2018 / Ago / 28

Ana no tardó mucho más en irse. Tenía que continuar sus tareas y cuando me aseguré que estuvo completamente cerrada la puerta, me vestí con lo más cómodo que encontré: unos leggings negros que me quedaban anchos de la cintura y una camiseta por la que podía escaparme si lo deseaba por su ancho cuello de barco. Dejé mi cabello agreste, que se secase con el calor. No tenía demasiadas ganas de ponerme con el secador a esas horas. Respiré de manera profunda e intenté hacer esos ejercicios de relajación que solamente nos acordamos de hacer cuando estamos al borde de un ataque de ansiedad y no tenemos la paciencia de realizarlos más de dos segundos y medio.

Me tumbé en la cama recién hecha y pensé en qué podía hacer durante todo ese tiempo. Recordé que me había traído conmigo los libros que me había comprado en la biblioteca. No quería saber nada de nadie y mucho menos de todos esos expedientes que había escondido lo suficientemente bien como para que  Eileen no los encontrase. Quería irme a otros mundos, puede incluso que hablar con Ana, pero quería vivir otra vida por unos instantes. Solamente unos instantes.

No podía con demasiado vocabulario alejado de mis dominios, por lo que finalmente terminé aceptando que mi único recurso para irme a otros mundos era el libro de Verdoux.

Un rafagazo en mi mente hizo que recordase ese beso que me había dado antes de decirme que nunca entendía nada.

Me negué a seguir pensando en eso y abrí las páginas del libro mientras me colocaba de lado esperando hacer mi lectura más amena aunque los brazos se me cansasen con rapidez.

La historia me atrapó desde el primer momento. Trataba de un rey obligado a vivir con una reina a la que amó, un rey que se vio perdido en su propio reino y que para satisfacer el vacío de vida que tenía, se disfrazaba de campesino e iba a un pueblo donde nadie le había visto, donde no conocían al rostro del rey y podía pasar por un simple plebeyo.

La desgarradora vida del rey resultaba irónica. El amor, la riqueza, el mando, el poder… nada le servía para satisfacerle hasta que iba poco a poco prefiriendo su vida de plebeyo. En ella nadie le trataba de forma que no se creyese merecer, hacía amigos, disfrutaba de mujeres, se reía hasta el cansancio y escuchaba a sus súbditos abiertamente indicándole los problemas que en realidad tenía ese gran rey que jamás les dejaba hacer lo más beneficioso para el reino. Todo eran mandatos estúpidos que ni tan siquiera él recordaba haber firmado, pero que seguramente lo hizo cuando creía que no había nada peor que firmar papeles sin sentido a tontas y a locas.

Y, por supuesto, estaba la desgarradora historia de amor. Esa joven que taciturna se escapaba de él siempre que podía, volviéndose un quebradero de cabeza para el rey quien sentía llenar al cielo cada vez que la hacía suya, cada que la tocaba o que su aroma se deslizaba por el aire hasta llenar sus pulmones.

La puerta sonó en el momento en que había llegado a la mitad de la novela. No esperaba ninguna visita, teóricamente nadie sabía que estaba allí, por lo que sentí nuevamente el miedo apoderarse de todo mi ser.

Me levanté despacio de la cama sintiendo mis brazos completamente entumecidos y adoloridos por el continuo peso del libro de tantas páginas en mis manos. Lo había dejado abierto, con las tapas hacia arriba a pesar de saber lo peligroso que era y lo dañino para los libros, pero no tenía un solo marcapáginas y detestaba doblar las esquinas de las hojas de los libros, era algo superior a mí, como esa tendencia de tener que subrayar en sus páginas inmaculadas. Me causaba ansiedad solamente de pensarlo.

Abrí la puerta con cuidado y vi a través de una rendija a Ana quien avergonzada estaba ligeramente sonrojada. Entrecerré mis ojos sin comprender y terminé por abrir la puerta del todo.

— Hola, Ana.

— Kyra… verás, no quiero molestarte, pero como has sido muy amable y no te has quejado por lo ocurrido, había pensado que podía compensarte de alguna manera. Tomando un café, por ejemplo.

— No tienes que compensarme de ninguna forma. Como dije es tu trabajo, Ana. Bastante tienes que aguantar con todo el trabajo que tienes que hacer —reí un poco intentando calmarla, pero al ver su expresión de ligera congoja terminé aceptando el café—. Si me invitas a otra cosa que no sea un café, acepto encantada.

