2018 / Ago / 10

La casa estaba silenciosa. Había podido vivir en ella a pesar de Rochester no estuviese allí. Nadie podría sospechar hasta qué punto le extrañaba. No comprendía como la vida me había obligado a alejarme de él. ¿Por qué todas las personas que me amaban incondicionalmente sin esconderme ninguna clase de secretos ahora me miraban desde donde fuese uno después de la muerte? Me acordaba de mis abuelas. Hacía años que no escuchaba sus voces, que no tenía sus chascarrillos ni tampoco esos comentarios aduladores. Ya no volvería a oír ese «guapa» de mi abuela, ni que me dijesen que mi voz era preciosa. Tampoco tenía a Rochester para que se restregase contra mis piernas cuando me viese triste.

Suspiré profundamente sintiéndome al borde del colapso. Uno solamente valora lo que tenía cuando lo pierde definitivamente y ahí estaba yo, maldiciendo a la vida por quitarme todo lo bueno que alguna vez podía haber llegado a tener.

Podía imaginarme a ambas, igual que dos niñas, jugando en el cielo y ahora Rochester se había unido a sus juegos. Y sí, quería creer en el cielo porque para personas tan buenas no podía no existir nada después de la muerte. Tenían que tener algo que les permitiese comprender el sufrimiento en la vida terrenal.

Había comenzado una investigación inmensa. El hospital en el que trabajaba estaba involucrado. Les había contado lo ocurrido con ese día libre, con todo lo que Douglas parecía haber podido manejar y ahora había muchas cosas en cuarentena. Existían muchos investigados, aunque debido al cadáver de Rochester que se le atribuía y la última joven fallecida que había sido encontrada en las mismas circunstancias que me había contado a mí, tenían suficiente para que no pudiese salir de la cárcel hasta que se celebrase el juicio. El juez había negado la posibilidad de conceder una fianza por un gran riesgo de fuga y peligro hacia sus potenciales víctimas dado que dudaba por el análisis psiquiátrico que le habían hecho, que fuese a parar su manera de comportarse.

Aquello me había hecho respirar un poco más tranquila. Sin embargo, la casa se me caía encima. Lo único que me daba fuerzas era saber que Chloe tenía planeado venir a visitarme. Sus pleitos legales parecían haber salido bien. Les había puesto en contacto con Heinrich y este les había negado toda posibilidad de buscar pruebas. Podían denunciar y que se investigase el caso, así que tenían esa ventaja. Por lo visto, los Sarkozy habían ido más allá de lo que debieron y por ese motivo, habían logrado encontrar un hilo del que tirar. La historia contada por Chloe y Michael tenía todo el sentido para refutar su denuncia. Así que, finalmente, había podido mantener el negocio con el nombre que ella había querido y se les había negado a los Sarkozy la posibilidad de acercarse a ellos.

Como la justicia se había metido en medio, habían dejado de estar interesados, por el momento, el casa de la cuñada de Chloe. Ella se había enfadado considerablemente y les había echado la culpa a su hermano y a mi amiga. Lo cuál casi me hizo pedirle a Michael que le ofreciese la posibilidad de ir al psicólogo porque ahí había una conexión, mínimo, que no se había hecho de forma adecuada.

Había leído las cartas de Gustav una y otra vez. Sentía tanto haberme alejado de él. Pero quizá era ese mi sino. Siempre alejaba a las personas que realmente me querían. No obstante, yo le había necesitado tanto y no había estado durante demasiado tiempo. La preferencia estaba en el trabajo y una relación no se podía mantener así. Lamentaba su sufrimiento y quizá debería haber hecho algo para evitarlo, aunque sus sentimientos tan vividos con su ex me hacía pensar si yo había estado en su corazón sola o el recuerdo de Anais aún permanecía perenne. Amar no es igual que estar enamorado y ahora me planteaba qué era lo que yo había sentido por Gustav, lo que sentía por William, lo que había sentido por cada persona de mi vida.

Pensar solamente lograría hacerme recordar situaciones, hacerme creer que todo era por mi culpa, que yo había permitido que pasasen todas y cada una de las ocasiones que les habían separado de mí. Luego, intentaba razonar y descubrir que dos personas no se separan, ni dejan de hablarse, si una no quiere. Y en muchos de los casos no habían intentado acercamiento alguno.

Mi mente daba vueltas también al tema Eliza. ¿Quién era esa mujer? ¿Qué me estaba perdiendo de todo aquello? No tenía sentido preguntar a nadie porque ni William me lo contaría ni lo haría Catherine sin tener el beneplácito de su hijo dado que era algo muy privado. Ella me había pedido que entendiese que igual que no le había contado mis intimidades, tampoco podía aprovecharse ella en ese momento de su posesión de conocimiento. La relación que manteníamos ambas en todo momento versaba en los límites de médico y paciente. Así lo habíamos dejado claro y como no formaba parte de la familia habíamos preferido mantener ese perfil.

Apoyé mi cabeza en el respaldo del sofá mirando hacia el lugar donde Douglas siempre se había sentado. Jamás podría sentarme en ese sofá. Era igual que si aún estuviese sobre él poseyéndolo, mirándome con esos ojos acechantes, esa mandíbula cuadrada y apretada, ese olor a tabaco rancio mezclado con su fragancia carísima. Sabía que no se iría de mi mente su forma, su presencia imponente, en mucho tiempo. Había dejado una marca grabada a fuego clarísima. Formaría parte de mis pesadillas, de esas angustiosas en las que me despertaba sin saber si eran reales o no por lo extremadamente plausibles que parecían.

Pensé en qué hacer. Temía moverme. Quería desaparecer e irme a casa. Necesitaba el abrazo de mi madre, aunque no sabía hasta qué punto podría llegar a tenerlo. ¿Me comprenderían si les explicaba la situación? ¿Podría hacerlo?

Entonces recordé a Livia y me sorprendió darme cuenta que había pasado mucho tiempo sin una respuesta a mis correos. Me metí en mi correo gracias a la aplicación del teléfono y rebusqué entre la bandeja de entrada. En los importantes no había nada de ella, miré en aquellos que no eran prioritarios y en la carpeta de Spam, donde finalmente encontré uno con el nombre de mi paciente como asunto. No me sonaba ese correo, ni lo más mínimo.

Lo abrí. Vi un enlace a un periódico español. Cliqué en el enlace y me llevó al artículo que jamás hubiese deseado leer. Livia se había suicidado dos semanas atrás.


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