado tirada. Había gemido mi nombre cuando había alcanzado el orgasmo. Había perdido el oremus, una vez más, porque no habían hecho lo que se suponía que tenían que hacer.

Quería vomitar. Nunca, ni en mis peores pesadillas, hubiese creído que podía llegar a ser la obsesión de alguien. El problema estaba en que ese alguien, era uno de los hombres más peligrosos del planeta Tierra. Me estremecí de pies a cabeza bajando mi mirada al cuaderno donde tenía las preguntas para ver si podía llegar a tomar algún apunte sobre lo sucedido, fingiendo indiferencia, pero yo no era tan buena actriz como para tener una actuación de Oscar de ese calibre.

— ¿Por qué no vino a buscarme a mí?

— Porque de haberlo hecho, me hubiese perdido su rostro cuando le contase todo lo que la deseo hacer…

— ¿Incluido matarme?

Sonrió como lo haría el malvado de la película, y aquello era la vida real.

— Todo a su debido tiempo, Kyra. Ahora, es mi turno para preguntar.

2018 / Ago / 09

Estaba preparada. Hoy era el día que Douglas solía venir a mi hogar para su terapia. Tenía que fingir que no había tramado nada contra él. Necesitaba toda la información posible para ayudar a la policía en el caso de que no me creyesen. Además, tenía un serio problema, no sabía si Douglas era su verdadero nombre, suponía que no, pero… ¿quién sabe?

A la hora en punto llamaron a la puerta. Hacía un par de horas que William se había marchado. ¿A dónde? No quería pensar en ello por el momento. Había dado de comer a Rochester y éste permanecía a mi lado como si desease custodiarme a pesar de ser el hombre al que temía.

Abrí la puerta y le vi allí, con la impecable presencia que le caracterizaba que escondía al hombre sin escrúpulos que era en realidad. Sus ojos se posaron en mí, casi creí que estaba preocupado por mí. Después sospeché que no era más que una tapadera cuando no le importaba ni lo más mínimo. Si hubiese querido me hubiese matado allí mismo el día anterior.

— Se la ve desmejorada.

— Pase y siéntese, por favor —cerré la puerta en las narices a su chófer que parecía tener intención de entrar. Si ya era difícil enfrentarse a uno no iba a aceptar, en ningún momento, ser dos contra uno. Dudaba que su chófer me ayudase a seguir con vida cuando cuidaba a Douglas igual que si se hubiese caído del cielo en su magnificencia.

Caminé hasta el sillón donde solía estar. Él, ni tan siquiera rechistó. No era nuestro habitual modo de comportamiento, pero si creía que no habría cambiado ni mínimamente por sus actos, estaba muy equivocado. No era tan listo en lo que se refiere a la comprensión de los sentimientos humanos.

— Está muy seria.

— Preferiría que nos centrásemos en la terapia, si no le importa.

Giró levemente su cabeza hacia la derecha, su derecha, mirándome de reojo, examinándome de una forma que me ponía nerviosa. Intentaba estar serena, pero solamente personas con los nervios de acero podrían lograr algo parecido a una calma total frente a un asesino en serie que les ha amenazado.

— Muy bien.

— Tengo algunas preguntas que hacerle, si no le molesta.

— ¿Son estrictamente necesarias?

— Me ayudarán a comprender algo más la globalidad de los sucesos ocurridos en su vida. Hasta ahora las pinceladas son básicas, bastantes, pero concisas. Supongo que soy excesivamente curiosa, pero me gustaría entenderle, comprender su método, como le dije en reuniones anteriores y dudo que pueda hacerlo si no tengo la información.

— Parece razonable… —apoyó bien su espalda en el respaldo del sofá, sintiéndose visiblemente a gusto. Parecía que aunque todo aquello le había contrariado no había provocado nada extraño, ningún tipo de suspicacia extrema que me hiciese volver a temer por mi vida—. Siempre y cuando, me responda a otras preguntas también.

¡Mierda! Aguanté el fastidio que me ocasionaba ese cambio de planes. Yo no era nada más que la profesional, mi vida, en teoría, debía quedar fuera de todo esto, pero él tenía el control en toda esta situación, no eran terapias al uso, ni mucho menos.

— Está bien —le concedí finalmente.

Parecía complacido, así que no tenía porqué negarle algo tan simple de buenas a primeras, me las apañaría para que el final de la cita llegase antes de mi respuesta a sus curiosidad, si es que aún tenía esa opción viable.

