2018 / Ago / 27

El instante se había tornado tenso. ¿Lo podía haber tomado como un ataque personal? Quizá. No obstante, ¿qué de personal tenía preguntarle a una persona si todas sus relaciones habían tenido un contrato de confidencialidad de por medio? Puede que para ella lo fuese si no estaba tan abierta a contarme todo sobre su vida sentimental. ¿Debería ahondar más en ella? ¿Debería intentar ser más incisiva para hacerle explicarme la verdad? De poco me serviría ponérmela de enemiga. Por mucho que siguiese revolviéndome las tripas el tener que tratarla como mi paciente, el beneficio de la duda siempre estaba ahí y si quería esclarecer todo eso, lo peor que podía hacer era pasar al ataque en esa relación conflictivamente extraña.

— Cuéntame, Tatiana. ¿Su cambio fue gradual o fue directamente esa relación de maltrato? ¿Fue apareciendo poco a poco su parte agresiva?

Entrecerró sus ojos mientras colocaba morritos como indicando un enfado que no llegaba a comprender del todo, era una pregunta simple en la que le daba la razón en cuanto a la gravedad de la relación vivida. No obstante, seguiría igual de tiquismiquis que toda la vida. Cuando se la contrariaba mínimamente hacía cruz y raya sin posibilidad de escaparte de la lista negra.

— ¿Es un interrogatorio?

— No —dije con el tono más calmado que pude—. Intento comprender cómo fue tu relación y qué te hizo permanecer en ella. Es todo. Como sabrás hay muchas mujeres que siguen con sus parejas maltratadoras porque las anulan por completo en su autoestima. Hacen creer que ellas no son nada. Literalmente, que solamente pueden existir gracias a tenerles a ellos al lado.

Pareció relajarse. Aquella comparación con las mujeres maltratadas le había demostrado que de alguna forma la creía, como si hubiese dudado tan solo por un instante.

— Tatiana, solamente quiero saber los hechos. Actúo de forma imparcial. Quiero ayudarte, evidentemente, pero para ello tengo que preguntar cosas que quizá no te gusten en busca de una comprensión. Sé que no es para nada agradable, créeme. Yo misma he tenido que sufrir que me califiquen de formas que me resultaron hirientes, demasiado. Así que sé como te sientes. Por eso quiero asegurarte que mi intención no es otra que saber los hechos puros y duros. No hay segunda intención en mis preguntas.

Tras respirar profundamente volvió a asentir. Que se sintiese dolida me producía un placer especial en mi interior. Sabía que no sufría ni lo haría nunca. Era una mujer de hielo y siempre había tenido horchata recorriendo sus venas, no obstante, tenía que calmar mi sed vengativa que suplicaba por salir para golpearle en toda la cara.

— Fue gradualmente. Me mostró una forma de entregarse a través del dolor recibiendo una recompensa mayor después. Me sentía amada, Kyra, como no puedes ni imaginarte. Me quería solamente para él. A duras penas si podía salir del hogar sin tener su permiso o su compañía —la manera de narrarlo casi parecía demostrar que para ella era algo parecido a un sueño hecho realidad cuando se trataba de una pesadilla.

— ¿Te daba algún tipo de explicación para que no pudieses salir sola sin tener su permiso?

— La verdad es que no me dio ninguna explicación nunca. Era una norma y la acepté. Me pareció romántico que no quisiese que pudiesen hacerme daño ni nada por el estilo.

Asentí al escucharle y después mordí mi labio inferior. De una situación así se podían hacer muchas lecturas y ella había decidido aceptar como suya aquella en que él la amaba y la quería solo para él sin terminar viendo esa posesión enfermiza. Algo que últimamente se daba mucho en las adolescentes, que no eran capaz de ver que eso no era amor sino control. Una de las primeras preguntas que llegó a mi mente era simple, ¿por qué no diferenciábamos esos dos gestos? ¿Por qué nuestras mentes los transformaban en reacciones románticas sanas cuando de sanas no tenían absolutamente nada?

— ¿Siempre has tenido deseos de tener una relación como aquella que mantenías con tu pareja?

— ¿A qué te refieres?

— Pues si has querido tener una relación basada en normas, castigos y recompensas antes de conocerle a él.

Se quedó pensativa, mirando a sus dedos, recordando sus parejas anteriores o sus deseos previos a la relación con Gerault. Intenté recordar el primer novio que yo le había conocido. Estando en el instituto había tenido una pareja que la había tratado tan bien como si fuese una basura. Yo no le había visto ni había hablado con ellos, intentaba alejarme de ella, pero mi madre, al recogerme en una ocasión, había observado una escena que parecía todo menos amor. Poco tiempo antes, ella había pegado a una compañera mía de clase. La había detestado de tantas formas posibles por ello y me había odiado por no haber sido capaz de evitar la pelea, de quitarle de en medio a esa minúscula rata que tenía ahora mismo delante.

— En realidad, siempre he tenido castigos aunque no había tantas normas específicas, tenía que ir aprendiéndolas con el paso del tiempo o con los golpes recibidos.

Me incliné ligeramente hacia ella sin comprender nada.

— ¿Todas tus relaciones han tenido el maltrato de por medio?

— Sí… —contestó finalmente.

¿Existía una posibilidad de que tuviese esa necesidad? Quizá ella terminase buscando ese tipo de relaciones por lo que ella había vivido desde edad muy temprana. Eso podía significar que tenía una concepción enfermiza sobre el amor, o también, podía buscar ese tipo de relaciones porque era lo que quería y necesitaba. La forma en la que la habían tratado podía haber puesto de manifiesto su gusto por la sumisión. No obstante, ¿por qué había intentado salir de esa situación si aceptaba por placer el papel de sumisa? Comenzaba a comprender la dificultad que había en algunas ocasiones para poder comprender realmente qué lógica tenía la mente de alguien. ¿Podía soñar con el amor o el respeto una mujer que había escogido la sumisión absoluta? Dudas existenciales que no tenían respuestas lógicas para mí por el momento.


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