2018 / Ago / 27

La definición de caos empezaba a ser la manera en la que describiría mi propia vida. William me había vuelto a besar despertando a saber qué en mi interior, Derek me había engañado sobre su relación Eileen, Heinrich estaba furioso por lo que William le había increpado, Tatiana y Gerault parecían tener otro tipo de relación más afín a la descripción de ella y él, bueno… él simplemente creía que me acostaba con el primero que pillaba en cualquier parte, lo cual no me beneficiaba demasiado para llevar a cabo mi plan.

Había llegado a plantearme la posibilidad de dejar todo como estaba y que cuando Douglas tuviese que venir a por mí que lo hiciese. También, me había planteado que necesitaba más amistades femeninas porque tanta testosterona me estaba volviendo literalmente loca.

Iba de camino al trabajo sin saber bien qué podía hacer en mi vida. Tenía la necesidad de saciar mi curiosidad, pero esa misma también me había llevado a todo esto, así que empezaba a dudar que fuese una maravillosa idea seguir mis instintos naturales.

A duras penas si podía mantener la concentración durante mi trabajo. Sabía que iba a llegar Tatiana en cualquier momento para narrarme lo que ella desease. Era sorprendente que si había pedido una orden de alejamiento fuese ella misma quien se hubiese acercado a Gerault y hubiese terminado en aquella posición tan cariñosa. ¿Por qué le encantaba a todo el mundo mentirme? Yo no tenía que perder el tiempo en mi trabajo para intentar ayudar a dos personas que en realidad querían estar juntas a cada paso que daban. Por ese motivo, haría lo posible por poner la situación clara sobre la mesa. La única explicación lógica viniendo de la teoría de Tatiana es que aún estuviese enganchada a él y Matt hubiese logrado atraerla a él. La explicación desde la teoría de Gerault era que se estaba pitorreando de mí como si fuese un nuevo método de diversión en su retorcida mente obsesionada con un personaje de ficción.

Tatiana llegó a mitad de la mañana. Tenía una sonrisa en los labios. Se sentó frente a mí y casi quise arrancarle las respuestas a bofetadas incluyendo también borrarle esa sonrisa estúpida de la cara que siempre me había puesto de los nervios.

— Buenos días, Kyra.

— Buenos días. Te voy infinitamente feliz en comparación con otras ocasiones.

— Así es. Me siento más confiada en mí misma. De hecho, llevo dos semanas sin verle y puedo respirar más tranquila.

¡Meg! ¡Error! Yo misma la había visto agarrada al cuello de Gerault el día anterior. De modo que me enfrentaba a una mentirosa en potencia. No tenía suficientes pruebas para ponerme en contacto con la agente Johnson y, de hecho, podrían tomarlo como una vendetta personal si ella les contaba nuestro pasado en común o a mí se me iba la lengua hablando de sus “virtudes” que había sufrido en carne propia.

— Eso está muy bien, Tatiana. Además es sorprendente que tengas una recuperación tan… rápida. No obstante, debes tener en cuenta que es bastante sencillo tener recaídas en el ánimo cuando uno va avanzando en el proceso. Es decir, a veces nos sentimos muy eufóricos por haber logrado una meta que se consideraba imposible y al día siguiente, esa misma meta, puede producirnos pánico. No lo tomes como un paso atrás, al contrario, es parte de la evolución y nuestras propias incongruencias como seres humanos.

Sus labios volvieron a curvarse en una sonrisa. Asintió convencida de ello y después, respiró hondo como si no supiese qué más decir.

— ¿Qué te parece si aprovechamos tu momento de euforia y bienestar para que puedas explicarme cómo os conocisteis y el tipo de relación que manteníais? No lo digo por curiosidad malsana, pero me gustaría entender o que pudieses poner en palabras qué era lo que te mantenía tan ligada a él.

Tenía dos opciones, contarme la verdad o mentirme como acababa de hacer antes. Ella movió sus dedos sobre su regazo y después, desvió la mirada a sus manos igual que hacía yo cuando estaba muy incómoda hablando de un tema. No recordaba que en la vida ella hubiese hecho ese gesto, así que lo retuve en mi memoria, por si servía de algo para esclarecer todo el tema o si se lo tenía todo tan aprendido que era una actriz buenísima.

— Nos conocimos por pura casualidad. Ambos íbamos asiduamente a uno de los bares cercanos a su empresa. Él porque le gustaba el servicio y yo, bueno, porque trabajaba en él por aquel entonces. En varias ocasiones le atendí y pareció interesarse por mí. Me invitó a salir en una ocasión y… bueno, acepté. Me pareció el hombre más guapo del mundo y estaba allí pidiéndome a mí una cita cuando la mayor parte de las mujeres que iban al bar habían decidido ajustar sus horarios a las llegadas de él para conseguir lo mismo que yo había logrado ejerciendo mi trabajo —soltó una leve risa antes de sonrojarse levemente—. Fuimos a cenar y esa misma noche me plantó un contrato de confidencialidad delante que él también firmó. Si ese era el único requisito para estar con él de otra manera, no me parecía nada raro. Después, empezamos la relación hasta que… se volvió violento. Me golpeaba por cualquier cosa. Fue entonces cuando comprendía para qué había sido el acuerdo de confidencialidad. Si decía la mínima palabra él podía acusarme con eso para que jamás me fuese de rositas. Sin embargo, yo creo que le amaba ¿sabes? Le amaba de verdad. Por eso terminaba aceptando cada golpe. Además, la recompensa solía ser excelente. Si yo me portaba como una esclava que se dejaba fustigar, él… me hacía ver las estrellas con su sexo incontrolado.

— ¿Por qué no te pareció raro lo del contrato de confidencialidad? —pregunté de repente mirándole en busca de alguna explicación plausible dado que a mí me había parecido raro.

— No sé… no se salía de lo usual.

— ¿Has tenido más relaciones amorosas en las que has tenido que firmar previamente ese tipo de contratos?

Sus ojos claros se centraron en mí. Se pensó qué decir. Podía ver los engranajes de su cabeza dando vueltas para encontrar una solución plausible, una respuesta que pudiese dejarme satisfecha.

— No quise decir eso…

— Entonces, ¿por qué dijiste que “no se salía de lo usual”? Permíteme ser franca y comentarte que absolutamente ninguna de mis relaciones amorosas, si es que pueden llamarse así, ha empezado con la firma de un contrato en que te obligan a mantener silencio. Ni en mi vida ni en la de ninguno de mis conocidos he tenido que escuchar algo semejante. Así que creo que sí que se sale de lo usual.

Apretó sus dedos como si estuviese conteniendo algún impulso y su ceño se frunció.

— Quizá no lo sepas todo de las relaciones, Kyra.

Una sonrisa apareció en mi rostro tras su respuesta.

— Quizá…


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