— Supe sobre su infancia, encontré un posible motivo de su forma de comportamiento, no obstante, aún no sé el nombre de su padre ni el de su madre, por ejemplo.

Su mandíbula se tensó. No se esperaba algo así, estaba convencida. Intenté ocultar mi sentimiento de mínima victoria por ello. No todo parecía haberlo programado y etiquetado de manera que ocurriese en el momento que él más esperase. Aún había esperanzas con mi plan entonces, o eso creía.

— Son irrelevantes. No es necesario que los sepa ni yo pienso decírselo.

Estaba nuevamente en un callejón sin salida. Intenté encontrar una manera para que me respondiese, sin embargo, él fue más rápido que yo.

— ¿Quién es Eliza, señorita Mijáilova?

El nombre de aquella mujer en los labios de Douglas sonaba aún más terrorífico para mí, como si tuviese que enfrentarme a uno de mis mayores miedos junto a mi peor enemigo.

— Pensé que sería yo quien le hiciese las preguntas primero —intenté cambiar el tema de conversación queriendo que creyese que la sorpresa era a consecuencia de eso. Sabía que sería demasiado listo para tragarse una patética actuación de ese estilo.

— He creído conveniente que sería más divertido jugar a un juego. Pregunta por pregunta, como cuando se intenta resolver qué personaje es el que tiene el otro en el quién es quién. A ciegas, sin posibilidad de quitar cartas, pero mucho más interesante a mi parecer, ¿no lo cree?

— Si usted lo dice…

— Bien, prosigamos entonces. ¿Quién es Eliza, señorita Mijáilova?

Me sentía igual que en uno de esos concursos de la televisión en los que si dices la palabra correcta te llevarás un millón de dólares, pero en este caso, el premio estaba envenenado. Muy envenenado.

— Una mujer del pasado de William.

— ¿Solamente sabe eso?

— ¿Es esa otra pregunta?

Una sonrisa macabra se deslizó por sus labios e hizo el gesto de quitarse la chistera ante mí, aunque no llevaba ninguna sobre la cabeza.

— Rápida… Bien. Su turno, entonces.

Intenté recobrar el buen humor si es que era posible en aquella situación. Él sabía quién era Eliza, tenía información que yo no tenía, podía contarme toda la verdad. Podía salir de mi paranoia obsesiva o, al menos, saber a qué me estaba enfrentando en la vida de William. Estaba ante la encrucijada de hacer el bien, hacer lo que creía correcto o satisfacer mi propio anhelo de curiosidad que se había despertado con una rapidez inusitada.

— ¿Cuántas mujeres han caído entre sus manos?

Su rostro fue de completa decepción. Quizá creía que iba a caer en la tentación, que le iba a preguntar lo que mi mente suplicaba a gritos que le cuestionase, pero tenía un plan milimétricamente trazado, necesitaba llevarlo a cabo, y si más tarde podía preguntar por ella, lo haría.

— Diez —contestó con algo de desgana—. No, espere, once… Se me olvidaba la mujer de ayer.

Sentí nuevamente el color de mis mejillas palidecer. ¿Otra más? Tenía que pararle como fuese.

2018 / Ago / 09

Tenía que llevar a la práctica el plan que había diseñado durante mis momentos de soledad en la habitación del hospital. Había logrado convencer a William para que fuese a tomar algo durante la noche cuando yo no tenía sueño o cuando él se había quedado medio traspuesto yo había empezado a maquinar.

Como primer paso, tenía que hacerle creer a Douglas que seguía estando bajo su dominio. Si él se creía superior, si no le daba pruebas de lo contrario, no tenía porqué sospechar nada. Por otro lado, tenía que ponerme en contacto con Heinrich. Él podría ayudarme en todo lo que intentaba hacer, el verdadero problema era despistar la seguridad que tenía encima a cada momento. Sabía que me espiaban, pero no hasta qué punto lo hacían. Fuere a donde fuese Douglas estaba avisado. Así que la policía era el último paso de todo este asunto. Debía tener algún tipo de coartada que me permitiese ir a determinados lugares a realizar dos tareas, lo que realmente había decidido hacer y lo que él debía creer que estaba haciendo.

