2018 / Ago / 30

Llevé un trozo de sandía a mis labios para terminar disfrutando su explosión de sabor en mi boca incluyendo la explosión de líquido que escapaba con aquella fruta. Mientras lo hacía mi mente vagaba a otros mundos. No podía mantenerme tranquila por mucho que lo intentase. Quería acurrucarme en algún lugar de aquella casa donde me asegurasen que no habría más problemas. Solamente deseaba eso.

De repente, sentí como el cuerpo del profesor se quedaba detrás de mí, se sentó en el hueco que había libre pues estaba sentada prácticamente en el borde y finalmente me puso sobre sus piernas abriendo las mías en el proceso para que tuviese una mejor sujección.

— ¿Está buena la sandía?

— Sí. Mucho —comencé a ronronear igual que un gato porque sus dedos hábiles me habían empezado a hacer un masaje en mi cuello contracturado.

Entreabrí los labios una vez terminé de comerme ese trozo de sandía y jadeé cuando su pulgar apretó uno de los nudos donde se me acumulaba todo el estrés. Cerré mis ojos y sus labios se acercaron a mi oído mientras paraba el masaje.

— Coma. Pararé cada vez que deje de alimentarse.

Hice un mohín porque ya estábamos con las normas. No entendía qué ganábamos todos en general imponiendo cosas a los demás ni tampoco qué ganaban los hombres en particular creyéndose poseedores del “poder” en la relación. No eran más porque aceptase alguien no discutir por algo tan simple como continuar comiendo, pero si protestaba una el problema le tenía quien protestaba. Quien entendiese las relaciones y su odioso y catastrófico sentido que me las explicase en un cursillo acelerado.

Alargué mi brazo y atrapé con el tenedor un trozo de melocotón que llevé gustosa a mis labios disfrutando del contraste de sabores. Sus dedos volvieron a regalarme esa magnífica sensación de paz mezclado con ligero dolor. Cuando a uno le hacen un masaje no siempre disfruta, por ejemplo, yo misma, siempre que mi padre me había hecho un masaje en una zona contracturada me había hecho tanto daño que casi deseaba que no me hubiese tocado la zona. William, en cambio, tenía una forma diferente de comportarse. Quizá es que su tacto tenía ese efecto diferente que el de mi padre. Verdoux también podía saber perfectamente donde tocar, pero el punto clave no era otro que ser él, ese era el mayor efecto que tenía en todo mi ser.

Mastiqué hasta que la boca se quedó vacía y tuve que recordarme que si no seguía comiendo me castigaría sin la bendición de sus manos. ¿Podía pasarme allí toda la vida? ¿Podíamos construir un mundo aparte donde nuestro tiempo pasase mucho más lento? ¿Podíamos quedarnos así? El viento me respondió con un gruñido que golpeó las ventanas haciéndolas vibrar hasta el punto que creí que se romperían.

— Se ha acordado…

No comprendí a qué se refería. Entonces, las yemas de mis dedos se deslizaron por la zona que se veía en mis muslos. Me sonrojé por completo y reí antes de negar varias veces porque no me las había puesto precisamente por eso. Mi intención no era seducirle, ni mucho menos. Además, aún estaba el asunto de los cuernos, si es que se le podía llamar así, durante nuestra última conversación en Londres.

Volví a llenar mi boca con algo más para comer. Tenía hambre, mucha. Estaba completamente famélica. Sus brazos se deslizaron alrededor de mi cintura y me atrajeron a sí antes de apoyar su mentón en mi hombro. Me giré un poco para mirarle regalándole una sonrisa.

— Creí que no volvería a tenerle así de cerca. Creí que jamás volvería a verla.

— Tampoco pensé que volvería a buscarle de ninguna forma. No después de… bueno, lo ocurrido hace un año —hice una mueca y él soltó un profundo suspiro contra mi piel.

Nos quedamos en silencio. No dijimos nada durante un buen rato mientras yo comía. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Debía pedirle que me explicase, que me pidiese perdón o lo que fuese? ¿No se daba como sobreentendido que el primer paso en todo eso debía darlo él? Esa conversación debía iniciarse cuando él estuviese seguro de ello, cuando quisiese admitir la verdad, cuando quisiese confesarme porqué había jugado conmigo de esa manera y porqué parecía dispuesto a seguir jugando.

— ¿Cómo está su familia? —pinché un poco de ensalada y sonreí al comprobar que estaba perfectamente aliñada para mi gusto. El vinagre tenía su puntito, pero no terminaba de borrar el sabor de los alimentos.

— Isabella está en el mismo instituto que Phillip. Ambos están terminando sus estudios secundarios. Phillip busca una beca para la universidad que más ansía e Isabella está completa y absolutamente obsesionada con el ballet. Mi padre ha accedido a que ensaye con el ballet neoyorquino durante las vacaciones de verano, así que supongo que estará allí perdiendo uñas del pie a tutiplén. No obstante, está feliz, así que no  pediré nada más que eso.

— ¿Y John?

— John está dejándose los dedos con su beca de piano. Temo que termine perdiendo la cabeza con tanta dedicación, sin embargo, cuando hablo con él generalmente demuestra lucidez, aunque sí una obsesión malsana por ser el mejor concertista de su clase y en el momento que se logra algo así, bueno, uno termina queriendo ser el mejor del mundo —sus dedos empezaron a acariciar la cara interna de mis muslos, solamente permitiendo que entrasen en contacto, pero despertando un estremecimiento en toda mi anatomía por lo que suplicaba que no se diese cuenta.

— ¿Y Catherine? ¿Helena?

— Helena ha demostrado tener unas dotes increíbles para el arte. Catherine me ha llamado en varias ocasiones explicándome lo mucho que la alaban sus profesores y también informándome una y otra vez de las exposiciones en las que participará.

Alcé mis cejas sorprendida y tras tragar lo que tenía en la boca me giré hacia él de nuevo.

— ¿Exposiciones? ¿En serio? ¿Tan joven?

Cuando ocurrían ese tipo de cosas, mi cabeza tenía dos pensamientos simultáneos. Me alegraba por el nuevo talento para poder disfrutar con sus obras. No obstante, otra parte de mí, malvada y dominante dentro de la oscuridad de mi ser me susurraba en el oído: ¿Y tú? ¿Qué has hecho en toda tu vida que merezca mínimamente la pena? Y como todo el mundo sabe, las comparaciones son odiosas.


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