2018 / Ago / 28

Vacaciones. Necesitaba vacaciones con gran urgencia. ¿Podía no sucederme nada que me hiciese pensar durante todo este tiempo? Solamente un día, una semana… un periodo corto me bastaba, pero todo parecía estar revolviéndose de forma que buscase mi propia perdición. Con todo eso, el día de mi cumpleaños se iba acercando, la manera en la que mi paranoia crecía iba de forma exponencial y no me fiaba ni de mi sombra por mucho que hubiese descargado mi alma con Verdoux y con Vance. Ambos habían sido un pequeño desahogo, pero se habían vuelto otra preocupación. ¿Podía vivir en esta vida sin tener un apoyo?

El relato de Tatiana aún me daba vueltas en la cabeza y no sabía qué podía hacer para comprender de una condenada vez esa situación y ver quién estaba mintiendo de los dos en su amplia mayoría porque mentir, lo estaban haciendo ambos.

Apoyé en la pared mientras buscaba mis llaves. Me fijé en la puerta cuando intenté meter la llave y comprobé que la cerradura estaba reventada. Di un mísero golpe que abrió la puerta y en el interior de mi hogar pude ver a la perfección la figura femenina con cabellos rubios que vivía obsesionada con Derek.

— ¿Qué haces aquí?

Sus ojos se alzaron del suelo y se fijaron en los míos. Tenía todo mi piso hecho completamente un cuadro. No había cajón que no estuviese abierto, zona que no estuviese revuelta. Era igual que si hubiese pasado un tornado por allí.

— ¿Yo? ¿Qué has hecho tú?

Su voz temblaba mientras se ponía de pie muy despacio como si le costase realizar cada movimiento.

— No soy yo la que está en casa ajena, Eileen.

Su mirada no se despegaba de mí. Esperaba que no pudiese ver que estaba moviendo mi mano en el interior del bolso para mandarle un mensaje al primero que pudiese mandárselo incluyendo la policía entre mis contactos. De hecho, ni tan siquiera sabía qué estaba logrando mandar. Lo mismo parecía otro idioma que no fuese inglés y nadie lo hacía caso.

— Pero estás en una vida que no te pertenece. ¡No… te… pertenece! —en tono amenazante me señaló varias veces con el dedo índice mientras su rímel comenzaba a correrse dejando un marcado recorrido negro por sus mejillas que le permitían tener una sensación aún más tenebrosa.

— ¿Por qué dices eso? —no me había movido de la puerta, ni tan siquiera había entrado en el piso por temor a que ocurriese algo peor.

— Yo lo tenía todo planeado. Él terminaría enamorándose de mí y tuviste que llegar tú con tu arrogancia insoportable, tuviste que ¡estropearlo todo! Él era mío. ¡MÍO! Y ahora no tiene ojos para otra cosa que no seas tú y tu estúpido y atrofiado cuerpo —soltó casi como si fuese el peor insulto de la historia.

— No es así, Eileen. Ayer estuvo bailando contigo. ¿O me equivoco? —pregunté esperando de esa forma calmarla.

— No. En eso no te equivocas —admitió en voz alta antes de volver a sentarse en el sofá secando violentamente sus lágrimas con sus dedos.

— Entonces, ¿por qué dices que no es tuyo? De estar únicamente pendiente de mí hubiese compartido esa noche conmigo y no contigo. No lo hizo, ¿verdad?

— Bueno… no… tienes razón —musitó más calmada desviando su mirada como si estuviese pensando en algo que le fue provocando una sonrisa—. Ayer me besó.

Un momento, ¿la besó? Ya habría tiempo para pensar en todo eso.

— ¡Ahí lo tienes! ¿Por qué iba a besarte si estuviese interesado en mí?

— ¿Por qué tiene entonces tantos dibujos tuyos? Te tiene en tantas poses diferentes y algunas son muy íntimas.

Su tono de voz nunca era constante. Pasaba de estar medio lloriqueando al grito histérico más necesitado del mundo. Demandaba el amor de Derek de manera desgarradora.

— Los pintores tienen sus musas, nada más, sus ideas. No obstante, ¿por qué no le llamas? Llámale, dile que venga y que escoja entre ambas si eso te dará más seguridad.

Tenía la certeza de que tras besarla la escogería a ella. No es que fuese algo que me hiciese dar palmas con las orejas, pero no encontraba otra forma de poder lidiar con esa situación. Mi cerebro estaba completamente frito, del todo. Un pinchazo tensional me recorría del cuello a las lumbares mientras ella marcaba el número aceptando mi propuesta como si fuese algo vital para ella.

El tiempo que Derek tardó en llegar lo pasamos en completo silencio. Ella parecía estar perdida en sus pensamientos, yo en sus movimientos esperando no irme por los cerros de Úbeda pensando en lo que no debiese pensar.

El pintor llegó y me miró sorprendido porque estaba fuera de mi propia casa. Se asomó lo suficiente para ver el interior del piso y apoyé mi cabeza en el cerco de la puerta suplicando que se la llevase de allí como quisiese. Tenía que ir a un hotel a descansar, porque no tenía manera de hacerlo en mi casa con toda la puerta reventada.

— ¿Eileen?

— Derek… yo… —se echó a llorar de una forma tan teatral que ni tan siquiera yo me lo hubiese creído con lo incrédula que era en muchas ocasiones.

— ¿Qué ha pasado?

— Los he visto. He visto todos tus dibujos de ella. Todos… ¿por qué, Derek? ¿Por qué?

— ¿Porque soy pintor?

— ¿Por qué no me pintas a mí? ¿No soy lo suficientemente hermosa?

— Lo eres, claro que lo eres…

Resoplé molesta por ver esa escena. Era igual que contemplar algo íntimo, prohibido, privado, que no tenía que salir de entre ellos dos y estaban mostrándomelo igual que una obra de teatro en todo su esplendor. Aquel era el tercer y último acto, el apogeo final donde el enamorado terminaría confesando su amor por la desgraciada joven llorosa.

— Derek, es… es simple —terminé diciendo dado que ella no iba a soltar palabra, parecía más parada aún delante de él, como si estuviese delante de un dios griego y aunque Derek era guapo, sí, a mí no me imponía para dejarme sin habla—. Ella cree que me prefieres a mí en lugar de a ella. Ni tan siquiera el beso que le diste ayer consiguió calmar sus dudas, puede que se avivasen más aún cuando vio esos dibujos. Elige, ahora, entre ella y yo. Es algo fácil. Así le darás estabilidad a vuestra relación aunque se tambalee.

— ¿Cómo supiste…? —preguntó prácticamente blanco.

— Elige —le corté antes de que terminase la frase.

Mi mirada estaba puesta en ambos: una mujer despechada, enferma, sí, pero rota de dolor y un hombre que había caído bajo sus encantos tuviese los que tuviese.

— Eileen…

— ¡Ves! Te ha elegido —le corté esperando que solamente hubiese dejado el nombre en suspenso por darle más dramatismo al asunto—. Y ahora… fuera de mi casa, por favor.


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