Él me había pedido que no jugase a ser más lista que él, que no podía serlo. Lo que no sabía es que los retos para mí eran adictivos, esa competición por ver quién termina ganando y como mi vida ya estaba en sus manos, solamente tenía la oportunidad de luchar esperando sacar la jugada maestra en la partida.

William no habló en el camino en taxi hacia casa. Yo estaba demasiado enfrascada en mis pensamientos de justicia como para percatarme que él había vuelto a poner un muro inmenso entre nosotros. La frialdad volvía a estar delante. Me culpaba por lo sucedido, por lo que él creía que había sucedido.

— Vamos, la ducharé. Suba con cuidado las escaleras.

Cuando creí que él se ducharía conmigo, me llevé un chasco considerable. Fuera de la ducha, completamente vestido, empezó a pasar la esponja por mi cuerpo como si fuese tan frágil que me rompería en mil pedazos en cualquier momento. Debía callar a pesar del dolor que sentía por ver su propio dolor. Parecía estar reviviendo una pesadilla horrible y entonces recordé a la condenada Eliza. Ella parecía sentar todo precedente en todo lo que él hubiese vivido en el amor, pero… ¿quién era? ¿Por qué si seguía viva y no podía olvidarla no regresaba a su lado sin dejar de jugar conmigo?

Ahora era yo misma quien estaba dolida con él, herida de verdad mientras una toalla envolvía mi cuerpo. Caminé hasta la habitación. Él se quedó unos segundos en el baño terminando de recoger todo lo que debía. Me senté en la cama y esperé a ver qué haría él.

— ¿Puede vestirse sola? —preguntó con tanta frialdad que resultaba igual de doloroso que hacerse la cera a tirones.

— Eso creo.

— Bien… nos veremos por la mañana.

Dicho aquello salió de la habitación dejándome sola, sintiéndome miserable. ¿Por qué me trataba así? Yo no había atentado contra mi condenada vida. Pero el orgullo reclamaba su lugar. Él había subido a su despacho, aquel que yo le había decorado, aquel donde habíamos terminado envueltos en la pasión. Apreté mi mandíbula sintiéndome traicionada e hice una peineta al techo por si había alguna posibilidad de que le llegase mi enfado.

Me sequé el cuerpo despacio, me puse ropa interior limpia, un camisón y me tumbé encima de la cama. Me abracé a la almohada esperando en algún momento sentir esa paz que me daba volver a estar en casa, pero mi cabeza había vuelto a un momento anterior, había comenzado a mezclar recuerdos. Douglas aparecía, los rostros de mis padres también en los momentos más dolorosos de mi vida.

Quise levantarme y decirle a William lo injusto que era, sin embargo, me quedé ahí, en silencio, dando la espalda a la puerta. La forma de tratar a una persona que está pasando por un mal momento no es la apatía e incluso el desprecio. Así solamente se incrementa el malestar de la otra persona, la sensación de que evidentemente nadie la quiere ni la respeta, que nadie la necesita mínimamente. Comentarios como: «por esta tontería que acabas de hacer…» no sirven de nada. El consuelo, el afecto, la ayuda… ¡eso sí sirve! ¿Quién en su sano juicio trata a una persona que cree que ha intentado quitarse la vida como si fuese lo peor que le hubiese pasado nunca, como si sintiese vergüenza, asco… ? No alimentar esos sentimientos del otro debía ser una de las lecciones principales que debía dar la vida en este tipo de casos, pero parecía que aún así éramos egoístas, que no podíamos mirar por el otro sino por el sufrimiento que nos había causado a nosotros mismos lo que hubiese hecho o la estúpida idea de pensar que comentarios despectivos iban a evitar que alguien quisiese volver a hacerlo. No se consigue evitar el aislamiento de nadie aislándolo aún más. ¿Para calmar el hambre uno dejaba de comer? No, ¿verdad? Pues esa lógica aplastante había que usarla en todo lo demás.

Caí en un profundo sueño más por orgullo y rabia que por otra cosa. Mi disconformidad llegaba a límites exponenciales. Mis deseos de ir arrancando cabezas se veían reflejados en la rabia que emitía en mis sueños y finalmente, en todos, terminaba discutiendo hasta que me quedaba sola en mi propio mundo, aislada como parecía ser lo que todos deseaban.

Hablaba la rabia, lo sabía. No pensaba razonadamente así, pero debía permitirme mis momentos de locura transitoria. No dejaba de ser una persona, de sentir emociones fuertes como podía sentirlas cualquiera en mi lugar.

