2018 / Ago / 31

El descenso al fondo de aquel pozo que tenía en mi interior era tan sencillo como dejarse llevar por los pensamientos que acampaban a sus anchas en mi interior, tiraban de mí con todas sus fuerzas y volvían a ahogar todo el coraje que había logrado almacenar durante años para enfrentarme a todo el mundo. Callar, tragar, dejar que tu cuerpo sufriese, despertase aquellas sensación que se consideraban enterradas y volver a sentir ese dolor en cada mínima porción de mi ser. ¿Por qué esa tenía que ser la sucesión normal en mi vida? ¿Por qué si el mundo buscaba su felicidad yo no me permitía ni tan siquiera visualizarla como posible?

Los golpes del viento contra la estructura de la casa eran estremecedores. Una parte de mí lo comparaba con ese vendaval que estaba empezando a tomar forma en mi interior, queriendo salir, queriendo destrozar todo a su paso fuese lo fuerte que fuese. Su dolor, en esos momentos, sería mi placer y me creería ganadora de una batalla en la que estaba perdiéndolo todo por no saber realizar las jugadas en su debido momento.

Si cerraba los ojos podía sentir como poco a poco se estaba reabriendo esa herida que emanaba tanta sangre como había en mi cuerpo, pidiendo llevarse con ella todo el dolor, dejándome tan solo la paz.

El sonido de la pluma arañando el papel no era prácticamente audible. Estaba abrazada al cojín, mirando a un punto fijo, dejando que las horas pasasen antes de tener la valentía suficiente para pronunciar palabra, pero también, y debía admitirlo, deseando discutir hasta sacar todo aquello que rugía en mis entrañas.

— ¿Y Eliza?

Mis palabras provocaron que la pluma realizase un movimiento brusco, acto seguido paró su escritura. Mis ojos deseaban buscarle, la parte sádica de mi ser quería verla para alimentar toda la ira creciente en mi interior, la otra, en cambio, esa sensata que a duras penas podía controlar, me suplicaba que siguiese mirando a ese punto fijo donde salvo mis pensamientos, nada podría encolerizarme. Menospreciar a mi mente era algo que hacía a menudo cuando la parte consciente de mi ser terminaba dándole todo el poder, arrodillándose como si fuese una diosa suprema a quien no se podía vencer.

Respiré profundo. Me abracé más fuerte al sofá y escuché el sonido de la butaca al separarse de la mesa para salir. Sus pies descalzos caminaron hasta mí, hasta que entraron en el rango de visión de mi mirada perdida y tras inclinarse, tomó mi mentón e hizo que le mirase directamente.

— ¿Es eso lo que le preocupa? ¿Lo que la tiene así?

— En parte… —admití tras observar sus ojos claros.

Se puso de cuclillas frente a mí. Sus dedos acariciaron mi piel y me pregunté quién era este William que estaba ante mí. Era normalmente un ser frío, distante, inaccesible y ahora casi parecía un amante devoto. ¿Alguien podía cambiar tanto o todo eso había estado antes ahí sin que yo lo viese?

— Eliza ya no está, ya no vive conmigo.

Fruncí mi ceño ante la incomprensión de lo sucedido. ¿Cómo había podido dejarla abandonada a su suerte cuando ella le necesitaba tantísimo?

— ¿Dónde está?

— Tras nuestra conversación en Londres, hablé con Catherine. Ella me dijo que mis temores eran ciertos, que aquello que habían dicho los médicos era verdad. Si continuaba con ella, si estaba en mi vida y yo era su único sustento dándole todo lo que deseaba su obsesión y necesidad por mí jamás desaparecería. Por ese motivo, con todo el dolor de mi corazón, terminé aceptando que donde estaría mejor sería en un centro psiquiátrico por duro que fuese. Me aseguré de que fuesen tratos adecuados para ella y pago un extra para que la traten como a una reina —tomó una de mis manos y observó mis dedos con las uñas cortadas de formas irregulares, no perfectas, y con el esmalte descascarillado porque hacía varios días que no estaba pendiente de cuidarlas. No me importaba su aspecto—. No volverá.

Que ella no estuviese por su propia salud mental no era un gesto de amor. Para nada. Se había tenido que conformar con la mujer que no dependía emocionalmente de él. Me sentía insultada aunque era mi propio orgullo el que no sabía cómo procesar eso sin que me resultase horriblemente hiriente. Solo eran las sobras del menú, lo que había podido salvar de todo lo que había tenido antes en su mano.

Cerré mis ojos intentando contener el improperio que quería escapar de mi interior. ¿Por qué? Jamás era la prioridad de nadie, ni tan siquiera la mía propia. Por eso, me negué a caer en la tentación de sumirme en el falso mundo de amor que volvía a ofrecerme.

— Espero que su hermana se recupere, de verdad. Estar encerrada en un sitio así no es plato de gusto, para nadie —negué volviendo a abrir mis ojos que demostraban toda la sinceridad del mundo porque yo no creía como su madre que Eliza era el problema. Dos personas no hacen algo si una no quiere y aunque ella incitase a ese joven e inexperto William a caer en los prohibido, fue él quien cedió, quien tiene la responsabilidad sobre sus actos.

Frunció su ceño casi molesto o completamente molesto, ni tan siquiera me limitaba ya a la comprensión de sus emociones que distaban tanto de las mías. Él era un mundo, yo otro y ambos éramos iguales que dos titanes enfurecidos, chocaríamos sin remedio de por vida. ¿Por qué, entonces, creía necesitarle tanto? ¿Era una dependencia o es que ese dolor que él me provocaba me regresaba a la zona de confort de la que no quería salir? ¿Le seguía amando o era la necesidad de ser una víctima la que me volvía a engullir permitiéndome recrearme en ese sufrimiento constante retroalimentando mi negativismo interior?

William se acercó a mí, besó mi frente y susurró algo que no fui capaz de entender. Necesitaba tiempo para ser yo misma. Solamente tiempo.


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