2018 / Ago / 10

Se me había parado el corazón. Tenía a Douglas a mi espalda, dispuesto a hacer vete a saber qué. Su aliento acariciaba mi piel, pero lo sentía igual que se fuesen los vapores de un volcán abrasando todo aquello que rozaban. Ni tan siquiera sabía si podía moverme o no. ¿Y si tenía algún cuchillo en la mano? No dejábamos de estar rodeados de cubiertos por todas partes. Esperaba, aun así, que la mínima fachada que tenía que mantener permaneciera intacta, que siguiera demostrando al mundo que era ese caballero que en su interior escondía una de las más oscuras criaturas creada por el hombre.

— Te desea, sí, es innegable, pero no siente lo mismo que tú, jamás podrá sentir lo mismo que tú —sus palabras eran casi tan venenosas como su mismo tacto.

William había puesto los ojos en él y no se había movido durante unos instantes. No podía creer que permitiese que él me estuviese tocando, estuviese cerca de mí. Quizá tenía razón. Quizá Douglas sabía leer la realidad entre William y yo. No obstante, sin que yo me percatase de ello, empezábamos a ser el espectáculo del restaurante.

— ¿Cómo puedes estar tan seguro? —pregunté con un hilo de voz—. No le conoces.

— Me temo, Kyra, que eres tú quien no le conoce… Oculta casi tantos secretos como años tiene y Eliza es uno de ellos…

No supe si fue porque volvió a escuchar el nombre maldito o porque ya no podía aguantar más. William se acercó y le dio un puñetazo en toda la nariz olvidándose de modales, de policía y de todo lo que cualquiera hubiera podido tener en consideración para comportarse.

Douglas lo esquivó con facilidad. Soltó una carcajada y se dirigió hacia William quien ahora era su centro de atención.

— ¿Esa es tu forma de defenderte, Verdoux? ¿Por qué no me sorprende?

Los ojos azules de éste estaban puestos en el hombre que la policía tendría que haber atrapado antes siquiera de que pudiese tocarme.

— Cuéntale a Kyra. ¿Qué fue lo que realmente ocurrió cuando te fuiste de casa por primera vez?

— Cállate.

William volvió a golpear, aunque en esta ocasión también dio al aire. Douglas era rápido, pero me sorprendía la habilidad del literato para dar tantos golpes como un verdadero boxeador. El último terminó impactando en la mejilla del empresario quien trastabilló ligeramente hacia atrás. Parecía sorprendido por no haber podido evitar ese golpe.

— Buen derechazo, Verdoux. ¿Quién te enseñó a pelear así?

Su sonrisa era macabra. Me había levantado de la mesa para intentar pararles, pero ¿podría hacer yo algo frente a esos dos mostrencos? Además, Douglas parecía estar dispuesto a irme desvelando los misterios de la vida de William poco a poco, tirando de la manta.

— No hace falta que te enseñen para pelear, ¿a ti te tuvieron que enseñar?

Parecía que un “nenaza” se había quedado en el aire, sin pronunciar. Ambos se hablaban con el mayor de los ascos, odio y rechazo. ¿Cómo dos hombres que ni tan siquiera se conocían podían detestarse tanto? Además, ¿por qué me parecía que yo ya no tenía nada que ver en toda la pelea? Era casi por el orgullo que por otra cosa.

Douglas terminó golpeando y lo hizo certeramente al rostro y estómago de Verdoux junto con los gritos ahogados de asombro de todos los presentes.

— William… basta, por favor —pude musitar agarrando su brazo y tirando de él.

— Seguro que no es la primera mujer a la oyes decir eso, ¿verdad?

William logró parar uno de sus golpes con su propio brazo antes de escuchar las palabras que fueron letales para su pérdida del oremus.

— ¿No fue Eliza la que te pidió una y otra vez que dejases de pelear mientras…?

— ¡Cállate! —bramó el literato que terminó golpeando todo el cuerpo del empresario enzarzándose ambos en una pelea como no había visto en mi vida. Ni tan siquiera todos los luchadores de la WWE podían haber dado un espectáculo que me pareciese tan atroz. Se iban a matar. Iban a terminar el uno con el otro.

— ¡Parad, por favor!

Intenté quitar a William de la trayectoria de Douglas porque no creía poco probable que aquello que había hecho con cada mujer no terminase ejecutándolo en el cuello de William hasta arrancarle la vida en mitad del restaurante con cientos de testigos.

Recibí un codazo que me hizo caer al suelo y la policía, al fin, entró en el local. Todos los presentes estaban asustados, temerosos. La rubia llena de silicona había hecho hasta lo imposible por acercarse a William, un William que estaba fuera de sí. Tenía los nudillos rojos por los golpes, le chorreaba sangre de la nariz y Douglas tampoco estaba mucho mejor.

Tras ponerle las esposas a Douglas y leerle sus derechos, me buscó con la mirada. Supo lo que había hecho. Le había traicionado de todas las maneras posibles. Quizá no fuese él quien matase a Rochester, o puede que sí, pero que fuese tan solo una advertencia y que no supiese en realidad lo que había ido a hacer a la comisaría. Me dedicó una de esas miradas, esas en las que sabes que estás sentenciado de por vida. No se iba a olvidar de mí fácilmente.

William, mientras tanto, estaba siendo curado de sus heridas por su agente usando una servilleta del restaurante porque no tenían nada más a mano. Histérica había pedido varias veces el botiquín y después se había puesto a decirle lo poco que yo le convenía. Que yo era la culpable de esta situación por ser una cualquiera. El literato no había dicho esta boca es mía, no me había defendido, no había hecho absolutamente ningún intento por acercarse a mí.

Nuestras miradas se cruzaron y rápidamente la desvió. Comprendí el mensaje. Lo que fuese que tuviésemos había terminado por completo.

Me quedé con la agente que quiso ayudarme a salir de allí y accedí a irme cuanto antes. Lo único que había hecho  había sido estar rodeada de dos idiotas, a cada cual con más misterios desconcertantes que el otro, con más mentiras, con más oscuridad… Quizá Douglas tuviese razón y no conociese absolutamente en nada al verdadero William Verdoux. Tras esta noche, no sabía si quería conocerlo.


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