Respiré profundamente para darme la vuelta en la cama y cuando lo hice noté un brazo alrededor de mi cintura. Me giré poco a poco observando el rostro dormido de William quien había venido a descansar a mi lado. No supe qué sentir. No sabía si gritarle para que se fuese de la cama, para que se despertase y se fuese de mi vida, pero en lugar de eso, me acurruqué en su pecho y sonreí ligeramente. Al fin y al cabo, a pesar de todo, había vuelto a mi lado.

2018 / Ago / 09

Desahogarse fue toda una liberación. Sentí que mi pecho dejaba de oprimirse. Respiré tranquila, sosegada, sabiendo que al menos, al poner toda la situación con las cartas sobre la mesa había logrado verlo todo desde otra perspectiva. Le había explicado mis posibles soluciones, le había hablado de mis dudas sobre Eliza, sobre William, sobre todo lo que estaba ocurriendo en mi vida. Le hablé de Chloe, de Gustav, de Douglas impidiéndome a mí misma usar ese nombre. Fue la primera vez en mucho tiempo que agradecí que William hubiese tardado tanto.

Catherine intervino haciéndome las preguntas que creía adecuadas, tratando todas mis situaciones con una imparcialidad casi envidiable. Ella me había dejado ir llevando la situación por donde yo deseaba, el tipo de terapia que a mí me gustaba y no me había dado soluciones, solamente me había hecho ver alguna posibilidad que quizá no había barajado. Aunque sabía que ella tenía pleno conocimiento de quién era Eliza, no dio ningún dato más. Se mantuvo usando los términos que yo había usado tanto con Eliza, como con Verónica, siendo quizá demasiado cuidadosa en esos momentos, calculando bien las palabras, pero ¿no dejaba de ser evidente que si se lo hubiese contado a cualquier otro profesional hubiese tenido exactamente el mismo nivel de conocimiento de la situación que yo?

Verdoux regresó dos horas y media después de haberse ido. Explicó el retraso, solamente como: «problemas en casa», algo que Catherine pareció comprender a la perfección, pero no así yo quien lo único que podía imaginarme era a uno de sus hermanos discutiendo con otro habiendo tenido algún percance gordo que provocase que su hermano mayor tuviese que ir a solucionar la situación.

La psiquiatra se marchó y tras desearme una pronta recuperación me dijo que ya me llamaría. Sabía que era para darme cita para tener otra consulta con ella porque no tenía ningún otro motivo para hacerlo a espaldas de su hijo. Todo lo que podía saber de mí, previamente, había sido a través de las palabras de su hijo.

William y yo nos quedamos solos. Tras haberme liberado en la conversación con Catherine volvía a tener esa necesidad por él, por su pasión, por sus besos, por su tacto, aunque supiese que me estaba engañando, aunque tuviese tantos secretos escondidos que prácticamente conseguir averiguar uno sería igual que abrir la caja de Pandora. Todo parecía demasiado oscuro a su alrededor y aún así, creía que lo más probable es que yo fuese la única que pudiese poner fin a todo eso. Era yo quien sufría en un juego al que había comenzado a jugar sin saber todas sus reglas e iba perdiendo pues los dados jugaban en mi contra, cada vez que sacaba una buena jugada se transformaba misteriosamente haciéndome regresar hacia casillas anteriores. Lo que parecían avances, en realidad, no eran más que pasos para atrás.

No me daba demasiada buena espina todo el asunto, y aún así, seguía queriendo tenerle cerca. Me preocupaba hasta qué punto estaba teniendo una dependencia extrema hacia ese hombre. No sabía en qué parte de la ecuación se despejarían todas las incógnitas, pero mi inconsciencia, en lugar de aceptar el futuro como se planteaba, deseaba aguantar a su lado todo lo que pudiese.

— ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué… ha hecho eso? ¿Por qué ha jugado con su propia vida?

Le miré sin comprender, pero imaginé que él seguía creyendo que había atentado contra mi vida aunque todo pudiese indicar que no era así, que era solamente una noticia, un hecho chocante que había provocado mi propia desesperación. Me planteé la posibilidad de decirle la verdad, pero si no creía a los médicos, ¿por qué iba a creerme a mí? La idea de que pensase que me había intentado suicidar resultaba insultante. Hacía tiempo que no estaba en ese punto de mi vida, pero suponía que cuando uno cruzaba una vez esa línea permanecía marcado para siempre. Nadie entendía que podía no querer volver a intentarlo.

