2018 / Ago / 31

Hacer o no hacer hitos en la vida es algo subjetivo. Dependía mucho de las metas que se pusiese uno en la vida. Si la intención era ser alguien conocido de manera mundial y ser recordado por la historia de forma que miles de generaciones después de la tuya supiesen quién eras con solamente mencionar tu nombre o tu obra, evidentemente el reto era complicado, demasiado, casi imposible. No obstante, también dependía mucho de cómo uno se tomase esa meta. Si era el único objetivo en la vida, el fracaso sería demoledor y no se lograría jamás llegar a nada porque no se tendrían más metas.

Regresé a la conversación que estaba manteniendo con Verdoux. Él se había quedado callado. Puede que estuviese esperando más preguntas más o puede que, como hablar nunca había sido su fuerte, se limitase simplemente a ser, pensando en sus cosas. Hubiese pagado millones por saber qué pasaba en esa mente durante mucho tiempo, ahora temía qué podía circular en realidad intentando esconderse entre las tinieblas.

Su mano se posó sobre mi mejilla rozando con su pulgar mi pómulo. Mis ojos claros no quisieron mirar los suyos porque si lo hacían terminarían cediendo a ese lugar al que no quería volver. No quería estar en las mismas condiciones que hacía un año. No podía sentirme al borde del precipicio y ser solamente una más en una lista. Yo quería más, mucho más y él no iba a dármelo. Jamás podría dármelo porque las relaciones le repelían casi tanto como me repelían a mí por mucho que desease aferrarme a una.

Comí un poco más de ensalada regresando mi atención a la mesa sin poder sacar el tema que nos separaba igual que un valla electrificada. Fingí no oír su suspiro resignado y el silencio nos envolvió nuevamente estrangulándonos casi hasta asfixiarnos. ¿Por qué si yo no avanzaba él no seguía insistiendo? ¿Por qué siempre se rendía ante la más mínima posibilidad de pérdida en la batalla? ¿Y si no era así? ¿Y si no era él y era yo? ¿Y si había vuelto a sumirme en la desesperación que terminaba alejando a todo ser que se acercase a mí por miedo a contagiarse y no poder regresar a la superficie? ¿Por qué siempre daba pasos para atrás?

Hubiese deseado tanto en ese momento las palabras que no pronunció tantas veces, aunque en el fondo sabía que un te amo, un te quiero o una palabra cariñosa no cambiaría nada, absolutamente nada. Eliza siempre estaría ahí, amenazando cualquier momento feliz al lado de William. Sus cuernos, su traición, su parte oscura… Para mí había sobrepasado todo límite y aunque mis labios aceptasen sus besos, mi cuerpo sus caricias, yo ya no podía sentir lo que sentía antes. No cuando al acecho veía a su hermana en cada gesto, en cada duda de él, igual que si no tuviese nada más en la cabeza.

Cuando el silencio se volvió incómodo para ambos, tanto que necesitábamos estar solos, él se marchó y no me pregunté cómo podía haberse tomado ese silencio, no pensé en el rechazo que representaba en realidad. Tan pronto le sentía tan cerca de mí como antes que se esfumaba igual que el humo entre mis dedos.

Recogí los platos. Metí todo en el lavavajillas y di un gran trago al vaso de agua fresca que había dejado el último por recoger en la mesa. Me senté en el sofá y observé el semblante de Verdoux escribiendo, aunque ahora tenía el ceño fruncido y no sabía si era por concentración o no.

Quería hablar, deseaba hacerlo, suplicarle que me hiciese sentir como antes, que me salvase del mundo en el que yo sola me había metido. Fui a tomarme la medicación porque no tenía sentido alguno que lo postergase más y él sabía de sobra que me medicaba.

— ¿Le producen algún efecto secundario?

Enarqué una de mis cejas al escuchar la voz de William y le miré sin comprender porqué quería saber algo así.

— ¿Ha cambiado de medicación últimamente?

— No, no he cambiado la medicación. Sigue siendo la misma y hace el mismo efecto de siempre, me vuelven más… dulce, supongo.

— ¿En serio? ¿Su función es calmar su mal genio?

— ¿Cree que no cumplen su función?

— No es eso… Es que dudo que sea como es gracias a las pastillas.

No quise discutir eso. Había visto a mi padre cambiar muchísimo gracias a una medicación que intentaba mantener controlada la bestia sin control que era en su interior. Las drogas de la clase que fuese podían tener un gran control sobre nosotros y ¿quién podía asegurar que no me habían controlado en algunos momentos?

Estaba volviendo a pensar como años atrás. ¿Qué me estaba sucediendo? No debía permitirle a esa parte de mí tomar el control de todo mi ser. No podía hundirme en las sombras por mucho que me llamasen y suplicasen porque las escuchase tomando el miedo como forma de persuasión.

— ¿Y cómo soy? —pregunté de repente para escucharlo salir de sus labios.

La manera en la que me observó en ese momento a duras penas si pude comprenderla. Comenzaba a creer que todo mi juicio estaba alterado, que necesitaba un gran descanso emocional para ser yo misma y duda que pudiese tenerlo con Verdoux cerca de mí. Había sido una mala idea aceptar esa huida.

— Preferiría mantener mi opinión en secreto.

Palabras que cayeron igual que una jarra de agua fría por mi cuerpo. ¿Qué otra cosa iba a pensar mi cabeza que no fuese que eso significaba que había algo malo? Siempre buscaba la maldad, el dolor, el rechazo…, tantos y tantos amigos que me habían acompañado toda la vida creyendo que eran los únicos que merecía porque en mi mente estaba programada una frase tan sencilla como destructiva: No eres suficiente. Suficiente para nada, convirtiendo a todo lo demás en un imposible, en inalcanzable y la propia frustración provocaba mi dolor, mi ira, mi odio indiscriminado, pero sobre todo contra mí misma. Luchar contra esa parte de mí misma, a menudo, se volvía complicado, muy complicado y la dejaba derrotarme tantas veces como desease tener el control. ¿Por qué? Porque, al menos, con ese dolor sabía lo que me esperaría y saltar al vacío se volvía incierto como el temor de llegar a escapar de mis propias sombras.


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