Su sonrisa se extendió por sus labios. Tenía una sonrisa peculiar. Su labio superior era lo suficientemente grueso como para mantener oculta toda la encía y parte del diente. No obstante, se veía en esa sonrisa una dulzura que muy pocas personas serían capaces de demostrar.

— A mí tampoco me gusta el café —comentó con la nariz arrugada—. Prefiero el té, supongo que tengo en mis genes algún tipo de ascendencia inglesa que se ha saltado millones de generaciones —rió antes de entrar cuando le dije que lo hiciera.

— ¿Te importa si lo tomamos aquí? Estoy con el ánimo en los tobillos, así que…

— Oh, te entiendo. ¿Algún problema amoroso? —preguntó sentándose en la silla que había en la habitación. Yo preferí sentarme en la cama.

— Si fuese solo eso hasta lo agradecería.

— Yo… también estoy con un problema amoroso.

— ¿En serio? —pregunté antes de llamar al servicio de habitaciones esperando que no me costase demasiado ese segundo desayuno porque por suerte había pedido que mi desayuno estuviese incluído en el precio de la habitación que pagaría. En realidad, todas las comidas iban incluídas.

— Sí. Me enamoré de quien no debía, ya sabes. Y él no siente absolutamente nada por mí. Es… difícil sobrellevar algo así.

Fruncí mi ceño pensando por un instante que ese hombre era completamente idiota, con todas las letras, porque Ana tenía algo diferente que hacía que me sintiese bien, que me olvidase de todo lo demás y me centrase en el momento y en nuestra conversación.

— Me pregunto si algún hombre se libra de ser un idiota redomado.

Ella abrió mucho los ojos y soltó una sonora carcajada. No sabía si había escuchado algo parecido, pero esperaba que no le pareciese demasiado descarada.

— ¿Piensas así de los hombres?

— No me han dado demasiados motivos para pensar lo contrario. Si están siempre tienen un problema, si no lo están, el problema es que no les ves el pelo, pero sea como fuere son ellos solitos los que hacen que salgamos corriendo y aun así nos enganchamos a ellos como si fuesen nuestra única tabla de salvación.

— En eso tienes razón. Hace tres meses que no sé nada de él y siento que me estoy consumiendo.

Entrecerré mis ojos antes de cruzarme de piernas como una india sobre la cama. ¿Se estaría consumiendo de verdad? Sabía que en muchas ocasiones no se soportaba estar lejos de la persona amada y uno terminaba negándose a comer y ese tipo de cosas.

— Ana, ¿te alimentas bien?

Sus mejillas se tornaron de un intenso escarlata que me hizo entender que no era así.

— ¿Cuánto tiempo llevas sin comer una comida en condiciones?

— Algo así como dos semanas. Vivo a base de comer cuatro cosas, fruta y té.

— Ana, pero… ¡eso es horrible! No puedes descuidarte porque alguien no te quiera. La primera que tienes que quererte mínimamente eres tú. Sí y esto te lo dice alguien que se odia de pies a cabeza —suspiré profundamente y terminé negando—. ¿Tienes algo que hacer hoy?

— En realidad, no. Mi compañera de piso se ha ido de vacaciones con su novio, así que no tengo gran cosa que hacer. Suelo ir del trabajo a casa y de casa al trabajo.

Suspiré por la congoja que me provocaba ver a alguien que tenía miles de posibilidades perder toda esperanza de una vida mejor o de un posible nuevo comienzo porque alguien no la había valorado lo suficiente como para quererla a su lado todo el tiempo.

— ¿Crees que podrás comer algo estando tú sola?

— Supongo que lo mismo que he comido estos días, pero no te preocupes, de verdad. No debí decir nada —aquella última frase la dijo muy bajo, para sí misma, pero la pude escuchar a la perfección.

— Mmm.. yo no tengo nada que hacer durante todo el día y si no te parece un latazo tenerme a mí purulando alrededor, podríamos pasar el tiempo juntas, así nos evitamos tanta soledad —comenté intentando animarla.

Sí, lo sabía. Mi faceta salvadora había vuelto a salir para rescatar a Ana del horrible daño que se estaba haciendo a sí misma. Era difícil controlar esa parte de mí. Odiaba ver a alguien sufriendo, era superior a mis fuerzas. Menuda profesional de la salud mental estaba hecha. Si me viesen muchos de mis compañeros terminarían dándome de collejas hasta mandarme de nuevo al primer año de carrera.