¿Quería poner a William en peligro? Según las mismas palabras de Douglas, lo tenía completamente investigado. Y no sabía esos secretos lo que podían hacer con él, así que creí que era mejor que creyese que me había intentado quitar la vida. Una forma de mantenerle a salvo.

— No quise terminar así… es solo que…

William alzó la mirada hasta mis ojos y pude ver en ellos verdadero dolor. Su rostro estaba demacrado, sus labios estaban más blancos que de costumbre. Sentí como mi corazón se encogía al verle así. Le importaba hasta el punto de casi perder su escasa alegría vital allí frente a mí. Casi podía ver sus manos temblando, la forma en la que las apretaba para no mostrar su vulnerabilidad en ese momento.

Nos miramos unos segundos en silencio. No sabía qué podía hacer para intentar calmar esa desazón. Era igual que temer perder a la persona amada cuando diese un solo paso hacia delante.

Él lo hizo, desafió aquella norma impuesta por mi mente y tomó mi rostro entre sus manos antes de besar mis labios de esa forma que me dejaba sin aliento, que se deslizaba por toda mi anatomía regalándome nuevamente la vida, permitiéndome sentir aquello que me había negado durante demasiado tiempo hasta que él llegó para dar una vuelta de ciento ochenta grados a todo lo que había creído real.

El beso fue intenso, no fue apasionado, fue necesitado. Había temido perderme. Había creído que no moriría delante de él cuando tan solo tenía un ataque que no había podido controlar. No iba a morirme.

— No lo haga de nuevo, por favor… —susurró contra mis labios y volvió a besarme sin darme tiempo para que pudiese responder a aquella súplica y a su demandante boca. Enredé mis dedos en su cabello e imploré a todos los dioses de todas las religiones que nada me separase de ese hombre, que en algún momento pudiese contarle la verdad, que no temiese por mi vida como lo habían hecho mis padres años atrás.

Sin darme cuenta las lágrimas habían vuelto a aflorar y cuando las sintió en sus dedos se separó de mi rostro secándolas con sus pulgares sin decir nada más, limitándose a mirarme, buscando algo en mí que no parecía poder darle para calmar su angustia.

— Te amo… —escapó de mis labios y tras hacer una mueca dejó un beso en mi frente.

No me había vuelto a responder y su silencio despertó la parte más negativa de mi ser.

2018 / Ago / 09

Me había vuelto a quedar medio dormida en el momento que escuché la voz de William. Cualquiera hubiese mantenido sus ojos abiertos, pero ellos estaban hablando y no quería interrumpirles. Además, Morfeo estaba llamándome con fuerza, como si temiese que me fuese a escapar si volvía a abrir los ojos.

— Parece que está más tranquila —comentó Catherine.

— Si la hubieses visto cuando la encontré. Estaba tiritando, sin dejar de llorar en el suelo. No me respondía, no… no sé si era consciente de lo que estaba pasando a nuestro alrededor. Creen que ha podido ser una sobredosis de medicación. Hace años lo hizo.

— ¿Crees que tendría motivos para intentar acabar ahora con su vida, William?

— No lo sé. Es muy curiosas, hace muchas preguntas, sabe de la existencia de Eliza.

— Pero, ¿qué sabe sobre ella, hijo?

— Nada. Parece ser que la nombre durmiendo y ella me preguntó quien era. Si… si se entera…

— Si te ama de verdad no te dejará por algo así, no si es lo que crees que pasará.

— ¿Y si lo hace? No es la primera vez que se desvanece entre mis dedos, que ella misma se corta los brazos para escapar de mí y no seguir atada en lo que sea que tenemos.

— ¿Tú la quieres contigo?

— Esa no es la pregunta, sino saber que yo no soy lo que ella necesita. La estabilidad que merece no sé si puedo dársela ya sabes que Eliza requiere de toda mi atención.

— Sabes que existe una mejor solución para ella.

— Pero si Eliza sabe quien es realmente Kyra para mí… no quiero ni imaginármelo.

Me sentía culpable por escuchar aquella conversación. Era como una niña pequeña a la que sus padres le habían prohibido ver una película y la estaba viendo gracias a la pequeña rendija que dejaba la habitación abierta que le había pedido a su madre que mantuviese así porque no quería estar completamente a oscuras.

