2018 / Ago / 29

Después de unas horas con Ana seguía sin poder creerme que semejante estúpido la hubiese dejado marchar. Además, me había contado lo ocurrido con él, la forma en que la había tratado obligándola a sentirse culpable hasta de respirar. La ira se había deslizado por todo mi cuerpo hasta que se había transformado en una bilis ácida y desagradable. Parecía que tenía todo un imán para encontrarme con relaciones abusivas de alguna forma. No entendía el motivo por el que nosotras siempre cedíamos, nunca aceptábamos luchar por lo que nos merecíamos, o porqué nos enganchábamos a situaciones como esas.

Había logrado que comiese mínimamente decente y cuando habíamos visto al menos dos películas románticas, le dije que debía volver al hotel. Ella me agradeció todo lo que había hecho y solo esperaba que no tuviese que cuidar de ella como si fuese una enferma. Quería poder disfrutar una amistad sana, como la que tenía con Chloe.

Durante demasiado tiempo solamente me había relacionado con mujeres aceptando que los hombres no eran algo para mí. Entre ellos y yo había puesto una gran barrera. No quería sufrir, les temía en miles de formas, pero lo que más temía era ese rechazo doloroso que había experimentado tanto de chicos como de chicas. Quizá, los terminaba comparando con mi hermano y eso incrementaba mis ganas de mantenerlos lejos. No porque mi hermano fuese el peor ser humano de la historia, pero esa competición constante provocaba una sensación ajena a un amor fraternal sano.

Me metí nuevamente en la habitación del hotel quitándome los zapatos antes de recogerme el pelo que me había estado dando calor toda la tarde y se me había olvidado por completo llevarme una goma para el pelo.

Abrí la ventana y me quedé a oscuras como había hecho muchas veces siendo una adolescente. Busqué mi teléfono móvil y me puse los auriculares. Quería escuchar una canción, la que fuese, por lo que dejé vagar a mi dedo por la pantalla táctil antes de parar la rotativa dando a la canción indicada. Impossible cantada por James Arthur gobernó la habitación como si estuviese allí. La magia de los auriculares era que si cerrabas los ojos podías imaginarte todo lo que deseases porque el resto del mundo había desaparecido.

Recorrí la galaxia entera. Pegué la mejilla de quienes tanto daño me habían hecho. Grité al cielo. Volé por el firmamento como si fuese Wonder Woman. Miré al mundo desde el edificio más alto y todo sin moverme de la cama de mi habitación de hotel imaginando un videoclip según las emociones que me generaba.

Las lágrimas eran reales. Se deslizaban por mi rostro dándome las caricias que aquellos rostros que en mi videoclip personal había abofeteado y no me las habían dado cuando debieron. Podía notar la sal quedarse en mi piel. Podía sentir la congoja en mi pecho. Quería gritar lo que no había podido gritar. Quería saltar.

Respiré profundamente y sabiendo que había una piscina en la parte alta del edificio, me subí esperando que a esas horas de la noche nadie estuviese tomando un baño. El golpe de la brisa contra las mejillas era simplemente maravilloso. El lugar estaba tenuemente iluminado y en el momento en que mis pies se posaron en la madera cercana a la piscina, se encendió un pequeño camino que llevaba a la barandilla. Me había subido en chanclas planas y a pesar del dolor de pies, estaba casi como en el mismo cielo.

Mis manos se agarraron la barandilla y sonreí con tristeza, sí, por estar disfrutando todo eso yo sola, por volver a no tener a nadie aunque fuese lo que mi cabeza estuviese necesitando en esos momentos.

Creía estar sola, pero la música me impedía escuchar que había alguien más que intentaba hablarme. Su nariz respiró con fuerza mi aroma. Sus brazos me agarraron la cintura y me invitaron a confiar en alguien a quien no había visto aún. Su dulzura provocó que me olvidase del mundo, que le dejase guiarme hacia donde quisiese llevarme. Me ofreció las manos y terminé pasando al otro lado de la barandilla con la ingenuidad propia de la necesidad de… algo, lo que fuese.

Entonces, un empujón y…

El despertar entre sudores estaba volviéndose parte de mi rutina diaria. Las pesadillas me abrazaban cuando menos cuenta me daba. Me dormía en cualquier parte, incluso, las tenía despierta. Y puede que solamente por morbo puro y duro desease subir a esa piscina, para ver si ocurría ese sueño premonitorio. La sensatez me hizo mantenerme en la habitación.

Me quité la ropa, me duché y me metí en la cama. Agarré el libro que había dejado a medias, sumergiéndome en la historia de amor del rey y la plebeya. Ella se llamaba Kyra, como yo. Su descripción era mi físico, pero mucho más hermoso y exagerado. Ella era igual que un ángel en la Tierra, una personificación de Afrodita, una ninfa. Yo, a su lado, no era nada más que el espejismo de una cara medio bonita que terminaba por eclipsarla la bestia oscura que se escondía en el interior de mi mente.

Me sentía pequeña leyendo esa historia. Era como si viese en realidad qué era lo que le había llamado de mi forma de ser al taciturno rey encarnándome en la campesina llena de vida, inocente, pero astuta, incontrolable y maravillosamente perfecta en todo su caos de imperfecciones.

Una vez que terminé la historia no quise analizar lo que esta significaba, no debía. Si lo hacía comenzaría a llorar de nuevo, volvería al pozo de desesperación, sucumbiría a todo aquello que me había jurado que no volvería a hacer.

Cerré la novela. Abracé la almohada intentando dormir. En su interior, el incansable rey la perseguía hasta enamorarla y en mi historia, en la realidad, ella moriría antes de poder tener un final feliz.


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