2018 / Ago / 10

Habían pasado dos semanas. Dos semanas desde que había logrado aceptar que Livia había tomado esa decisión por sí sola, que por mucho que lo hubiese deseado estaba a mucha distancia de ella como para evitar que hubiese realizado algo semejante. Había un dicho muy acertado sobre las desgracias, atribuyéndoles compañía como si jamás pudiesen ir solas a ninguna parte y a lo largo de mi vida había comprobado que era cierto.

No pude hacer gran cosa por Livia, solamente compré una pequeña planta que daba unas flores preciosas. Intentaría cuidarla siempre para evitar que se muriese, que algo de Livia siempre quedase en mí, visible, de modo que ella pudiese verlo desde allí donde estuviese. Le había mandado un correo a la madre mostrándole mi más sincero pésame, pero no había podido hacer nada más hasta el momento. Jamás había perdido a ningún paciente y con todo lo sucedido en mi propia vida la noticia había tenido demasiado peso. Además, saber que ella era muy parecida a mí, que en cualquier momento hubiese podido ocurrir eso mismo si no hubiese tenido o encontrado la rebeldía para seguir adelante, llegaba a aterrorizarme. Yo podía haber sido ella años atrás.

Había noches en las que le pedía a Rochester que cuidase de ella, que la hiciese sonreír de nuevo. Sabía que él lo podía conseguir.

Mi móvil había estado en silencio durante esas dos semanas. Lo había apagado negándome a saber nada de nadie. Si salía era para comprar alguna cosa que necesitase y volvía a entrar rápidamente. Había abandonado mi trabajo en el hospital por una baja depresiva. Tal y como estaba no podía tratar a nadie aunque seguía recibiendo mi propio tratamiento.

El silencio de William me provocaba mucho más dolor del que yo creía. No había vuelto a acercarse, así que era evidente que no había nada, absolutamente nada que se pudiese hacer o que me hiciese creer que realmente le importaba, aunque fuese mínimamente. ¿Qué había sido todo eso en el hospital? ¿Solamente remordimientos por creerse el culpable de que hubiese atentado contra mi vida?

Me sentía estúpida, increíblemente estúpida. Pero yo sola me lo había buscado. Había tenido cientos de oportunidades para escapar la vida de Verdoux, no había aprovechado ninguna porque había caído de nuevo en sus redes. Ser un títere en manos de su titiritero parecía el sino de mi vida y no quería aceptarlo nunca más. Estaba cansada de ser tan tonta que todos se aprovechasen de mí y me debía a mí misma aquel golpe con la realidad, la aceptación de que podía haber algo mucho más allá, algo mejor para mí a no ser que estuviese completamente condenada al fracaso, lo cual, lo descubriría en poco tiempo.

Había vuelto a la escritura como método de evasión. Me había encerrado en mí misma una vez más, aprovechando mis demonios internos esa oportunidad que les daba para hacerse mucho más fuertes recuperando el terreno perdido durante muchos años.

Tenía miedo del mundo, otra vez. Tenía miedo de mí misma, otra vez. Tenía miedo hasta de mi sombra. Pero una parte de mí sabía que solamente necesitaba encontrar el momento, aún no era mi momento, aún no estaba lista para dar ese paso adelante dejando todo aquello atrás casi como si fuese un mal sueño.

Hablaba con mis padres de vez en cuando. Les intentaba hacer saber que todo iba bien, pero no había querido, en ningún momento, encender el wifi ni los datos del teléfono hasta ese día. No podía seguir aislándome, no podía seguir encerrada en mí misma. Había optado por dejarlo atrás, no responder más, no saber nada más de nada ni de nadie, pero yo misma sabía que sin otros estímulos las penas seguían enganchadas en la mente de una para no dejarle avanzar.

Ya no tenía excusa para salir a pasear todos los días, no tenía a quien sacar. Siendo realista, no me había permitido a mí misma quitar los cuencos de la comida de Rochester que aunque los había limpiado, ahora estaban llenándose de polvo.

Me empezaron a bombardear a mensajes en cuanto la conexión del teléfono a internet fue más o menos estable. Vibraba que temía que en algún momento se sobrecalentase y terminase explotando delante de mí. Miré la pantalla con la esperanza de ver un nombre en concreto, pero ese nombre no había aparecido.

Cuando el teléfono dejó de sonar, comencé a mirar el WhatsApp. Mensajes de mi familia, mensajes de Catherine, de Chloe, de Heinrich, de Damian e incluso de Gustav. Hice una mueca y empecé a leer uno tras otro. Intenté responder los que creía que serían más fáciles. Catherine me había dicho que William se había ido de gira para la presentación de su nuevo libro, así que dudaba que volviésemos a encontrarnos en, al menos, un par de meses más. Puede que para entonces hubiese recuperado las ganas de dirigirle yo la palabra e indagar, en lo posible, qué había hecho tan grave como para recibir su silencio como única alternativa.

Chloe me había dicho que los Sarkozy parecían empezar a dar nuevo por saco, pero no parecía gran cosa, así que tras hablar un rato con ella, le comenté que estuviese alerta y poco más. No tenía ánimo alguno de dar consejos a nadie sobre lo que tenía que hacer dado que no era el más vivo ejemplo de lo ideal.

Había dicho a toda mi familia que estaba bien, que no se preocupase, aunque sabía que solamente preguntaban, por preguntar… no les importaba mínimamente si había vuelto a recaer o no. A alguna de mis tías le habría dado el perrenque de no querer liarla de nuevo y por eso había recibido esa oleada de mensajes, todos el mismo día y ninguno más después de esa pregunta típica de «¿qué tal estás?». En más de dieciséis años de mi vida les había dado completamente igual quién era, qué me pasaba… ¿Pretendían que creyese ahora que esa preocupación era genuina? No era estúpida.

Mis tíos, en su línea. Ninguno de ellos me había escrito una sola palabra. Mis primos por parte de la familia de mi padre tampoco, porque… ¿para qué? Ellos habían estado aún más tiempo ignorándome si es que eso era posible.

Finalmente llegué a los mensajes de Damian. Parecía desesperado por mi repentina desaparición, de nuevo. No se había enfadado demasiado porque no me había visto en ninguna otra parte, en ninguna red social, pero poco a poco los mensajes iban volviéndose más hirientes. Había encontrado mi tumblr, a saber cómo y me echaba en cara que no quisiese estar en su vida. Otra vez no. No tenía ánimos para todo eso. Puede que fuese la primera emoción a parte de la tristeza que sentía en ese instante pero le respondí de la forma más dura que supe. Le bloqueé, no quise saber nada más de él. Estaba cansada de que el mundo me escupiese sus problemas. ¡No era el felpudo de nadie! No era yo en la que te restregabas para quitarte el chicle del zapato dejándomelo a mí para seguir con tu camino.

En las redes sociales había visto que había vuelto a hablar a Ecaterina. ¿Me estaba tomando el puñetero pelo? Furiosa me dije a mí misma que esa sería la última vez que iba a reírse de mí. Si tan solo me diesen una moneda por cada vez que había pronunciado esa frase…


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