2018 / Ago / 29

Golpeé suavemente la puerta con mis nudillos. Estaba cometiendo una locura, lo sabía, pero necesitaba paz, al menos, por un tiempo. Quería respirar tranquila, necesitaba poder ver el mundo de otra forma que no fuese única y exclusivamente a través del peligro. Me había negado a aceptar la verdad, a comprender que si regresaba sería yo quien perdiese en toda esa batalla extraña que no llegaba a entender. Solamente quería paz. Quería lo más cercano a la felicidad que había tenido. Quería vida.

La puerta se abrió mostrándome a Verdoux fumando a pesar de las restricciones con el tabaco que había en todas partes. Suponía que los fumadores les costaba lo suyo dejar su vicio como a cualquiera que tuviese uno así que se las apañarían para seguir enganchados dijesen lo que dijesen las normas.

— Señorita Mijáilova…

— ¿Sigue en pie su plan de huir?

Sus cejas se arquearon ligeramente y terminó asintiendo antes de acercarme a su cuerpo para besar mis labios como si hubiese temido no volver a besarlos en la vida. Me abracé a su cuello necesitada de cariño, débil, al borde del precipicio dándome él la única posibilidad de salvarme de una muerte segura por mínima que sea esa posibilidad. Enredé mis dedos en su cabello buscando que sus labios no dejasen de besarme por mucho que odiase el sabor a tabaco de su boca.

— Es tan taciturna —susurró cuando nuestras bocas finalmente se concedieron respirar otro aire que no fuese el de los pulmones de su amado.

No podía negarle lo obvio. Era cabezona como la que más así que con una pequeña sonrisa en los labios asentí antes de volver a recibir su boca como premio por haber contestado de manera correcta. Casi parecía una enseñanza. Era igual que educar a un animal doméstico del salvajismo a la sumisión más absoluta o, puede, que simplemente éste fuese el entrenamiento de la vida que durante muchos años de mi vida no había tenido. Una norma bastante sencilla era no saltar a la mínima y siempre me había podido mi horrible e ilógico temperamento.

Tras una nueva ronda de besos, de aquellos que había necesitado antes durante mucho tiempo, él se encargó de prepararlo todo. Compró los billetes, hizo las reservas… Ni tan siquiera hablábamos durante esos momentos, él escogió todo rápidamente. Me gustaban las sorpresas, claro que sí, pero una parte de mí a duras penas si podía alegrarse por todo aquello. Estaba destrozada internamente de una manera incomprensible y necesitaba mi tiempo para poder seguir adelante.

 

 

— ¿Está bien?

Me había pasado perdida en mis pensamientos todo ese tiempo y no me había dado cuenta que estábamos en el taxi rumbo al aeropuerto. Me acurruqué en su hombro y me obligué a permanecer pegada a él para sentir esa extraña seguridad que él me otorgaba. Una extraña, sí, pero también falsa seguridad. En realidad, había sido él lo más inseguro que había tenido durante meses, demasiados meses.

— Sí… es solo que estoy cansada.

Mi respuesta seguramente no le convenció, pero me dio igual. Me abracé más a su brazo y terminé medio durmiéndome al sentir la calidez de su cuerpo deslizarse por el mío. Pude incluso volver a escuchar su voz en sueños, pero hablaría con el taxista, seguramente. Era una pequeña melodía, susurros que mi cerebro parecía procesar como una nana, incomprensibles, alejados de mi entendimiento.

Dormí. Dormí tanto como en aquellos días en los que las preocupaciones eran tantas que había pasado noches en vela en busca de soluciones que con el cerebro medio frito por no haber recibido las horas correspondientes de sueño no hubiese podido sacar.

Al despertarme, estaba sobre una cama tan blanda que parecía una nube. La cama estaba vacía, no había nadie conmigo. Estaba en algo a una cabaña de madera, o de esas que solamente había visto en las películas donde alguien está junto a la playa. Fuera, el sonido del viento era aterrorizante, llovía a cántaros y casi podía sentir en mi cuerpo el horrible golpeteo de la lluvia contra los cristales.

Me desperecé, sentí mi cabello enmarañado. Antes de saber dónde estaba decidí irme a dar una ducha. A pesar de ser una cabaña de ese estilo, el baño estaba equipado con un montón de cosas de lujo. Pero mi cerebro estaba tan desconectado que me metí en la ducha igual que lo hacía en la de mi hogar. Dejé que el cuerpo se limpiase del sudor de aquel sueño reparador.

Envuelta en toalla y mojando el suelo que pisaba, me puse una sudadera ancha y unas medias altas, rosas claras, que me llegasen hasta mitad del muslo y salí del interior de la habitación buscando a Verdoux, porque lo último que recordaba antes del maratoniano sueño había sido estar abrazada a él.

El olor a tabaco me indicó que no me equivocaba. Estaba allí, sentado en un escritorio garabateando una hoja con una inspiración que parecía envidiable. Me apoyé en la parte alta del respaldo leyendo lo que le tenía tan absorto. Estaba narrando una escena de amor. Sin embargo, en lugar del nombre de la mujer, siempre ponía una K. No entendía porqué lo hacía. Era como si no desease que se descubriese la identidad de la mujer, o quizá, la había llamado K porque aún no había escogido el nombre de la fémina.

— ¿Espiando, señorita Mijáilova?

Reí un poco y me puse delante de él en el escritorio encogiéndome de hombros.

— Me descubrió.

Sus ojos me recorrieron por completo y después una sonrisa se deslizó por mis labios.

— ¿Ha dormido bien? Tuve que ir en varias ocasiones a comprobar que no estaba muerta. En la vida había visto a nadie dormir tantas horas seguidas sin estar drogado de alguna forma.

— Supongo que sí… Normalmente cuando duermo rachas de tantas horas termino con el cuerpo completamente molido. Me duelen todas las articulaciones por muy maravillosa que sea la cama.

— No me extraña para nada. Por cierto, tengo una pregunta que hacerle.

Le miré enarcando una ceja esperando a que la hiciese.

— ¿Qué significa la A?

— ¿La A?

— Sí. En todas partes tiene puesto Kyra A. Mijáilova, pero no sé qué significa esa A.

— Oh… es Annette. Mi nombre completo es Kyra Annette Mijáilova.

— Annette… ¿puedo llamarla así? Le queda perfecto.

Una sonrisa se extendió por mis labios y terminé acercándome hasta él para sentarme en sus piernas.

— Si le gusta puede llamarme como quiera.

— Annette… la pequeña y traviesa Annette… —susurró mientras su nariz se perdía entre mis cabellos indicándome que gozaba de un buen envidiable justo antes de que mi estómago decidiese rugir demostrando el hambre que tenía.

— La cena está servida, Annette. Puede comer lo que quiera.

Me levanté de sus piernas y le dejé trabajar yéndome hasta la mesa donde la comida me esperaba. Él seguramente ya había cenado y esa comida no se enfriaría pues eran todo productos frescos cocinados en platos fríos. Un buen comienzo de mi etapa veraniega.

 


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