Eliza… ella había vuelto a aparecer como una sombra. No sabía quién era ella, pero debía ser alguien muy importante como para que a William le importase tanto que ella se enterase. ¿Sería su mujer, la pelirroja su novia y yo su amante? ¿Había más? Aquello me estaba poniendo las tripas verdes. Quise pedirles que se fuesen de la habitación, pero sabrían que había estado escuchando todo el tiempo cuando ellos habían hablado sin tapujos debido a que me creían en otro mundo.

Cerré uno de mis puños alrededor de la sábana. No sé si William se percató de eso o fue casualidad, pero sus dedos envolvieron mi mano intentando tranquilizarme, o eso quise creer. Quería llorar. Quería gritar, quería…

Me estaban vigilando el pulso por lo que rápidamente saltaron las alarmas cuando como consecuencia de mi propio mal humor, mis pulsaciones se dispararon. No tardaron demasiado en ponerme otro calmante, solamente para permitirme descansar un poco más. Quizá de esa forma podía sentir menos dolor cuando se pasase el colocón de la medicación. Tantos intentos por quitarme cuantas más pastillas posibles como para que ahora hubiesen terminado de esa misma forma. Chutándome todo lo que pudiesen para que estuviese tan mansa como un corderito.

Me perdí de nuevo en el mundo de la inconsciencia. Agradecí por unos segundos a quien había inventado las drogas, pero no cuando mi propia cabeza, aprovechándose de mi vulnerabilidad inconsciente me hacía recordar los momentos ocurridos en mi hogar, todo lo que había pasado antes de que Douglas se marchase de mi casa. Su mirada de asesino, el roce de sus labios contra los míos, su piel ardiente quemando mi garganta y finalmente, ese guiño con el que me había prometido recompensarme si era buena, si me comportaba bajo las normas por él impuestas, pero… ¿qué significaba esa recompensa? No quería ni pensarlo si no deseaba comenzar a vomitar.

Mi mente me narró los sucesos de forma que casi parecía contármelo para que no perdiese lujo de detalles. Solamente había sido eso, un ataque de ansiedad, de pánico quizá ante la idea de que aquel monstruo pudiese hacerme algo.

En mitad de mi inconsciencia, el rostro de Heinrich apareció como si fuese una salvación. En algún momento tendría que pensar una solución para todo aquel jaleo en el que me había metido. Aunque pensar, drogada, en el inconsciente, dudaba que pudiese permitir ningún tipo de lógica. Por ese motivo se me ocurrieron ideas disparatadas hasta que mi cabeza pareció golpear la puerta indicándome que el dormir se había acabado.

Catherine estaba sola en la habitación, conmigo. No me hacía mucha gracia que William se hubiese ido, pero imaginaba que estar ahí un montón de horas viendo a alguien dormir no resultaba una probabilidad demasiado atractiva.

— Hola, Kyra. William ha ido a hablar por teléfono, será cosa de poco que regrese.

Asentí y respiré profundamente antes de volver a fijar mis ojos en Catherine, una mujer con el suficiente peso además del mismo código deontológico al que atenerse. Podría confiar en ella dado que una mujer de su prestigio habría tenido que guardar todo tipo de secretos en su investigación sobre la sociedad humana.

— Entonces, ¿puedo comentarte algo, Catherine?

— Por supuesto, querida.

— Me gustaría tener algunas sesiones contigo, ¿sería posible?

La mujer sonrió complacida por algún extraño motivo y se acercó para informarme de algo que yo desconocía por completo.

— William me había pedido que intentase convencerte de eso. No se fía demasiado de todo el mundo.

— Sé lo que supondrán algunas cosas para ti, lo sé, pero te ruego que mientras seas mi terapeuta escuches únicamente mi versión, que te olvides de tu papel de madre, de mi unión a William y sobre todo que mantengas el secreto profesional. Sé que puedo pedirte esto dado que en realidad nuestra relación no es lo suficientemente estrecha, pero sí lo es con tu hijo de por medio. ¿Podrás hacerlo?

Catherine me observó con esa sonrisa de quien sabe terminarían pidiéndole separar su faceta de madre de la faceta profesional.

— Creo que podré, Kyra. Y no te preocupes, William no sabrá nada de lo que hablemos entre nosotras.

— Bien —respiré profundamente y me armé de valor—. Déjame que te cuente qué es lo que me está pasando…