— ¿En serio? No quiero que te sientas obligada, Kyra.

— Para mí no es ninguna obligación. Es más, seguro que eres tú la que me terminase echando de tu casa —solté una carcajada que ella acompañó.

— No lo creo. Eres un encanto. Ya te has preocupado más por mí que todas las personas con las que me he cruzado estos últimos tres meses.

¿Qué persona con un mínimo de corazón iba a dejar sola a Ana después de esa frase? Resultaría tan cruel… Mis instintos de superheroína se habían vuelto a despertar. Casi sentía ganas de abrazarla hasta que ella misma pudiese volar sola, cuando se hubiese terminado de curar, cuando hubiese logrado verse a sí misma más allá de quién estuviese a su lado.

— Entonces no pienso dejarte sola. Más vale que comas en condiciones porque no tienes un peso como para ir racaneando con la comida —negué varias veces antes de escuchar la puerta de la habitación. Tenía que ser el servicio de habitaciones.

Abrí la puerta y entró uno de los miembros del personal. Le agradecí que nos sirviese el desayuno aunque miró de una forma un tanto extraña a Ana. Supuse que podría ser porque estuviese confraternizando con una cliente, pero si se atrevían a decirle algo sería yo quien pusiese una reclamación en el hotel asegurando que había sido yo quien había pedido a la joven que se quedase allí sin importarme ni lo más mínimo tener que mentir. ¿Qué era una mentirijilla si evitaba que la quitasen el trabajo? Últimamente despedían a todo el mundo a la mínima.

Chloe estaba bien. Acababa de mandarme un mensaje mientras Ana observaba su taza de té y las pastas que había pedido para acompañarlo con ojos de cordero degollado. Tuve que contener una pequeña risa y acaricié su mano con dulzura.

— Los he pedido para compartir, así que puedes comer las que quieras. No me importa si tengo que pedir más —me encogí de hombros para restarle importancia aun gesto que podía encarecer mi cuenta en aquel hotel, pero que siendo sincera, me daba lo mismo en ese momento.

Durante un rato estuvimos hablando de algunas cosas para conocernos mejor mientras las pastas iban terminándose poco a poco. Sabía que tenía a su madre tan solo y que su padre no había cuidado nunca de ella. Su madre estaba enamorada de otro hombre y planeaba casarse, pero ella sabía que el matrimonio le duraría tan poco como los demás que había tenido.

Era hija única. No tenía ningún hermano o hermana que sufriese las idas y venidas de su madre y las maratonianas sesiones de llantos cuando se daba cuenta que había vuelto a perder el tiempo o que el amor no era lo que ella esperaba.

— Así que… eres de Seattle. ¿Piensas regresar allí algún día?

— La verdad es que no estoy mucho por la labor. En Seattle era otra Ana diferente, aquí me encontré a mí misma y tampoco es que ande muy boyante de dinero como para poder estar cambiándome continuamente de ciudad. Además, para mí no resulta nada sencillo encontrar trabajo. Aunque espero poder terminar en algún momento mi tesis para dedicarme a lo que realmente quiero y siempre he querido.

— ¿Y qué es?

— Profesora de niños con capacidades especiales, pero la tesis me está costando muchísimo terminarla dado que a duras penas si tengo tiempo —suspiró encogiéndose de hombros antes de darle un nuevo mordisco a la pasta que aún tenía en sus dedos. Me había percatado de los minúsculos mordiscos que les daba y esperaba que nuestro desayuno no le cayese del todo mal después de estar tanto tiempo sin comer de buenas maneras.

— ¿Él es de aquí o de Seattle?

— De aquí —terminó confesándome por lo que imaginé que ese también era un valor de peso para tomar la decisión.

Ella, avergonzada, bajó su mirada a la taza de té que estaba finalmente vacía.

— No te preocupes. No eres la única que ha cambiado su vida por alguien.

— ¿En serio? ¿Tú también? —preguntó casi dubitativa por si se confundía al deducir eso de mi expresión usada.

— Así es. Demasiado y para nada —me apoyé en mis manos inclinándome ligeramente hacia atrás.

Entonces empecé a retarle toda mi historia con Verdoux, no escatimé en lujo de detalles ni tampoco cambié el nombre aunque pudiese ser ella alguien que habían mandado a espiarme. Sus ojos se abrieron atónitos y terminó negando con pesar.

— Nos gusta sufrir, ¿eh?

Y tras decirlo, asentí, porque para qué negar lo evidente.


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