2018 / Ago / 28

Recogí todo lo que pude. Sabía que había perdido por completo la fianza. ¿Qué podía hacer salvo resignarme a ello? Había llamado a la policía y no había interpuesto denuncia o algo que terminase por meter en problemas a Eileen. Solamente había dejado constancia para que mi casero no me echase en cara tener que recomponer ciertas partes del edificio porque me había apetecido jugar con una bola de demolición.

Después, me había ido a un hotel, al más cercano y había suplicado, en todo momento, porque tuviesen una habitación libre, pero si fuese tiempo de lluvias me hubiese llovido ese día encima, seguro. Cansada, sin una pizca de buen humor, terminé yéndome hasta una tienda de telefonía cercana. Me compré otra tarjeta. Quité la que tenía en ese momento y solamente informé a los contactos que me sabía de mi número de teléfono nuevo. No quería leer mensajes de Derek, tampoco comentarios de Gerault porque no fuese el viernes a trabajar, porque sí, había decidido tomarme vacaciones a partir de ya. Era una irresponsabilidad, cierto, pero las recaídas en mi estado anímico podían dar en cualquier momento. Por ese motivo entendía que tuviesen reticencias para terminar contratándome, no obstante, Smith lo había entendido cuando le había explicado el suceso de la desconocida en mi casa.

Mi madre había intentado llamarme, le había dicho que yo la llamaría cuando tuviese fuerzas, en ese momento mi cabeza solamente daba vueltas sin sentido. Necesitaba aislarme del mundo, hacer lo que fuese para desaparecer.

Conseguí una habitación en un hotel al que ya había llegado de noche porque no me había apetecido coger ningún taxi. Esperaba que algo, lo que fuese, comenzase a ir mejor o simplemente despejar mi mente de todo lo vivido. Quería encontrar algún lugar donde sentirme segura, necesitaba poder contarle a alguien todo lo que me pasaba sin que me creyese rara, sin enfados, solamente deseaba un oído que me escuchase. Yo misma sabía que no había nacido para callarme aquellas cosas que me quemaban por dentro y cuando lo había intentado había terminado explotando igual que una bomba de relojería.

Cuando llegué a la habitación, dejé mis cosas en cualquier sitio. Quería tumbarme en la cama y dormir, dormir hasta que me quedase sin horas de sueño por compensar a mi cuerpo, sin embargo, mi cabeza tenía otros planes para mí. Por ese motivo pasé toda la noche en vela pensando en mil cosas a la vez y ninguna con el suficiente sentido como para prestarle atención. Me estaba quedando sin neuronas, era evidente. La lógica me estaba abandonando.

Mi madre volvió a llamar en cuanto se hubo despertado. Hablé con ella intentando tranquilizarla y haciéndole ver que a pesar de todo estaba bien. Todo lo bien que podía estar sin tener ganas de volarme la tapa de los sesos aunque estaba a un mínimo paso de hacerlo.

Mi mente había llegado a pensar que estaba dentro de una horrible pesadilla y que lo único que podía hacer era avanzar hasta que terminase todo, hasta que pudiese despertarme aunque mi propia realidad fuese peor, aunque regresase a ese instituto donde el odio se agolpaba a mi alrededor. ¿Cómo debería sentirme para desear algo así? Lo malo conocido es más fácil de enfrentar que todo aquello que no entraba en la lógica de nuestra mente. Todo estaba orquestado como un juego para ver quién volvía loca antes a Kyra Mijáilova.

El amanecer llegó demasiado pronto. La calidez del sol volvió a llevarme al infierno. Me abracé a la almohada y apoyé mi cabeza en otra posición intentando frenar de una vez a mi mente que iba a mil revoluciones. No obstante, tras media hora más de lucha, me di por vencida y me metí en la ducha. Dejé que el agua me recorriese entera durante más tiempo que el que hubiese permitido si hubiese sido yo la que pagaba el agua, como mucho debían ser de veinte minutos, pero me permití arrugarme bajo el agua, recordar momentos dolorosos o que se habían transformado en dolorosos en menos de cuarenta y ocho horas antes de apoyar mis manos en la pared de la ducha llena de azulejos que dejaban escurrir las gotas de agua que salían disparadas al golpear mi cuerpo.

Envuelta en una toalla me miré en el espejo que estaba sobre el lavabo. Podía verme las ojeras, eso no lo arreglaba con maquillaje hasta que no me enseñase un profesional. De todos modos, no tenía ganas de enfrentarme al día, solamente quería estar aislada aunque al mismo tiempo parecía estar suplicando por encontrar a alguien, por abrazar a alguien, por tener otra vida que no me llevase a consumirme lentamente.

Salí del baño y di un respingo cuando encontré dentro una figura castaña con los ojos verdes hundidos. Su piel blanquecina me hizo temer lo peor, pero me fijé mejor observando su vestuario y casi me reí por la equivocación que había cometido la pobre. Estaba allí para limpiar y generalmente, eso se hace cuando no está la persona en la habitación. Puede que ni tan siquiera se diese cuenta del sonido de la ducha por tener los auriculares puestos y aunque estaba en una posición que no me hubiese gustado estar nunca delante de una desconocida, terminé golpeando ligeramente su hombro antes de agarrar con fuerza la toalla.

Dio un respingo y se sonrojó hasta el extremo. A pesar de haber estado frente a ella no se había dado cuenta de mi presencia.

— ¡Oh, Dios mío! Discúlpeme, por favor, no sabía que estaba en la ducha —dijo atropelladamente quitándose los auriculares.

Reí un poco sin poder evitarlo y negué antes de morder mi labio inferior para contener la risa.

— No te preocupes, de verdad. No es nada tan grave. Al menos, no me has visto desnuda.

Ella me miró casi sorprendida y después se puso a reír conmigo antes de bajar la mirada a la cama para terminar de hacerla.

— Termino enseguida y me voy, lo prometo.

— No tengas prisa. Aunque te parezca extraño es agradable tener una visita que cambie mis aires de pronto.

Dejó lo que estaba haciendo y fijó sus ojos en los míos. Ese verde estaba apagado, casi igual que los ojos de mi hermana cuando empezó a dejar de iluminar tiempo atrás.

— Aún no entiendo que no haya puesto el grito en el cielo —soltó una risa nerviosa.

— ¿Por qué debería? Estás trabajando y no mereces que te traten mal por hacer tu trabajo.

Inclinó la cabeza antes de quitarse el flequillo de la frente que seguramente le estaba provocando algo de sudor por la temperatura.

— ¿Cómo te llamas?

— Ana, ¿y tú?

— Kyra. Es un placer conocerte, Ana.

— Lo mismo digo, Kyra. Sin duda eres alguien poco usual.

Y allí estaba la coletilla. ¿Por qué el mundo pensaba que era poco usual?


Leave a comment